"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





martes, 19 de mayo de 2026

Entre Venus y Marte

 




"Como una vez te salvé, sálvame,
no me dejes en esta oscuridad que hierve en torno a mí".

Anna Ajmátova, Has vuelto a mí suntuosa. 


En la casa de Vera Aleksieyevna te sentías como en unas caldas. Qué afortunado contraste con la intemperie rigurosa. Se agradecía llegar hasta la apartada morada. Nada más entrar te embargaba el vapor emergente de un enorme caldero puesto a calentar sobre el hogar. Sabías que te esperaba una buena zambullida de agua caliente, aderezada por unas sales que escocían benévolamente la piel. Ah, la mano amorosa de Vera Aleksieyevna, que entre tantos cuerpos que pasaron por el suyo eligió secretamente el tuyo. Aunque tuvieses que soportar la temperatura férvida, tu cuerpo se sentía compensado tras una larga e inclemente travesía por la desabrida estepa. 

De ordinario Vera Aleksieyevna te ofrecía la más escogida de las sonrisas nada más traspasar el umbral. Pero aquel día oscuro del peor invierno dejó caer un reproche cauteloso y sin embargo enérgico. Cuánto has tardado en volver esta vez, Anton Gregoriev, dijo con un tono de lamento. Si al menos hubiera tenido noticias tuyas. Mira que si llegas y me encuentras en otros brazos solícitos, dijo asomando el sarcasmo. Tú la miraste entonces en la duda de si creerla o no, y a continuación aceptaste un té del somovar, mientras ella, expectante, se sentaba a tu lado. Y vienes justo cuando me encuentro más ausente de deseo, se obligó a confesarte. Pero tu presencia me basta y me satisface. Ya sé que como hombre apasionado siempre me has buscado para colmarte de mi calor, pero ten paciencia ahora. No apremies tu estancia. Mis días hueros pasarán y tú tienes que contarme aún muchas cosas de tus últimas andanzas. Y yo tengo que saber si eres el mismo de siempre o si otras se han quedado con todas tus ganas. 

Vera Aleksieyevna apoyó sus palabras con una risa abierta que no supiste descifrar si contenía sinceridad o si se burlaba de ti. Oh, la sentencia del tiempo, te dijiste a ti mismo. Si no borra los recuerdos al menos los altera y los humanos se dejan llevar por el desconcierto. Si no te brinda desapariciones te obsequia con fantasmas onerosos. Si no sacrifica las ilusiones te traiciona con sus falsas esperanzas. Qué tiranía la del tiempo, que se apodera de nosotros con urgencias para a continuación abandonarnos a nuestro desamparo.

Los únicos brazos que me han retenido, Vera, han sido los de mi división, le respondiste ensombrecido. A esta guerra atroz no se la ve final aunque nuestros mandos insistan en que vamos recuperando territorio y que los blancos se retiran o se rinden. Yo no lo veo tan claro. Solo compruebo las atrocidades que ellos cometen y las venganzas que nosotros infligimos. Después de todo la sangre es del mismo color y se mezcla sin resistencias. Los muertos no se resisten nunca, suele proclamar nuestro capitán ordenándonos desde su beodez que avancemos en el ataque. Y casi todo el mundo le ríe de mala manera la gracia ominosa para no ser presa del miedo. Anton Gregoriev, dijo la mujer, me da la impresión de que tú también estás vacío y desganado y juntándonos el hambre y las ganas de comer ¿qué queda de nosotros? ¿Qué aliciente puede haber en recordar nuestro pasado de deseo y optimismo ante este panorama? ¿Qué sentido tendría que tratásemos de embarcarnos de nuevo en proyectos que se truncaron? La guerra nos ha traído el desierto. Los cantos guerreros han suplantado las canciones de la labor campesina. El sonido de las balas ha amortiguado las sirenas de las usinas. El olor a las quemas por doquier ha desplazado el aroma de las arboledas. El miedo ha expulsado a nuestros antiguos vecinos. El afecto de los amantes ha sido reemplazado por el simple desahogo infame y turbulento al que acuden los desesperados.

Pero tú, ¿qué haces aquí?, exclamó de pronto Vera Aleksieyevna. ¿No tenías que estar cabalgando por esos campos de ruinas y de fuego? La expresión de la mujer te sonó al principio más a poesía que a asombro. Pero su tono se fue oscureciendo con acritud. ¿No tenías que aportar valerosamente tu vida al triunfo de la nueva sociedad que dicen que hay que conquistar? ¿No debías dar la cara por la dignidad de la mujer en lugar de venir a buscar consuelo en una casa como esta? Porque no me irás a decir que te han dado un permiso cuando, según cuentan muchos, todo está por decidir y necesitan carne de cañón. Hace poco pasó por aquí un sombrío personaje que, con la excusa de estar con alguna chica, no hacía más que preguntar. Una que le entretuvo consiguió sonsacarle en medio de los placeres, pues hay tanta ebriedad en el amor como en el vino, o más. Ando buscando prófugos para ponerlos de nuevo en primera línea, le hizo la confidencia quien resultó ser un comisario. Por lo tanto es fácil que no esté muy lejos, Anton Gregoriev. Si te quedas aquí, corres riesgo. Pero no puedo dejarte ir con este clima que nos sepulta. Y sé que lo tuyo no es esconderte. ¿Qué quieres hacer? Si sigues huyendo es como si hubieras renunciado a tus principios, por los que ya padeciste antes de la guerra. Si te incorporas de nuevo al frente acaso no vuelva a verte jamás. Y yo...yo...¿Qué debo hacer yo, Anton Gregoriev?





* Boris Mikhailovich Kustodiev, Venus rusa. 1925. Museo de Arte Estatal de Nizhniy Nóvgorod.

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