"El amor no es sino...¿sagrario?
¡Qué palabra! Mejor decir: llaga,
cicatriz".
Marina Tsvetáieva. Poema del fin.
¿Fue un error enamorarse tan apasionadamente de aquella mujer de oscuro oficio?, estuvo preguntándose muchos años después. Él mismo se respondía: y por qué iba a serlo. ¿Simplemente porque ella se dedicaba a lo que se dedicaba? ¿Porque no podía haber un plan consensuado como tienen los amantes ordinarios? Jamás se planteó desechar, y menos maldecir, lo vivido o, mejor dicho, lo experimentado con ella. Porque ¿unos tiempos pasajeros de comunicación placentera acaso no eran también vida? ¿No arrastraba el hombre a lo largo de sus días anodinos el eco de un entendimiento satisfactorio, que iba más allá de lo sentido? Cada visita no solo fue un goce sensual donde el cuerpo se descubría a sí mismo al entregarse a la experimentada. Lo era también porque esta no se limitaba a fingir, sino que parecía que ella hubiera encontrado en el individuo algo más, una encarnación fuera de estereotipos y compromisos que la procuraban bienestar y disfrute auténticos. Cuando la mujer recibía a aquel hombre prudente, que no mostraba señal de una masculinidad sobredimensionada, que la hablaba con naturalidad, por una parte como si la hubiera conocido de toda la vida y por otra portándose como si fraguara un cortejo con el mismo afán que cualquier pareja ordinaria, la mujer del duro oficio se transformaba. Entonces trataba de prolongar el tiempo con él, aun saltándose las normas y el protocolo. No era mera evasión lo que la ponía a prueba, sino que dentro de sí había generado una alianza de tiempo y espacio con el hombre, a través de la cual escapaba de su conducta habitual y hallaba sentido a la manifestación de sus emociones más recónditas. Una expectativa arriesgada por la que al ofrecerle su cuerpo estaba tentada a volcar, no sin perplejidad, sus afectos naturales. Pero al principio se sintió acehada por la intranquilidad. En un punto de inflexión que la rompía, pensaba: por cuántos hombres por los que no he tenido ningún interés me he dejado acariciar. Acaso es más apropiado decir: a cuántos me había vendido. O cuántos me han usado. O con cuántos he simulado para que me pagasen. Ese pensar entonces críticamente en su oficio, cuando se encontraba con el hombre extraño que a ella le parecía diferente, la mortificaba y buscaba eufemismos para justificarse. No me vendo, realizo una transacción. No me dejo apropiar, me limito a cumplir con la retribución. No les doy carne, les ofrezco consuelo. Pero la presencia sutil y llana del otro enseguida le permitía abandonar los pensamientos lacerantes para dejarse deslumbrar, y temía también que conmover, por el visitante ocasional que parecía percibirla de otra manera. El hombre no tardó en decírselo. A la tercera visita la habló dubitativo y confuso pero sinceramente. No vengo para satisfacerme a mí mismo en un encuentro al uso, dijo precipitadamente. Entonces, ¿para qué vienes?, respondió la mujer asombrada. No puedo darte más, solo me pertenezco a mí. Pero con aquella confesión del visitante ella notó también que se producía una huida en su propio interior. Como si se dijera: este hombre merece ser tratado de otro modo, se le puede recibir de otra manera. A este hombre se le puede querer. Un verbo que en su oficio estaba prohibido. Ambos permanecieron inmóviles, tocados por la estupefacción, ausentes del ejercicio que se suponía debían realizar. Se miraron con la fuerza del instinto pero sin el ansia del arrebato, como si no estuvieran en la lóbrega habitación. La mujer se alarmó pero controló la situación. No quiero hacer nada, dijo él de pronto. Yo tampoco si tú no quieres, replicó delicadamente la mujer. Entonces ella se dio cuenta de que al responder de este modo había atravesado la línea del encuentro remunerado para ceder a algo más peligroso, algo que no había deseado que se produjese jamás en aquel ámbito sombrío.
* Henri Gervex. Rolla. 1878. Museo d'Orsay. París.

No es un texto de respuesta fácil. Para reflexionar.
ResponderEliminarSaludos
No hagas mayor esfuerzo en buscar la respuesta; como la vida misma.
EliminarPrecioso texto, acompañado de esa magnífica pintura con el eje central de el abandono femenino después del placer, pareciera en su inefable estado alejarse a miles de kilómetros de esa habitación
ResponderEliminarY digo precioso texto porque además de estar muy bien escrito, tratando con delicadeza el tema, nos arranca prejuicios y nos acerca a las emociones de ambos.
Gracias!