Hans tuvo una amiga cuya actitud era casi siempre contemplativa. Era como si estuviera pendiente de una voz interior. La hablabas y miraba al infinito. Por supuesto, parecía que estaba pendiente de tus palabras o tus gestos, pero no replicaba a lo que le comentabas. Hans entonces le decía sutilmente: ¿estás de acuerdo con lo que opina nuestro amigo? Como respuesta ofrecía una sonrisa, también extraviada si no huidiza, y se iba a otra parte de la casa. Es la timidez, la justificaba entonces Hans. A veces esa condición propia le limita para relacionarse. Yo creía a medias a mi amigo. Ni la mujer era una adolescente ni me daba la impresión de que tuviera una merma de comunicación. Así se lo expuse a Hans. Simplemente habita su mundo, dijo este. Y te estarás preguntando cuál es ese mundo. El íntimo no lo sé, no se entra en ella fácilmente, no se deja. El de la actividad que me permite ver es el de ponerse sobre la mesa de su cuarto, desplegar cuartillas y tomar la pluma. Ah, que es escritora, salté. A ella no le gusta que le llame nada, dice Hans, y menos en función de lo que se la ve haciendo. A veces la pregunto: ¿qué te traes hoy entre papeles, poeta? Entonces ella detiene su mano, gira su cabeza, aprieta los labios y su mirada se incendia de ira. Es de las pocas veces que abre la boca, cuando se la provoca en algo que tú no has advertido a tiempo. Luego ella entra en espiral. No me gustan los nombres, dice. No me gusta que me señalen. Escribir escribo, pero no sé para qué ni para quién. Me sale, me apetece, incluso me urge escribir. No vivo pendiente de escribir para pensar la vida y no es siempre lo que vivo lo que me exige que refleje con palabras. No creo que la escritura sea algo más especial que acariciarse una misma o que contemplar el origen del día. Eso me dijo hace poco, siguió Hans, y fui entonces yo quien enmudecí. Y ella me desafió. Se traicionó a sí misma y siguió su perorata. Pues sí, dijo incisiva, ignoro el objeto de por qué escribo. Ni siquiera me da en pensar si lo hago bien o si digo barbaridades o si expongo mis dudas. Afortunadamente nunca busco verdades a través de discurso alguno, como hacen otros. Me bastan mis fantasías sabiendo que mientras escribo vivo en otros mundos. Disfruto sensorialmente y no suelo repasar lo escrito. Te diré más, insistió ella, rompo después los papeles. Cuando me hizo esta revelación, me comentó Hans, me sobrecogí y permanecí confuso y hasta molesto por causa ajena. Esta mujer crea con sus palabras, las expone por escrito y no le concede después mayor interés. ¿Te parece normal? Y al decirme lo que me acababa de decir, como ella notara mi perplejidad lo soltó. Sí, escribir es un acto de placer. Como los demás placeres. Pero para que adquiera su valor tiene que tener el mismo tránsito y una duración análoga a la de cualquiera de ellos. Sentir su intensidad. Estallar interiormente. Dejar de ser una misma por unos instantes o minutos. Y luego hundirte en la lasitud y el deseo de la expectación del próximo escrito.
Te diré, amigo mío, me dijo al final Hans, y esto es una confidencia muy personal, que cuando nos amamos es la única ocasión en que me parece estar leyendo la obra de la poeta.
*Lucien Freud. Muchacha con un gatito. 1947. Tate Gallery. Londres

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