"Creemos que vamos conociendo a quienes están cerca, pero el tiempo trae consigo mucho más ignorado de lo que trae sabido, cada vez se conoce menos comparativamente, cada vez hay más zona de sombra".
Javier Marías. Corazón tan blanco.
Cómo amé a aquella barquera en mi infancia. La hábil e impetuosa manera de manejar los remos me admiraba. La destreza mostrada me conmovía. Sus mejillas sonrosadas transmitían una saludable alegranza. Bajo la ceñida blusa resaltaban unos pechos generosos que me deleitaba en sentir cuando ella me abrazaba. Su cuello, afinado por el ritmo de los movimientos, asemejaba un timón bajo el eje de su moño blondo. Destilaba un aroma de plantas de ribera. Hasta el efluvio de sus axilas era limpio y fragante, no obstante el esfuerzo de su continuo ejercicio. La discreción con que obraba con los adultos se desvanecía en el trato cordial y cómplice con los chicos. Después de pasearnos a los chavales del lugar a través de la corriente nos iba repartiendo a cada uno en la cercanía de nuestras casas. Yo era el último en abandonar la barca y, si aún había luz, la barquera demoraba la llegada, bien deteniéndose en una zona calma de la corriente, bien arrimándose a la vegetación de juncales tan esbelta como recóndita.
Sin duda siempre me vio como un niño triste. Pero nunca le di pena. O al menos no lo dijo. Hacía que me pusiera a su lado en el banco de la barca y me estrechaba con sus brazos firmes. Acariciaba mis cabellos con unas manos resecas y agrietadas por causa de la humedad. Me preguntaba si me había gustado el paseo por el río, sin pretender ser convencional. Yo, cohibido por mi propia condición natural, me limitaba a afirmar con la cabeza. Aquella tarde de lento ocaso fue más explícita. Hubiera querido tener un niño como tú, me dijo. Iba camino de tenerlo pero aquel accidente casual en que volcó la barca trastornó mi esperanza. Si fue el agua que ingerí o el extraordinario esfuerzo que realicé para sobrevivir el accidente dio al traste con el niño que engendraba.
Sorprendido por su relato, quedé confuso. Prosiguió. Dirás que cómo mi marido no hizo por preñarme de nuevo. Todos saben que no tuve nunca marido. Casi nadie conoció al padre, un hombre de paso que vino a trabajar durante un tiempo en la hidroeléctrica. ¿Quieres saber por qué me di a él? Porque era como tú, pero en mayor. Hablaba poco. Miraba con reserva pero profundamente. No entraba al juego tosco de otros hombres. No se empeñaba, como otros hombres, en cautivar engañosamente a las chicas de la comarca, aunque de haberlo intentarlo hubiera tenido éxito. No expresaba sus deseos de macho con el desparpajo e incluso brutalidad de otros. Y un día me pidió, amable y cohibido, que le llevara a pasear en mi modesta chalana. En aquel paseo, y en otros que dimos después, apenas hablábamos. Sonreíamos sobre todo. Nos observábamos de manera particular, misteriosa. Incluso intrigante. Yo no sabía de él y él parecía no querer saber nada de mi pasado. A veces yo abandonaba los remos y él, entonces, se echaba hacia atrás, y jugaba a crear surcos con su mano sobre la corriente. Nos contemplábamos mutuamente, con actitud interrogante pero prudente. Se podría decir que nuestro lugar de encuentro, allí donde estuviésemos, fue siempre el silencio. Fue el silencio el que dirigió la corte que se hacían nuestros cuerpos. Fue el silencio el que interpretó la sed de nuestros sentidos. Tras marcharse, al terminar la obra, le eché en falta pero me tragué mi angustiosa soledad. Lo nuestro, ya ves, había sido silencioso y lo demás, azar.
Cuando sea mayor haré porque tengas el hijo que perdiste, dije a la barquera al terminar de contarme su secreta historia. Su mirada de asombro se tornó entonces triste. Sí, deslizó escuetamente con sus labios carnosos. Siempre me he preguntado qué había en aquella sonrisa esbozada melancólicamente y en aquellos ojos vidriosos que permanecieron un rato observándome mientras volvía a casa.
*Anders Zorn. Medianoche. 1891. Zornmuseet. Mora. Suecia.


En ocasiones no es solo "Vicente" quien descubre que el pasado no está tan olvidado como uno creía.
ResponderEliminarSalut
Carencias de ambos.
ResponderEliminarLa valkiria rubiales está fuerte. El remo ayuda mucho a tener fornidos los brazos. Me recuerda mucho a esas camareras alemanas que llevan a la vez diez o doce enormes jarras de cerveza.
Hay momentos del pasado que marcan profundamente y no se olvidan, este de la barquera es uno de ellos.
ResponderEliminarSaludos.
Este relato tiene su misterio o su cuenta pendiente. Y qué depararía el futuro a ambos personajes habría que preguntarse.
ResponderEliminarAnder.