"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





jueves, 5 de marzo de 2026

A solas con la indiana



"Viniste al mundo con un secreto lacrado en el alma, que desconoces, y que solamente hubieras podido conocer si hubiese habido ocasión de que se revelase. No has tenido ocasión. Y te irás lacrado al cementerio. Y te morirás sin saber lo que verdaderamente eres".

Vergílio Ferreira, Pensar



Yo estaba al borde de la adolescencia. Ese tiempo, o solo momento, ya no sé, nunca supe, en que uno no comprende muchas cosas pero empieza a sentirlas. Hoy pienso: ¿cómo era eso posible? Anhelábamos que la señora de aquella casona lujosa nos invitase a merendar. Los chicos de las ventas cercanas, todo el día correteando entre eras y riberas, debíamos parecer pequeñas fieras salvajes. Pero ante aquella mujer nos suavizábamos y cambiábamos nuestras composturas. 

Al entrar en el zaguán de la casa de indianos nos transformábamos. Al principio no nos sentíamos cómodos, pero la merienda y, sobre todo, el interior del edificio nos atrapaba. La mujer, a la que ayudaba una mucama venida de la otra orilla, debía aburrirse y se sentía complacida con nuestra presencia. Preguntaba sobre nuestras correrías con un arte que no era de interrogatorio y menos de reconvención alguna. Insistía en que entrásemos en detalles, como si ella quisiera convertirse en cómplice de nuestras aventuras. 

No sé bien por qué, pero poco a poco mis amigos dejaron de venir a su invitación. Alguno debió volver a la ciudad por reclamación familiar. Otros no vieron ya demasiado interés en asistir con frecuencia a la llamada. Al fin y al cabo la merienda podía ser sustituida por los frutos de los árboles de aquellas fincas donde campábamos sin excesivo respeto. Alguno al que siempre le costó integrarse se justificó diciendo que era una mujer mayor y que ya había demasiadas mujeres de edad en su casa. 

Llegó un momento en que me vi solo. Para entonces no me convocaba el bocadillo o los dulces, aunque no los rechazase, pero el marco especial de la casona, las dependencias adjuntas donde tenían animales de carga, y, cómo ocultarlo, la mera presencia de la dama con sus vestidos vaporosos suponía suficiente objeto de atracción para mí. Tenía la impresión, acaso solo era fantasía, de que no había distancia entre aquella mujer que se interesaba de alguna manera por un niño y yo. Ella, ya en edad madura, aunque mantuviera contacto amable con gentes del lugar, me había acogido con prioridad. Y yo me había convertido en un asiduo de la casa. No en una especie de familiar. Ni en una simple amistad. 

Años más tarde me pregunté qué me atraía en aquella mujer más allá de su porte y de su belleza, características estas que ejercían sobre mí un deslumbramiento. Porque había más que esas dotes exteriores. Su capacidad de relatar con toda clase de detalles admirables los paisajes de la tierra de donde procedía. El modo de transmitir las historias de su país. Los pequeños pero no tan nimios secretos de su pasado infantil que me fue transmitiendo, como si los hechos de los que hablase fueran recientes. Ciertas novedades sobre su vida adulta que apenas captaba yo, pero cuya información me enaltecía, al considerarme mayor de lo que iba siendo. A medida que ella se acercaba de nuevo a mi edad yo me iba proyectando hacia la de ella. 

Solo sensaciones. Pero que iban trazando un discurso interior, tal vez no ajustado a la realidad, si bien inquisitivo. Solo instinto. El disfrute de un aroma único que yo inhalaba sin disimulo. El oído que prestaba con agudeza a su pronunciación pausada. La embriaguez a la que yo mismo me sometía ante la tonalidad melosa, carente de altibajos. El acompañamiento de una mirada entregada a cuanto narraba, como si me ofreciera sus ojos para que yo mirase con ellos su vida anterior. La sacudida del aire que agitaba la tela de su vestido. El estremecimiento por el roce espontáneo de una piel diferente. La tierra viva olida en la humedad de unos cabellos. Mi turbación al cebarme una y otra vez en la visión de su torso lozano. ¿Y no era poco que me hablase sin la pretensión, habitual en los adultos, de sacar conclusiones del tipo de consejo moral o simplemente de advertencias? Jamás pronunciaba palabras como peligro, descarriarse, obediencia, orden o inútil. Términos con que habitualmente nos machacan los progenitores porque decían que teníamos que ser hombres de provecho algún día.

Emociones que se desplegaban inconscientemente dentro de mí, alguna de las cuales sugería algo aún inexplicable y menos inenarrable que he recordado en los momentos más gozosamente íntimos a lo largo de mi vida.





* Jesús Molina García de Arias (Cerecinos de Campos, Zamora, 1903- Madrid, 1968) Mujer en amarillo. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.Madrid.


9 comentarios:

  1. Diria que en nuestra adolescencia, quien más quien menos tuvo su señora Robinson.

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    1. Sin duda, con mayor o menor cercanía. E incluso un tiempo después, porque en aquella época todo fue muy lento en nuestro devenir.

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  2. La mujer misteriosa decantando lentamente, sin notarse el derrame, ese saber estar, saber decir, saber mostrarse, con la gotas de misterio necesario para captar nuestra atención juvenil de forma hipnótica.

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    1. Y que nunca hemos logrado interpretarlo del todo, aunque nos parezca.

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  3. Justo pensaba en eso, en la señora Robinson.. son extraños los encuentros pasados los años, cuando la edad nos ha maltratado a todos...

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  4. Chico ¡...no voy a opinar sobre el escrito, porque el cuadro que has puesto me apasiona y se comerá lo que ponga y como lo haga.
    Es bestial...No da sensación de flotar, los pies reposan en el suelo y le da ese aire de firmeza, de que está "sentado" dentro de la atmósfera.
    Los pliegues del vestido son fantásticos y los brazos y las manos proporcionados.
    Es un oleo de diez ¡ Me subyuga.

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  5. En la adolescencia uno se siente atraído por el "aire fresco", las novedades, los viajes... uno además desea liberarse de los "miedos" y monsergas que nos trasladan nuestros progenitores... No lo olvidemos para con hijos, nietos, sobrinos... los adolescentes necesitan por fin explorar a su manera, a sus anchas.

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  6. Creo que somos muchos los que hemos fantaseado en nuestra pubertad con alguna mujer madura, más joven que nuestras madres. Una experiencia que, aparte de los "momentos más gozosamente íntimos", nos sirvió también como aprendizaje para hacernos mayores.
    Saludos.

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  7. Mecachi,lo que es la vida,mientras que leia pensaba pero que pasa,que no me animo,que en lugar de deseo ,pienso que esta muy aburrida,pienso como nieta,que deberia estar haciendo algo de provecho.
    Muy bonito el escrito,pero me llega tarde.
    Saludos

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