"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





lunes, 9 de febrero de 2026

La lesiva de sí misma

 





Sí, mírenme como les plazca. No llamo a engaño. Tampoco teman si me perjudico. El daño es mío. Como antes lo fue el que causé a otros. Me creen desesperada, ¿verdad? Es mi condición. La envidia que he lastrado durante toda mi vida ha ido acompañada de una ira insensata, casi letal. ¿Es lo que produjo el odio o primero fue este? Difícil distinguir qué paso va delante de otro, sobre todo cuando todo el cuerpo se dirige al unísono hacia un objetivo inalcanzable. Miren, ahí tienen a la loca, dicen quienes me pillan en este trance en que parece que mis frustraciones las pago con mi propia carne. Nadie sabe que cuando me agredo ataco al mundo que me ha vencido. Dirán: es absurdo destruirse a uno mismo, ¿qué consigue con ello? Dirán: no corrige por ello los perjuicios que anteriormente haya causado. Dirán: no puede ser que haya sido siempre así esta insensata que se exhibe ante tantos ojos que no la van a entender ni mover a compasión. ¿O es lo que busca?, dirán. Pero yo no quiero la piedad de nadie. Ni pretendo redimirme. Si he sido verdugo de otros tengo derecho a aplacar mi iniquidad destruyendo este cuerpo que jamás podrá ser como fue en la juventud. Sí, aquel cuerpo admirado, aquel rostro que aturdía, aquel porte voluptuoso observado lascivamente, aquella actitud amable y seductora que causó tanto desasosiego y llevó a algunos a enfrentamientos por disputar mi posesión, desapareció hace tiempo sin conocer ni el equilibrio ni el bienestar. Cierto. No me dejé querer. No di tiempo a ninguno de quienes aspiraron a mi compañía. No contribuí al entendimiento de otros mejores que yo. Y por si fuera poco entorpecí las ilusiones de otras mujeres. ¿Por qué la vida tiene que ser una competición? ¿Por qué no me bastaron los pequeños frutos que iba cosechando y que ya hubiesen querido los demás? A veces me digo inútilmente: si pudiera volver atrás... Pero, ¿qué haría? Fantasías. Contra el tiempo y los cambios que este obra en los cuerpos no se permite retroceso alguno. Todo va con urgencia disminuyendo. Todo se obstina en el deterioro. Ni siquiera el lamento, y menos esta desesperación agresiva, consuelan. Sé que todos lo comentan, entre misericordiosos y acusadores. Ahí va aquella que un día fue digna de fascinación y de disputa, y hoy se desgañita entre sus miserias. Pero me da igual. Hasta el desprecio ajeno me alimenta. 




*Cuadro atribuido a Quentin Massys, Vieja mesándose los cabellos. Museo del Prado, Madrid.

3 comentarios:

  1. Fue bella y dejó de serlo, lo normal al envejecer. La vejez es la venganza de la naturaleza.

    ResponderEliminar
  2. Le importaría decirme, señora, su nombre de pila?

    ResponderEliminar