"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





viernes, 27 de febrero de 2026

La aciaga hora de las vendas

 



Es la hora de las vendas. No las que protegen la herida, sino las que la profundizan. No las que ocultan la verdad, sino las que la revelarán cuando queden cubiertas de sangre. ¿Por qué vendarán los ojos a los reos? Para que no vean, ¿qué? ¿La actitud piadosa de los monjes, eternos vigilantes de la buena muerte, como si esta se mostrara buena en esa circunstancia atroz? ¿Para que se sientan consolados al borde de las tinieblas? ¿Puede haber consuelo para un reo? Contumaces en sus ideas y propósitos los hombres audaces, malos calculadores de la avidez de quienes tienen más poder que ellos, se ven en la derrota más total, la que solo depara un triunfo, pero para la muerte. Pero ellos quieren ver. Quieren ver el rostro de autómatas que muestran los fusileros. Quieren ver la orgullosa pero hipócrita marcialidad de los mandos. El gesto turbio de satisfacción de quienes darán la orden del ajusticiamiento. Tal vez atinen a ver, más allá de toda la tropa y curiosos, a algunos de quienes los traicionaron. Y quien más o quien menos de ellos, atenazado por el rencor y el sentimiento de fracaso, intuya a los verdaderos vencedores que, desde sus fincas de recreo o los casinos provincianos, se frotan las manos por la victoria de su conspiración. ¿Qué es lo peor que puede padecer un hombre a punto de perder la vida? La soledad. Aunque a su lado se agrupen otros hombres, tan abandonados a su suerte como él. Se sujetan de las manos, se abrazan, se miran como si las miradas construyeran un solo hombre. Apenas pronuncian palabra, salvo algún improperio. No hay pizca de ánimo que eleve su temple. Su temple es el escalofrío que se ha apoderado de cada cuerpo. Sienten en sus mentes la caída de las ilusiones, aquellas que creían apoyadas y ratificadas por el pueblo. Pero el pueblo se mantiene a distancia. Contempla atónito el horror que ese mismo pueblo, con su inoperancia y su vaciamiento ideológico, con su confusión y su entrega al mejor postor, permite que los paladines de la revuelta estén frente a los mosquetones. Algunos de ese pueblo, agitados por su mala conciencia, comentarán entre sí que no debería haber tenido lugar ese fiasco. Pero otros, cambiando de bando, clamarán contra los condenados. Como si sus gritos pudieran acallar su deslealtad. 

El amanecer es gris y el mar está encrespado. Pasará un tiempo y se negarán los hechos. O se contarán de otra manera. Muchos que hoy callan ensalzarán a los ejecutados. Cayeron por sus ideales, dirá la plebe. Fueron héroes, proclamarán hasta los cobardes. Tuvieron sus genitales hispanos en su sitio, reconocerán cínicamente es sus tertulias los instigadores de la trama. Un problema menos, aplaudirán en sus cenáculos los patrocinadores del crimen. El alba es opaco y las olas turbulentas.
 




* Antonio Gisbert Pérez. Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. 1888. Museo del Prado.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Se acabó el kikirikí

 



Me gustaba correr tras las gallinas. Picotearlas, cuando no tomarlas, sobre todo a las más rebeldes, y que luego dieran rienda suelta a sus crías. No es que así lograra placer. Al fin y al cabo siempre era una tarea tan monótona. Mi disfrute más conseguido, tras los amaneceres en que parecía indiscutiblemente el descubridor de la luz y de los quehaceres de los hombres, era pavonearme. Habría que decir gallonearme. Todo el gallinero para mí. Y el corral entero, y el patio, y la calle. Discurrir por cualquier rincón, todo el mundo apartándose a mi paso. Los niños huyendo ante mis provocaciones, aunque nunca se me habría ocurrido picar a nadie. 

Un día fui a por una criatura nada inocente. De ordinario me tiraba piedras y luego echaba a correr. Nunca me arredré ante la bestezuela humana. Le pillé por sorpresa, quise asustarle solamente, pero fallé en el amago. Mi pico en su pierna le espantó, salió pitando, pidiendo auxilio. Fue un error de cálculo por mi parte. No volvió ni para vengarse. Tampoco debió dar parte a sus progenitores, si los tenía.

Me gustaba sentirme contemplado. Eso es gallardía, escuché decir un día a un vecino. Un animal poderoso, ratificó otro. Su cresta carmesí es un pabellón de nobleza, comentó un enteradillo, sin que yo entendiera lo de nobleza. ¿Has visto qué espolones?, advirtió quien parecía conocer mejor mi fisionomía que yo mismo. Yo me aproximaba a todos ellos para oír sus comentarios, sin ninguna intención agresiva. Solo para exhibirme. Luego me daba media vuelta, orgulloso y vibrante, aparentando ignorarlos. 

Mis dueños no me ponían otro coto a mis correrías que su vivienda. Aunque también fuera accesible no se me ocurriría entrar en ella. Un día, no sé si por despiste o por curiosidad, entré a través de un pasillo y tuve que salir por pies, vamos por plumas, a saltos, a vuelo raso. Pillé al señor de la casa haciendo cariños a la doncella más bella. Afanándose en tocamientos y dulces palabras con aquella muchacha, la que más me quería, la que tenía siempre más cuidado hacia mi persona. ¿Sería el señor el verdadero gallo de la casa? ¿Había tomado ejemplo de mi? La joven no parecía rechazarle, más bien se sentía poseída por el buen hacer amatorio del macho. Me quedé observando las artes de ambos, uno entregado con empeño, la otra dejándose llevar arrobada. Yo traté de no hacer ruido, pero acaso el movimiento inquieto de mi cresta o un giro de los amantes que cedían entre sí sus desnudeces reaccionaron sintiéndose sorprendidos por un ajeno. Ella tiró sobre mí el corpiño. Él me dio un manotazo, sin soltar a su presa. 

¿Fue esta la razón por la que me veo ahora colgado y sin que me salga un gorgorito? ¿Me consideraban viejo cuando me atraparon unos días después y el mozo más rudo apretó sus gruesos dedos sobre mi gaznate? Lo último que escuché: ya ve, señor, un gallo viejo y además un gallo verde. El señor rio a cuenta de la ocurrencia cómplice del otro.




Gabriel Metsu, Gallo muerto. 1659-1660. Museo del Prado, Madrid.


lunes, 23 de febrero de 2026

La bañista liberada

 



Se sabe concentrada en todos sus sentidos. Pisar con cautela el lecho descendente del río. Asumir sin impresiones la temperatura del agua. Ignorar las miradas de quienes permanecen en la orilla sin decidirse a dar el paso. No es un lugar apartado, como el que hay más allá, al recodo de la misma corriente, que queda oculto. Donde van mujeres más audaces. Donde los hombres jóvenes consideran con naturalidad exhibir junto con las mujeres su desnudez. Tal vez ella misma avance pisando con medida y estabilidad los guijarros hasta ese lugar de encuentro prohibido. Pero tiene que estar segura de que nadie observa su maniobra, que lleva a cabo con prudencia y disimulo. Cuando los ojos inquisitivos dejen de estar pendientes de ella pisará con mayor firmeza. Sus pies serán masajeados por la guija aplanada y ligeramente contusionados por los cantos afilados que, de manera imprevista, la harán quebrar. Se repondrá de cada embate del material sedimentado en el fondo. Acelererá el paso, ondeando su saya a un lado y otro, como si ejecutara un baile acuático. Apremiará a los gansos que, por delante suyo, se deslizan imperceptibles y silenciosos a través de la superficie. Deseará llegar cuanto antes a la curva donde la floresta abundante oculta la visión de los mirones que quedaron atrás. Juncales esbeltos, cañaverales firmes que compiten con otros arbustos, álamos que hablan el lenguaje del viento, zarzamoras espinosas cuya corpulencia cierran el curso rectilíneo del arroyo. La mujer, ya bastante empapada por el chapoteo, hace rato que ha perdido el temor a la gente, desafiado al caudal, espantado la vergüenza de los preceptos dominantes que la inculcaron en nombre de una moral del rigor y de la doblez. Allí están, juguetones y espontáneos, los demás. Los diferentes. Quienes desafían leyes y costumbres y generan la hermandad de un nuevo bautismo. El de la conciencia de los cuerpos. El del goce de los sentidos. El de la aceptación de una carne responsable necesitada de sentirse compenetrada con la tierra y los elementos. El grupo congregado mira sorprendido a la recién llegada. La reciben con entusiasmo y aspavientos. Ella abre los brazos respondiendo con júbilo al acogimiento de que es objeto. La enagua resbala a través de su torso y un movimiento provocado por sus hombros permite desembarazarse de la prenda. Los otros la invitan a unirse a nadar con ellos en la poza, donde no se hace pie y el cuerpo se pone a prueba con el equilibrio que proporcionan los movimientos de las extremidades. Ella ríe como nunca hubiera imaginado. Ríe y se sumerge y eleva de nuevo cual ondina con insólita personalidad.  



*Rembrandt van Rijn, Mujer bañándose en un arroyo. 1654. National Gallery de Londres.


viernes, 20 de febrero de 2026

O aquí o allá, la voz queda del ermitaño

 


O lo tomas o lo dejas. Así me habló el ermitaño. O aquí o allá, peroró nuevamente. Como yo mostrara cierta confusión por tanta disyuntiva solo dijo: ya lo entenderás. Qué deberé entender, repliqué con prudencia escasamente interrogativa. La vida, musitó ambiguo. Pero, ¿acaso hay vida en tu cueva?, respondí brutalmente, lo reconozco. Ya lo entenderás, me devolvió de nuevo con más énfasis, casi amenazante. Luego se adentró por un largo pasillo ganado por la oscuridad y le perdí de vista. 

Aquel lugar no tenía confort mínimo alguno para los tiempos que vivimos. El anacoreta había buscado a propósito un espacio imaginario que le recordase el agujero de quienes se aislaban del mundo en épocas pretéritas y devastadoras. No era ruinoso pero sí se hallaba muy deteriorado y los corredores conducían todos ellos a estancias menudas y bastante tenebrosas. Aquel edificio, si se caracterizaba por algo era por la ausencia de voces. Un refugio para perderse de la vida humana o para perecer del todo en él, me dije.

Volví al cabo de unos días. Me apetecía fotografiar ciertas dependencias abandonadas que conservaban toscas bóvedas de arista, probablemente refectorios, cillas o la sala capitular. La reducción de luz que los constructores que seguían los modelos del Claraval habían conformado al levantar la estructura de aquel ámbito no facilitaba la misión. Solo cuando salió el sol y sus haces se hicieron valer allí dentro admiré el contraste y le di al clic, con mis dudas sobre la calidad de la imagen. En medio de tanta soledad hizo su aparición de nuevo el anacoreta. Has vuelto, dijo al recibirme. ¿Vienes también a quedarte o solo una curiosidad malsana te ha traído de nuevo hasta aquí? Le hubiera contestado que por qué la curiosidad tiene que ser malsana, pero caí en la cuenta de que el tipo no era un hombre de amplia conversación. No obstante opté por la plática. ¿Por qué debería quedarme? Ya te lo sugerí la otra vez, respondió conciso. ¿O no has pensado en ello? Si dejas el mundo del ruido habitarás tu verdadero mundo. Si, por otra parte, prefieres intoxicarte día tras días para vivir en la confusión, habrás elegido el lado de la muerte en vida. Asceta, eres un maximalista irredento. Porque entonces, ¿qué haces tú con una calavera en la mano? ¿No estás evocando también la muerte en vida? ¿No estás viviendo el vacío total, perdido en un deseo malsano? ¿No vas contra natura? ¿Sacrificas tu personalidad humana, haciendo dejación de tu capacidad de pensamiento constructivo? En fin, ¿reduces la vida a la muerte?

Ante la cascada de preguntas que no esperaban, por cierto, respuesta, pues eran más bien una regañina que probablemente no tenía derecho a echarle, el cenobita respondió ejemplarmente. Con su silencio. De pronto se traicionó, replicando agitado como quien protege un tesoro. No, no es una calavera cualquiera. Es mi libro de horas. Mi punto de reflexión. El soporte del sentido del tiempo que debo asumir. La mecánica del recuerdo. La herencia de una vida que se muestra hosca y sin satisfacciones. En este punto el hombre me hartó. Tu recuerdo no puede ser ese solamente, asceta. Habrás tenido un pasado como todos. Los humanos vivimos del pasado, con sus pros y sus contras, y ese bagaje nos da sentido, nos estimula para seguir, bien porque haya habido insatisfacciones en él y queramos corregir o porque nos haya gratificado tanto que nos estimule a seguir viviendo. Un engaño, dijo cortante el anacoreta. Lo real y el sentido resumido de las cosas, en cualquier tiempo de la vida, es lo que tengo en la mano. Y acarició aquel cráneo de mirada huidiza y turbia, como si se tratara de un ser necesitado de cariño.  

A continuación, el ermitaño calló del todo. Se levantó de su postura genuflexa, tosió aguda y repetidamente, se alejó moviendo sus harapos hacia la concavidad más alejada de mi vista. Salí a la luz del día. Que perezca en su rechazo a la vida si es su afán, pensé sin acritud. Huir no es vivir.



* Francisco de Zurbarán, La meditación de San Francisco. 1639. National Gallery de Londres. 


domingo, 15 de febrero de 2026

El dibujante contento




“La risa está, probablemente, destinada a desaparecer. No se comprende bien por qué, entre tantas especies animales desaparecidas, persistiría el gesto de una de ellas". 

Marcel Schwob, de El terror y la piedad.


 ¿Te ves así? Me veo así. Más flacucho. Ni más ni menos, el que me parece que soy. Parecer no es lo mismo que ser. ¿Y qué es eso de ser?  Pues lo que uno ha llegado a crecer, a adquirir dimensiones, a interesarse por la vida, y a poner buenas caras y muchas cosas más. Quiero creerte, pues me habían dicho que eso de ser era algo más trascendente. No te lo creas. Yo soy mientras dibujo, ¿sabes? Suficiente, pero veo que  tú sonríes y en cambio el de tu autorretrato no. Sonrío porque me hace ilusión enseñártelo. Pues haberte puesto sonriente en el papel. No me ha salido. Entonces, ¿es tu otra cara? Todos tenemos otra cara, o más de una, supongo. ¿Qué piensas hacer con el dibujo? Pensaba guardarlo, pero si quieres te lo doy. Será un grato recuerdo para mí aunque no me convenza, no tiene la gracia innata que tú tienes. No te tiene que convencer, y si no te gusta lo tiras. No puedo tirar el regalo de un niño. Eso que dices me agrada. ¿Piensas dedicarte a dibujar, cuando seas mayor? Pienso dedicarme a divertirme con lo que se me ocurra. Pero eso es muy peligroso, no tienes más que mirar a los pendencieros y aventureros que llevan una vida desquiciada si no mala. No hay por qué ser de esos, a mí no me pide el cuerpo ir de pendencias. Pero la vida es muy exigente, no contempla con facilidad a los divertidos, y muchos piensan que estos son unos vividores. Pero tengo entendido que vividor es el que vive a cuenta de otros, y no se me ocurriría nunca; solo quiero vivir por mí mismo. ¿Viviendo, por ejemplo, de tus creatividades? ¿Por qué no? Algunos artistas pasan hambre; ¿no te lo ha dicho nadie? Eso sí que sería mala vida. Una vida arriesgada. ¿Y los que tienen otros trabajos no corren sus riesgos? Pues también. Yo lo que quiero es vivir intensamente el día a día. Eso decía un tío mío, que quería vivir intensamente. ¿Y lo consiguió? Pereció, dicen que una vidente le echó un mal de ojo. ¿Una vidente? Yo creo que más bien tuvo la mala fortuna de cruzarse con uno tan intenso como él, y le ganó la mano. Ese sí que sería algún camorrista. Pero no solo de tendencia natural sino de ideas que pretenden dominar el mundo. ¿Hay camorristas con pensamiento camorrista? Huy, no te imaginas cuántos. Yo no quiero ser de esos. Pues entonces prueba a divertirte con tus dibujos; un plumín, aunque puede herir tanto como una daga puestos a utilizarlo con aviesa intención, no llega al cuerpo a cuerpo; y además puede arrojar luz. Quiero ser así y dibujar para divertir y hacer reír a otros también. Buena propuesta, aunque acaso no te entiendan de buenas a primeras. Y dibujar el mundo de otra manera. Te quedarás corto, pero inténtalo. Oye, y dibujarse a uno mismo, ¿ya es dibujar el mundo? Una manera de empezar, digamos. 



* Giovanni Francesco Caroto. Muchacho pelirrojo sosteniendo un dibujo.1515-1523. Museo de Castelvecchio.


jueves, 12 de febrero de 2026

El durmiente engañoso

 



"Muerte es cuanto vemos despiertos; cuanto vemos dormidos, sueño".

Heráclito, Fragmentos.


Yace. Duerme o simula que duerme. Incluso sueña o se abisma en imágenes que recrea. Permanece desnudo desprovisto de sus atributos y de su bagaje armígero. No parece él mismo. Asemeja a un durmiente cualquiera. Pero no lo es. Tampoco descansa, aunque la imagen lo sugiera. No podría. Su cometido es demasiado activo como para permitirse reposo. Su misión es imperecedera y no conoce límites. Y no es la muerte la que le arrebata, sino un instante de fuga en quien no es en absoluto apacible. Su cuerpo no se aja. Sus facciones no se arrugan. Sus músculos no pierden la entereza. Su piel tersa y limpia oculta una rigidez áspera. La visible armonía de su torso oculta la robustez aniquiladora que subyace. Imaginarlo ausente es un error de cálculo para cualquier mortal que lo subestime. Es probable que se vea sometido a una tentación ilusoria que le ha hecho caer en un hechizo circunstancial. ¿Un hechizo para quien no se deja arriesgar por arrumacos y caricias vanas, que le parecen expresiones de debilidad? Atrapado por un sopor imprevisto cabe preguntarse si dentro de ese arrobamiento persistirá en la orgía apocalíptica que le caracteriza. ¿Detendrá la duermevela su saña iracunda? De la alucinación inducida despertará al cometido de todos los días. El crudo mandato que no cesa. Está ahí para manifestar la esencia mortífera de los hombres. La más tenaz. La implacable. La que impide que los estados de relativa felicidad duren. Esos tránsitos engañosos que los humanos desearían a perpetuidad. Cuanto se brinda en su entorno para intentar cambiarlo es ignorado por él. Ya pueden sonar himnos bucólicos o emerger de las aguas ninfas embriagadoras. Ningún tiempo ha sido posible jamás en la historia de los mortales sin su presencia funesta. Verlo en la apariencia de abandono puede llamar a engaño. Contemplarlo desprovisto de su parafernalia destructiva es solo ensoñación. Algunas leyendas y mitos lo han querido describir como vencido al amor. Muchos artistas lo han representado en una metamorfosis doblegada a la belleza femenina. Acaso en ocasiones haya llegado a creerse otro. Pero tras los sonidos de las caracolas lúdicas llegan siempre los ecos de las trompetas triunfales. El dios de la guerra no se rinde jamás.   





* Sandro Boticelli, Venus y Marte. 1483. National Gallery. Londres


lunes, 9 de febrero de 2026

La lesiva de sí misma

 





Sí, mírenme como les plazca. No llamo a engaño. Tampoco teman si me perjudico. El daño es mío. Como antes lo fue el que causé a otros. Me creen desesperada, ¿verdad? Es mi condición. La envidia que he lastrado durante toda mi vida ha ido acompañada de una ira insensata, casi letal. ¿Es lo que produjo el odio o primero fue este? Difícil distinguir qué paso va delante de otro, sobre todo cuando todo el cuerpo se dirige al unísono hacia un objetivo inalcanzable. Miren, ahí tienen a la loca, dicen quienes me pillan en este trance en que parece que mis frustraciones las pago con mi propia carne. Nadie sabe que cuando me agredo ataco al mundo que me ha vencido. Dirán: es absurdo destruirse a uno mismo, ¿qué consigue con ello? Dirán: no corrige por ello los perjuicios que anteriormente haya causado. Dirán: no puede ser que haya sido siempre así esta insensata que se exhibe ante tantos ojos que no la van a entender ni mover a compasión. ¿O es lo que busca?, dirán. Pero yo no quiero la piedad de nadie. Ni pretendo redimirme. Si he sido verdugo de otros tengo derecho a aplacar mi iniquidad destruyendo este cuerpo que jamás podrá ser como fue en la juventud. Sí, aquel cuerpo admirado, aquel rostro que aturdía, aquel porte voluptuoso observado lascivamente, aquella actitud amable y seductora que causó tanto desasosiego y llevó a algunos a enfrentamientos por disputar mi posesión, desapareció hace tiempo sin conocer ni el equilibrio ni el bienestar. Cierto. No me dejé querer. No di tiempo a ninguno de quienes aspiraron a mi compañía. No contribuí al entendimiento de otros mejores que yo. Y por si fuera poco entorpecí las ilusiones de otras mujeres. ¿Por qué la vida tiene que ser una competición? ¿Por qué no me bastaron los pequeños frutos que iba cosechando y que ya hubiesen querido los demás? A veces me digo inútilmente: si pudiera volver atrás... Pero, ¿qué haría? Fantasías. Contra el tiempo y los cambios que esta obra en los cuerpos no se permite retroceso alguno. Todo va con urgencia disminuyendo. Todo se obstina en el deterioro. Ni siquiera el lamento, y menos esta desesperación agresiva, consuelan. Sé que todos lo comentan, entre misericordiosos y acusadores. Ahí va aquella que un día fue digna de fascinación y de disputa, y hoy se desgañita entre sus miserias. Pero me da igual. Hasta el desprecio ajeno me alimenta. 




*Cuadro atribuido a Quentin Massys, Vieja mesándose los cabellos. Post 1553. Museo del Prado, Madrid.

viernes, 6 de febrero de 2026

La lectora impenitente

 




Estás llegando a lo más interesante de la narración. Se presiente por esa actitud de abandono que muestras. Apartados los quehaceres comunes, relegados los individuos que buscan tus concesiones, te dejas atraer por los personajes del libro. El viento ha cesado. La rizosa cabellera descansa sobre tu espalda. Agradeces el leve sereno que la caída de la tarde refresca tus redondeados perfiles. Olvidadiza de tu cuerpo, adaptas la postura al soporte que te arrebata. Acaso es la tensión expresada en el relato la que condiciona la tirantez de los músculos que buscan acoplarse al ejercicio. 

Has entrado de tal manera en el argumento que te va a costar desasirte del volumen arrugado que se ciñe a tu torso. El verjurado del papel araña suavemente tu piel. A cada frase que lees, a cada párrafo que dejas atrás, tu sonrisa se manifiesta o tu ceño se cierra o tus ojos se fugan atónitos. No te ves a ti misma, pero gesticulas inadvertidamente, como si estuvieras presente, como si también ocuparas el texto. De pronto te has detenido en la lectura. Algo no entiendes en la página y vuelves a leerla de nuevo. Es esa escena la que te perturba y te hace vacilar. Se te generan dudas sobre si la sabrás interpretar. 

Hay momentos en el desarrollo de una narración en que nada está claro. En que lo que estás siguiendo no continua por el camino que esperabas. Que ni siquiera los pasos anteriores que decidió el autor conllevan el mismo ritmo y parecen decaer. Cuando acaso solo pretende abrir un hueco para un nuevo trazado donde la acción y los que se mueven en ella se manifiesten de modo más abrupto. O simplemente el autor desea reponerse de lo que ha venido narrando para inaugurar un nuevo estado de lasitud, marginal, en que los pensamientos dominan sobre los personajes y lo que viven, en que el mismo autor pone sus creencias e ideas en boca de seres de ficción que le sirven de excusa.

Pero no te confunde tanto la intención del autor, que probablemente estará complicando también a otros lectores, como los parecidos que encuentras en algunas situaciones con las que tú has estado viviendo. 

Te has parado preguntándote si lo que va a venir a continuación será un desenlace de lo anterior o el nudo se estará liando aún más. Una voz ajena al relato y a tu concentración ha pronunciado tu nombre desde la proximidad. No te dejas afectar y continuas enredada en las siguientes escenas, donde esperas encontrar claves más abiertas de la trama. 

Hasta ahora estás disfrutando del placer proporcionado por la armonía de las palabras y el juego de las oraciones. Pero lo que se cuenta, lo que tú comprendes de la historia, te abruma a cada capítulo que rematas. Y, no obstante, asumes la incertidumbre en que se mueven los actores de la novela y dialogas con ellos. 

El autor no sabe que al punto en que te encuentras en la lectura de su obra estás interfiriendo y que se agita en ti el instinto entrometido de variar su contenido. Pero sigues leyendo a la línea. Navegando entre las líneas. Entre lo que te parece que dice y lo que podría estar diciendo. Sigues en paralelo. Dos orillas habitas. La que se muestra en el curso de ese torrente verbal y la que tú reescribes con la impertinencia de quien desea ir más allá. 

La luz del día es ya mortecina. Un escalofrío se ha deslizado violento de la cabeza a los pies. En el libro también se describe. Entonces ella sintió un escalofrío, lees, y no supo que decir. Repitió otro golpe gélido que rasgó su carne, y no entendió qué podía significar. Eso lees. Te das entonces cuenta de que no son solo las palabras las que te vinculan con el relato. Los sentidos han roto aguas en el texto y tu cuerpo se llena de sensaciones inconfesables. De emociones intensas. De temores que te encogen. De apetencias que te niegas a rechazar. 

Prosigues la lectura cuando apenas destaca ya tu vista el negro sobre el blanco. El atardecer te ha traicionado del todo. En tu contumacia presientes que se ha abierto un pasillo críptico, inquietante, entre el libro y tú misma. Miras en derredor y todo lo habitual se te ofrece con extrañeza. Desde la profundidad de las páginas oyes una voz que se parece a la tuya. Es insistente y eleva el tono. Es mi voz, soy yo, te dices con medrosa perplejidad. Tu voz crece allá dentro junto con las otras voces. Las palabras del texto eclosionan en tu mente. Tú les devuelves el diálogo. Poco a poco las voces merman y tras ellas solo permanecen ciertos susurros. Y entonces... 






* Francisco de Goya, Magdalena penitente. 1797-1800. Museo Lázaro Galdiano de Madrid.

lunes, 2 de febrero de 2026

La insoportable ausencia de Narciso

 



Pavoneado por la propia imagen el joven se ausenta de cualquier otra referencia. Cree bastarse por sí mismo. En aquello que se refleja en el agua estima contemplar como única la inalterable y hermosa existencia. Él es el mundo. Un mundo donde solo existe el momento. Como si la edad fuera eterna e inamovible. Donde solo tiene lugar un cuerpo que contempla al otro cuerpo que le reduce, aunque piense que le prolonga. Nada fuera de sí le satisface. Nada le da más placer que reafirmarse en su imagen. Se gratifica apreciando su bien formada materia. Se aprecia en las facciones graciosas que le sonríen desde abajo. A nada atiende sino a la llamada que le retorna desde las aguas. Se apoya en la corriente como si fuera a poseerla. Respira ora con lentitud ora con ansia. La exhalación le es devuelta y enturbia aún más su deleite. Enajenado por su abigarrada posesión se retuerce entregado como si quisiera llegar a una cópula. Extiende el rostro ahíto de ensimismamiento. Abre los labios buscando la confluencia de los mismos labios. Pronuncia tenues palabras de lasciva ternura. Enredado en el bucle de la complacencia trata de evadirse de cualquier signo de dolor o incluso de otra clase de satisfacción. Pero el río no se detiene y él ignora que en cada instante que permanece admirándose no sigue siendo el mismo. No puede dejar de contemplarse, pues es más poderoso su miedo a aceptar al otro que no desea ser. Ha descendido al borde, obnubilado por la caricia rumorosa del arroyo. Un rumor que se va traduciendo en quejosas voces de otros personajes que antes han sido víctimas de su despecho. Qué intenso es el sonido burlón bajo las aguas. Qué perverso el desquite de los despreciados. Ahora él también es lluvia perpetua. Donde las imágenes quedan  diluidas para siempre. Ahora se ha fundido sin salvación con su no deseada ausencia.




* Narciso, de Caravaggio. 1597-1599. Galleria Nazionale d'Arte Antica. Roma.