Fenómenos como el de las imágenes adjuntas me hacen reflexionar sobre cuánto y con qué persistencia vivimos en el engaño o, si se quiere ser más benévolos, en el error de apreciación. Porque ¿siempre se considera como lo que es aquello que parece a primera vista? ¿Es siempre la verdad lo que se nos ha relatado como supuestamente verdadero? La mujer joven junto a la ventana estuvo leyendo una carta durante siglos, desde que en 1657 fuera pintada por Johannes Vermeer. Pero la carta que ella leía no fue la que tanta gente que admiró el cuadro creyó que estaba leyendo. Fue otra.
La ventana abierta orea la estancia. La fruta se va desparramando desde un frutero ladeado. El cortinaje gualda tirando a verdoso ha sido corrido para que el aire y la luz alcance todo el espacio. Se revuelve en sus pliegues. La cortina granate del ventanal reposa sobre una de las hojas de este. Hay una silla, primorosamente guarnicionada, en un rincón. Hay una manta de colores cálidos que podría reunir en sí tinturas orientales. La muchacha de aquella burguesía hanseática mantiene a distancia una carta entre las manos. Lee atentamente. En el cristal de la ventana se refleja su rostro y parte del busto. La luz exterior se fija en la pared que tiene la mujer a su derecha. Ella es hermosa, resalta tanto en su juvenil lozanía. El cabello es rubio, está sujeto por una especie de moño pero deja caer unos tirabuzones que rozan el cuello blanco de su vestido. Su prenda bordada también reproduce en parte el amarillo, como si acompañando a los otros tonos más o menos amarillentos deseara proyectar el efecto luminoso del día. La muchacha se abstrae a medida que lee, tal vez relee, cada renglón manuscrito. La muchacha está sola. Pero probablemente en la carta haya más personajes. Se muestra prudente. Su concentración podría ser malinterpretada, como el mismo texto del papel, si alguien entrase en ese momento. Las facciones del rostro se encuentran relajadas y su gesto imperturbable. Solo ella sabe qué dice la carta. De pronto, de la pared existente a su costado derecho emerge lentamente una figura que va siendo impregnada por la luz. Puede que nazca de una luz. O que acaso emerja desde unas brasas. Ella no lo advierte pero la efigie va tomando cuerpo a medida que avanza en la lectura de la misiva. El papel retorcido, manoseado, avisa de que le ha llegado de manera clandestina. Tal vez a través de más de un recadero. En cada nueva frase que la muchacha lee sigue creciendo la encarnación del niño arquero, quién sabe si se trata de un ángel. Un ángel es un enviado. La actitud del mensajero es cada vez más triunfante y ella, sin modificar su pose, se siente afinadamente tocada por las palabras. El ángel es todo luz. Ella tiene que leer varias veces los últimos párrafos para que la emoción contenida quede sujeta por un punto de entendimiento que no la pierda. O acaso sí quiere perderse. Es tanta la belleza de las palabras que retiene su temblor ante la solicitud que recibe en ellas. Las últimas líneas de la carta la llenan de gozo, pero también de sobresalto. Perdura el instante. Tal vez la mujer piense que ese momento es ya toda la vida. O que siempre va a ser así. Mas no sabe que la máscara que aparece caída a los pies del ángel de la perdición sugiere enmascaramientos que ahora mismo, llevada por su pasión oculta y agitada, no alcanza todavía a ver.
Durante siglos, desde 1657, la muchacha ha leído una carta y el espectador ha visto un cuadro demediado, aunque pensaba que completo y definitivo. Solo en la restauración de la obra hace apenas cinco o seis años los especialistas advirtieron que la pared a la derecha de la muchacha no era la pared original de Vermeer. Que alguien había pintado encima y borrado la realización primitiva. Y al observar y limpiar cuidadosamente sacaron a la luz el cuadro de un Eros que cambiaba toda la visión que habían tenido los espectadores y los críticos de Arte sobre la obra. No era el cuadro que se creía. Y renació el cuadro que Vermeer había pintado de verdad. En este sentido la carta que la muchacha estuvo leyendo no fue la anodina que parecía antes, sino la intensa que fue siempre, aunque algunas manos siniestras la ocultaran.
La obra Muchacha leyendo una carta en una ventana abierta se encuentra en la Pinacoteca de Maestros Antiguos, perteneciente a la Colección de Artes Estatales de Dresde.


Pues vaya, la carta que leía la muchacha, era una carta de amor, que nunca sabremos si fue correspondido...
ResponderEliminarEros y una carta. Podría llegarse a la conclusión de que se trata de una carta de amor, pero por la expresión de la joven no hay emoción ni alegría. Así que de amor nada, tal vez de todo lo contrario. La expresión de la moza es la misma que ponemos cuando nos comunican el importe del recibo del gas. Así que se diría el pintor: mejor quito a Cupido que nada tiene que ver aquí.
ResponderEliminarPodría ocurrir también que la chica sea analfabeta y el Vermeer le dijera: buena moza, ponte aquí junto a la ventana y haz como que lees el papel, que te voy a inmortalizar en un retrato.
¡Quién sabe!
Saludos.
Y, ahora más en serio, el autor hace bien en quitar - o no poner- ese fondo con Eros. Sería demasiado evidente. Y no sé si la joven ha llegado ya al párrafo donde otro joven le declara su amor, pero por el gesto se la ve impaciente, a ver qué pone la carta. Da prueba de ello la fruta desparramada: ha venido de la calle, ha soltado en cualquier parte lo que traía de la calle y se ha puesto como loca, a la luz de la ventana, a leer la misiva.
ResponderEliminar¡Quién sabe!
No sabía del contenido.
ResponderEliminarMuy interesante.
Saludos