"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





miércoles, 31 de diciembre de 2025

Mi particular angelus novus

 


Los años pasan que vuelan. Quienes hemos llegado hasta la fecha vivos, que no sanos y salvos del todo ni mucho menos, cuyo guarismo está a punto de cambiar miramos atrás y contemplamos imágenes que se van devaneciendo. Hasta las más recientes ya no las recordamos con la precisión y atractivo de las que latían dentro de nosotros hace décadas. El presente tiene un interés relativo. Y para lo que vaya a venir ponemos mirada escéptica e incrédula pero no torpe. Ya no nos creemos todos los cuentos. Los hemos visto (casi) todos, ya nos lo recitó León Felipe en su día, que había visto tanto y tan duro. No es fácil saberse los cuentos. Se repiten los de siempre pero disfrazados y con nuevas caretas que pueden despistarnos. Mas si eres buen observador y mejor escuchante te das cuenta enseguida que no merece la pena oír a los voceadores ni mirar los juegos de trileros. Mi angelus novus musical también lo sabe. Mi angelus novus tiene inmediatamente detrás, en el estante, el bagaje de la historia de Genji, el de los héroes griegos, los libros proféticos de William Blake, mitos y dioses de India, el arte mágico de Breton, el complejo universo del Ramaiana, las amenas aventuras de Giacomo Casanova el veneciano, las máscaras divinas de Campbell, los haikús de Matsúo Basho...Podrían ser otros libros, pero el mensajero cayó justamente ahí. Mi angelus novus no tiene nada de talmúdico y está alejado de los sones de trompeta apocalípticos. Mi angelus novus no es estrábico ni de sexo confuso. Mi angelus novus está resabiado del pesimismo de quien dejó enterrado en Portbou. Mi angelus novus no ha llegado hasta aquí guiado por ninguna estrella monoteísta. Mi angelus novus avisa con su tañido sensible y recurrente de que olvidar el pasado nos condenará a no saber andar los siguientes pasos del camino. Mi angelus novus no quiere mutarse en exterminador. Mi angelus novus llega para consolar, acaso respaldar, mis dudas y por fortuna no me ofrece verdades inmutables. Mi angelus novus no desea ser el angelus novus sino un zagal que quisiera competir con aquellas vidas que hubo tras las korai y los kuroi. Mi angelus novus se ha plantado ahí, me desafía con la inocencia de su mirada, como si dijese: qué soy para ti. Mi angelus novus (y caigo de pronto en ello) ha sido enviado por cierta emotiva y sensual poeta de Mitilene para que yo cante sus versos al son de la siringa:


Quédate frente a mí como un amigo
y despliega tu gracia ante mis ojos



NB. Buscaros para 2026 un angelus novus que no sea destructor ni para vuestros propios cuerpos ni para la convivencia con la humanidad ni para la relación con la naturaleza física.

 

lunes, 29 de diciembre de 2025

Un alegato pacificador de Juan del Mal Lara sobre los cuñados (a propósito de las comidas familiares de estos días)

 




Nos creíamos que el asunto de los encontronazos con cuñados en nuestras reuniones familiares, más o menos ceremoniales, era asunto del presente. Precisamente en estas fechas en que la gente se obliga a compartir mesa con los próximos algunos me han dicho: Tendré que vérmelas con mi cuñado X. Espero que no se ponga muy borde mi cuñado Y. Uf, tener que sufrir las invectivas de mi cuñada que viene de tal ciudad. Sí, un desafío para la cordura y el afán tranquilo si se quiere mantener lazos familiares serenos. O simplemente seguir manteniéndolos. Y es que en esto de vertir opiniones, que todos las tenemos, los hay dialogantes sinceros, aunque discrepemos con ellos, pero también individuos impositivivos de aquello de España es lo mejor de la canción. Pero hete aquí que el tema no es nada nuevo. Y hojeando, y leyendo a saltos, el maravilloso libro de refanes comentados La Philosophía vulgar, del humanista Juan de Mal Lara, obra publicada en Sevilla en 1568, me encuentro con un refrán titulado De cuñados, pocos vandos, que retrata a la perfección, con sus correspondientes consejos, la actitud de ciertas personas cuando nos encontramos con ellas y nos sentimos obligados a comentar de la vida. Y en el caso de estos días, a mesa y mantel. He aquí una parte del capítulo, bastante ilustrativa:

"Muchas vezes avemos dicho de los parientes, assí los que son allegados por sangre como por el casamiento. De los quales, los affines, que son los cuñados, es una manera de parentesco, que si no se llaman y tratan como hermanos, no es en sí fuerça, porque no es amistad juntada por aquellas vías que suelen durar mucho; y por esso dizen que aya d'ellos pocos vandos, porque en los vandos se arriesga la honra y la vida y hazerse enemigos para siempre.

A mí me paresce que también podía dezir 'vandos ni aun de hermanos', porque es mucha razón que no aya quien sustente tan mala cosa en el mundo como los vandos y sediciones que se arman en los pueblos, que el diablo los inventó para jamás conservar la paz, que es el mayor bien que puede tener el mundo".

Reléase si la redacción castellana de esa época resulta algo extraña o dificultosa, y entiéndase la v de vandos como b de bandos del vocablo actual. No hace falta aclarar el significado de bandos, ¿no? Al fin y al cabo los vivimos a la orden del día y todos, de una manera u otra, por activa o por pasiva, nos situamos en alguno de ellos.




jueves, 25 de diciembre de 2025

Frente a los rugidos, a los mugidos y a los balidos

 


Me lo regaló ayer un amigo que vino de Madrid. Un amigo de infancia y adolescencia al que había perdido de vista durante décadas. Por azar y por empatía hemos recuperado una amistad, que ya no es infantil sino del último período vital. Es decir, jugosa por cuanto nos proporciona recuerdos, narraciones, curiosidades y experiencias mutuas que por sí mismas justifican el hecho de vivir. Desconocía el libro y al autor. Pero por la introducción leída de momento sospecho que además de enjundia y exposición para el debate tiene una capacidad analítica luminosa. Veremos. Esta parrafada de la introducción me ha invitado a proseguir su lectura.

"En la política y en las artes han pasado cosas que no hubiéramos creído posibles: mientras los presidentes se convertían en rockstars, trols y performers, los creadores asumían la misión de señalar los males del mundo. Tal vez no haya una paradoja más notoria del mundo contemporáneo, nada que produzca más perplejidad o confusión. La cultura, que solía ser el campo de experimentación y del libertinaje, está ahora asediada por cuestionamientos morales. Y la política, que solía ser el campo de la responsabilidad y del compromiso moral, ahora tiene licencia para polarizar, dividir y sembrar el odio entre los ciudadanos. Un novelista se mete en problemas si aborda temas sensibles, como el infanticidio, pero nadie cancela a un político que arroja carroña a sus votantes para que lleguen convertidos en hienas a las urnas. A los líderes se les permite rugir y usar como materia prima las bajas pasiones, traficar electoralmente con el rencor y dividir el campo político entre amigos y enemigos; a los artistas, en cambio, se los sienta en la primera fila a que presten atención a las lecciones del profesor de ética contemporánea".

En fin, si este libro me sirve para comprobar que lo que uno venía pensando -elaborando su propio pensamiento- desde hace tiempo no iba descaminado, aunque probablemente en muchos casos que cita no me diga nada que no supiese o intuyera, habrá merecido la pena. Los rugidos más bestiales nos acechan sobre, contra y dentro de nosotros, si asumimos los que proceden de las bestias. Pero también estamos en tiempos de elevados mugidos y no menos aquiescentes balidos que acaso revelan la lamentable situación de la condición humana de nuestros días.

Para aliviar la tesitura no os desearé felicidades verborreicas y tradicionales, simplemente os pongo a Corelli.




lunes, 22 de diciembre de 2025

Llegó el invierno

 


Mira, Sandrine, lo que leo en un libro de autor portugués. "Aprovecha la vida mientras sea vida dentro de ti. Aprovecha tu cuerpo mientras seas tú quien vive en él". ¿No es estimulante el pensamiento? Sandrine se sirve más café y sujeta la taza con ambas manos para paliar los signos del invierno. No dice nada nuevo, objeta. Pero hay que decirlo, replico con énfasis. Hay que reconocerlo. Incluso tendríamos que repetírnoslo cada vez que algo nos aflija y perturbe. El cuerpo, o mejor la totalidad que bulle en él en cada individuo, hay que ponerlo a salvo no obstante las acometidas externas. Sandrine muestra una pizca de mirada irónica, la vuelca en palabras. No podría decir que no, Max. Ponerlo a salvo es afrontar y si es posible resolver aquello que nos zahiere, nos descoloca o incluso nos deja por los suelos. No es el invierno en sí, que no solo se trata de soportar el clima exterior del que hay que resguardarse, sino sobre todo plantar cara a los otros fríos. Los que proceden del hacer y deshacer de los hombres. Invierno debe ser, entonces, recogimiento. Consuela la propuesta de Sandrine, y la matizo. Pero entiendo, o quiero entender, que recogerse no quiere decir huir o abandonar. O entregarse a grotescas actividades que respondan a modas y ejercicios que condenan al individuo a un rol de consumidor. No me seas puro, me corta la mujer. A muchos les funciona cualquier cosa con tal de no perecer. Lo sé, digo. Pero aunque no perezcan de pronto, ¿no están cavando su entrega a largo plazo a los que saben manipular las mentes y por lo tanto las vidas para sus beneficios particulares? Sandrine me revuelve afectuosamente los cabellos. ¿A dónde vamos a llegar a estas horas con esta conversación, amigo mío? Es invierno, nosotros somos parte de él, debemos atendernos manteniendo fluida nuestra mente y encauzando nuestras emociones. Lo que dices, Sandrine, lo dice implíctamente el portugués: "Aprovecha tu cuerpo mientras estés dentro de él. Aprovecha mientras estás".



*Foto: el Invierno -Nivoso, Nivôse- del Calendrier Republicaine de 1793.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Encuentro entre fieles o no tan fieles amigos

 


Me gusta esta clase de encuentros, que no celebraciones, dice Vladimir. O acaso el mero hecho de encontrarnos unos y otros ya sea una celebración, le replica Osip. Tienes tanta razón, admite aquel. No solo una celebración sino un homenaje, porque aunque quedemos quienes aquí estamos también echamos de menos a los que tuvieron la osadía de cerrar la puerta a la vida, quisieran hacerlo o no. Y eso que, en principio, nadie quiere, pero ya sabes que vivir o morir no es un acto de nuestra voluntad. Hay quien lo elige, salta Lili. Y además quien vive muerto toda su vida. Vladimir afirma con la cabeza. Dos elecciones diferentes, ¿no? Que, sin embargo, hay que distinguir. Y no olvides que la segunda es metafórica. Lili no está por conceder. Metafórica o no el muerto en vida es una carga onerosa no solo para sí mismo, que acaso apenas lo es porque se trata de su modo de estar, y ahí hay que ver cómo subsisten algunos a costa de otros, sino sobre todo para quienes más directamente les aguantan. ¿Y si se trata de una actitud estoica llevada al extremo?, dice Osip mientras juguetea con el vaso vacío. Claro que eso nos llevaría a entender si el estoicismo de algunos no será una excusa para su mínimo o nulo esfuerzo. Lili está guerrera, no le gusta otorgar por las buenas. No seas complaciente. Entonces, que se haga eremita, que se refugie en la oquedad más profunda de una cueva, como aquellos santurrones primitivos de Athos o los de Novgorod, y que esté sin estar, sin que su vida afecte a nadie más, sin que otros tengan que doblar esfuerzos o hacer sacrificios para mantener al puro. Vladimir se pasa la mano por la cabeza y sonríe. ¿No crees en la pureza de espíritu, querida Lili? Ella: ¿Y qué es la pureza? Osip no quiere metafísica. Me temo que a ese género de individuos lo tenemos también en instancias oficiales o en ciertos casos entre algunos que se han acercado a nuestros planteamientos simplemente para decir sí a todo. O para espiar, interviene bruscamente Lili. Porque hay mucho espía de la vida cotidiana de los demás, mosquitas muertas que se crean un halo vano de hacedores pero solo observan, te dan la razón, pero no les ves nunca activos. Osip puntualiza. Incluso los hay que tratan de labrarse amistad. Pero para eso hay que arriesgar, dar parte de uno mismo, sin esfuerzo, de modo natural. Luego van presumiendo de que son amigos nuestros, no sé si buscan en ello un pobre prestigio o una manera de conseguir algo menos fraternal y sí otro tipo de beneficios. ¿Está pasando en nuestra revista poética, Osip?, inquiere Vladimir. Osip hace un gesto paciente. Seguro que infiltrados tenemos, tipos que presumen de pureza ideológica y solo es mera verborrea. Pero por lo que escriban les conoceremos, ¿no?




sábado, 13 de diciembre de 2025

Los punto y coma que propone el escribiente

 


El escribiente, desde su perplejidad vital, pues dice seguir asombrándose de cuanto le roza y le toca, aun pasando por él tanta abundancia de días, me pide que le dedique en una entrada atención a su blog; y yo qué le digo; ni siquiera acierto a saber bien de qué van sus escritos; tal vez va de lo que se le ocurre por azar, aunque el azar tiene tanto de asociación de ideas; va de lo más nimio que yendo por la calle concibe como iluminación e intenta memorizar; o de estar tomando un café y al menear la cucharilla en la taza percibe como música y letra; anota un pensamiento fugaz, nada conclusivo, pues sabe que a un pensamiento sucede otro; va de repetir (repetirse) una y otra vez sus obsesiones; ¿cuánto hay de obsesión en las conclusiones que nunca llegan a producirle satisfacción definitiva?; me respondo: no existe la conclusión definitiva, sí la final, que ya no pertenece a la voluntad de pensar y transcribir, sino a otra esfera biológica; puedo preguntar al escribiente: ¿qué piensas hacer con esto que pergeñas y dejas siempre abierto?; intuyo su respuesta: nada, no hay más objetivo que dejar fluir; me pondrá un ejemplo, posiblemente, muy fisiológico y me responderá que cada palabra, cada frase, cada idea, montaraces todas ellas, son como el ejercicio de respiración; eso dirá, y yo entonces haré pensamiento de mi respiración, que es como rizar el rizo pues lo reflejo no exige conciencia; y si a mi vez pongo cara estupefacta por lo que dice, insistirá: cada respiración se sucede una tras otra y no nos preguntamos por qué, así pues va siendo lo que escribo; y de pronto el escribiente, olvidando el fondo y pensando en la trascendencia de la forma, me dirá cuando lea esta entrada: ¿has pensado lo abandonados que tenemos los puntos y coma?; tengo que responderle que sí; luego dirá: ¿por qué no los frecuentaremos más si son tan expresivos?, pues practicamos en exceso el punto, la coma, los suspensivos y el ridículo punto final cuando nunca hay final de nada en esto de la escritura; y un punto y coma, en cambio, ¿no es como parar un instante y seguir sin límite?; y yo le replicaré, como si le pillase en falso: pero tú no lo practicas; y él me abofeteará con esta salida impetuosa: practícalo tú, siquiera en una entrada; le hago caso.


https://elescribienteperplejo.blogspot.com/



lunes, 8 de diciembre de 2025

Asesinatos en serie. Inmolación

 


Podría decirse de aquel rostro de facciones bien moduladas que había sido rasgado por el rictus de la insatisfacción. La mirada huidiza, los labios encogidos, la frente apesadumbrada, el mentón tenso comunicaban desasosiego. Fue infeliz probablemente, coincidieron los arqueólogos al extraer la cabeza exenta a la que le faltaba el resto del cuerpo. Lo peor que le pudo suceder, discurrieron, no es solo que la golpearan con brutalidad, tratando de deformar su cara, sino que la arrancasen de un cuerpo al que habría estado unida para satisfacción de sí misma. Sin duda que para admiración de sus poseedores también, matizó uno del equipo. O acaso nunca fue del gusto de quien la trajera a este mundo, apuntilló otro. 

El grupo investigador disfrutaba con sus primeras conjeturas. Contemplaban a la enigmática, envuelta aún en el sarro de la ciénaga. Pero un descuartizamiento, siguieron perorando, donde la cabeza sin cuerpo extravía todo su sentido, ¿no supondría para ella la carencia de su razón de ser? Los arqueólogos arriesgaban opiniones mientras procuraban extraer más intacto aquel volumen intrigante y escarbaban con delicadeza para hallar fragmentos con los que recomponer la misteriosa faz. ¿Qué o quién sería?, se preguntaban. Esa apariencia de mirada perdida, ¿nos dice algo? Una diosa disconforme con las conductas de los mortales, por ejemplo, aseveró a la ligera uno con dudosa fantasía. Pero, ¿por qué tenemos que pensar siempre en divinidades cuando hallamos estatuas?, refunfuñó un veterano de las lides. Es la costumbre, soltaron varios al unísono. Por la costumbre de las creencias antiguas nos podemos perder, como sucedería ahora si nos limitásemos a vivir pendientes de mundos imaginativos y personajes abstractos que supuestamente decidieran por nosotros. 

El veterano, curtido por tantos hallazgos y representaciones arcaicas que no había conseguido descifrar, no quiso dar nada por hecho. ¿Y si representa a un miembro de familia fallecido prematuramente al que no se quería olvidar? ¿Y si encarnase más bien un valor, la virtud, por ejemplo, o un vicio, antes que una persona? ¿Y si quisiera transmitir algo más filosófico, tal vez la materialización del pensamiento profundo, para señalar la senda del comportamiento humano? ¿Y si se tratase de una personificación del tiempo, efímera pero efectiva? ¿O una representación de la naturaleza agitada, tal como una tempestad o un cataclismo? 

Los especialistas sabían que hacer suposiciones y cábalas más o menos descabelladas era la manera de sortear su ansiedad. La pieza no se iba a ir del muladar tras siglos de ocultamiento. Y contemplarla en ese ámbito que había sido su hogar luctuoso no iba a repetirse. Se admiten más sugerencias, dijo el arqueólogo más jovial. Yo apuesto porque podría tratarse de un cupido insatisfecho en una de sus misiones mediadoras. Querrás decir celestinas, apostilló el del al lado. Tantas propuestas de interpretación, sin base rigurosa hasta el momento, no pasaban de servir de juego. Sea lo que haya sido, comentó el más observador, y cuando analicemos en detalle la figura tal vez nos aproximemos a su verdad, el gesto desaborido es tan inquietante que uno piensa en el alejamiento que transmite más que en la proximidad. Como si se viera abocada al fin de los días más que a la ventura de tomar cada momento con gratitud y goce. ¿Estás sugiriendo que pudo disponer de su vida para dejar de tenerla?, le preguntaron. No me cabe duda de que hay estatuas que se ven abocadas al suicidio por desconcierto y desesperanza. Podría ser este el caso. 



viernes, 5 de diciembre de 2025

Asesinatos en serie. Desaparición

 



Unos dicen que su huida fue su perdición. Otros que su redención. Cuando estaba a punto de quedar terminada para incorporarse a la galería decidió negar el futuro que se le deparaba. No le seducía la idea de verse escoltada por las demás obras que el escultor de Paros creaba. Prefirió sentirse incompleta antes que ser identificada como una mortal disciplinada y aquiescente. No había dado el demiurgo el último toque a todo su contorno cuando ella se quiso tal cual se contempló aquel día de luz voluptuosa. Menos bruñida. Más tosca. Nada rígida. En absoluto modélica. Y muchos menos condescendiente. ¿Qué vena había en aquel mármol creciente de la isla que había dotado de alma a la Ménade? 

Aprovechando la noche y que el taller dormía abandonó el estrado donde estaba siendo cincelada. A las afueras de la ciudad soplaba una brisa marina que halagó a su piel delicada. Los cabellos, agarrotados por el cincel metódico del egeo, se desarbolaron caprichosamente. El cordón que sujetaba el ligero peplos se desató, dejando volátil la gasa, ondeante a cada salto. Se ensimismó con la contemplación de su joven desnudez. Le pareció escuchar un sonido que no era fragor de oleaje. No supo si la musicalidad que llegaba cada vez con más nitidez a sus oídos venía del lado oceánico o del interior agreste. Tampoco entendió bien el dialecto de una voz tenue y sutil que iba haciéndose más precisa. ¿Procederá de la lejana isla donde dicen que una instruida poeta congrega a sus amigos bajo una cultura de la alegría y el placer?, pensó entusiasmada. 

Se afirmó en aquella tentación salvaje. Empujada por su osada independencia sintió la sacudida de sus propios actos. Sus pies adoptaron el ritmo que llegaba con el viento. El salitre húmedo hería sus perfiles más rudimentarios. Los matojos rasgaban sus pasos. Había en aquella soledad de la noche cierta ebriedad sensual. Cuando la canción y la flauta estuvieron cercanas se dejó arrastrar a una extraña ceremonia que el artista podría haber intuido pero no plasmado. Era una incitación desconocida. ¿Tal vez es esta la medida de mi libertad?, se dijo. Con moderación primero, con frenesí más tarde, la Ménade fue poniendo en acción cada parte de su cuerpo. Sabía que tras los arbustos era observada. Le dio lo mismo. Ella solo tenía mirada para sí. Y movimiento, y contorsión, y un agitado bamboleo de su cabeza que distraía voluntades ajenas, que frustraba voluptuosidades extrañas, que ahuyentaba obediencias, que rechazaba metas. Los brazos describían geometrías incontroladas. Las palmas de las manos constituían una exultación al éter. Los pechos emergían cupulares. La tensión dinámica ponía al descubierto la inconmensurable belleza del caos. No había zona de su cuerpo que no fuera ejecución de una danza improvisada y fiera. 

No volvió nunca al taller. Tantas cosas se dijeron de su desaparición. Que alguien le facilitó la huida. Que fue el viento de la bahía quien la trasladó a otras regiones. Que los mil ojos escudriñadores la disolvieron con sus lascivos deseos. Que cierto dios ingrato la hizo pagar el precio de rebelarse contra su destino. Que acaso el mismo hombre que la tallaba renunció a condenarla a un mero futuro pétreo y la dejó convertida en sueño.





miércoles, 3 de diciembre de 2025

Asesinatos en serie. Amputación

 



Ay, Sileno, en qué poca cosa te has quedado después de que las ninfas que perseguías te tendieran una trampa. Ellas han dicho: no, no hemos sido nosotras, ha sido su embriaguez. No hay peor paso que la lascivia atrapada por una borrachera. Sileno, el compañero del preclaro, eterno vacilante entre el amor y el vino, inclinándose siempre a favor de este a pesar de que la embriaguez del deseo sea tan peligrosa como la etílica. ¿Sileno y los otros acaso saben de amor?, me gritan entre risas las ménades al unísono. ¿Es que la alegría que produce el contacto amoroso precisa de aditamentos? ¿Es que la energía natural de los cuerpos debe ser sustituída por los zumos que adormecen y trastornan? Lástima de Sileno, al que nosotras enseñamos a tocar el aulós y él pretendió apropiarse de la iniciativa. Bailamos tantas veces ante él para apaciguar sus frustaciones. Cuando intentaba rasgar nuestros peplos acababa envuelto en las gasas sin distinguir si los aromas provenían de nuestra piel o de los hollejos destilados. Nuestro frenesí era para nosotras mismas, y él lo sabía. ¿Le incitábamos o  caía en su traviesa figuración por poseernos?

Que quede claro. No ha habido crimen alguno. Nos divertíamos porque él no era, o al menos no se portaba, como los otros sátiros. Nos solazábamos entre todas pero también le atendíamos porque nos apenaba su soledad. Poseído por el exceso, ¿no dejaba entonces de ser el sujeto al servicio de la deidad de lo que tanto presumía? ¿No era esa entrega incondicional a sus constantes libaciones la forma que adquiría su soledad? 

Cuando se precipitó su caída, hubo un silencio huérfano en el museo. Las ménades detuvieron sus danzas. No se escuchó ni la dulce flauta ni el tañido de la lira. Las voces vivarachas de las ninfas cesaron. El aire dispersó los aromas. Los pasos disolvieron su condición etérea. Permanecí rígido, rozado aún por un eco ancestral, mientras a pocos metros la herma de Sileno yacía brutalmente amputada. 



lunes, 1 de diciembre de 2025

Asesinatos en serie. La otra muerte de Antínoo

 



Entre los que no te perdonaron que fueras el favorito estaban tus desairados competidores. Estos, mientras por una parte halagaban al emperador, urdían tu muerte. Dice la leyenda que te ahogaste, pero yo Melisa, natural de Bitinia, al discreto servicio de tu señor, supe quién te condujo y con qué estratagema a las orillas de aquella corriente fatídica. Aprovecharon un desliz tuyo, que no la deslealtad al dueño de tu corazón, para provocar el triste suceso. Ah, la juventud, temeraria encarnación del riesgo. Habías ignorado a los más bellos entre los bellos porque para ti era más importante la sabiduría y la templanza de Adriano. Él no estaba ignorante de las acechanzas eróticas ni de los devaneos a los que podías ocasionalmente prestarte. Te disculpaba, no le concedía mayor importancia pues sabía sobradamente que le eras fiel. Sabía valorar los juegos circunstanciales de los jóvenes. Entendía sus caprichos. Aceptaba que el ritmo vertiginoso de vuestros cuerpos no podría ser nunca mantenido por él con idéntico impulso. Incluso se sentía agradecido cuando al volver de algún escarceo ajeno te encontraba más dispuesto e imaginativo que de costumbre. Adriano no volcaba en ti únicamente su deseo, cada vez menos correspondido por sus dotes menguadas. Era la apreciación insuperable sobre tu belleza y los modos solícitos con que sabías atenderle lo que le cautivaba de ti. Tu interés en dejarte aconsejar en las conductas sociales. Tu apasionamiento en la percepción del arte en la que él te introducía. Tu escucha silenciosa cuando tu hombre se desahogaba, presa de pasajeros desánimos de los que se reponía con tu compañía. Sufrió al ver que desaparecías bajo las aguas de un río de dioses ancestrales. Para tratar de consolar su desolación furiosa algunos prorrumpieron en exclamaciones. Qué accidente tan desgraciado. Cómo nos ha abandonado el azar. Hasta el río sabe seducir a la beldad. Y otras expresiones tan convencionales como vacuas. Pero no fue el causante ni el destino, ni la mirada desdeñosa de ninguna divinidad, ni siquiera la turbulencia de un rio engañoso. Quienes te quisieron mal en vida y se habían conjurado para deshacerse de ti, aun causando un dolor tan irreparable como espantoso a tu protector, habían logrado su objetivo.

Adriano, tras el infortunio no te olvidó nunca. No había suplente alguno tuyo en su alma. Te divinizó para honrarte, aunque hubo quien lo consideró locura. Proyectó tu  imagen y tu nombre por doquier. Sin embargo, cuando él desapareció todos los que te odiaron fraguaron tu nueva muerte, allá donde pudieran alcanzar tus retratos. Mas hasta lo más interior y orgánico de ellos, puesto al descubierto al romper tus estatuas, mostraba una hermosura primigenia. Porque la piedra es exultante por fuera y por dentro. Y así, cuando la gente veía el destrozo en tus rostros o las amputaciones de tus cuerpos no sabía si estabas deshaciéndote en la tierra o renaciendo a la espera de un nuevo Adriano.

(Suena aún el eco de un poema: Anima, vagula, blandula...)