La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







miércoles, 23 de marzo de 2016

Atracciones y rechazos, 8


















Imaginarse desde el sofá el sufrimiento y el horror de otros no es más que un mero ejercicio de ficción. ¿Cabría decir incluso de entretenimiento? Las imágenes que nos pasan los medios nos acostumbran a la película. Respuesta automática de nuestro yo: menos mal que no nos sucede a nosotros. Y pasamos a otro tema de nuestra vida banal o simplemente parcelada. Al fin y al cabo, percibiendo las cosas como triviales lo único que conseguimos es desinteresarnos de lo (que nos parece) ajeno. En esa actitud no nos esforzamos en buscar explicaciones acerca de las causas del horror y el sufrimiento de los otros. Nueva respuesta del yo: si alguna vez llega a ocurrirnos a nosotros, ya veremos; ignorando que las situaciones no llegan de la noche a la mañana ni por azar. ¿Es más intensa y profunda la banalidad en la que vivimos hoy que en otros tiempos? No lo sé. La de antes revestía la forma de la superchería religiosa o la exaltación de patrias y naciones, la de hoy consagra la fe en el ocio, el sacramento de lo virtual, la partición del individuo. Acaso efectos análogos. Otra voz del yo: todo lo ajeno me supera, debo concentrarme en mí mismo. Y si la voz es muy sincera y hasta honesta dice: si incluso me supera lo propio... Lo peor del mal que padecen los otros no es únicamente lo que se exterioriza sino lo que oculta. Y lo que esconde es un bicho que puede atravesar barreras entre los que hoy son maltratados por la existencia (aquí hay que poner rostros concretos de políticas, estados, intereses económicos, etcétera) y nosotros. Las distancias pueden acortarse. Sigue el yo justificándose: eso no ocurrirá nunca, mis gobernantes no lo permitirían. Pero los gobernantes lo están permitiendo todo, allá y acá. Para los prójimos y para los propios. El yo personal, el yo colectivo, siempre tienen excusas para que no les inquiete en exceso la película. Porque si les inquietara podría suscitarse acicate para buscar razones y reaccionar de otro modo. Pero se eligen las excusas, aunque ante determinadas muestras de atrocidades cundan las máscaras virtuales. Ya se sabe, eso de yo soy no sé quién, poniendo el rostro o la bandera de quien acaba de ver cómo le han infligido una herida sangrienta. La excusa es el meollo de nuestra no reconocida fragilidad.



(Fotografía de Rober Capa)


6 comentarios:

  1. Nuestro cerebro es una fábrica de excusas, eso debemos tenerlo presente, sino fuera asi (excusa), acabaríamos muchos en el loquero.
    Salut

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    1. Lo malo es cuando la excusa supervivencia se inventa la excusa a-moral y entonces no obstante es cuando nos precipitamos todos en la locura.

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  2. Poco más que añadir a tus palabras, las que suscribo de la primera a la última.
    Saludos.

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    1. Seguro que sí podrías abundar en el tema, la sensibilidad te lo pediría. Gracias, Carmela.

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  3. Pues mira, me agrada esa imagen por diversos motivos.

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    1. Lo más desagradable es que van al exilio forzoso.

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