La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







martes, 21 de agosto de 2012

Engarce




Añoranza de los frutos prohibidos:
con cada perla que tomo entre mis dedos
evoco una ofrenda
que se engarza
en tu paladar asilvestrado.

     

12 comentarios:

  1. Son moras, verdad?? Recuerdo que si te manchabas costaba mucho quitarlas. Mi mamá siempre adivinaba cuando comía moras. Bien Fackel, muy bien.

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  2. Sospecho que hay una confabulación extraña y hermosa para que sea el segundo blog que visito en el que se escribe sobre moras, justo cuando he hecho recolección para hacer mermelada y también degustarlas, perla a perla, como tú dices.
    El sabor auténtico de la naturaleza se esconde entre sus perlas negras y en el jugo sanguíneo que por los dedos resbala.
    ¡Buen provecho!

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  3. Isla, la mora es un fruto silvestre (junto con el pacharán o endrina) de mi infancia, ergo de mi memoria.

    Por cierto, están riquísimas.

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  4. Buena descripción, Mafalda, que te salga bien la confitura. Lo más hermoso es cogerlas y comerlas in situ.

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  5. Totalmente, Emiliano. Además el sabor tiene memoria.

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  6. Mmmmmmmmmm, las moras...No sé si me da mayor placer recogerlas que comerlas.

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  7. Las moras tienen ese poder especial, el escribir unos versos tan deliciosos.
    un abrazo.

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  8. Ahí estoy con tu duda, Francesca. Cogí tantas de niño, no obstante los arañazos en brazos y piernas...Pero las comíamos in situ. ¡Estupendas! Los pacharanes o endrinas son otra cosa, estaban al lado, pero no se comen en directo, son muy ácidos, pero se elabora una bebida exquisita con ellos.

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  9. Ay, Mariola, que no quería autoempacharme.

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  10. LLuvia de Estrellas26 agosto, 2012 20:38

    Compruebo que las zarzamoras nos han tentado a todos en la infancia. Tus versos ilustran muy bien el recuerdo del riesgo a arañarnos entre las zarzas para finalmente conseguir ese pequeño fruto negro.

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  11. Lluvia, no solo nos han tentado sino que nos han arrebatado en nuestra infancia. Difícil evitarlas si nos las encontramos todavía por alguna parte de nuestra madurez avanzada. Merecía la pena arañarse (aunque no se deseara, era inevitable) para obtener el placer del sabor de una mora. Gracias por comentar.

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