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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







domingo, 4 de septiembre de 2011

El poeta pobre



Es probable que si algún arriesgado lector, y por lo tanto ilustrado y poseso, de la corte de los sultanes otomanos no hubiera escondido un ejemplar del Libro del Desconcierto jamás hubiéramos sabido de sus narraciones. A los funcionarios de la corte les debió parecer que aquellos textos antiguos eran demasiado actuales o demasiado bárbaros o simplemente que incitaban a costumbres que no encajaban con sus preceptos. No solamente esta obra sino otras de las que no se han encontrado ejemplares, pero que cierta tradición oral menciona, tales como Los espejismos benevolentes o el Libro de los Premios y Castigos del Azar, desaparecieron debido a que sus ediciones fueron ordenada y obsesamente perseguidas por las castas que vigilan la supuesta pureza de los hombres y sus conductas. Se entiende que a los clérigos religiosos y a los gobernantes no les interese jamás que los individuos adquieran por sí mismos capacidad de pensamiento, porque saben sobradamente que la capacidad de pensar conduce a la de obrar. Y ambas conductas cuestionan tanto lo anterior y obsoleto, como lo establecido en base a la injusticia. Lo que no se entiende muy bien es que todos los episodios del Libro del Desconcierto fueran censurados y no se libraran de la desaparición. Uno de esos episodios habla de la historia de un poeta pobre que recorría caminos más allá del territorio mongol. No se trataba de un poeta en el sentido moderno ni de un versificador al uso, pero sí de alguien que escribía de una manera tan fluida y concisa que se encontraba más cerca del ritmo que de la escritura farragosa. Sus cantos no iban dirigidos a los cargos públicos, ni a los vigilantes de la fe, ni a los cortesanos, ni siquiera a los funcionarios de provincias de las vastas regiones que visitaba. Él escribía y recitaba para los viajeros, los habitantes de las aldeas, los moradores de los caravasares, los pastores, los modestos artesanos y los seres tirados por la calle de las ciudades pequeñas donde le estaba permitida la entrada. Tenía especial predilección por enseñar cortos versos a los niños y deleitar con seductoras palabras rimadas a las muchachas jóvenes de cada lugar de parada. Se llegó a correr por diversas ciudades el rumor de que una vez habían escuchado al poeta pobre, las jóvenes cambiaban de actitud. Se manifestaban insumisas, se negaban a realizar los trabajos a los que se las relegaba por su condición. Tanto preocupó a algunas autoridades esta actitud rebelde de las jóvenes que prohibieron la entrada del poeta en las ciudades más pobladas. En algunas ocasiones fue prendido por los guardias, pero como no podía demostrarse la existencia de edición alguna de sus cantos ni llevaba encima bien alguno que no fuera suyo, quedaba en libertad no sin ser amonestado severamente. Pero sus cantos corrían de boca en boca, los niños canturreaban musicalizando sus palabras y las jóvenes los entonaban como invocación. Aunque los perseguidores de la palabra, con la cooperación de los progenitores, trataron de acallar aquellos mensajes, que fueron considerados obscenos y que removían la base de las conductas dóciles, alguno de ellos consiguió traspasar fronteras. También fueron preservados con sigilo y complicidad por las generaciones púberes. Al atardecer eran entonados en voz baja en sus corros, a la par que crecía en ellas el desdén por las labores domésticas y el desprecio creciente al mandato familiar. Uno de aquellos cantos quedó registrado en el Libro del Desconcierto y decía:

Ven a mi ámbito, hembra herida,
abandona tus obligaciones inútiles:
ven hasta este recinto impío que te ofrezco
para que lo purifiques con tu presencia:
huye del sopor de las carencias
pues te esperan los dones de la vida:
no padezcas más sed con tu silencio
pues aquí encontrarás el agua fresca.






(Imagen de Manuel Boix)



6 comentarios:

  1. Esta vez no me voy a extender como tengo por costumbre y vicio. Tan solo escribiré que me parece un texto absolutamente sublime, pero claro la sublimidad está reservada a unos pocos y muy necesario resulta proclamarlo como haces en esta entrada. Beso.

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  2. Acabo de conocer tu blog gracias a un comentario tuyo en el mío. Ya me quedo gustosamente en él, porque he leído las últimas entradas, muy bien escritas por cierto (algo de agradecer hoy en día...). Respecto de esta aportación en concreto, me sugiere muchas cosas, además del poderoso erotismo del poema, pero ya las tienes comentadas y no haría más que ocupar espacio para repetir. Es un placer haber conocido tu espacio.

    Un cariñoso abrazo desde 'Poemas del volcán'

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  3. A veces solo se necesita un poco de brisa nueva y actitud diferente a la estipulada para inducir la iniciativa o aportar una vía de escape a quien lo necesita.

    Aunque si miras de cerca esto mismo en un contexto diferente puede ser muy peligroso (acabo de acordarme de "La Ola" y cosas similares).

    Saludos.

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  4. Ay, Emejota, si es una mera transmisión de mis lejanas inmersiones de juventud en la Biblioteca Mayor de...glup.

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  5. Bienvenido, Luis, y agradezco tu interés. Uno hace lo que puede. Mero instinto de supervivencia, te lo aseguro.

    Un abrazo.

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  6. Inner, de acuerdo contigo, aunque si a la brisa no se la acompaña de esfuerzo me temo que nos quedamos cortos. Lo de "La ola" no te lo capto, disculpa. Al menos por el momento.

    Gracias por aparecer d enuevo.

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