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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








miércoles, 3 de septiembre de 2008

Caem Como Pedras


Aunque les gusta que les miren, no son producto turístico, ni sufragado por el municipio. Ellos tienen su ego, indudablemente. Disfrutan con ser contemplados, pero no posan. O al menos lo hacen de manera sutil. A su aire. Como si estuvieran sólo a lo que están. Forman una tribu. Las chicas disputan hoy el ejercicio y la competencia con los chicos. Todos forman unidad. Comentan el momento. Se hacen bromas. Se cuentan anécdotas de riesgos. Se concentran. Los paseantes se impacientan si no les ven tirarse al río. Todo esta medido, pensado. Es un juego, antiguo tal vez, que se mantiene. Los chicos se revitalizan de generación en generación, sin interferir en las barcazas que transportaban el vino en otras épocas, sin cruzarse con las turísticas de ahora. Pero no es una actuación, aunque de hecho se convierta en tal. Ascienden la barandilla de hierro del puente, se ponen de pie en la cornisa que utilizan de trampolín. Hay un orden secreto que les lleva a arrojarse al Douro con decisión y audacia. ¿Dice la ley no escrita que deben hacerlo siempre de pie? La norma del grupo que les alienta está para ellos solos. He visto apuntarse a algún transeúnte desafiante, acaso para poder contarlo algún día, con ayuda de la foto del móvil. Ellos ni entran ni salen de lo que hagan otros. Ellos son los dueños del puente, del río, del riesgo, de la destreza, del ritual, de la camaradería. Una complicidad con el curso de desembocadura, a orillas de la ensoñadora ciudad de Porto.




El poeta Eugénio de Andrade, que vivió allí muchos años y murió en Porto, lo supo reflejar muy bien en un poema.


Caem como pedras


Caen como piedras felices en el agua.
Son tres o cuatro muchachos
huyendo de la dureza del aire
seco, son
ellos con su risa
los que hacen el río navegable.
Probablemente no tienen más
que el esplendor del cuerpo desnudo,
su olor a fruta verde,
la alegría
que en el agua va corriendo
compartida con la luz
de agosto y los ojos
de quien lentamente aprende
también a desnudarse,
sin siquiera saber si llega
a tiempo de que aún haya río.









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