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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 31 de agosto de 2008

Libro de horas de K



La lenta hora de la opacidad del día, además de silente es devoradora. Una corriente de aire fresco le agita. Entonces los fantasmas del deseo atosigan al hombre. Le perturban. Ve desplazarse al viento, que hace correr las nubes, que cimbrea los juncos del río, que erige polvaredas en los campos segados. Intuye con un estremecimiento que algo permanece inconcluso ese día. Sabe que queda camino por recorrer, a pesar de que él sigue sentado sobre las lajas de pizarra de la ladera, esperando. La quietud se revuelve dentro de él, le traiciona. Entonces muta su color. Le prende cierto desasosiego. Enciende una tea y busca. Busca en el paisaje de los alrededores. Los hombres convertidos en libros, las palabras trasuntadas en infelicidades, las imágenes fijadas yaciendo marchitas, los silencios desposados por las sombras. Percibe un comezón en la piel, le pican las sienes. Se alza y registra los estantes de su pabellón de hallazgos seculares. Encuentra un libro que contiene un tesoro ignoto para muchos. Reproducciones de los dibujos eróticos de Gustav Klimt. Un libro antiguo, artesanal, del que apenas deben permanecer pocos ejemplares, rescatado de la legendaria biblioteca de la ciudad de K., sobreviviente a los malditos bombardeos purificadores. Lo salvó una mujer que pasaba en el momento justo por el lugar y por su vida. Lo deposita levemente sobre la mesa, evitando el desplazamiento violento del polvo. Abre un poco más la llave del quinqué. La luz resalta los trazos. Profundiza las concavidades de los cuerpos. Sus dedos nerviosos tiemblan sobre las hojas apergaminadas. Abandona su visión miope a las estampas descoloridas, tenues. El tacto de sus dedos prolonga el recorrido de las láminas. Como si quisiera acariciar algo más que el papel. Demasiado sepia para su mirada. Demasiado intenso para la reverberación de su sed. Al paginar las hojas, salta la fotografía de una mujer de tez morena, cabello oscuro y medio rizoso, asomada a una terraza, envuelta en un jersey de cuello alto. Una mujer que eleva su cuello para contemplar las estrellas y que parece estar contándolas, como quien cuenta los días que faltan para la renovación. Él la mira con perplejidad, como si la reconociera, y no puede dejar de contemplarla. En el envés de la fotografía, el destello de unos trazos ágiles, medidos, inhiestos.

Me vierto sobre ti
al caer
las sombras.
Me diluyo entre tus senos
prospecto el alma que late
entre tus ingles
y pongo los dedos
en tus labios.
No digas nada
simplemente pídeme
con tu mirada
la sangre
para compartirla.

El hombre lee en alta voz, como si quisiera sentir una y otra vez el efecto de las palabras sobre su corazón. Luego, enmudece y escucha su propio eco. En ese momento, deja de lado la lujuria estéril. Repite el poema como si se tratara de una plegaria. Toma una pluma y se dispone a escribir el mismo texto. La mano se alza decidida, pero se detiene. Se dirige al umbral de la puerta y busca los ojos de la mujer en la negritud de la noche. Garabatea signos en el vacío y pronuncia un nombre que sólo él sabe.



1 comentario:

  1. Recomiendo vivamente los dibujos eróticos de Gustav Klimt. Junto con los de Egon Schiele, no tienen pérdida. La naturaleza más allá de sí misma.

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