"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





viernes, 2 de marzo de 2007

Huída


Un amigo que vive en el Mecklemburgo le ha enviado la última novela de un autor que empieza a ser considerado. No cabe en sí de gozo. Al fin un relato de este tiempo, se dice. Ha terminado las tareas habituales con apresuramiento y se ha concentrado en la lectura.

“Podría no haber salido de su villa natal, podría. Daba seguridad quedarse allí, donde la adaptación había sido siempre un proceso natural y protector, donde todo le era concedido, a pesar del esfuerzo de sus padres. La observancia de la religión y el contacto con las ideas abiertas que se extendía por los estados vecinos no suponía algo conflictivo. Su familia no había pertenecido al sector más férreo del protestantismo, más bien buscaba siempre la comprensión de los tiempos cambiantes. Llegaba con asiduidad la prensa de Hamburgo, donde junto al relato de los acontecimientos revolucionarios en el interior del país y en otras naciones se exponían puntos de vista diversos sobre la manera de vivir, las modas o los avances tecnológicos. En particular, cayó en sus manos cierta gaceta donde colaboraban algunos escritores escasamente conocidos, ciertos autores de teatro de escaso éxito, así como pintores y escultores no académicos, y en la que desarrollaban peculiares teorías sobre la muerte del arte. Estos desarraigados de la tradición artística seguían creando, atrapados siempre entre el formalismo heredado y las innovaciones que rompían los esquemas, pero resultaban poco aceptados por los pontífices de las instituciones guardianas de las artes, que hacían todo lo posible por ponerles trabas e impedir la exposición de sus talentos. Los herejes, por el contrario, se vengaban despachándose a gusto desde los escenarios, los periódicos o los cafés, contra los criterios y los cánones al uso en las academias. Si la obsesión por viajar y conocer ciudades no hubiera estado tan extendida entre escritores y artistas, Anna no hubiera conocido jamás a Jîri. Bohemia era un antiguo reino venido a menos y ahora absorbido por el capricho y la expansión hegemónica del último imperio europeo. Bien fuera porque al bohemio le costara aceptar la imposición dominante, bien porque las restricciones en materia creativa le anularan, bien porque la juventud le pidiera al cuerpo simplemente viajar e impregnarse de otras luces y otros paisajes, el caso es que Jîri Pavel se dedicó durante meses a recorrer países de sur a norte del continente, a veces en las condiciones más precarias, a veces acogido por protectores y disidentes partidarios de las ideas del cambio. Su bagaje se limitaba a un repertorio limitado de libros que él consideraba fundamentales, a varios cuadernos y herramientas para la escritura, y a un pequeñísimo ajuar de ropa, siempre maltrecho e insuficiente. Jîri recaló en la pequeña ciudad donde vivía Anna, y no se hubieran conocido de no haber entrado en el café más acogedor de la localidad, justo donde todas las tardes tenía lugar una tertulia donde se hablaba de lo divino y de lo humano, es decir, tanto de las actuaciones municipales como de las corrientes en boga de materia política o creativa. Verdad es que Anna, que acudía ocasionalmente a la tertulia, compuesta mayoritariamente por varones, empezó a asistir con mayor frecuencia desde que Jîri, que hablaba un alemán de Sajonia arduo de entender en ocasiones para el resto de los reunidos, pusiera sobre la mesa sus ideas de escritor novel, pero incisivo. Para él, la esencia del escritor residía en su condición de permanente viajero, incluso cuando apenas se moviera de un lugar. Los viajes, solía decir, pueden hacerse físicamente, y esto ofrece una experiencia y una capacidad garantizadamente abierta a los que lo intentan. O bien pueden hacerse por delegación, esto es, leyendo, pero leyendo sobre todo aquellas obras que hablan del hombre, que profundizan en su naturaleza, en su condición, en sus capacidades, en sus relaciones. Ni que decir tiene que Anna recibía aquellos mensajes generales, que por otra parte fomentaban abundante y a veces agria polémica en el círculo de los iniciados, como mensajes directos. Había otra vida más allá de su aposentamiento placentero y cómodo, y no lo dudó. Nunca supo ella misma si se enamoró del escribiente Pavel por la seducción en la que fue atrapada o por la propia caída del caballo que le aconteció, pero en las primeras semanas de la estancia del bohemio en la pequeña ciudad de Anna, ella sintió que el desarraigo le crecía dentro de su corazón, que una inquietud latente la agitaba incesante y que una necesidad de ver con sus propios ojos otros territorios y otros paisanajes la reclamaban hacia una huída hacia lo desconocido...”

La mujer ha dejado sobre su regazo el libro. Es presa de la estupefacción. Piensa en las paradojas de la vida y concibe esperanzas en nuevos recursos. La vida es también un viaje de ida y vuelta, se le ocurre. O tal vez siempre se está yendo. O acaso siempre se está retornando. Como una ráfaga, examina su pasado. Luego, considera el papel del azar. Por último, baraja las posibilidades. Qué demonios tiene este libro que me afecta, concluye.

1 comentario:

  1. La aparente quietud de ella no parece ser tal. Qué la inquieta por dentro?. Que mentira mantiene?

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