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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








miércoles, 1 de noviembre de 2006

La renuncia


Mira el crepitar de la hoguera, no hay fiesta no hay salto no hay ritual, pero el fuego siempre es un símbolo oculto en las entrañas. Una figura aterradora, desposeída a los dioses. Una densidad que burla cualquier geometría. Una metáfora donde creación y consumación se miran cara a cara. La bocanada del azar. El alma de la tierra. La herramienta de las civilizaciones. La disolución de la materia. El hombre atormentado. Mira la luz envuelta en cientos de colores inaprensibles. Se contempla en el espejo intocable. Se ve y no se reconoce, líneas infinitas de luz donde se hipnotiza. Para ser de nuevo tiene que arder del todo. Era la opinión de la antigua sabiduría. Pero, ¿está garantizado el paso de la frontera ígnea? Y más allá, si lo logra, ¿se trata de ser de nuevo o sólo puede existir si ya es otro? Absorto en la llamarada creciente, la distancia se abrevia. El tiempo y el espacio enfilan su conjunción. Él se sabe prendido desde hace ya tanto. Magmático en su pasión, encendido en su vehemencia, vivaz en su búsqueda, no distingue los ojos de la hoguera, ni registra los pasos. De pronto permanece. Escucha un sonido lejano. La voz de una canción, tal vez. Ha encontrado un remanso. Atiende una propuesta por boca de Mark Strand, el poeta canadiense, aquel que escribiera la desbordante obra Sólo una canción. Y este remanso dice:


RENUNCIAS

RENUNCIO a mis ojos, que son huevos de vidrio.
Renuncio a mi lengua.
Renuncio a mi boca, que es el constante sueño de mi lengua.
Renuncio a mi cuello, que es la manga de mi voz.
Renuncio a mi voz, que es una manzana ardiendo.
Renuncio a mis pulmones, árboles que nunca han visto la luna.
Renuncio a mi olor, piedra lanzada a través de la lluvia.
Renuncio a mis manos, que son diez deseos.
Renuncio a mis brazos, que de todos modos querían dejarme.
Renuncio a mis piernas, amantes de una noche.
Renuncio a mis nalgas, que son lunas de la infancia.
Renuncio a mi pene, que alienta en voz baja a mis muslos.
Renuncio a mi ropa, murallas donde sopla el viento y renuncio al fantasma
que habita en ella.
Renuncio. Renuncio.
Y todo aquello te será negado porque estoy volviendo a empezar
nuevamente sin nada.


(Fotografías sobre una creación del artista norteamericano Bill Viola)

5 comentarios:

  1. Fackel, una profunda pero arriesgada catarsis. Prudencia.
    Me gusta ese poeta americano, ya me darás la cita del libro.

    Saludos.

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  2. Apabullante e intensamente ígneo tu texto, Fackel. Complementariamente, Mark Strand pone la nota más enérgica y renovadora. El libro que citas no tiene pérdida.

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  3. Magnífico Fackel.
    Magnífica conjunción de elemetos.Fuego, agua. En definitiva: la palabra.
    Buenas noches

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  4. Ese usuario anónimo soy yo.
    Se me escapó la tecla. Quizá me quemaba.

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  5. Las fotografías son otra manera de decir las palabras...

    El libro de Strand está publicado en la Colección La Cruz del Sur, de Editorial Pre-Textos.

    Las palabras pronunciadas acaloran, las escritas fríen (proverbio del antiguo Reino de Siam)

    Atemperada noche.

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