domingo, 31 de diciembre de 2006

Los cuerpos del tiempo




Como estatuas vivas. Relieve de perfil: un tiempo se acaba. Frontal: un tiempo nos recibe. La blancura del abandono y la claridad de lo desconocido se relevan. Las sombras como testigo a tomar. Una cabeza se hunde en su transcurso. Otra se vuelve a un lado para percibir lo aventurado. El tiempo: siempre manifestándose a través de territorios curvos, angulosos, tersos o encogidos. Atrapándonos. Distante y próximo a la vez. Envolviéndonos. Generoso y frugal con frecuencia. Ángel de nuestras posibilidades. Fértil y yermo. Cada uno. Capturemos las sombras, para que al menos sean las nuestras.


N.B. El calendario, mero intérprete convencional. Pero esto fue ayer también y anteayer y antes más todavía...




(Recordando las estatuas de la Aurora y del Crepúsculo en la tumba de Lorenzo el Magnífico, en Florencia)

sábado, 30 de diciembre de 2006

Vencedores o vencidos




¿Es siempre así la historia de la humanidad? ¿Se da en términos de cordura o de demencia? ¿Es la justicia o el dominio el que indica el camino? ¿Es la inercia o la lucha desgarradora en el interior de la especie misma la que escribe los episodios? ¿Es la bondad o la infamia la que impone su criterio? ¿Es el reconocido de hoy el abyecto de mañana? ¿Es el bárbaro de este momento el ilustre ante el que se extenderá la alfombra de honor en un corto o medio plazo? ¿Qué es lo que marca, define, califica? Lo que parece fijo y conseguido puede trocarse en móvil y perdido. Lo que es aplicable para unos no lo es para otros. El sentido de progreso para unos es a costa de retroceso o parálisis para otros. Frase repugnante, siempre repetida: para que unos ganen otros tienen que perder. Pero lo perogrullesco no lo es para siempre. La ignominia puede adquirir calidad honrosa. Quienes alardean de seguridad pueden mañana sentirse caóticos. Las manos ensagrentadas de los energúmenos de ahora tal vez planten mástiles con sus banderas triunfantes en otro momento. Los que presumen de civilizados son presa de su incivilidad insolidaria. Los que tiranizaron pueden acabar en la horca. Los rosáceos y rollizos de esta cultura pueden devenir en demacrados y exhaustos, si antes nos acaban con ellos las enfermedades ad hoc que generan en su lujo y demasía. Aquellos a los que se persigue serán con probabilidad nuestros aliados. Aquellos con los que familiarizamos pueden ser extremadamente hostigados. Las bandas de hoy acaso sean reconocidas mañana como un Estado. Ya ha sucedido. Los neutrales no existen: o estás con la divinidad o con los demoníacos. Esto nos fue siempre dicho. Pero los mismos que pretendieron aleccionarnos huyen como ratas, clamando a sus dioses. Los que nos tutelaron nos abandonan, si ven su salvación en otra parte, pero mejor sería que nos olvidaran. Los más indignos de todos, enrocados en sus religiones, nadan y guardan la ropa. Como los bancos, cuando les va bien son prudentes y amables, cuando naufragan conspiran y bendicen banderías. Te aferras a la Luz, pero sus usuarios no quieren utilizarla. Es sabido que son más sagaces los hijos de la tesorería que los del esfuerzo humilde. Pero nadie está a salvo. Nadie es vencedor o vencido, al menos no para siempre.


(El grabado superior es del polaco Josef Bau; el de aquí debajo del alemán Siegfred Zademack)

viernes, 29 de diciembre de 2006

Deslumbramiento















Nadie se frota los ojos con el traje puesto. Depende de dónde salgas. Del abandono, de una indisposición pasajera, de una pesadilla atormentadora, de una incertidumbre casual, de un deslumbramiento. Cuando el paisaje se ha vuelto extremadamente gris y crees que ves pero no ves. Cuando la duda te asalta de manera exagerada. Cuando lo que te han dicho resulta difícil de creer. Y en absoluto de comprobar. Es probable que cuando apartes los puños tu mirada se haya disuelto. Es posible también que tus ojos se hayan vuelto del todo. Y que el iris negro y la pupila escrutadora se hayan borrado. Y haya quedado sólo el hueco. Como en las estatuas de los kuroi griegos, tras estar sumergidas por siglos de accidente e ignorancia en las profundidades oceánicas o bajo toneladas de detritus de la ciudad desaparecida. Como el resultado de una fundición que aún no tiene alma. Tu rostro se exhibirá entonces tal que la muestra de un pecio. Te asustarás de momento. Luego te sorprenderás. Más tarde, la preocupación mellará tu propio sentido. Puedes sentirte en parte como el hombre invisible. Sabes que al menos el hombre invisible veía. Su tragedia de no ser visto se compensaba con su capacidad de adentrarse y penetrar donde los demás seres no llegaban. Tú no. Te dolerán los ojos que ya no posees. No te atreverás a dar un paso. Los puños te protegen, te adaptan el panorama, te distienden los músculos faciales. Pero te han robado la herramienta de la visión. La mirada sólo va a existir de ahora en adelante hacia el recuerdo. Y éste sí que tiene una larga capacidad de prospección. Paisajes desaparecidos que valen en tanto en cuanto se mantienen en tu mente. Dudas entre recordar u olvidar. Todo tiene su coste. Si recuerdas, deseas. Si olvidas, te sientes muerto. Por un instante te has quedado inmóvil. Dudas, no podrás evitar un vistazo al espejo. Será como encararte contigo mismo. Pero si no te ves, ¿qué puedes pretender? Los puños son un arma protectora, un dique para contener las lágrimas que tal vez ya no derrames, una pantalla de ocultación de la personalidad que acaso ya no te va a ser revelada. Hay demasiada luz cegándote. Demasiada luz que trata de dividir tus zonas de sombra. Demasiada claridad para no poder distinguir. Acaso, mientras dura ese momento de paralización, te has ido hasta los primeros tiempos. Hasta un alzarte de la cuna, hasta un berrinche de la trona, hasta el banco del pupitre. Te has ido tan lejos que te parece que nada ha dejado de ser. Y sin embargo, todo resulta irreversible. La corporeidad también es recuerdo, y por mucho que ahora te frotes bajo las cejas tu conformación física te es negada. Debes abrir las palmas, pase lo que pase. Debes estar atento a la descarga de un paisaje blanco. Debes estar preparado para subsistir en un mundo de tinieblas. No eres el único. Será un extraño renacimiento. Tal vez una alucinación.


(Foto del portugués Jorge Molder)

jueves, 28 de diciembre de 2006

miércoles, 27 de diciembre de 2006

Un hombre de Perec



A veces uno se pregunta por qué no ha leído antes ciertos libros. Como Un hombre que duerme, de Perec. Claro que si lo hubiera leído antes, ¿le habría llegado a uno igual? ¿De qué manera habría captado este dibujo detallista y este diagnóstico quirúrgico del solitario sino sintiéndose en sí mismo también solitario, a ciertas alturas ya de la vida?

“Estás solo. Aprendes a caminar como un hombre solo, a pasear, a deambular, a ver sin mirar, a mirar sin ver. Aprendes la transparencia, la inmovilidad, la inexistencia. Aprendes a ser una sombra y a mirar a los hombres como si fueran piedras.”

Y es que en el relato de Perec hay algo de diario descerrajador de una vida rutinaria, esa vida que es un dejarse llevar, una costumbre y una monotonías salvajes, y donde no posees el tiempo y donde éste te desprecia. Pero el protagonista de Perec, antes de concederse a la abulia se ha escapado de los planes que tenían sobre él, y lo ha notado: “Algo se rompía, algo se ha roto. Ya no te sientes -¿cómo decirlo?- sostenido: algo que, te parecía, te parece, te ha confortado hasta entonces, te ha alegrado el corazón, el sentimiento de tu existencia, de tu importancia casi, la impresión de estar adherido, de nadar en el mundo, de pronto te abandona.”

Tras la huída y el aislamiento que avanza, cierta paralización. Ya no tiene sentido hacer las cosas por un plan, por un objetivo; si las haces, las haces con cierta indolencia, como embarcándote en un mero instinto de supervivencia. “No desear ya nada. Esperar, hasta que ya no haya nada que esperar. Deambular, dormir. Dejarte llevar por las multitudes, por las calles. Seguir las cunetas, las rejas, el agua a lo largo de las riberas. Caminar por los muelles, rozar las paredes. Perder el tiempo. Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Estar sin deseo, sin despecho, sin rebeldía” Es ahí donde Perec va a poder radiografiar hasta la extenuación o el desinterés cada acto, cada movimiento, cada comportamiento. Allí donde la sociología de masas y el individuo echan un pulso sin saber quién es quién y para qué fin.

Lo que parece cambio, rotura o dejación, se convierte también en consolidación de lo ya intuido, y en apatía, indiferencia, para seguir sin llegar a ninguna parte. “Lo que te desconcierta, lo que te conmueve, lo que te da miedo, pero a veces te exalta, no es lo repentino de tu metamorfosis, sino al contrario, justamente, el sentimiento vago y pesado de que no se trata de una metamorfosis, de que nada ha cambiado, de que siempre ha sido así, a pesar de que hasta ahora no lo sabías.”

Hay una relación exuberante de la banalidad en este libro, un desglose puntillista y vertiginoso de lo trivial, de lo manifiesto, a través de la descripción de la cotidianeidad de los objetos, de las actitudes, de los ejercicios, de los roces entre la grey y los tipos, de las poses y de las aquiescencias sociales. Una descripción que actúa como exorcismo radical de lo común y estereotipado, y que adquiere especial virulencia sobre aquellos lectores que se consideren eternos seres en crisis. “Casi no has vivido y, sin embargo, todo está dicho, ya terminado”

La renuncia a lo trazado anteriormente, se ofrece como vía de aprendizaje, casi taoísta. “Te queda por aprender todo lo que no se aprende: la soledad, la indiferencia, la paciencia, el silencio. Debes desacostumbrarte de todo: de ir al encuentro de aquellos con los que conviviste durante tanto tiempo, de regodearte en la complicidad sosa de amistades que van sobreviviéndose, en el rencor oportunista y cobarde de relaciones que se deshilachan”. Hay algo de tratado del saber vivir frente y contra el agobio de la vida cotidiana, o al menos una queja, una necesidad de invocar otro modo de seguir estando entre los vivos.

¿Salvado por la promesa del movimiento continuo? En absoluto. Ésta sería la percepción de los mortales que nos consumimos en el orden y en el acatamiento de lo ordinario que, a su vez, se nos vende como salvador. “Caminar incesante, incansable. Caminas como un hombre que carga con unas maletas invisibles, caminas como en hombre que sigue su sombra. Caminar de ciego, de sonámbulo, avanzas con paso mecánico, interminablemente, hasta olvidar que caminas” ¿Existe mayor descripción paradójica?

Formalmente apasionante, el estilo galopante de Un hombre que duerme adquiere un tinte catártico y envolvente. Sin errores de recurrencias, y ya es difícil, este libro es un paseo circular que te deja al final...¿cierta angustia? ¿cierta lasitud? ¿cierta conciencia de ése también soy yo? Sigue siendo un libro apto para eternos rebeldes o descontentos ocultos, pero sin que quepa esperar recetas a cambio.

(La pintura de la parte superior es del ruso Kasimir Malevich)

martes, 26 de diciembre de 2006

Evanescencia






Evanescencia.
Hiriendo la verticalidad desenfadada
que se desliza cauta y mansa
la luz se va imponiendo.
Teje los muretes y dora las balconadas,
bordando con dedos de plata las dovelas
de las remotas portadas cegadas,
antes de sumergirlas en su propia imagen.
Por los pasadizos y los puentes
de nácar
fluyen las antiguas humedades del pantano
y los oscuros lances de la historia.
Todo está calmo,
como si ningún aliento empañara el espejo
de la bóveda inviolable.
Impasibles y quedas, las naves
descansan de sus ceremonias y sus recorridos.
Pero en cualquier instante,
bajo las aguas invisibles,
la curvatura agitada de otras geometrías
puede desafiar de improviso el inapelable dominio
de la ley de la gravedad.
Y encerrar el amanecer en una almendra
de niebla
hasta disolver la ciudad.


(La foto es del autor de origen alemán Alfred Stieglitz)

lunes, 25 de diciembre de 2006

Judit


"...Mas el Dios Omnipotente lo entregó en manos de una mujer que lo mató y por su mano fue frustrado;
Porque no cayó como robusto por mano de mancebos, ni los hijos de Titán lo hirieron, ni altos gigantes se pusieron sobre él, mas Judit la hija de Merari lo descoyuntó con la hermosura de su rostro;
Porque se desnudó el vestido de su viudez y se vistió vestido de alegría, por levantar a los trabajadores israelitas;
Su rostro ungió con ungüento y sus copetes ligó con mitra; tomó nueva vestidura con que lo engañó;
Sus pantuflos arrebataron sus ojos y su hermosura cautivó su ánima, y el puñal cortó su cerviz. "

El canto que la propia Judit hace al final del libro de tal nombre es un mensaje a las generaciones venideras del pueblo pretenciosamente elegido. Y tal vez, no sólo a éste. Pero lo sorprendente es ¿por qué un capítulo bíblico que, por lo demás, no tiene mayor trascendencia dentro de los textos sacros del judaísmo y del cristianismo, causó tanto impacto entre pintores renacentistas y sobre todo barrocos, e incluso llega, como vemos por los grabados adjuntos, hasta nuestros días? La muerte de Holofernes, caudillo del gran Nabucodonosor, a mano de una mujer de Judá, ¿se trata sólo de una hazaña bélica? Probablemente, es sólo un mito. Y el texto está construido no tanto para relatar algo real, que seguramente no lo fue, ya que fechas y personajes se citan equívocamente, como para exaltar la capacidad de resistencia heroica del pueblo judío. Como tantas otras obras de oposición y lucha por su salvación, hay más de literatura que de verosimilitud en las sagas israelitas. No en vano supieron muy bien utilizar desde la antigüedad la tradición oral y su conversión posterior en narración escrita (¿qué otra cosa podría ser, si no, la Biblia?) para construir el mito de pueblo elegido y protegido por Yahvé. ¿La gran arma de Sión, posteriormente retomada por la invención cristiana? La literatura bíblica fundamentalmente, sin olvidar su permanente recurso a armarse. (Esto no ha cambiado, pero se ha matizado. Sus sucesores actuales, encarnados en el Estado de Israel necesitan además la energía atómica para seguir consolidados)

Pero la pregunta sigue en pie. ¿La imagen de una mujer degollando a un caudillo era tan atractiva para la imaginería de los artistas y de los espectadores? ¿O era la escabrosidad del suceso lo que llamaba la atención? ¿Asombraba la capacidad de revuelta de la mujer frente al dominio del hombre? Lo que veían los pintores, ¿se trataba de la encarnación de la rebelión del débil frente a la violencia institucionalizada encarnada en uno de sus mandatarios? La irreductibilidad de Judit, ¿era la insumisión de los judíos o la de la condición de las hijas de Lilith? ¿Es una metáfora de la insurrección contra la sociedad patriarcal y la emersión de la condición autónoma femenina?

Habrá quien no vea más allá y se fije exclusivamente en el gran poder de la seducción femenina como medio para lograr un fin. Fin ejercitado también a través de la violencia sangrienta. Y en este sentido, Némesis aparece de nuevo como justiciera. La venganza como remedio o simplemente como toda y daca de la moneda entre enemigos. En estos tiempos de crímenes sin contemplaciones ejecutados por hombres venidos a menos sobre esposas, novias o ex, en cualquier caso sobre disidentes, la imagen de Judit retoma significado y vigor como arrebato.

(El canto de Judit está tomado del Libro de Judit, versión Biblia del Oso, de Casiodoro de Reina, de 1569; la pintura en azul de arriba es de Adriana Varejao; el grabado inferior, de la polaca Lila Ciechanowska-Saga)

El furor acecha



Leyendo la obra poética de Eugenio Montale me encuentro esto...


El furor

El furor es tan antiguo como el hombre,
pero creía tener un objetivo.
Ahora se basta a sí mismo. Es un paso adelante,
pero no es suficiente. El hombre debe,
aun permaneciendo bípedo, transformarse
en otra bestia. Sólo entonces
será, como las fieras de cuatro patas, inocuo
si no lo agreden. Harán falta
unos años o milenios. Es un abrir y cerrar de ojos.


Viene a pelo la poesía, para acunar mis pensamientos trastornados. Quien piense que el furor permanece aplacado, yerra. La vida está repleta de conflictos y su escala desborda lo previsto. Que cada cual se palpe y se interrogue. Como los movimientos tectónicos, apenas o nulamente perceptibles, el furor se desplaza bajo nuestra piel. Y de pronto, su ruido inconfundible. Bulle por las amplias geografías y revienta la Historia. Tiempos de ira. Acarreando desgracias. Su ignorancia, un engaño.


(Cuadro del artista danés Peter Gyllan)

jueves, 21 de diciembre de 2006

El poeta



Usted es o al menos se considera un poeta romántico cuando ya no se lleva y escribe una línea y luego se detiene un rato y se toma un sorbo de café y luego contempla por inercia la mesa y coloca la estilográfica bocabajo y duda y la alza nuevamente y se apoya en su mano izquierda delicada y frágil y chupetea la caperuza de la pluma y piensa y cree más bien que piensa porque lo que hace es abstraerse o mejor dicho olvidarse por un momento de lo que pretende escribir para recordar más bien que debe a la patrona el mes que termina y el mes anterior y que no se atreve a acercarse a la tienda de comestibles porque su cuenta de moroso adquiere un grosor considerable y ya le cuesta acercarse hasta la biblioteca de la calle diecinueve donde le acucian para que devuelva varios libros prestados que usted ya no posee porque los ha vendido en una librería de viejo y teme que cualquier día sus acreedores le denuncien aunque no sería la primera vez que le hayan denunciado y acordarse de esta circunstancia no le consuela en absoluto sino que simplemente le concede la posibilidad de que su condición pobretona le juegue otra vez una mala pasada y por esa misma razón usted trata de escribir en la mesa de mármol del cafetín y trata de hacerlo para olvidar su penuria y sus dificultades y de paso aprovechar el calor que emana de la estufa e inmerso como está en su empeño de conseguir unos versos donde usted desea volcar su pathos al estilo de los románticos más reconocidos de su país usted no se fija en que el local va quedándose vacío y que la hora del cierre va llegando y usted comprende que ésta es una situación comprometida porque por una parte debe conseguir escribir varias líneas y si es posible una estrofa o dos y así el logro adquiriría para usted una dimensión significativa y anímicamente mejoraría su estado y daría por buena la tarea y las horas consumidas en aquel rincón donde se oculta prácticamente a la vista de los parroquianos del bar y a la vista de los ciudadanos que en realidad no están pendientes de usted de ningún modo o más bien que le ignoran y si usted se diera cuenta de que no interesa a nadie sufriría menos o acaso usted necesita creerse que su mera presencia allí y su pose y su vestimenta y sus cabellos y su aire melancólico y huidizo atraen la curiosidad de la clientela y esta coyuntura le favorece y le complace a los sueños que usted genera sobre sí mismo y como se enreda en estos pensamientos mientras el humo del tabaco se ha ido diluyendo usted apenas garabatea y no le importa mucho porque sospecha que para escribir también hay que meditar y qué mejor actitud para concentrarse y recabar una organización de las ideas en su mente que quedarse contemplando inmóvil el interior de la taza vacía de café donde los restos son ya un espejismo y apenas luce una costra y los posos asemejan las hebras de cigarro y cuando se quiere usted dar cuenta la empleada de la café ha apagado varias luces y le permite que se mantenga la lámpara más próxima a su mesa porque siente por usted una simpatía indefinida donde no sabe muy bien ella qué hay de cierta atracción poco matizada por usted o de bastante lástima por ese abandono y esa reclusión que usted vive al aislarse de un mundo que le exige pero que también le podría dar y que un poeta romántico no puede admitir porque de lo contrario la capacidad de inspiración y el status y el rol que ansía representar no estaría validado por los cánones que usted imagina y usted está convencido de que sin esa naturaleza de poeta que se pretende maldito y sin esa sensación de expulsión de la comunidad de los ciudadanos normales usted no podría llevar a efecto su obra y en esta vorágine de ideas cruzadas usted no percibe que el local se ha quedado vacío y que la persiana de la puerta está bajada a medias y que la camarera ha barrido casi todo el suelo y ha terminado de fregar los últimos vasos y ha desconectado la cafetera y que empeñada en un bostezo y en un estiramiento disimulados se ha quitado el mandil y lo ha tirado sobre un armario y que ahora se acerca a la mesa donde usted mordisquea la pluma y donde por fin ha escrito cuatro o cinco versos y no nota cómo la mujer coge una silla y se acerca a la posición que usted ocupa y le contempla en silencio y si usted estuviera a lo que tendría que estar comprobaría que en la mirada de la mujer hay un destello de admiración por usted y sumido como está en sus argumentos contradictorios y en sus batallas por construir juegos de palabras que expresen esa idea anticuada que usted persigue sobre la expresión poética no ve y no siente y no se emociona cuando la joven le pone una mano sobre el hombro y cosquillea su cuello y con sus dedos largos trenza los cabellos de usted joven poeta trasnochado.

(Cuadro del pintor polaco Czapski)

lunes, 18 de diciembre de 2006

Corsario Pasolini versus...


A punto ya. El ruido está ahí desde hace más de un mes. Otra vez la repetición, siempre más agresiva. ¿Qué hacer? ¿Tenemos capacidad y voluntad suficientes para lleva a cabo el refrán "a palabras necias..."? Pero no sólo es publicidad, ni ruidos, ni velocidades hacia los grandes almacenes. Son también gestos, asunciones, identificaciones. Diosa Costumbre (Tradición) casóse con Dios Mercado (Riqueza). De aquellos barros estos lodos que desatan pasión y multiplican los gastos familiares. Refrendada históricamente por la religión cristiana, resguardada en las tradiciones rurales y remodelada por la vorágine festera de las urbes, las Navidades irrumpirán en breve para mayor gloria del trueque y el endeudamiento.

Pier Paolo Pasolini escribió al respecto un artículo en la revista italiana Tempo en 1969 francamente duro y que abría en canal la circunstancia. Escribe sin contemplaciones, tajante, destructor. Me ha parecido interesante traerlo a colación aquí, por su enorme carga subversiva. Merece la pena leerlo con atención. Casi gozándolo.

LAS FIESTAS Y EL CONSUMISMO

Hace ya tres años que hago lo posible para no estar en Italia durante las Navidades. Lo hago adrede, con saña, desesperado ante la idea de no conseguirlo; aceptando incluso una sobrecarga de trabajo, aceptando la renuncia de cualquier modalidad de vacación, de interrupción, de descanso.

Sé perfectamente que incluso cuando yo era niño las fiestas navideñas eran una idiotez: un desafío de la Producción a Dios. Sin embargo, por entonces yo estaba todavía sumido en el mundo “campesino”, en una misteriosa provincia situada entre los Alpes y el mar o en cualquier pequeña ciudad provinciana (como Cremona y Scandiano) Había hilo directo con Jerusalén. El capitalismo no había “cubierto” aún totalmente el mundo campesino del que extraía su moralismo y en el que, por lo demás, seguía basando sus chantajes: Dios, Patria, Familia. Estos chantajes eran posibles porque correspondían, negativamente, a una realidad: la realidad del mundo religioso que había sibrevivido.

En la actualidad, el nuevo capitalismo no tiene ninguna necesidad de este tipo de chantaje, como no sea en sus márgenes o en los islotes supervivientes o en las costumbres (que se van perdiendo) Para el nuevo capitalismo es indiferente que se crea en Dios, en la Patria o en la Familia. De hecho ha creado su propio mito autónomo: el Bienestar. Y su tipo humano no es el hombre religioso o el hombre de bien, sino el consumidor que se siente feliz de serlo.

Cuando yo era niño, pues, la relación entre Capital y Religión (en los días navideños) era espantosa, pero real. Hoy en día, dicha relación ya no tiene razón de ser. Es un absurdo absoluto. Y es posible que sea este absurdo lo que me angustie y me obligue a huir. (A países mahometanos) La Iglesia (cuando yo era niño, bajo el fascismo) esta sometida al Capital: éste la utilizaba, y ella se había convertido en instrumento del poder. Había regalado a las grandes industrias un niño entre un asno y un buey. Además, ¿no desfilaban bajo las banderas de Mussolini, de Hitler, de Franco, de Salazar? Hoy en día, sin embargo, la Iglesia me parece, en cierto sentido, más sometida que antes al Capital. Antes, en realidad, la Iglesia se salvaba por ese poco de autenticidad que había en el mundo preindustrial y campesino (en ese poco de artesanía que permanecía en las viejas industrias): ahora, en cambio, no hay contrapartida. Ni siquiera puede decir que a su vez utilice al Capital: porque, de hecho, el Capital utiliza a la Iglesia únicamente por costumbre, para evitar guerras religiosas, por comodidad. La Iglesia ya no le sirve. Si ésta no existiese, aquél no la echaría de menos. Sin embargo, en casos por el estilo, la utilización debe ser recíproca para que sea útil a ambas partes. En este punto la Iglesia debería distinguir, por ello mismo, las fiestas propias (si, aunque sea anticuadamente, aún las tiene) de las del Consumo. Debería diferenciar, por decirlo pronto y bien, las hostias de los turrones. Este embrassons-nous entre Religión y Producción es terrible. Y, de hecho, lo que de aquí se deriva es intolerable a la vista y a los demás sentidos.


A decir verdad, es innegable, la Navidad es una antigua fiesta pagana (el nacimiento del sol) y como tal era originariamente alegre: es posible que esta alegría ancestral aún tenga necesidad de manifestarse, periódicamente, en un hombre que va a roturar el Sájara con monstruos mecánicos. Pero en este caso que la fiesta pagana se vuelva pagana: que la sustitución de la naturaleza natural por la naturaleza industrial sea completa, incluso en las fiestas. Y que la Iglesia se distancie de aquélla. Ya no puede jugar a la rusticidad y la ignorancia: no puede fingir que no sabe que la fiesta navideña no es ni más ni menos que una antigua fiesta celebrada in pagis (“en el campo”), pagana, y que la mezcolanza es arcaica y medieval. La tradición de los belenes y los árboles navideños ha de abolirla una Iglesia que de verdad quiera sobrevivir en el mundo moderno. Y esto no lo saben sólo los curas excéntricos, progresistas y cultos.


Como fiesta pagano-neocapitalista, Navidad siempre será terrible. Es un ersatz (“sustituto”) -con web-end y solemnidades afines- de la guerra. En tales días brota una psicosis indefectiblemente bélica. La agresividad individual se multiplica. Aumenta vertiginosamente el número de muertos. Es una verdadera barbarie. Se dice: muchos Vietnam. Pero los muchos Vietnam ya están aquí. Ni más ni menos que en estas celebridades festivas en que la fiesta es la interrupción del acostumbramiento al lucro, a la alienación, al código, a la falsa idea de sí: cosas todas que nacen del famoso trabajo que ha quedado reducido a lo que ensalzaban los carteles de los campos de concentración hitlerianos. De esta interrupción nace una libertad falsa en que estalla un primitivo instinto de afirmación. Y se afirma agresivamente, gracias a una feroz competencia, haciendo las cosas más mediocres de la manera más mediocre.

Sí, es espantoso el comentario que acabo de hacer de la Navidad. Y sin ninguna excepción que hacer. Ninguna bondad. Ninguna blandura. Las cosas son así. Es inútil ocultarlo, aunque sea un poco.

(La viñeta de cómic de arriba es del ilustrador François Schuiten; las fotos representan a Pasolini en dos momentos de su vida)

domingo, 17 de diciembre de 2006

Sombras


Te secas el rostro con ligera afectación. Pausadamente. Según lo haces, te conviertes en una máscara. Cada toque, cada aproximación de la felpa lo percibes como un recuento de tu reloj biológico. Tu ceño rígido trata de alejar tu mirada interior. Creas distancia con la inclinación de tus ojos, cuya luz oblicua se ha paralizado. Contemplas hacia atrás. El telón de tus cejas y la sombra que proyecta la toalla forman un antifaz tras el que te ocultas. Si tus dedos continúan tejiendo la celosía de tus facciones, te perderás del todo. Pero la potencia del recuerdo se convierte en acto armado sobre ti mismo. Al enarcar el puente del entrecejo, la frente se te torna más imperiosa. Las entradas crean pasillos desérticos que acabarán envolviendo tu cabellera testigo. Justo allí donde el pelo se anuncia morrena de glaciar en retroceso. Haces del acto una ceremonia parsimoniosa. Tus dedos se separan al máximo para abarcar el ejercicio de la ablución. Desaparece tu cara poco a poco. Ni lo adviertes. Apenas percibes los ruidos y el griterío del mercado callejero. Tan concentrado estás. A pesar del calor te mantienes en tu traje austero. Siempre presentable ante la eventualidad, siempre dispuesto ante las sugerencias, siempre solícito ante las órdenes. Pero según te secas has dudado. No hay abandono en ti. Sólo confusión. Te urge preservarte, huir, alejarte de lo cotidiano que te acecha. Los movimientos lentos, casi pasivos, que ejecutas fingen serenidad. Devuelves tibieza al acoso de la inquietud. Es una respuesta de defensa, temes que paralizadora. Siempre hay tiempo para la acometida, piensas. De momento deseas que no desaparezca del todo de tus facciones cierta huella de humedad. Nadie va a mirarte a los ojos en los próximos minutos. Pero tú necesitas mantener algún brillo en tus mejillas, alguna irisación en tus pupilas cuando te encares frente al espejo. A no ser que quieras ignorar tu propio reflejo. Necesitas constatar tu debilidad, no obstante tu apariencia. Admitirte en tu propia blandura, siquiera para no ser víctima de un decaimiento mayor. Te cuesta respirar, tragas una saliva ácida y notas cómo se estrecha el canal de tu garganta. No hay toalla suficientemente extensa para cubrirte y absorber el agua pútrida de tu rabia. Pero sombras sí. Todas cuantas desees. No lo ignoras. Has dejado atrás sombras y pretendes cubrirte con más sombras. Te refugias en ellas. Por eso alzas tus dos manos y estás a punto de echar el telón sobre tu rostro. Mientras oscuras y atroces ideas atenazan tu cráneo. Mientras embates violentos confunden tus pensamientos. Vas a dirigirte a la ventana y levantarás los pestillos hasta dejarla de par en par. Son pocos pisos, pero tú no lo sabes porque la calle está umbrosa y vacía. Ese desgarro que te persigue te hace sudar. Y tu visión se ha vuelto ya reducida. Tus ojos se te han volado. Sólo puede salvarte tu propio grito.



(Fotografía -y también autorretrato, de sus múltiples autorretratos- del portugués Jorge Molder)

Espectros


Espectros al amanecer. Siempre me han gustado las cencelladas intensas que me encuentro en el camino, de madrugada. Cuando un color unívoco e inapelable silencia ruidos y calma respiraciones. Tal pareciera que los árboles hubieran nacido simplemente para dejarse colgar velos nupciales. Ese instante preciso y casi imperceptible en que la frontera entre la luz que llega de algún lugar lejano y la tonalidad implícita de la helada no se da ya. Nunca vi tal claridad que ocultara la gama del arcoiris de la naturaleza y de las cosas, como si éstas nunca hubieran existido. Y la arbolada, mostrándose soberbia e íntima. Allá donde se vuelve recóndita la savia y se aletarga para sorprendernos nuevamente a la vuelta de la próxima estación. No hay larga espera. No hay nada que esperar: la belleza está ante mis ojos. Un pulso a la multiplicidad de luces, que ahora se singularizan. Sin perder expresión. Hablando de otra manera.


(Fotografía de Ansel Adams, clásico paisajista californiano

viernes, 15 de diciembre de 2006

¿Obviedades?



A punto del sueño, tras un día agotador a fuerza de ganarse el pan y perderse seguramente satisfacciones, una palabra de cuatro letras, que es la palabra por excelencia en su lengua, le espabila bruscamente. Se pone a buscar en el Diccionario Filosófico de André Comte-Sponville y da con ella...


Vida. La más hermosa definición que conozco es la de Bichat: "La vida es el conjunto de funciones que resisten a la muerte" (Investigaciones fisiológicas, I, 1) Es un caso de conatus, pero específico: una determinada manera, para un ser dado, de perseverar en su ser desarrollándolo (crecimiento), reconstituyéndolo (mediante los intercambios con su medio: nutrición, respiración, fotosíntesis...) adaptándose y, finalmente, tendiendo a reproducirse (generación). Vivir es realizar el esfuerzo de vivir: el duro deseo de durar es el verdadero sabor de la vida en nosotros, y el principio, como muestra Spinoza, de toda virtud (Ética, IV)

El término designa también la duración de este esfuerzo: la separación entre la concepción y la muerte. Una vida vale menos por esta duración, sin embargo, que por lo que se hace en ella. Por lo menos, así sucede para la mayor parte de los seres humanos: la meta es la felicidad, no la longevidad; la norma es la humanidad, no la salud. Aquí nos alejamos de Bichat o de la biología para encontrarnos con Montaigne y la filosofía. "La muerte es el final, no la finalidad de la vida; es su extremo, y, sin embargo, no es su objeto. Debe ser para sí misma su propio objetivo: su propósito, su recto estudio consiste en regularse, conducirse y soportarse" (Ensayos, II, 2) ¿Hay que aprender a morir? ¿Para qué, puesto que lo haremos de todos modos? Mejor aprender a vivir: eso es la filosofía misma.


Ha respirado profundamente y se siente apacible. Ahora se irá a dormir a pierna suelta. ¿Y luego dicen algunos que las palabras no salvan?

miércoles, 13 de diciembre de 2006

El árbol vive



Nadie como los dedos del árbol
sabe contar los días.
Nada como la mirada de un viejo
admira la majestuosa fronda del jardín.
No hay ausencias.
Sólo sucesión de luces
encarnándose en la tactilidad de las hojas.
Sólo frescores de auroras renacientes.
Sólo rumores que en la noche desplazan los silencios.
Más allá del otoño
todo reverdece en la piel de los vivos.

martes, 12 de diciembre de 2006

De punta en blanco


Dónde queda la sujección; sobre la cabeza del niño permanece abierto todo un arco de posibilidades; él no lo sabe; la avenida se muestra desierta; se le va a obligar a ocuparla; él también lo ignora; hubo una vez la sagrada familia, cuya eternidad se le prometía; tantas cosas se le brindaban; a un lado, la rectitud; al otro, el afán de ternura posesiva; lejana alianza de sangre hablando voces que él percibe con frecuencia babélicas; incontestable anunciación de modelos; las exigencias acechan y él sobrevuela cual ángel del azar; desafío de destinos inciertos; como si lo intuyera el niño se aferra a unas palmas que considera su aval; él está lejos de suponer que se desasirá de ellas; sus pasos son marcados; a él ni se le ocurre pensar que esas manos que le sujetan y le impulsan perderán la textura de la especie para adquirir un día la urdimbre de la tierra; todo era demasiado blanco entonces; él era albo y etéreo y delicado entonces; algo le queda en su acontecer posterior y le confunde; algo le sigue invadiendo de luz y le atormenta; ahora todo es tan espurio que desearía ponerse de nuevo de punta en blanco; recibir cada día cada sorpresa cada aliento con la blancura del descubrimiento; y sin embargo teme que ésta sea ahora la foto actualizada; pero quién traiciona a quién; él no ha destruido nada; su mirada afectada revela una dificultad para la pose; no era el sitio para la abstracción; y no obstante, ese gesto amuecado que aún le recorre a veces las mejillas y la frente se ha tornado cansino y triste; una hoja de papel ha caído a los pies del adulto irreconciliable y ha leído frases sueltas tales como...la memoria se inquieta...o bien ya no hay nadie y nos inquietamos...o bien las raíces van por dentro y se agarran a las tripas...mira a la altura y desde el alféizar de una ventana abierta un libro va desmigando páginas y palabras a los pies del niño de punta en blanco; otra vez será

lunes, 11 de diciembre de 2006

Salud y sueño



Cuántos siglos os contemplan, cuántas correrías y cuántas vicisitudes. La España profunda os parió, os exigió, os desgastó y tú tiraste siempre para adelante. No huyendo, sino tomando la iniciativa. Los dioses -la tierra y su intermediaria tu madre- te concedieron un cuerpo de justa apariencia pero de una capacidad desmedida para afrontar, para adaptarte, para sobrevivir. Debiste robar también algo del fuego de los demiurgos, se te notaba. Eras el último. Ahora, la foto recordatorio se ha quedado en foto fija, para siempre. La fotografía que a tu mujer no le gustaba nada, recuerda cuando ella os tildaba de zarrapastrosos y la escondía.

Y al final, también siempre el enigma. Y al final, además siempre el misterio. ¿Por qué tú fuiste el más resistente entre todos los resistentes de la Tierra? Ay, viejo corredor de fondo, sagaz mesetario que nunca aceptaste morir sin más ni más. Cómo te lo sabías. Qué bien lo has llevado. Qué claridad en tu decisión más imparable.

(Y como me gustan las palabras, porque me salvan, te lo digo: yo te seguiré saludando, padre tierra, padre resistente, padre mío, más allá de la nada)

Rescato un poema del mejicano Jaime Sabines para celebrarte en la memoria.

Soy mi cuerpo


Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste y está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.

Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían.

Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi soledad.


Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección.

Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.





domingo, 10 de diciembre de 2006

El viaje



El viaje se ha iniciado. Tanta luz no le deja ver. Tanta oscuridad le abre los ojos. Se ha puesto la prenda más cómoda y busca la salida. Su cuerpo está dispuesto. Su actitud, resuelta.Sus sentidos laten como si se preparasen para nacer de nuevo. Azota el viento. Una claridad purísima le voltea los recuerdos. Una humedad silenciosa le refesca la mudez. Se sabe sombra, pero se advierte completo. Se abandona. Otra vez será.

(La foto, del artista portugués Jorge Molder)

jueves, 7 de diciembre de 2006

La marina




El salitre es azul. ¿Lo sabías? Pero cuando humedece tus labios es rosáceo, y cuando te sazona el cabello se vuelve pelirrojo. Aquella tarde te vestiste de turquesa y la seda de tu vestido se aireaba al compás del oleaje. ¿Por qué hiciste una diadema con tu cabellera? Contemplar la marina es una ceremonia, contestaste, y querías estar majestuosa para flotar en su viento. ¿Y el vertical acantilado de tu nuca? Su desnudez es mi consistencia, sugeriste. ¿Sabes que jamás había contemplado con esta luz tu cuello, desplegando los angulosos sedimentos que provocan el deslumbrante abismo de tu espalda? Rapa Nui queda al otro lado, y señalaste un punto imaginario, y las embarcaciones de totora pueden llegar en cualquier momento. ¿Por eso miras? Miro la partida de los héroes. ¿Tal vez ése es el impulso por el que se desliza lentamente el festón de los tirantes bocabajo de tus brazos? Me conmueve la audacia de los emprendedores. ¿Quieres recibir con la hojarasca de tu sonrisa a los osados marineros de las mil y una islas de los confines? Quiero celebrar el riesgo y escuchar el relato de sus dificultades, de sus pericias y de sus fracasos. Mientras oteabas la línea lejana e invisible que preñaba tus ojos con el oro del recuerdo, yo adivinaba el valle de tu dorso. Su claroscuro dependía de tu inmovilidad. Y tu firmeza de mi cercanía. Un péndulo midiendo el tiempo de la expectación: el pendiente se agitaba desde tu lóbulo como un testigo huérfano. La arena o las sirenas o los listrígones se habían empeñado en quedarse con el otro en un golpe de mano audaz sobre tu cuerpo. Seguiste impasible ante el despliegue de lluvia. Y pasó la jornada y transcurrieron las noches y se alternaron las mareas. Tú permaneciste a la espera de la llegada triunfal. Alguien, pero tú sobre todo, tenía que recibir a los esforzados viajeros que moraban dentro de ti.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

El tren



Se te ha quedado el té frío, tanto mirar el día por delante. Pero en ese instante de quietud muestras una dulzura ajena. Es decir, eres tú, pero no es tu actitud habitual. Por supuesto, no me estabas viendo. Las puertas se pueden entornar, y basta con que uno se coloque de perfil, silente e inadvertido, para que la observación permita descubrimientos. Desde luego, no debes temer confidencias que no vienen al caso. Me interesaba sobre todo tu abandono, la levedad del apoyo sobre tu brazo, la mirada perdida y a la vez viajera. Contemplando sueños, tal vez. Analizando planes, tal vez. Añorando situaciones desaparecidas, acaso. Una de esas situaciones ausentes, que no lejanas, tenía nombre de ferrocarril y una noche atravesando toda la geografía del país, y la sombra de un hombre que apareció y desapareció con el murmullo de la noche. Desde que te has vuelto rupturista, no te interesan demasiado los viajes en avión, salvo para desplazamientos urgentes o inevitables. En aquella ocasión te lo propusiste, muy a pesar de tus obligaciones profesionales en destino, y a contrapelo de las exigencias de tus amigos. Incluso arriesgaste la demora, como una necesidad interior que te reclamaba saltar las normas y los compromisos. Recuerdo que me habías comentado algunas veces que siempre tenías pendiente un recorrido de tren largo y que te recordaran los tiempos imaginarios del Oriente Exprés. Sorprendiste a todos con tu decisión, pero no a mi. Por eso me elegiste a la vuelta para desvelarme tu encuentro fugaz de aquella noche. Te habías dado el placer, sin medir costes, de contratar un compartimento para ti sola. Querías hacerlo todo con arreglo al uso de los relatos: toma de posesión del coche cama, cena en el vagón restaurante, observación del entorno, té y lectura reposada. En la hora vespertina contemplabas junto a la ventanilla el crepúsculo, y las luces del día se difuminaban cargando de sombras el paisaje que atravesabas. Habías abandonado la lectura de aquel texto de Racine sobre el que pretendías trabajar, para sumergirte en la descripción de la materia por sí misma, la que te ofrecía la desescalada del sol y su inmersión en algún lejano punto donde la tierra debía convertirse en abismo. Pediste otro té porque deseabas prolongar un estado de bienestar que no era habitual en ti. Saboreaste la última gota de la taza, recogiste el libro y tus apuntes, atravesaste los pasillos de los demás vagones hasta llegar al que te correspondía. El africano estaba allí dentro cuando abriste la puerta corredera. De momento pensaste que cometías un error, que tratabas de entrar en otro compartimento; luego viste que tu equipaje y tu abrigo estaba sobre la cama que había desplegado el empleado de ferrocarril para tu acomodo. Tú misma reconoces que no te sobresaltaste especialmente, que en ningún momento sospechabas que el intruso pretendía robar, y que la molestia fue mínima. El africano no dijo nada, ni se excusó ni se puso nervioso. Esgrimió sus grandes palmas con los brazos en cruz y salió de medio lado asintiendo con la cabeza, como si se tratara de una ceremonia de despedida ritual. Cerraste la puerta, echaste el botón de seguridad, un vistazo al entorno y ninguna novedad. Nada había sido tocado. Sólo la cama tenía la huella de que un cuerpo había ocupado su horizontalidad, ligeramente arrugada la manta pero sin que las sábanas hubieran sido abiertas. Fue cuando te acostaste cuando empezaste a darle vueltas al asunto. Amenaza de insomnio. Temiste haberte excedido en la dosis de la teína habitual, no conseguías dormirte. El hombre de tez cetrina que había salido hacía un rato de allí te intrigaba. Pensaste que podría tratarse de un viajero clandestino, de alguien que hubiera tomado estimulantes, de un oportunista a la búsqueda de una aventura arriesgada. Todo era posible pero nada encajaba. Por haber dejado alguna pista, ni siquiera quedaba rastro de olor ni humedad de sudor ni huellas de uso del aseo. Entonces el ritmo del tren lejos de acunarte y hacer que cayeras dormida, te excitó. Te pusiste los jeans, el jersey grueso de lana de cuello alto y los botines y saliste al pasillo. En el pasillo la temperatura era considerablemente más baja y se hallaba desierto. Miraste hacia los dos extremos y te apoyaste en la barra de la ventanilla, desde donde habrías podido disfrutar de la hermosa zona de valles por donde se deslizaba ahora el ferrocarril, de haber sido día. Pero ahora, el cristal se tornaba opaco y te devolvía tu imagen: el pelo revuelto, tu torso provocadoramente erguido, tu talle modelado, tus pantalones ajustados, la curvatura de tu simetría. Decidiste que era un lugar inhóspito y necesitabas tomar algo, incluso pensaste en echar mano de un valium. Como un reflejo desechaste la idea, porque habías elegido el tipo de viaje porque sí, por puro gusto y sin necesidad de alteración alguna. Estabas dispuesta a encarar cualquier imprevisto, a asumir cualquier novedad. Te presentaste en el vagón restaurante, pero estaba cerrado el servicio. Un empleado te señaló el pequeño bar en un extremo. Pensaste pedirte otra vez té, pero preferiste un botellín de agua con gas. Una pareja se confidenciaba con entrega, un hombre de edad provecta semidormitaba apoyado en una pequeña mesa circular, el camarero limpiaba algunos vasos. Mientras echabas tragos cortos apoyándote en respiración profunda, seguías pensando en la aparición. La imagen en sombras de aquel hombre alto, oscuro y prudente calaba en tu inquietud. Debías de estar atravesando un río ancho, porque el sonido del desplazamiento se hizo más chirriante, incluso dirías que más metálico y la presión se hizo notar con intensidad sobre tus oídos. ¿Habías ido a despejarte de la tensión que te acosaba o a dilucidar un misterio? Te sentías ridícula, eso me dijiste, te parecías infantil, eso me dijiste, y que qué necesidad tenías de buscar lo que no debías. Tus razonamientos, tus dudas, tus sensaciones contradictorias te obligaban a claudicar y decidiste retornar al coche cama. La vuelta se te hizo eterna. El vacío te pareció un desierto. El frío violaba tu piel. Abriste la puerta, la luz tibia estaba dada, permaneciste muda. El africano estaba tendido, con los ojos encendidos y abiertos, sin emitir palabra ni sonido alguno. Le miraste y él te miró. No tuviste intención en ningún momento de echarte hacia atrás ni de salir corriendo ni de plantearte pedir ayuda. Te apoyaste en la puerta, frotándote los brazos, contemplando su cuerpo largo y delgado, sus ojos de luz y la sonrisa sincera que esbozaba lentamente. Él no tuvo para ti mirada lasciva, ni actitud de agresión, ni dio orden alguna para intimidarte. Simplemente, te extendió la mano. Tú echaste el seguro de la puerta y le ofreciste tus dedos indecisos. El movimiento del tren sobre un cambio de vías te estremeció.



(La fotografía de la mujer es del canadiense Patrick Jan Van Hove y la ilustración del tren es del norteamericano Michael Gibbs)

La clave


Se sabe que los colores de la noche se han ido. Se sabe que la noche no es negra, sino una carencia. Por eso se sueña, para llenarla de lo posible. Como en la vida que llamamos incorrectamente real, los colores hay que ponerlos. No vienen dados porque sí. Y aunque los objetos, desde el sol que nace hasta la sonrisa de un niño, tienen matices, si tú no los buscas no te son revelados. Como la materia del color, tal se manifiesta la textura de los sueños. Pero los sueños, ya se sabe también, pronto, un día perdido de tu adolescencia, huyeron de tu cama para crecer entre tu ser erguido y rebelde. Y oscurecerse. Urdieron tus inquietudes. Y ya desde entonces no distingues con facilidad la luz y las sombras, porque tú mismo no eres claro. O es que no saliste jamás del sueño. Y a estas horas de silencio has abierto una página del poeta mejicano Jaime Sabines y él te lo sugiere...


Igual que la noche de la embriaguez,
igual fue la vida.
¿Qué hice?, ¿que tengo entre las manos?
Sólo desear, desear, desear,
ir detrás de los sueños
igual que un perro ciego ladrándole a los ruidos.

(La pintura es del polaco Gregorz Jakubowski-Barthel)


lunes, 4 de diciembre de 2006

Crucifixiágite





Siempre había sospechado que la crucifixión era esto. Una postura sin continente. Una tau intangible. La entrega de un cuerpo al verdadero cuerpo: la materia. La ebullición de la sangre. La feria de los coágulos. La incapacidad de volver a la posición auténtica: la uterina. Una genuflexión que incapacita para elevarse. El abrazo de las sombras. La tensión sometida. Un cuerpo envidiado por los verdugos. Los hemisferios del pathos. La vertebralidad escindida. Los canales de la armonía. El abrazo disecado. La pose del sufrimiento. La tortura simulada. La ejemplaridad morbosa. El lunar en la nalga. La negrura deseada. Una adoración quebradiza. El descendimiento erecto. La desacralización del barroco. La ausencia de las siete palabras no dichas. El clamor de las setenta palabras rescatadas. La presencia infinita del gemido. La carencia de máscara. El raso de tul ilusión. El envés de la redención. La marioneta secular. La concupiscencia de uno mismo. La palabra enmudecida. La piedad penitente. El verbo deshabitado. La memoria del primate. La caída. El silencio frente al muro. Crucifixiágite.

(Sobre una fotografía de Jimena Sánchez)

domingo, 3 de diciembre de 2006

Cuanto puedas


Has transitado el día. Tus quehaceres han sido menos densos. Los has asumido más cercanos, más libres, menos obligados. Tu cabeza ha estado al menos sobre tus hombros. Erguida. Pero también dentro de tu corazón. Entregada. Has efectuado tareas domésticas, has leído, has escuchado a Chopin por mano de Maria-Joao Pires y a Boccherini y a Caldara, todos tan diferentes; has pisado el asfalto húmedo, has respirado la frialdad del anochecer. Le has visitado. Le has dedicado un rato, mientras miras cómo se va yendo lenta y serenamente. Habéis estado tranquilos, como pocas veces lo habéis estado en vuestra vida. Has acariciado sus orejas de papel de fumar y le has tomado de la mano. Esas manos huesudas, arrugadas, lacias, sin vigor. Siempre témpanos. Se las has tenido apretadas. Como si quisieras transmitirle un calor del que él se encuentra ya desposeído. Le has hablado, pero él está empezando a no escuchar. Ha hablado, pero le entiendes con dificultad. Le has escuchado decir estoy cansado de esto y se ha quedado mirando fijamente la pantalla del televisor. Y luego: esto se tiene que terminar le has vuelto a oir de pronto, sin venir a cuento, o viniendo a todo el cuento. Un epílogo, tal vez.

Mañana será otra cosa. Mañana deberás dejar de ser, suponiendo que hoy hayas sido, y te pondrás a la venta, un día más. El mercado de trabajo te reclamará: productor y producto. Nuevamente: ser y no ser, la moneda al aire. Da igual, caiga por la cara que caiga siempre es la misma cara. Te desdoblarás haciendo el paripé. Lucirás tu máscara de los lunes. Te esforzarás y para qué. Siempre el mismo destino bíblico: venderás tu primogenitura por el plato de lentejas. Nunca mejor dicho. Esta noche has estado redescubriendo a Kavafis. Viene bien redescubrir a un poeta. Te redescubres a ti mismo. Te sorprendes, te admiras, te entusiasmas: con tu propio acierto, con la aproximación a la verdad que buscas cada noche...


Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
en contacto excesivo con el mundo,
con una excesiva frivolidad.

No la envilezcas
en el tráfago inútil
o en el necio vacío
de la estupidez cotidiana,
y al cabo te resulte un huésped inoportuno.


Y en Kavafis has sentido la voz de tu padre. O sólo la experiencia. Y tal vez el prudente temor ante el hastío.

(La pintura es del pintor republicano español Luis Quintanilla, El pez grande se come a los peces chicos)

Burton al habla


Si alguien hace objecciones al tema o a la forma de tratar este asunto y se pegunta por sus motivos, puedo alegar más de uno: escribo sobre la melancolía para estar ocupado en la manera de evitar la melancolía. No hay mayor causa de melancolía que la ociosidad, y "no hay mejor cura que la actividad", como sostiene Al Razí; y no obstante, "estar ocupado con tonterías no tiene ningún sentido". Pero oye sin embargo a Séneca: "es mejor hacer cualquier cosa que no hacer nada". Por tanto, escribo y estoy ocupado en esta labor entretenida, "para evitar la pereza de la ociosidad con una especie de empeño agradable", como dice Vectio en Macrobio, y así convertir el ocio en útil negocio.



Con este párrafo de Robert Burton se ha levantado hoy el hombre. No en vano ha sido uno de sus grandes descubrimientos de los últimos años, al que no deja de citar, porque en Burton se catalizan las citas de las citas de los clásicos. Ahora, al hombre le esperan labores domésticas que deben hacerse para evitar no sólo la ociosidad. Eso se lo ríe.

sábado, 2 de diciembre de 2006

La armonía perdida



Te estás viendo niño sentado a la orilla del arroyo. Te sujetas las piernas con los brazos y olisqueas en tus rodillas. Te estás despidiendo. Acaban las vacaciones y con ellas el paisaje. Tienes que volver quinientos quilómetros al sur. Echas un vistazo pausado a la arboleda. Sin embargo, te sientes agitado. Has elegido esta hora de la caída de la tarde y te has separado del grupo de los amigos. Te abrazas para retener. Quieres estar sólo, quieres sentirte solo. Necesitas absorber el máximo del entorno. Respirar profundamente. Deseas captar por última vez el olor de la hierba desde donde has contemplado tirado el juego de luces del día, entreverado por las hojas de los álamos, y donde te has sobrecogido al admirar las estrellas de la noche. Necesitas fijar imágenes de los montes, de los caminos, de las casonas. Necesitas tocar los troncos de los abedules y de los alisos. Llevarte en el tacto de tus manos el calor de la tierra que vas a abandonar. Ahora, junto al río, repasas los largos dos meses que te han dado otra vida. Recuerdas. El día que viniste te costó hacerte. El día que te vas te abre una herida. Empiezas a saber lo que es la melancolía. Y aún eres muy joven para sufrir. Ahora, contemplando las aguas calmas, permaneces con la vista fija. Con una vara de cerezo remueves la corriente sosegada. Por un instante la rompes. Pero enseguida se recompone. Tiene su ritmo. Y el río te reconoce como un aliado. Una rata de agua se ha quedado inmóvil. Os miráis. Os ignoráis. El viento cimbrea los juncos y enaltece las hojas de armonio de los chopos. Te recoges más. Sólo escuchas el rumor de la corriente y el chapoteo de las ranas. El traqueteo de un ferrocarril arcaico que atraviesa el valle te traslada su melodía. Te has acercado al puente, lo recorres por abajo, palpas las piedras de sillar, amas su modesta pero firme arquitectura. Ansías llevarte el máximo de sensaciones, sin darte cuenta de que ya las has acumulado durante el verano rompedor. Que lo que pretendes ahora sólo es un ritual de despedida. Sabes que vas a llorar en cualquier momento. Y lloras. Amargamente. Impotente por no poder retener el tiempo. Las aventuras vividas, los amigos, la trilla, las fiestas, las tormentas, la subida a los nogales y a los cerezos, el parto de la vaca, la mujer muerta en la vía, estallan en tu mente. Tienes conciencia de que pasó. Piensas en la niña que se interesó por ti y a la que tú unas veces hacías rabiar, pero que enseguida os convertíais en cómplices. Recuerdas cómo le gustaba que le acariciaras el pelo. Y lloras por la niña. Y ella no lo sabrá nunca. Comprendes muy bien que todo ha terminado. Aunque te cueste aceptarlo. Ha sido el fin de la armonía. Más allá de este tiempo serás otro. Ni el de antes ni el de ahora. Otro. Un día serás mayor del todo y te obsesionará la idea de la armonía perdida. Lucharás por experimentar, por conocer, por poseer, por amar, por ser reconocido. Responderás a las demandas sociales. Aceptarás las convenciones al uso. Pero los humanos te harán sufrir. Te exigirán, te condicionarán, te ordenarán, te pedirán un precio. Y un día deberás rebelarte, aunque nunca acabarás de rebelarte. Y acaso un día leas cosas como ésta y trates de apaciguarte:


"No es que odies a los hombres, ¿por qué habrías de odiarlos? ¿Por qué habrías de odiarte? ¡Tan sólo desearías que pertenecer a la especie humana no fuera acompañado de este insoportable estrépito, que esos pocos pasos irrisorios que hemos dado dentro del reino animal no se pagasen con esta perpetua indigestión de palabras, de proyectos, de grandes comienzos! Pero es un precio demasiado alto por dos pulgares oponibles, por la posición erecta, por la imperfecta rotación de la cabeza sobre los hombros: ¡esta caldera, este horno, esta parrilla caliente que es la vida, estos millones de conminaciones, de incitaciones, de advertencias, de exaltaciones, de desesperaciones, este baño de coacciones que no termina nunca, esta eterna máquina de producir, de triturar, de engullir, de triunfar sobre los obstáculos, de recomenzar una y otra vez, este dulce terror que se empeña en regir cada día, cada hora de tu pobre existencia!"


Ahora has juntado tu memoria de infancia y una lectura de hombre adulto. La has extraído de un relato de Georges Perec, Un hombre que duerme se titula. La fusión la has hecho acompañar de una pintura romántica de Caspar David Friedich, Ein Mann und eine Frau in Betrachtung des Mondes)

jueves, 30 de noviembre de 2006

Bajorrelieve


Probablemente nada es lo que parece. La mano explora. Sobresale y a la vez se adentra. Traza un arco de la fuente de luz a la zona de sombras, donde de nuevo, tal vez, emerja una punto de luz. La mano es orografía pura. Desplazamiento de un glaciar. Se expande grácil, posa, sobrepone los dedos con serenidad. El corazón desaparece entre las tinieblas y el misterio. Se ha ausentado. Quietud. La cordillera de los nudillos se contrae. Erizamiento de la piel. Inadvertida brisa. Como un bajorrelieve rupestre, la mano permanece inmóvil, presta y expectante ante una presencia deseada. Cortejo de adorantes. Calma. Tal vez se trata de la mano moldeadora de la Creación.

miércoles, 29 de noviembre de 2006

Próxima estación



El gran desasosiego que le invade, la turbación que muestra, el desconcierto que le corroe, el nerviosismo que exterioriza, el agotamiento que va haciendo mella en él le tiene en guardia últimamente. Se mira en los escaparates para percibirse, en el espejo del ascensor para advertirse, en el baño para sugerirse. Irse, desinencia o verbo. Se deja contemplar por los viandantes y les devuelve la pregunta: cómo me verán, se dice. Curiosidad morbosa. Qué aspecto les ofreceré, qué imagen estarán recibiendo de uno, se pregunta. Trata de analizar las miradas rápidas, las fijaciones inacabables, las observaciones disimuladas, las ojeadas irónicas. Pero en absoluto le inquieta el tic de los oteadores callejeros. No son representativos. Los animales se cruzan a todas horas por supermercados, calles, escaleras y estaciones de bus, y tienen claras sus delimitaciones. Se miran pero no se dicen. Los encuentros casuales con conocidos no valen mucho más: el juego de máscaras funciona con rapidez y efectividad y, salvo un mal día especial, no es difícil mantener el tipo de las apariencias. Y se sobrevive. Otra cosa es la dosis de soportabilidad que hay que desarrollar en las horas obligadas, aquellas que porporcionan cubrir las necesidades elementales y contra las que, con frecuencia, la filosofía se estrella. Cubramos un tupido velo, que decía el clásico. Se ha apoyado sobre las dos manos, sujetándose los pómulos, tamborilea con sus dedos en las mejillas ajadas por efecto del cansancio nocturno, echa un último vistazo a un texto de André Comte-Sponville, El mito de Ícaro y encuentra...

La gran tentación es la mentira. Y menos por querer engañar a otro que por miedo de reconocer la verdad ante sí mismo. Si es que hay una verdad. Las felonías son raras; la mentira más frecuente es la charlatanería. Se miente por horror al vacío...Pero el hablar por hablar es también una cobardía: miedo al silencio, miedo a la verdad...Es palabra, pero palabra asustada. Este miedo hace que en público todos seamos unos charlatanes. Por esta razón la soledad se presenta como una oportunidad: para, al menos una vez, llegar al final de su silencio. Esta soledad es ante todo interior, "somos soledad", como decía Rilke, en el corazón de la pareja o en medio de la multitud. Pero esta soledad es difícil y uno no la alcanza de golpe. Es más fácil de entrada aislarse en el sentido material del término: el aislamiento no es la soledad pero puede llevar hasta ella. Pedagogía del desierto: hacer el vacío alrededor de sí para encontrarlo en uno. No escuchar a nadie; tampoco decir nada; escuchar su silencio...De entrada para no seguir mitiendo hay que callar. El invierno es la primera estación del alma.

Se queda pensativo, absorto, lejano. ¿Habrá tomado nota?


(El hombre filósofoes una fotografía de Ivan Cap)

martes, 28 de noviembre de 2006

El hombre de los relatos bélicos



Día festivo del verano del cincuenta y tantos, paseando por la pequeña ciudad católica y rural del Norte. Toda una escena familiar de punta en blanco. Ellos, de vacaciones, inclusive el hombre, desplazado desde su ciudad mesetaria, en un ocasional permiso de todos sus empleos y pluriempleos. El paisaje, la tranquilidad viaria y el arbolado todavía existían, hoy guardados celosa y sentimentalmente en el recuerdo, porque el progreso, los tiempos o el mercado, o todos a la vez, los hicieron desaparecer. En los atardeceres, al frescor de la huerta familiar, este padre relataba a los suyos episodios de la guerra civil, aún tan cercana en la memoria y en los silencios. Había formado parte obligadamente del ejército -que no del bando- de los vencedores. Incluso había pagado un precio en su propia carne. Nos encandilaba a los chicos con los relatos sobre sus desplazamientos de frente en frente de batalla. Sus miles de quilómetros andados a pie. Sus experiencias de piojos, de hacinamiento en las trincheras o durmiendo con los muertos que la carnicería iba dejando al lado. Sus escapadas del frente. Sus harturas morales y sus hambrunas biológicas. Hubiera hecho un buen papel como relator o reportero de prensa. La memoria excepcional le hacía dibujar con pelos y señales escenas, localidades, personajes y parapetos. Los que por entonces empezábamos a conocer las mediocres y repetitivas aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín, y casi a punto de las Hazañas Bélicas, las narraciones orales del hombre tranquilo ponía el toque fresco y auténtico de realidad al concepto de la guerra como algo épico y de ficción. Y despertaba una pizca de alarma sobre lo terrible de un conflicto civil armado que entonces, ni por edad ni por ubicación social, era impensable que hubiéramos podido distinguir en sus proporciones. El anecdotario era ágil, prolijo, colorista, divertido y emocionante, interrumpido por preguntas siempre exigentes y desvariadas del círculo de los elegidos. La noche iba cayendo y lo extremadamente curioso es que este hombre nunca se refería al enemigo con tono despectivo, falto de escrúpulos o ignominioso. Al contrario, te hacía ver a ese enemigo como el otro lado del vecindario, el otro equipo con el que se juega un partido, el discrepante. El hombre huyó siempre de consideraciones banderistas o degradantes sobre los otros españoles con los que se intercambió tiros a ciegas sin ningún entusiasmo. En aquel momento yo no lo advertía; o mejor dicho, no advertía su dimensión. Hoy se le agradezco inmensamente.

Fuga



a hora tan temprana moría el día, y yo perdiéndome entre aquel distante punto de luz...

domingo, 26 de noviembre de 2006

Urizen


Pero Urizen, hundido en un sueño pétreo,
yacía disgregado, arrancado de la eternidad.

Los eternos dijeron: "¿Qué es esto? La muerte.
Urizen no es más que un trozo de barro".

Ha vuelto de ver esta tarde al hombre anciano. Se lo ha encontrado frágil, huesudo, inconsistente. Los días y las noches empiezan a no tener sentido para ese hombre de edad infinita arrojado durante horas y horas en una cama. Desorientación. Él ha levantado la persiana. El sol del membrillo, quebradizo. La luz, en la antesala del crepúsculo, coloreaba de amarillo las fachadas. Las nubes, espesas y de un tono de acero, biselaban los edificios. Él se lo ha venido a recordar al hombre viejo. ¿Te acuerdas, le ha dicho, cuando me llevabas de paseo aquellas tardes frías de domingo de mi infancia? El hombre anciano ha callado. Él ha continuado. Sí. Cuando salíamos pronto, después de comer y nos llegábamos hasta la estación del ferrocarril. Y tú me explicabas de qué se componía la estación, las taquillas, la oficina de los factores, la lampistería, la rotonda de cambio de sentido de las máquinas. Y por qué raíles circulaban los trenes. Y de pronto, ante un pitido próximo y potente, permanecíamos quietos, separándonos de las vías, presenciando la entrada majestuosa y enérgica de los grandes convoyes o de los mercancías. Y me mostrabas cómo se cargaban las locomotoras de agua, y cómo llenaban de carbón los fogoneros la barriga de la gran máquina, y cómo hervía el agua de la caldera, y cómo pasaba un empleado golpeando los ejes de los vagones con unos martillos, y tras todo ese ritual necesario que se tomaba su tiempo, cómo el jefe de estación se encaminaba hasta la vanguardia del tren y tocaba el pito y levantaba el banderín de rigor dándole la salida. El hombre anciano ha seguido callando. Ha mascullado algo tan flojo que él no ha entendido. Ha seguido mirando desde la cama la luz mezclada de la tarde sin sentido. Y me gustaba ver cómo te encontrabas con amigos, y hablabais como entendidos sobre el retraso del próximo tren por causa de una avería, o porque las nieves del Norte habían demorado la salida de un expreso, o de las deficiencias técnicas de la autoridad del ferrocarril. Me gustaba sentirme inmerso en un oficio que el niño hacía suyo. Ha visto que los ojos del anciano brillaban más que de costumbre. Paralización. Es un hombre duro que se va acabando poco a poco. Y con todo, ha proseguido él, lo que más me llamaba la atención era lo que había de misterioso en el trazado rectilíneo, sin final, de las vías. ¿A dónde llevarían? ¿Qué paisajes, qué pueblos, qué metrópolis, qué noches y qué días se contemplarían más allá de aquella dirección ambivalente y sin elección norte-sur que roturaba nuestra ciudad? El viejo ha cerrado por un momento los ojos. Ha asentido indefinidamente con un gesto de su cabeza. Es una roca. Al abrir los párpados los ojos tenían un matiz cristalino. Ahora él sabe que también es de barro. Las horas han borrado imperceptiblemente los colores de la tarde.


(Los versos iniciales y el grabado pertenecen a la plancha 7 del Libro de Urizen, del escritor y pintor inglés William Blake)

El Ejército Negro

Vuelve el Ejército Negro. Pero, ¿se fue alguna vez? La foto es antigua, pero no del todo caduca. Evidentemente, hoy no van así, visten clergyman (¿alguien recuerda el término posconciliar?), de gris o de civil normal y desapercibido. Aunque estos soldados del Ejército Negro siempre tienen una impronta especial: sus caras lucen una sonrisa pseudoseráfica (que con frecuencia se torna mefistofélica), sus manos delicadas recitan, su porte de seguridad amedrenta aún en ocasiones, sus modales aparentes exhiben con frecuencia una pretendida influencia y reconocimiento público.

La imagen exterior y callejera de antaño hoy ya no vende. Sólo queda para las altas instancias, es decir, para las jerarquías y sus liturgias. Hoy prefieren que el negro sea la tinta de su prensa, de sus ondas radiofónicas, de sus colegios privados, de sus asociaciones integristas, de su larga mano de la Obra o de sus conferencias episcopales. Pero lo negro persiste. Porque ya se sabe que el negro no es sólo un color, es una acepción. Cuando se hablaba de la España Negra, por ejemplo, no se podía disociar el atraso del país de la influencia secular de los ungidos por el Señor. El término "negro" va unido a la oscuridad. Siguen siendo, por mucho que se las den de modernos, ese lado oscuro de la vida. Porque siguen sintiéndose dominados por el miedo. El miedo a la libertad de pensamiento, a la organización civil laica, a la creatividad abierta y al avance y aplicación de la ciencia en la sociedad. Ah, y el miedo a perder sus prebendas. Porque en España las siguen teniendo, y abundantes y seguras.

El Ejército Negro se rearma. ¿Se había desarmado alguna vez? Su poder e influencia se han transformado. Su brazo armado (la Inquisición) dejó de existir hace tiempo, pero no su acción punitiva (el franquismo lo prueba) Aquél se ha readaptado y respecto a su brazo secular de defensa, ¿qué mejor instrumento que el partido de la derecha española que gane unas elecciones y que les proteja más? Pero incluso esto es efímero, no se fíen. Por eso se apuntan a mil y una manifestaciones conservadoras, por eso pontifican y concluyen documentos que nadie lee aseverando presuntuosamente sobre su modelo de sociedad.

Pero, ¿qué otras armas espirituales poseen? Si tales existieran serían dignos de admiración. ¿La fe, la virtud, la ética, la solidaridad, el sentido de la justicia...? Su fe no va más allá de un vulgar sofisma elevado a la mediocre e inútil categoría del dogma. Sus virtudes quedan en sopa de letras ante sus vicios, principalmente el ansia de poder. Su moral es un refrito de difícil o imposible adaptación a los tiempos, donde su obsesión enfermiza por la sexualidad, por ejemplo, obnubila sus propias directrices hasta el extremo de impedir poner remedio a la extensión del Sida en África. La solidaridad no deja de ser una variante de vocabulario de la manoseada caridad cristiana que nunca arriesga el verdadero reparto de las riquezas. Y su supuesto sentido de la justicia es tan abstracto como impropio, incapaz de cuestionar el sistema, y siempre colisionando con el que la sociedad civil trata de afianzar con su propia capacidad electiva.

A mi me gustaría simplemente que se perdieran en su soledad.

Su bagaje, mucho me temo, sigue siendo al fin y al cabo su complejo de casta. Y como les ocurre a todas las castas religiosas que en el mundo han sido, se fundamenta en tratar de que la realidad exterior -amplia, compleja y que tiene sus propias leyes- tiene que ser como a ellos se les antoja. Justificar todo en pleno siglo veintiuno en una visión pesimista sobre la especie humana, en la culpabilización de ésta y en la falta de consideración a las sociedades democráticas me parece francamente negro. Y yo no les voy a corregir más la plana. Son mayorcitos en edad, pero a mi me parecen infinitamente enanos en su capacidad de pensamiento.

Greta



Me salta a la cara un aforismo de Wallace Stevens...


"La poesía debe ser algo más que una concepción de la mente. Debe ser una revelación de la naturaleza. Las concepciones son artificiales. Las percepciones son esenciales."



Permanezco mudo. Me da en pensar. No pienso. Miro hacia atrás. No miro. Sencillamente, me abstraigo. Me quedo contemplando a Greta...

miércoles, 22 de noviembre de 2006

La mujer varada


Cuando las olas se retiraron
yo no era más que un cuerpo de arena,
un promontorio de sueño
mirando la marea ciega de la noche.
Sentí que me esculpía
una remota lluvia.
Desde el océano convulso
traía el viento ráfagas de espuma
para adornar mis sienes.
Luego la obscuridad modeló el instante
en que la materia se resquebraja
bajo la superficie de lo aparente.
Las sombras que difuminan mis contornos
hablan de mi conversión en animal marino.

Hasta mi llega una caracola:
se escuchan los cantos ancestrales
de diestras hilanderas náuticas
tejiendo las redes de mi cuerpo.

Me abandono al clamor de sus epopeyas
con el orgullo de una despechada.
Mi paisaje es mi fuga.
Varada en una playa núbil.



(Sobre una imagen del fotógrafo griego Manolis Tsantakis)

martes, 21 de noviembre de 2006

El pie de arena


Entre la neblina del amanecer, el paseo del hombre por la playa. Viene de levante una brisa fría. La humedad le atraviesa la ropa, se la clava a la piel. De pronto se la ha encontrado allí. Se ha agachado, la contempla. Recorre con el dedo su silueta, mientras excava el borde del contorno, dando el aspecto de elevarlo suavemente. Después, se sienta junto a ese pie menudo y enternecedor. Observa la pequeñez del talón, su redondez, y luego admira cómo crece en uve hacia el acantilado que forma los reducidos dedos, distendiéndose en sentido opuesto. La huella se expande y progresa, formando una plataforma ligera. Le parece que adquiere la forma de un instrumento musical que apetece sonar. La palpa, masajea con la palma abierta de su mano su superficie oceánica. Quiere introducir sus dedos entre los dedos adheridos de ese pie de sorpresa. Vacila. Los ve resistentes, compactos, dibujando una armonía que no se atreve a alterar. Quiere envolverlos en vida, trasladarles un estímulo; lo intenta. Un roce superficial y el pie empieza a gemir. Le recuerda los tenues vagidos de un recién nacido. Se pregunta si no será el avance de un pequeño golem que va a surgir de los fondos marinos. El pie ha empezado a adquirir consistencia y se deja aproximar a la calidez de sus manos. El hombre se desborda en un impulso: desciende y lo besa; más, lame su perfil arenoso y le sabe a carne. Hay una urdimbre tan cálida en esos dedos que el hombre apenas advierte que se están hendiendo entre sus labios. Que se mueven en su boca. El pie despierta sus sentidos, le vuelve lúdico. El hombre se alza de golpe, pero pierde el equilibrio. Ha querido bailar sobre el pie de arena, intentando poner su pie derecho primero, luego su pie izquierdo, pero pierde su eje. El pie de la arena es más poderoso, más resistente. Puede parecer efímero, y tal vez lo sea, porque esa condición de existir sin soportar la gravedad y el peso de la vida que transcurre le concede fuerza, imagen, valor. Qué más pedir, ese pie de arena jamás padecerá gota, ni esguinces, ni tendrá que calzar estructuras que lo ocultarán y que le torturarán. No tendrá tampoco que sentirse base de seres atormentados o ridículos. El hombre piensa en lo irresponsable que se porta su cuerpo. No se tiene apenas, tal parece que el pie de arena se hubiera llevado con el beso su fuerza y su carácter. El hombre, retorcido sobre la playa, se siente inútil. Se apoya en sus brazos mientras el cambio de marea le empieza a humedecer el costado de espuma. Mira sus manos, de ordinario tan útiles, tan simbólicas. Todo el mundo utiliza las manos, ¿no? En posiciones abiertas o cerradas o gesticulantes, la gente las usa como herramienta pero también como representación. Pero ahora no le sirven demasiado. O sí. Tal vez su destino es seguir arrojado en aquella playa, empeñado en la tarea de dar vida a huellas dispersas. Se conmueve con dulzura mientras admira la huella. Ha puesto su mano derecha sobre el pie de arena y ha entrelazado sus dedos. El mar le trae una canción lejana.