sábado, 30 de mayo de 2026

La última dulzura

 



No puedo ya sino musitar unas débiles palabras. Pero estas, que apenas salen como baba, aún fluyen, cada vez más apagadas e inermes dentro de mi mente. Una mente que se va desgastando y que me aleja de lo que fui. Porque parte de esa mente, que ha ido acumulando recuerdos de cuanto he vivido, se traduce en este momento en el todo. O en la nada, a medida que se evaporan las imágenes. La carencia total me acecha y a la vez me serena. Hace mucho tiempo que aquella otra visión que rigió mi existencia, la de los proyectos para un futuro que cada vez se enmarañaba más, fue acabando en un camino cortado. Los razonamientos me han ido abandonando. La tentación de las pasiones, tuvieran que ver con el poder o con el amor o con el conocimiento ansioso, me han dado la espalda. El interés por los bienes ya venía siendo reducido desde hace tiempo. Hoy, ahora, solo puedo percibir la dulzura del instante. Una dulzura que no es transmisible, aunque mi boca lo intentase o mi mano pergeñara la escritura en un intento de narrar las sensaciones. No sabría decir si esta apacibilidad que degusto es placentera o si se trata de un efecto de la pérdida de mis capacidades. Me siento poseído por un sosiego que supera cualquier percepción con los sentidos. O al menos no responde a lo que los sentidos me han aportado durante mi vida. Sentir va quedando fuera de mis apreciaciones. Y una vez que pierda el reducido vigor de estas me habré disuelto seguramente, sin que ello me preocupe en absoluto. Este estado, cada vez más confuso, no entiende ya ni del ejercicio de pensar ni del de sentir. No sabría definirlo, ni tengo fuerza para intentarlo. Podría decirse que apenas soy ya un individuo pensante, como no lo soy sufriente. ¿Será esto el abandono que había escuchado mencionar en otros casos? Ni siquiera me veo acuciado por la necesidad de repaso de lo que ha sido mi vida. ¿Para qué? Una vida que no se ha diferenciado en el fondo de la de otros. Una vida agotada que no tiene la necesidad de ser explicada, y que quien lo intente desde fuera de mí errará en los detalles. Ahora, sumergido en esta lasitud que me va desproveyendo de lo que fui y de lo que aparenté ser, me invade una oscura y amarga risa. No hay explicación alguna para el hecho de haber sido hombre, que no sea el accidente, la rueda biológica que imparable ha ido transformando a los humanos. Sí se explica la fragilidad de cada individuo de la especie, que solo se siente manifestado y justificado en cuanto tiene y persigue tener. No solo bienes, territorio, personas que dependan de él, todo eso que configura un cierto grado mayor o menor de poder. Nos persigue a todos la imagen caprichosa de pretender poseernos a nosotros mismos. Y erigirnos en sujeto y objeto de nosotros mismos por encima de todas las cosas. Puedes si tienes es la máxima que ha guiado siempre a la humanidad, y yo no me he librado. Hasta este instante de la pérdida de mis energías. Pero es precisamente la pérdida imperiosa la que reserva aún un ápice de conciencia para decirme: viviste con la imaginación, tanto o más que con el deseo. Que los demás individuos vivan de análoga manera ya no me da ni frío ni calor. Es en la privación definitiva, me digo, en esta caída prácticamente sin percepción sensorial, donde entiendo lo que he debido ser. Mi cuerpo ha sido mi propio tiempo experimentado. No ha habido misterio alguno. Todo solo fue un complejo y veleidoso dejarme llevar. 



* Jean-Louis David. Marat asesinado. 1793. Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Ay de los vencidos inocentes




Vae victis! ¿Se salva alguno de nosotros de ser un vencido? La pregunta parecía baldía cuando el incrédulo se la dirigió a su opuesto, el creyente. Potencialmente...comenzó a predicar este. No, no, de facto, de facto, insistió el incrédulo. Los inocentes, sin duda, replicó con aplomo quien se reclamaba de poseer la verdad. El descreído no estaba por dar tregua. Sí, evidentemente, los inocentes parecen estar fuera del bien y del mal, pero eso en cuanto a su conciencia moral de individuos. Mas el mundo, las circunstancias, la correlación de fuerzas que nos constriñen a todos no dan tregua como para que una actitud meramente ética baste para dejarles fuera del peligro. ¿Crees que es suficiente salvoconducto ser alguien íntegro para que no se vea doblegado? Y te entiendo, quisiera compartir esa esperanza. Quien se encastilla puede estar a salvo mientras no llega lo peor de la furia de los vencedores. Porque los vencedores existen y pueden convertirnos en proscritos a quien se resista. Un inocente es alguien siempre neutral, dijo el defensor de su creencia. El incrédulo rio. Conozco muchos inocentes, en apariencia, que no son nada neutrales. El que sean escrupulosamente moderados o no se adhieran al bando de los violentos y difamadores, ¿acaso les hace neutrales? Y además, ¿cómo se mide la inocencia o la culpabilidad? ¿Cómo actúan estos conceptos cuando chocan con las actitudes? Tal vez equivocamos inocencia con impotencia. Quien más o quien menos tiene sus responsabilidades. Por supuesto, excluyamos a los niños y a los orates. Ser pasivo ante los acontecimientos ¿es garantía de inocencia? Optar por apoyar a uno u otro de los contendientes en un conflicto ¿asevera su culpabilidad? Podríamos hacernos tantas preguntas, dijo el hombre de fe. Y obtener siempre respuestas relativas e incompletas, precisó el escéptico. Tal vez la cuestión sea que no nos esforzamos en asumir la responsabilidad. Y dejamos que esta sea parte de una gestión más de los seres que nos superan y que nos relegan justificándose con el voto simplón. Ahí te doy la razón, reconoció el creyente. Los inocentes son inexistentes para los que rigen las vidas desde sus instancias de poder. Son inexistentes, dijo el otro, incluso para los que cometen continuamente el crimen, como se ve todos los días en tantas zonas del planeta. ¿Lloramos pues por todos ellos?, invocó el risueño. ¿Basta con llorar?, dijo el pesimista. Llorar es el desahogo de la manifiesta impotencia o acaso el amargo complejo por nuestra inacción. 



*Luca Signorelli, La resurrección de la carne. 1499. Catedral de Orvieto

martes, 26 de mayo de 2026

Sonny Rollins, un saxo que desaparece

 





* Fotografía de Olivier Monge, tomada de Liberation)

viernes, 22 de mayo de 2026

Tú me miras yo te miro

 




"Al fin y al cabo, todo original es ya en realidad, en sí, una falsificación, dijo, ya comprende lo que quiero decir".

Thomas Bernhard. Maestros antiguos. Alianza Editorial.


Me miran a todas horas. Ingenuos ellos que creen que solo soy un lienzo. No me veo como lienzo, pero tampoco me veo como soy. Esto es una ficción pero a todo espectador le gusta observarme como aquel que existió una vez, por ejemplo. Un pintor se empeña en representar la realidad, o su concepto de realidad, y le da a los pinceles. Él mismo no se engaña porque sabe que tal vez la misma referencia ya es de entrada dudosa si no falsa. Un pintor toma sus referencias, un paisaje o un individuo o un acontecimiento épico o una narración mitológica y plasma su propia versión sobre un lienzo. Luego la posteridad lo toma como la verdadera representación de lo que hubo o no hubo, de quien fue o nunca existió. Pero el pintor siempre inventa, aunque en muchos casos haya proximidad fisonómica e incluso fisiognómica con un personaje, porque el modelo nunca es representado como es, sino como se le parece. Pero si no hay modelo, ay entonces, el pintor tiene todas consigo, el libre albedrío de contar la vida de alguien o de una ciudad o el desarrollo de una batalla como le place. La gente mira y admira, aunque sea una sospechosa admiración. La gente mira y no hace aprecio. Inclusive puede llegar a despreciar. Yo, desde mi pose falsa me entero de todo. Esas miradas individuales dicen mucho sobre quien las dirige. Las grupales son otra cosa, a mi modo de ver más deprimente. Parecen ser la suma de cada componente del grupo que escucha contar la historia del cuadro, mi historia o supuestamente la de mi época, qué sabrá el cicerone de mí, y asiente tontamente y pasa a otro cuadro. La mayoría no utiliza el tiempo para detenerse y mirar con el pensamiento, y no solo con los ojos. Mirar con el pensamiento es algo muy exigente. Es querer saber. Más, es querer comprender un poco al retratado o a lo expuesto con detalles más o menos comprensibles. Mirar es también, además de un acercamiento a lo que ve, dudar. Si un cuadro no suscita duda o escepticismo y se le toma a pies juntillas lo más probable es que se perciba una verdad fingida, inexacta. Claro que a muchos visitantes eso les da lo mismo. Porque el visitante quiere ver un cuadro como él supone en su fuero interno, aunque el cuadro diste de la mirada del visitante. Y así una mirada superficial va a ser olvidada. Unas características o unas fechas o una anécdota dibujadas en el cuadro van a ser postergadas. Y esa gente, cuando vuelva a su casa contará que estuvo en tal museo de tal ciudad y para de contar y se queda tan ancha, con la alevosía de querer demostrar no sé qué a sus vecinos. Porque la mayoría no habrá retenido casi nada, ni buscaba retener. Pero esa otra minoría que llega, esas otras individualidades que se aproximan a ti, y te miran con la mirada del pensamiento y algunos incluso con mirada emocional, hasta de afecto, esas escasas personas que te dedican un tiempo de diálogo, y yo les correspondo, saben de los latidos del cuadro, de mis propios latidos que revierten en ese observador escrutador y agudo. Y es esa confluencia de miradas, esa receptividad mutua que mantenemos cierto tipo de visitante, me haya buscado o le haya sorprendido mi aparición, y yo, la que nos hace sentirnos vivos. Él o ella viven desde su búsqueda incesante de las emociones en las imágenes de los museos. No les importa si la emoción se manifiesta con curiosidad, horror o afecto, pues todo les impresiona. ¿Y hay algo más interesante que dejarse impresionar con sinceridad? La impresión percibida es la puerta a querer saber más, a querer acercarse más a lo desconocido, a vivir en lo desconocido e incierto durante un rato más o menos prolongado. Y a mí, desde este cuadro en que parezco ser pero solo aparezco como el que no fui jamás, me llegan los sentidos con que me obsequian los que se han acercado afectivamente. Si los colores y los barnices no estuvieran sujetos tan firmemente, probablemente mi imagen se diluiría ante ciertas miradas y tantos pensamientos que no solo me inquieren sino que me aprecian. A veces fantaseo que me diluyo y que todos los colores de que me compongo, ¿no soy acaso una colección de colores?, y todas las líneas sinuosas que configuran mi forma, ¿no estoy perfilado precisamente por infinidad de trazos?, pasan al rostro del visitante que me contempla arrobado. Como si mi rostro quisiera ser sustituido o el del otro pretendiera hacerse con el mío. Y me interrogo sobre cuál de los dos será entonces más auténtico o más engañoso.  



* Thomas Gainsborough. Retrato de Gainsborouh Dupont. 1770-1775. Tate Gallery, Londres. En depósito en The Frick Collection. Montreal.


martes, 19 de mayo de 2026

Entre Venus y Marte

 




"Como una vez te salvé, sálvame,
no me dejes en esta oscuridad que hierve en torno a mí".

Anna Ajmátova, Has vuelto a mí suntuosa. 


En la casa de Vera Aleksieyevna te sentías como en unas caldas. Qué afortunado contraste con la intemperie rigurosa. Se agradecía llegar hasta la apartada morada. Nada más entrar te embargaba el vapor emergente de un enorme caldero puesto a calentar sobre el hogar. Sabías que te esperaba una buena zambullida de agua caliente, aderezada por unas sales que escocían benévolamente la piel. Ah, la mano amorosa de Vera Aleksieyevna, que entre tantos cuerpos que pasaron por el suyo eligió secretamente el tuyo. Aunque tuvieses que soportar la temperatura férvida, tu cuerpo se sentía compensado tras una larga e inclemente travesía por la desabrida estepa. 

De ordinario Vera Aleksieyevna te ofrecía la más escogida de las sonrisas nada más traspasar el umbral. Pero aquel día oscuro del peor invierno dejó caer un reproche cauteloso y sin embargo enérgico. Cuánto has tardado en volver esta vez, Anton Gregoriev, dijo con un tono de lamento. Si al menos hubiera tenido noticias tuyas. Mira que si llegas y me encuentras en otros brazos solícitos, dijo asomando el sarcasmo. Tú la miraste entonces en la duda de si creerla o no, y a continuación aceptaste un té del samovar, mientras ella, expectante, se sentaba a tu lado. Y vienes justo cuando me encuentro más ausente de deseo, se obligó a confesarte. Pero tu presencia me basta y me satisface. Ya sé que como hombre apasionado siempre me has buscado para colmarte de mi calor, pero ten paciencia ahora. No apremies tu estancia. Mis días hueros pasarán y tú tienes que contarme aún muchas cosas de tus últimas andanzas. Y yo tengo que saber si eres el mismo de siempre o si otras se han quedado con todas tus ganas. 

Vera Aleksieyevna apoyó sus palabras con una risa abierta que no supiste descifrar si contenía sinceridad o si se burlaba de ti. Oh, la sentencia del tiempo, te dijiste a ti mismo. Si no borra los recuerdos al menos los altera y los humanos se dejan llevar por el desconcierto. Si no te brinda desapariciones te obsequia con fantasmas onerosos. Si no sacrifica las ilusiones te traiciona con sus falsas esperanzas. Qué tiranía la del tiempo, que se apodera de nosotros con urgencias para a continuación abandonarnos a nuestro desamparo.

Los únicos brazos que me han retenido, Vera, han sido los de mi división, le respondiste ensombrecido. A esta guerra atroz no se la ve final aunque nuestros mandos insistan en que vamos recuperando territorio y que los blancos se retiran o se rinden. Yo no lo veo tan claro. Solo compruebo las atrocidades que ellos cometen y las venganzas que nosotros infligimos. Después de todo la sangre es del mismo color y se mezcla sin resistencias. Los muertos no se resisten nunca, suele proclamar nuestro capitán ordenándonos desde su beodez que avancemos en el ataque. Y casi todo el mundo le ríe de mala manera la gracia ominosa para no ser presa del miedo. Anton Gregoriev, dijo la mujer, me da la impresión de que tú también estás vacío y desganado y juntándonos el hambre y las ganas de comer ¿qué queda de nosotros? ¿Qué aliciente puede haber en recordar nuestro pasado de deseo y optimismo ante este panorama? ¿Qué sentido tendría que tratásemos de embarcarnos de nuevo en proyectos que se truncaron? La guerra nos ha traído el desierto. Los cantos guerreros han suplantado las canciones de la labor campesina. El sonido de las balas ha amortiguado las sirenas de las usinas. El olor a las quemas por doquier ha desplazado el aroma de las arboledas. El miedo ha expulsado a nuestros antiguos vecinos. El afecto de los amantes ha sido reemplazado por el simple desahogo infame y turbulento al que acuden los desesperados.

Pero tú, ¿qué haces aquí?, exclamó de pronto Vera Aleksieyevna. ¿No tenías que estar cabalgando por esos campos de ruinas y de fuego? La expresión de la mujer te sonó al principio más a poesía que a asombro. Pero su tono se fue oscureciendo con acritud. ¿No tenías que aportar valerosamente tu vida al triunfo de la nueva sociedad que dicen que hay que conquistar? ¿No debías dar la cara por la dignidad de la mujer en lugar de venir a buscar consuelo en una casa como esta? Porque no me irás a decir que te han dado un permiso cuando, según cuentan muchos, todo está por decidir y necesitan carne de cañón. Hace poco pasó por aquí un sombrío personaje que, con la excusa de estar con alguna chica, no hacía más que preguntar. Una que le entretuvo consiguió sonsacarle en medio de los placeres, pues hay tanta ebriedad en el amor como en el vino, o más. Ando buscando prófugos para ponerlos de nuevo en primera línea, le hizo la confidencia quien resultó ser un comisario. Por lo tanto es fácil que no esté muy lejos, Anton Gregoriev. Si te quedas aquí, corres riesgo. Pero no puedo dejarte ir con este clima que nos sepulta. Y sé que lo tuyo no es esconderte. ¿Qué quieres hacer? Si sigues huyendo es como si hubieras renunciado a tus principios, por los que ya padeciste antes de la guerra. Si te incorporas de nuevo al frente acaso no vuelva a verte jamás. Y yo...yo...¿Qué debo hacer yo, Anton Gregoriev?





* Boris Mikhailovich Kustodiev, Venus rusa. 1925. Museo de Arte Estatal de Nizhniy Nóvgorod.

sábado, 16 de mayo de 2026

Los lascivos

 


"Susana era muy delicada y hermosa de rostro.

Y los malvados la mandaron descubrir (porque venía cubierta) para por lo menos ansí hartarse de su hermosura".

* Libro de Daniel, XIII, 31-32. Versión de Casiodoro de Reina de 1569.


La lascivia no necesita compañía; se acompaña a sí misma. Toma al individuo y obra como ente autónomo sin esperar si el objeto de sí misma, que suele ser otro sujeto, dé su conformidad. Así que la lascivia une a aquellos que la practican fuera de un acuerdo entre iguales y puede llevarles a traspasar la frontera de lo permitido. ¿Qué es lo permitido?, me pregunta Anja. Lo permitido, en mi opinión, es el respeto. La consideración de que no debes ir físicamente hacia otro sin su consentimiento. ¿No crees que cada cual es lascivo en determinadas ocasiones si no con frecuencia?, insiste. Le doy mi opinión, aun temiendo haberme metido en una indagación delicada. La lascivia como parte de un juego consensuado es admisible. También lo es si permanece dentro de ti y solo se manifiesta a través de imágenes fantasiosas que no incumben sino a tu propio deleite, sin involucrar a nadie más. Déjame que te pregunte, ya que te veo tan catedrático. ¿Has sido alguna vez lascivo conmigo en tus soledades? Y no temas responderme, nos conocemos demasiado. No sé por qué he dudado pero me siento en el deber de responder en honor a su confianza y capacidad de entendimiento para conmigo. Debo de darle, pues, satisfacción por mi deuda contraída. Siempre me estimula tener pensamientos concupiscentes, en parte recuerdos, respecto a ti. Tu imagen me persigue en mis flaquezas íntimas. El vuelo de fantasear con tu cuerpo o imaginando tus comportamientos, incluso con otras personas, me incentiva. ¿Es malo eso? En absoluto. Además me gusta saberlo. ¿O piensas que yo no lo practico de manera análoga cuando la sed interior me reclama? Sonrío y me ha gustado escuchar esta revelación de boca de Anja. Sigo perorando sin saber hasta dónde pretendo llegar. Pero hay lascivias que no saben o no pueden permanecer dentro de un individuo y tal inclinación los desboca. Y entonces... Entonces, me interrumpe Anja, sale de ese sujeto otro ejercicio, el traspaso del límite, el ejercicio de poder que pretende obtener un beneficio avasallando, obligando, chantajeando incluso a la otra persona, sujeto de ese objeto que tú decías antes que le abrasa caprichosamente. Inadmisible e injustificable por más que luego la opinión pública se divida o los jueces no sepan valorar debidamente esa fuerza bruta del poder. Porque el poder siempre es fuerza bruta, cuando no violenta. ¿Conoces la fábula bíblica de Susana y los viejos? ¿Hasta qué punto fueron capaces de llegar dos individuos, no por viejos, sino por violentos, no por lascivos, sino por acosadores, para obtener condescendencia de una mujer que se les resistió claramente? Sí, digo, pero esa historia no acaba bien para los viejos. Anja: así es, pero porque el texto requiere una conclusión moral, digamos, con arreglo a la doctrina transmitida que se iba desarrollando en aquella cultura ancestral. Pero ¿siempre ha habido un límite de castigo para quienes ejercitan el poder impositivo y depredador sobre los cuerpos o, mejor dicho, sobre las vidas? ¿No parte todo de la idea asumida por los hombres del rol que, desde hace milenios, obligaron a cumplir a la mujer? ¿O crees que la esclavitud fue solo cosa de cautivos, vae victis!, que decían, cuando no de la misma condición femenina? 

Miro a Anja con cierto complejo de culpa, como si uno heredase las culpas de todos los hombres que me antecedieron y aceptaron un estado de cosas. Ella vuelve al tema, para alivio de mis complejos. Quédate con la concupiscencia dentro de ti, proporciónate goce con tus devaneos y ficciones mentales para conmigo. Nunca traspases la cordura ni olvides el límite. Perderías la sensatez y pudrirías tu deseo.





*Juan Dò o Giovanni Dò. Susana y los viejos. Primera mitad siglo XVII. Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

lunes, 11 de mayo de 2026

Monólogo con toque sofista sobre el vacío

 



Tendemos a pensar el vacío como un espacio. Desde el momento que lo vemos como espacio le adjudicamos una imagen, o varias. Nos gusta concebir el vacío como ocupado, ¿no es sorprendente? La paradoja: llenamos el vacío, pero el vacío verdadero no se deja. ¿O será solo que lo desplazamos? A nosotros nos parece que sí, pero es nuestra percepción, que da la medida de nuestros límites al tratar de comprender un todo donde no cabe lo que no es. Obviamente, lo no existente es incomprensible por su propia naturaleza, o mejor dicho, por carencia de cualquier clase de naturaleza. Así que a todo lo habido, por haber y por no existir jamás, adjudicamos imágenes. A lo tangible y a lo imaginario. A lo que consideramos beneficioso y a lo perjudicial. A lo que nos gusta invocar como protección y a lo que nos causa pánico y buscamos la huida de ello. A lo susceptible de ser comprobado y a lo que jamás se comprobará porque es inexistente. Vivimos en un mundo en que las imágenes, las que encontramos y las que generamos, lo invaden por doquier. Lo saturan. Desde el principio de los tiempos humanos hemos ido generando imágenes duales, unas con más aproximación a la realidad, otras totalmente imaginarias. Cuando lo hacemos en exceso con la imaginación es fantasía. Grandes y amplios conceptos de la humanidad son fantaseados. Provienen del vacío, habitan el vacío, como si este fuera habitable pero a nosotros se nos antoja que sí,  y pretendemos dar vida a tanto concepto como si hubieran existido físicamente. Al hacerlo los convertimos en objeto. Un creyente religioso, por ejemplo, ha convertido en objeto mental sus propios dioses y sus derivados. Ha construido pluralidades y singularidades en esto de dar forma y adjudicar contenido a sus seres animados. Para unos los animales o los fenómenos de la naturaleza fueron tema de concebir sus divinidades. Otros tuvieron que dar forma humana a esas criaturas a las que concedieron orden superior, a imagen y semejanza de las propiedades humanas, de nuestros vicios, virtudes, pasiones, trabajos, incluso características corporales. Los dioses siempre han tenido nuestros rostros, con expresión realista o abstracta. En las religiones más elaboradas, digamos, la parafernalia abunda. Las liturgias, los santorales, los libros sagrados, sus imágenes sacras, la doctrina. De un vacío, y un vacío no es espacio, se ha pasado a un territorio. Los humanos habitamos tantos territorios, todos provienen de la misma naturaleza pero a la vez generan nuevas naturalezas. Pero el mundo de las ideas es diverso y no por muy laico que pretenda ser se libra de generar fantasías. Mundos ideales, sistemas perfectos, armonías incluso preexistentes en lejanas y supuestas culturas, idea muy falaz por cierto, edenes perdidos que algunos quisieran recuperar. Y detrás de todo esto, ¿qué? Una visión pesimista, seria, rigurosa, apesadumbrada, despótica ante tanta ficción o bien una actitud risueña, escéptica, irónica, hasta hedonista si se puede. Ni una ni otra visión esperan nada que no sea el flujo de un acontecer cotidiano y la tensión de una capacidad de resistencia. Pero es de temer que ni siquiera ambas estén libres de reconfortarse. La realidad siempre se mira en el espejo de la fantasía. ¿O es al revés? Ah, la ficción y la fantasía, esas compañías humanas tan reales.



* Pedro Pablo Rubens. Demócrito y Heráclito. 1603. Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

sábado, 9 de mayo de 2026

El instante detenido

 



Has tomado ese impulso de salir corriendo, buscando una salida incierta, ignorando el riesgo de lo que se te ofrezca más allá del umbral de salida, que también fue entrada, y das por hecho que antes había, uno, un espacio o territorio o suelo por el que moverse, siempre lo hubo desde el nacimiento y todo lo más que recuerdas es que muchas veces era resbaladizo, y dos, te invade una relativa certeza de que vas a pisar en firme solo porque con firmeza has llegado al borde desde donde pretendes saltar, lo cual puede ser equívoco, y tres, te respalda lo que consideras que aún tienes a favor, la capacidad de dar el salto, porque no importa tanto dónde caigas, o eso te piensas, como la urgencia de salir del ámbito que te resulta insoportable, y en ese instante que se demora, en que parece que estás a punto de superar un tiempo y no solo un lugar ocupado, se te ocurre imaginar que todo va a quedar detenido ahí, que estás dando la espalda a un pasado e ignorando a la vez lo que puede venir como futuro, y conjeturas si esa parada, esa obnubilación de pensamiento y esa pasividad en el movimiento, no será un aviso, un callejón sin salida, acaso te inunda la angustia de no poder retroceder, pues ya has decidido lo que no aceptas, pero no te libras del azote melancólico porque careces de suficiente ilusión para afrontar un nuevo paisaje, y es justo en esa parálisis, donde los recuerdos se disuelven precipitadamente, donde los sentidos no parecen tener expresión, donde la perspectiva no es resultado de una ansiada mirada, cuando la respiración se te altera, cuando hiperventilar se te impone como un ejercicio misterioso, por el cual no sabes si retienes el aire o te privas de él sin que puedas evitarlo, y temes que tu agarre a una posición cada vez más insegura esté indicando ya un vacío definitivo, el mismo vacío, o análogo, desde donde procediste en una ocasión lejana, y tus músculos agarrotados te traicionan, te ves privado del propio calor corporal, eres incapaz de emitir sonido alguno, y preservando apenas una pizca de capacidad auditiva escuchas, seguramente que es lo último que oyes, que alguien dice de ti: qué expresiva es esta estatua.
  



*Pedro Borrell del Caso. Huyendo de la crítica. 1874. Colección del Banco de España.

domingo, 3 de mayo de 2026

De compañero a compañero

 




"Un necio es quien ve el bien y sigue el mal".

Sebastian Brandt. La nave de los necios, capítulo De los necios abrumados.



Hallóse el buen hombre apesadumbrado y sollozante. ¿Por qué lloras?, le inquirió el jumento. No solo lloro, sino que me lamento, dijo el plañidero. Su compañero enervó las orejas en un gesto de asombro. ¿Cabe en un hombre renegar de su suerte?, exclamó con sarcasmo. Entonces, ¿qué dirías de la mía que no solo debo acarrear con fardos o espuertas, o bien soportar la carga de buches bien cebados como el tuyo, cuando no resistir con paciencia los palos que me sacuden cuando intento acercarme a una hembra? ¿Sabes tú qué es comer un heno reseco o ver la alfalfa que comen otros y a ti no te llega? ¿O que en pleno descanso te levanten a gritos y zurriagazos por una ocurrencia del amo? ¿Mas cuántas veces no ha llegado la tormenta y uno ha tenido que aguantar todo el aguacero a la intemperie? ¿Y cuando te llaman pestes y maltratan porque dicen que los animales no tenemos sentimientos? Y ya que estoy quejoso, ¿qué sabes tú de lo frustrante que resulta ver pasar a una pollina que se te ofrece, sentir que se enhebra la aguja pero no poder afinar el hilo porque te apartan de ella o tu edad te traiciona? ¿Crees que un asno como yo no tiene sus acometidas de soledad y que a medida que uno envejece más le acucian el desdén de muchos y el abandono de todos?

El buen hombre miró a su compañero de fatigas con afirmativa compasión. No pienses que estoy muy lejos de sentir agravios semejantes a los tuyos, exclamó. Pero no gimo solo por ellos que, al fin y al cabo, al procurar enfrentarlos consigo salir adelante mal que bien. Lloro también por los necios que abundan, y que tantos males nos causan a todos, unos con su pasividad, otros con la actitud cómplice hacia los amos y los más con su ignorancia, que es hontanar de la maldad. ¿Llorar por ellos?, saltó el borrico. Haz como yo. Ignóralos. Sería mayor necedad escuchar a un necio, tomar en consideración sus dictámenes, dejarse impresionar por sus balandronadas. Pero hombre, compañero, ¿desde cuándo un animal de mi especie te tiene que dar consejo y animar tus días? ¿No os las sabíais todas los humanos?
 



* Grabado de Gustavo Doré para una edición del Quijote.