"Un necio es quien ve el bien y sigue el mal".
Sebastian Brandt. La nave de los necios, capítulo De los necios abrumados.
Hallóse el buen hombre apesadumbrado y sollozante. ¿Por qué lloras?, le inquirió el jumento. No solo lloro, sino que me lamento, dijo el plañidero. Su compañero enervó las orejas en un gesto de asombro. ¿Cabe en un hombre renegar de su suerte?, exclamó con sarcasmo. Entonces, ¿qué dirías de la mía que no solo debo acarrear con fardos o espuertas, o bien soportar la carga de buches bien cebados como el tuyo, cuando no resistir con paciencia los palos que me sacuden cuando intento acercarme a una hembra? ¿Sabes tú qué es comer un heno reseco o ver la alfalfa que comen otros y a ti no te llega? ¿O que en pleno descanso te levanten a gritos y zurriagazos por una ocurrencia del amo? ¿Mas cuántas veces no ha llegado la tormenta y uno ha tenido que aguantar todo el aguacero a la intemperie? ¿Y cuando te llaman pestes y maltratan porque dicen que los animales no tenemos sentimientos? Y ya que estoy quejoso, ¿qué sabes tú de lo frustrante que resulta ver pasar a una pollina que se te ofrece, sentir que se enhebra la aguja pero no poder afinar el hilo porque te apartan de ella o tu edad te traiciona? ¿Crees que un asno como yo no tiene sus acometidas de soledad y que a medida que uno envejece más le acucian el desdén de muchos y el abandono de todos?
El buen hombre miró a su compañero de fatigas con afirmativa compasión. No pienses que estoy muy lejos de sentir agravios semejantes a los tuyos, exclamó. Pero no gimo solo por ellos que, al fin y al cabo, al procurar enfrentarlos consigo salir adelante mal que bien. Lloro también por los necios que abundan, y que tantos males nos causan a todos, unos con su pasividad, otros con la actitud cómplice hacia los amos y los más con su ignorancia, que es hontanar de la maldad. ¿Llorar por ellos?, saltó el borrico. Haz como yo. Ignóralos. Sería mayor necedad escuchar a un necio, tomar en consideración sus dictámenes, dejarse impresionar por sus balandronadas. Pero hombre, compañero, ¿desde cuándo un animal de mi especie te tiene que dar consejo y animar tus días? ¿No os las sabíais todas los humanos?
* Grabado de Gustavo Doré para una edición del Quijote.
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Un texto que invita a contemplar la queja desde otra perspectiva y a reconocer que, a veces, la sabiduría llega de donde menos se espera.
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Entiendo al pobre burro,con la obligación de su naturaleza que le obliga a cubrir a la hembra en celo,que llora y le suplica.Es inhumano evitarlo,incluso con golpes de palo a su miembro viril,su bien más precioso.
ResponderEliminarSaludos
Los mayores burros no salen en los libros de caballerías y mucho menos en el Quijote. La imagen de Gustavo Doré siempre me encantó, la de Sancho cuando recupera al rucio que lo daba por perdido, muy apropiada la ilustración para tu texto.
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