Cuando al final de la película
Buda explotó por vergüenza el niño Abbas grita a su amiguita, ante el acoso de los demás niños que juegan a la escenificación de la guerra:
Baktay, muérete, si no, no serás libre, ¿plantea una mera salida del juego para que los niños la dejen en paz? ¿Se convierte en una metáfora de la manera de vivir en Afganistán, la imposición fundamentalista de los talibanes y la latencia de la guerra? ¿O habla de la marca y aceptación del poder patriarcal y machista que invade aquella sociedad desde la infancia y que los niños varones la reproducen fielmente? No hay elección, es todo ello y es más.
Esa sensación de que las niñas viven ya en sus primeros años de vida un apartamiento se refleja en las miradas desvaídas, tristes, anodinas de las escolares. Pero Baktay no es una niña como las demás. Ni siquiera su madre consigue que se quede en su vivienda cueva a cuidar del hermanito. Ella ha escuchado contar a su amigo Abbas un cuento que, a su vez, ha escuchado del maestro:
Un hombre dormía bajo un árbol. Le cayó encima una nuez. El hombre se levantó asustado y dijo: menos mal que no ha sido una calabaza. Si llega a serlo me hubiera matado. Este relato simplón y breve fascina a la niña, que ve cómo su amigo recita además constantemente las letras del alfabeto, echado sobre el cuaderno o según recorre el camino a la escuela. Un relato que es una historia. Y la niña lo ha entendido desde el primer momento. Por esa razón, ella quiere ir por su cuenta y riesgo a la escuela. Su madre deja de aparecer desde las primeras escenas de la película y es como si ya no existiera. La niña se constituye en independiente en base al afán que ha descubierto de boca de su amigo Abbas.
¿Qué se necesita para asistir a la escuela y aprender? Un cuaderno, un lápiz, una goma, un sacapuntas; unas veinte rupias afganas. No las tiene y nadie le fía ni le regala. Sólo le sugieren que busque el dinero; que se lo pida a su madre; que venda algo de su pobre propiedad, tal que unos huevos. Que la niña descubra en esa fijación maravillosa por asistir a la escuela que entre su corta edad y las posibilidades de aprender media nada menos que el mercado -sumamente rural, humilde, de recursos escasos- constituye parte de ese aprendizaje de la vida que ella considera medio para obtener lo que persigue. Cuando al menos consigue comprar un cuaderno y le preguntan para qué lo quiere ella, que aún es analfabeta, responde:
lo he comprado para ir a la escuela a aprender historias. Conciencia del relato para una niña que ni quiere permanecer sometida a la tradición de la pata quebrada ni desea jugar tampoco a la guerra con los niños varones, negándose abiertamente. Canto al tesón también, a la insistencia, a la implícita proposición de superarse, encarnado en la niña Baktay. Comparando con estos tiempos y con nuestra sociedad, donde muchas generaciones han vivido entre algodones, teniendo cuanto deseaban, sin que les faltara nada, la muestra de esa vida de mínimos en Afganistán, donde se valora sin alharacas el esfuerzo por lograr su meta es toda una lección emocionante.
Impresiona cómo tienen interiorizado los niños no solo la guerra en sí sino el triunfo de los talibanes, la represión de las costumbres liberales o paganas y las consignas antiimperialistas americanas, y todo ello lo reproducen fielmente, como seguramente lo han hecho siempre los niños del mundo que han sido rozados o hundidos por un conflicto armado. No por ese teatro que se montan entre ellos a matarse sin hacerse daño, sino por la captura de rehenes que, oh casualidad, precisamente son las niñas. Escenificar como juego una lapidación da idea de cómo tienen interiorizados sus sistemas de castigo social. Pero resulta especialmente crudo comprobar cómo las niñas asumen con miedo las amenazas de esa figura del varón-guerrero que encarna un niño-jefe, incapaces de escaparse cuando se lo propone Baktay.
Baktay no solo es la rebeldía doméstica, la independiente que busca ir más allá, la que desea liberarse a su manera a través de los relatos, sino la que enseña la rebeldía de la feminidad más lúdica que uno pueda imaginarse. Las escenas de la escuela de niñas pequeñas no tienen pérdida. Metáfora de la mujer-niña que capta el sentido de la libertad y para la cual las dificultades -que le detengan en el juego de la guerra los chicos, que le rompa todo el mundo hojas del cuaderno, unos para hacer aviones, otros para construir barcos de papel, que la echen de la escuela- no detienen ni su energía ni su manifiesto poder. ¿Qué otra cosa es, si no, el toque de la campana en la escuela que lanza a los escolares fuera de sus lecciones? Fascinante niña Baktay que te conquista desde las primeras escenas y te embarca en su modesta aventura de intentar sentarse en la escuela. Aunque, al final, tenga que hacer la pamema de caer muerta de mentirijillas para que los niños-guerreros le dejen tranquila.
Coda. Por cierto, la película se desarrolla a los pies de la enorme oquedad que dejó el gigantesco Buda de piedra que dinamitaron los talibanes. Pero que nadie se piense que Sidarta Gautama se reencarnó en la niña Baktay, aunque quién sabe, quién sabe. Una Buda para comérsela.
La directora Hana Makhmalbaf