Estás llegando a lo más interesante de la narración. Se presiente por esa actitud de abandono que muestras. Apartados los quehaceres comunes, relegados los individuos que buscan tus concesiones, te dejas atraer por los personajes del libro. El viento ha cesado. La rizosa cabellera descansa sobre tu espalda. Agradeces el leve sereno que la caída de la tarde refresca tus redondeados perfiles. Olvidadiza de tu cuerpo, adaptas la postura al soporte que te arrebata. Acaso es la tensión expresada en el relato la que condiciona la tirantez de los músculos que buscan acoplarse al ejercicio.
Has entrado de tal manera en el argumento que te va a costar desasirte del volumen arrugado que se ciñe a tu torso. El verjurado del papel araña suavemente tu piel. A cada frase que lees, a cada párrafo que dejas atrás, tu sonrisa se manifiesta o tu ceño se cierra o tus ojos se fugan atónitos. No te ves a ti misma, pero gesticulas inadvertidamente, como si estuvieras presente, como si también ocuparas el texto. De pronto te has detenido en la lectura. Algo no entiendes en la página y vuelves a leerla de nuevo. Es esa escena la que te perturba y te hace vacilar. Se te generan dudas sobre si la sabrás interpretar.
Hay momentos en el desarrollo de una narración en que nada está claro. En que lo que estás siguiendo no continua por el camino que esperabas. Que ni siquiera los pasos anteriores que decidió el autor conllevan el mismo ritmo y parecen decaer. Cuando acaso solo pretende abrir un hueco para un nuevo trazado donde la acción y los que se mueven en ella se manifiesten de modo más abrupto. O simplemente el autor desea reponerse de lo que ha venido narrando para inaugurar un nuevo estado de lasitud, marginal, en que los pensamientos dominan sobre los personajes y lo que viven, en que el mismo autor pone sus creencias e ideas en boca de seres de ficción que le sirven de excusa.
Pero no te confunde tanto la intención del autor, que probablemente estará complicando también a otros lectores, como los parecidos que encuentras en algunas situaciones con las que tú has estado viviendo.
Te has parado preguntándote si lo que va a venir a continuación será un desenlace de lo anterior o el nudo se estará liando aún más. Una voz ajena al relato y a tu concentración ha pronunciado tu nombre desde la proximidad. No te dejas afectar y continuas enredada en las siguientes escenas, donde esperas encontrar claves más abiertas de la trama.
Hasta ahora estás disfrutando del placer proporcionado por la armonía de las palabras y el juego de las oraciones. Pero lo que se cuenta, lo que tú comprendes de la historia, te abruma a cada capítulo que rematas. Y, no obstante, asumes la incertidumbre en que se mueven los actores de la novela y dialogas con ellos.
El autor no sabe que al punto en que te encuentras en la lectura de su obra estás interfiriendo y que se agita en ti el instinto entrometido de variar su contenido. Pero sigues leyendo a la línea. Navegando entre las líneas. Entre lo que te parece que dice y lo que podría estar diciendo. Sigues en paralelo. Dos orillas habitas. La que se muestra en el curso de ese torrente verbal y la que tú reescribes con la impertinencia de quien desea ir más allá.
La luz del día es ya mortecina. Un escalofrío se ha deslizado violento de la cabeza a los pies. En el libro también se describe. Entonces ella sintió un escalofrío, lees, y no supo que decir. Repitió otro golpe gélido que rasgó su carne, y no entendió qué podía significar. Eso lees. Te das entonces cuenta de que no son solo las palabras las que te vinculan con el relato. Los sentidos han roto aguas en el texto y tu cuerpo se llena de sensaciones inconfesables. De emociones intensas. De temores que te encogen. De apetencias que te niegas a rechazar.
Prosigues la lectura cuando apenas destaca ya tu vista el negro sobre el blanco. El atardecer te ha traicionado del todo. En tu contumacia presientes que se ha abierto un pasillo críptico, inquietante, entre el libro y tú misma. Miras en derredor y todo lo habitual se te ofrece con extrañeza. Desde la profundidad de las páginas oyes una voz que se parece a la tuya. Es insistente y eleva el tono. Es mi voz, soy yo, te dices con medrosa perplejidad. Tu voz crece allá dentro junto con las otras voces. Las palabras del texto eclosionan en tu mente. Tú les devuelves el diálogo. Poco a poco las voces merman y tras ellas solo permanecen ciertos susurros. Y entonces...
* Francisco de Goya, Magdalena penitente. Museo Lázaro Galdiano de Madrid.
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La sensación que da el cuadro, es que la lectora está pensando en lo que ha leído hasta el momento; fíjese usted que el brazo izquierdo tapa casi todo el texto del libro. De ahí su aparente abstracción.
ResponderEliminarSaludos
Sí, como uno de esos momentos en que un lector se detiene a considerar lo que lee...o ha recordado algo de su propia vida, tenga o no asociación de ideas con lo leído.
EliminarLo que me fascina es que la lectora del libraco sea María Magdalena. Posiblemente una mujer analfabeta típica de su tiempo y condición ¿Qué hace en realidad? ¿ Finge qué lee? Puro teatrillo.
ResponderEliminarSaludos.
aysssss Cayetano
EliminarParece ser que en la iconografía cristiana se la suele representar con un libro, no porque con ello se quiera decir que Magdalena fuera lectora, suponiendo su existencia y su rol en el avatar aquel, sino porque en la traducción ya en la Edad Moderna de la pintura el libro era considerado fuente varia: de saber, de recapacitación, tal vez de reconversión y arrepentimiento ala que llegó por su meditación...¿No sirven los libros para reflexionar y mirar hacia nuestro interior? Es decir, sería una creación añadida de la mentalidad renacentista, plagada de símbolos como anteriormente la Edad Media los había tenido.
EliminarPilar te corrige, Cayetano. Si nos creemos al pie de la letra el relato del mito vamos apañado.
EliminarHasta ahí llego.
EliminarHice ese comentario porque me apetecía enredar un poco. Sin más.
Podría poner otro ejemplo: el Arquímedes de Ribera. No representa tampoco a un hombre de ciencia, sino a un aldeano corriente con pinta de no saber leer ni escribir. No coincide el modelo utilizado con lo que realmente era el genio de Siracusa, un matemático, un físico, un inventor de gran talento.
Alguien dijo que lo hizo a propósito: escoger al modelo que mejor pudiera encarnar la figura de impostor, un guiño del autor al espectador. Tal vez
Y sobre la corrección que alguien me ha hecho... me imagino que te refieres a un "ayssss Cayetano".
Saludos.
¿Y de los modelos de cristos yacentes, qué me dices? ¿Quiénes serían?
EliminarÉ perder-se na narrativa... entrar na pele da personagem e sentir tudo o que se passa...
ResponderEliminarEm nada se deve arrepender...
Beijos e abraços
Marta
Pues sí, el objetivo de leer una narración es entrar en su juego, participar de sus ambientes recreados, arriesgar situaciones con los personajes, convertirse en alguno de ellos.
EliminarHay obras que invitan más a hacer penitencia que a sumergirse placenteramente en el texto. La mujer del relato buscaba la satisfacción producida por la lectura pero acaso intuía el sesgo más mortificante que iba alcanzado lo que está escrito en él.
ResponderEliminarAnder
La mujer del relato me ha interesado más, la de la imagen es un soporte ilustrativo y no del relato pero que me ha parecido bellísima. Es cierto que hay relatos insoportables porque no aportan nada. Sentir comodidad y sobre todo placer al leer, tanto por la forma como por lo contado, es el mejor objetivo. No importa dejar un libro a medias si no lo sentimos.
EliminarEs curiosa tu versión ,buena,desde luego.Corresponde a un ser que desde siempre ha tenido sus pros y contras,pero que la Iglesia la hizo santa por su Amor(no mundano) a Cristo.Lee un libro de oraciones,monótono,para redimir sus pecados anteriores,pero en contracte,muestra la belleza de sus hombros.Muy sensual.
ResponderEliminarUn buen trabajo
Saludos
Te aclaro que el relato no tiene nada que ver con el rol del personaje del cuadro que, por otra parte, si no nos dijeran que se titula como se titula no diríamos que es la de Magdala. Porque además Goya es muy Goya y muy pre-pintores del siglo XIX avanzado. O sea, que no he pensado en absoluto al escribir en la Magdalena penitente, pero sí en la Goyesca. Gracias por tu comentario que, por otra parte, me va a obligar antes o después en profundizar en el personaje del relato cristiano.
EliminarPreciosa esa Magdalena de Goya... está a su bola, como en Babia...
ResponderEliminarNada como concentrarse en una lectura, te absorbe totalmente, la haces tuya, y te olvidas del mundo...
¿A que sí? Y mira que nunca he visto el Lázaro Galdiano. Tal vez sea este descrubrimiento un incentivo para un día visitar ese museo.
EliminarCuriosamente una lectura que atrapa te sigue acompañando durante los días incluso cuando no la lees.
La lectura siempre será un regalo y el transporte más placentero para viajar a otros mundos, para conocer otras vidas, no todas las lecturas son fáciles, pero cuando llegas esa conexión misteriosa de quien nos habla desde el libro, es un viaje sin regreso. Saludos Cayetano
ResponderEliminarTotalmente de acuerdo, Pablo. Hay mucho de introspección cuando nos sumergimos en lecturas. Ponemos a juego nuestra mentalidad, nuestro acervo, lo experimentado. De ahí que haya novelas que no nos interesan mucho por su relato trivial y busquemos las que nos provocan interiormente aunque cueste llegar a ellas.
EliminarCreo que está pensando en lo que ha leído.
ResponderEliminarCada vez que nos detenemos en una lectura ¿qué tenemos en mente?, me hago la pregunta.
EliminarMuy bueno lo del cuento de tu nieto, Miquel, extraordinarioi.