viernes, 6 de febrero de 2026

La lectora impenitente

 




Estás llegando a lo más interesante de la narración. Se presiente por esa actitud de abandono que muestras. Apartados los quehaceres comunes, relegados los individuos que buscan tus concesiones, te dejas atraer por los personajes del libro. El viento ha cesado. La rizosa cabellera descansa sobre tu espalda. Agradeces el leve sereno que la caída de la tarde refresca tus redondeados perfiles. Olvidadiza de tu cuerpo, adaptas la postura al soporte que te arrebata. Acaso es la tensión expresada en el relato la que condiciona la tirantez de los músculos que buscan acoplarse al ejercicio. 

Has entrado de tal manera en el argumento que te va a costar desasirte del volumen arrugado que se ciñe a tu torso. El verjurado del papel araña suavemente tu piel. A cada frase que lees, a cada párrafo que dejas atrás, tu sonrisa se manifiesta o tu ceño se cierra o tus ojos se fugan atónitos. No te ves a ti misma, pero gesticulas inadvertidamente, como si estuvieras presente, como si también ocuparas el texto. De pronto te has detenido en la lectura. Algo no entiendes en la página y vuelves a leerla de nuevo. Es esa escena la que te perturba y te hace vacilar. Se te generan dudas sobre si la sabrás interpretar. 

Hay momentos en el desarrollo de una narración en que nada está claro. En que lo que estás siguiendo no continua por el camino que esperabas. Que ni siquiera los pasos anteriores que decidió el autor conllevan el mismo ritmo y parecen decaer. Cuando acaso solo pretende abrir un hueco para un nuevo trazado donde la acción y los que se mueven en ella se manifiesten de modo más abrupto. O simplemente el autor desea reponerse de lo que ha venido narrando para inaugurar un nuevo estado de lasitud, marginal, en que los pensamientos dominan sobre los personajes y lo que viven, en que el mismo autor pone sus creencias e ideas en boca de seres de ficción que le sirven de excusa.

Pero no te confunde tanto la intención del autor, que probablemente estará complicando también a otros lectores, como los parecidos que encuentras en algunas situaciones con las que tú has estado viviendo. 

Te has parado preguntándote si lo que va a venir a continuación será un desenlace de lo anterior o el nudo se estará liando aún más. Una voz ajena al relato y a tu concentración ha pronunciado tu nombre desde la proximidad. No te dejas afectar y continuas enredada en las siguientes escenas, donde esperas encontrar claves más abiertas de la trama. 

Hasta ahora estás disfrutando del placer proporcionado por la armonía de las palabras y el juego de las oraciones. Pero lo que se cuenta, lo que tú comprendes de la historia, te abruma a cada capítulo que rematas. Y, no obstante, asumes la incertidumbre en que se mueven los actores de la novela y dialogas con ellos. 

El autor no sabe que al punto en que te encuentras en la lectura de su obra estás interfiriendo y que se agita en ti el instinto entrometido de variar su contenido. Pero sigues leyendo a la línea. Navegando entre las líneas. Entre lo que te parece que dice y lo que podría estar diciendo. Sigues en paralelo. Dos orillas habitas. La que se muestra en el curso de ese torrente verbal y la que tú reescribes con la impertinencia de quien desea ir más allá. 

La luz del día es ya mortecina. Un escalofrío se ha deslizado violento de la cabeza a los pies. En el libro también se describe. Entonces ella sintió un escalofrío, lees, y no supo que decir. Repitió otro golpe gélido que rasgó su carne, y no entendió qué podía significar. Eso lees. Te das entonces cuenta de que no son solo las palabras las que te vinculan con el relato. Los sentidos han roto aguas en el texto y tu cuerpo se llena de sensaciones inconfesables. De emociones intensas. De temores que te encogen. De apetencias que te niegas a rechazar. 

Prosigues la lectura cuando apenas destaca ya tu vista el negro sobre el blanco. El atardecer te ha traicionado del todo. En tu contumacia presientes que se ha abierto un pasillo críptico, inquietante, entre el libro y tú misma. Miras en derredor y todo lo habitual se te ofrece con extrañeza. Desde la profundidad de las páginas oyes una voz que se parece a la tuya. Es insistente y eleva el tono. Es mi voz, soy yo, te dices con medrosa perplejidad. Tu voz crece allá dentro junto con las otras voces. Las palabras del texto eclosionan en tu mente. Tú les devuelves el diálogo. Poco a poco las voces merman y tras ellas solo permanecen ciertos susurros. Y entonces... 






* Francisco de Goya, Magdalena penitente. Museo Lázaro Galdiano de Madrid.

lunes, 2 de febrero de 2026

La insoportable ausencia de Narciso

 



Pavoneado por la propia imagen el joven se ausenta de cualquier otra referencia. Cree bastarse por sí mismo. En aquello que se refleja en el agua estima contemplar como única la inalterable y hermosa existencia. Él es el mundo. Un mundo donde solo existe el momento. Como si la edad fuera eterna e inamovible. Donde solo tiene lugar un cuerpo que contempla al otro cuerpo que le reduce, aunque piense que le prolonga. Nada fuera de sí le satisface. Nada le da más placer que reafirmarse en su imagen. Se gratifica apreciando su bien formada materia. Se aprecia en las facciones graciosas que le sonríen desde abajo. A nada atiende sino a la llamada que le retorna desde las aguas. Se apoya en la corriente como si fuera a poseerla. Respira ora con lentitud ora con ansia. La exhalación le es devuelta y enturbia aún más su deleite. Enajenado por su abigarrada posesión se retuerce entregado como si quisiera llegar a una cópula. Extiende el rostro ahíto de ensimismamiento. Abre los labios buscando la confluencia de los mismos labios. Pronuncia tenues palabras de lasciva ternura. Enredado en el bucle de la complacencia trata de evadirse de cualquier signo de dolor o incluso de otra clase de satisfacción. Pero el río no se detiene y él ignora que en cada instante que permanece admirándose no sigue siendo el mismo. No puede dejar de contemplarse, pues es más poderoso su miedo a aceptar al otro que no desea ser. Ha descendido al borde, obnubilado por la caricia rumorosa del arroyo. Un rumor que se va traduciendo en quejosas voces de otros personajes que antes han sido víctimas de su despecho. Qué intenso es el sonido burlón bajo las aguas. Qué perverso el desquite de los despreciados. Ahora él también es lluvia perpetua. Donde las imágenes quedan  diluidas para siempre. Ahora se ha fundido sin salvación con su no deseada ausencia.




* Narciso, de Caravaggio. Galleria Nazionale d'Arte Antica. Roma.