miércoles, 8 de abril de 2020

Cuentos indómitos. La noche que huyó el diablo rojo




















...Diavolo rosso
dimentica la strada
Vieni qui con noi
a bere unaranciata
Contro luce tutto il tempo
se ne va...

...Diablo rojo
olvida el camino
Ven con nosotros
a tomar una naranjada
Contra la luz
el tiempo desaparece...

Paolo Conte, Diavolo rosso




¿Cómo medir el tiempo una vez que ha transcurrido? Ahora puedo decir sin ninguna duda: fueron años malos. No, más complicado: fueron muy peligrosos. Pero entonces el tiempo se bebía por horas. Y eran tan intensas que ¿quién de nosotros se resistía a catar de lo prohibido? Y tú me emborrachabas de ingenuidad. Por qué me dejaba arrastrar por ti ahora lo sé. O creo saberlo, pero qué más da. Entonces yo quería dejarme llevar. Y hasta me hiciste creer que tenía un papel. Tú y el grupo. ¿Me miraron los demás como tú lo hacías? Pero te moviste muy bien. Involucrándome con los tuyos me tenías más cerca. ¿Mejor o peor? Que a ellos no les gustó mi presencia, o al menos no les convenció, era obvio desde el primer momento. Ni siquiera dominaba vuestra jerga. Y ¿hasta qué punto participaba del modo de pensar o, no, mejor dicho, de enfocar las cosas por vuestra parte? Aquella visceralidad endulzada con sublimes principios nunca la soporté. ¿Eran pensamientos? ¿Eran ideas? ¿Había proyectos detrás de lo que hacíais y proclamabais a los cuatro vientos con tanta saña? Los principios nobles, porque algo había de ellos en vuestro limo ideológico, debían ser paralelos a los míos. Pero lo que en otras condiciones pudo ser una convergencia fértil y amable en este caso no pasó de una escalada de enfrentamiento que me iba dejando al margen. Pero yo no quería perderte. Esa fue mi debilidad. Y mi hundimiento.

Aquella noche yo no podía más. Me citaste en una taberna cerca del Mercato delle Erbe. Diavolo Rosso, qué apropiado, pensé cuando me senté a la mesa en un rincón. Pero el vino piamontés que otras veces paladeaba a dúo contigo se me antojó agrio, dolorosamente ajeno. Hubiera preferido que me hubieras llamado para uno de esos encuentros de los que nos teníamos que esconder de todos. De unos por seguridad, de otros porque no aprobaban nuestras íntimas ceremonias. Ya me habían avisado los tuyos. Si por tu culpa ella cae o nos pones en riesgo te la cargas. Fueron claros y contundentes, aunque más que nada como un signo de marcar el territorio. Tú seguías siendo del grupo y los demás me lo recordaban en cuanto reavivaban los celos. ¿Cómo podían ser tan poco consecuentes con lo que predicaban manteniendo envidias que iban más allá de sus virilidades heridas? ¿No se daban cuenta que, dada la actividad que exigía tanta precaución, era añadir fuego al desasosiego y la tensión?

No pude evitarlo. Yo te veía diferente y tú me entraste con tal vértigo, aun desestabilizando la fraternidad de la tribu, que no podía resistirme a ti. La caja de los celos se destapó imprudentemente. Francesco no fue el que más molesto se sintió, aunque tú le hubieses dejado. Francesco era el más comprensivo de todos y, de no ser por la vorágine que precipitamos, hubiera dejado de compartir antes que nadie aquellas veleidades dolorosas que denominabais resistencia. Pero le envenenó el más oscuro del grupo, Giulio. Qué te voy a contar, ya lo comprobaste. Giulio arrastraba una obsesión recóndita por ti. No me digas que no te habías dado cuenta. Por supuesto, no se atrevía a manifestarte nada. Jamás te correspondió con una mirada fija y cualquier tema puramente humano que saliera en las conversaciones lo desviaba al foco esencial. La razón de su vivir, llegó a decirme un día, era la causa. Si yo se lo discutía él buscaba una excusa para zanjar comentarios. Tú sabías cómo era Giulio y seguro que captaste esa aprehensión reprimida que azuzaba por ti. Las mujeres sabéis interpretar lo que hay entre líneas e incluso lo no escrito. Tú ya habías optado por nuestra relación y Giulio sintió una doble traición. No era solo por el hombre que le disputaba a la mujer anhelada. También por el hombre que cuestionaba sus reacciones extremas y quería evitar una deriva de condenación para todos. Entonces apareció Elia. ¿Cuánto tardó en insinuarse conmigo? ¿Cuánto tardaste tú en reaccionar con el animal fiero y protector de su propia guarida para no perder la presa? Aquello desbordó a Giulio. Temió que quedara cuestionado su liderazgo, algo que yo nunca me planteé disputárselo, a la par que una vez más se intoxicó con la idea de que mermaba su poder y era necesario ratificar ante todos que lo mantenía. ¿No era sino una forma de enajenación?

Y entonces Giulio eligió el peor camino. La fuerza contra los inocentes. La barbarie contra las alternativas pacíficas. La desesperación que produce la carencia de pensamiento. La angustia por el abandono de la búsqueda razonable. Esperé en el Diavolo Rosso apoyando un libro sobre la mesa gélida de mármol. Pasado el tiempo prudencial de otras veces empecé a preocuparme. El texto que leía de Silvina Ocampo era turbador, pero en mí se doblaba la desazón. Que varios clientes se levantaran y saliesen con cierta urgencia me descolocó del todo. Solo quedaba en un rincón Tiresias, un ciego del vecindario al que habían puesto ese nombre por razones obvias. El camarero me miró desde la barra con inquietud. Tiresias, que cantaba en ocasiones sus propios poemas, pronunció esta vez unos versos que no me parecieron impropios. "Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate". ¿Qué esperanza? ¿Qué abandono? ¿Qué señal me llegaba del cielo improbable por boca del invidente? Fue un reflejo tardío. Dante me avisaba desde un infierno para decirme que otro infierno se abría para mí. Tomé el libro, golpeé la mesa en mi descuido, tiré el vaso de vino rojo. Antes de llegar a la puerta tres hombres, aparecidos de improviso, me derribaron. Sentí que los cristales de mis gafas se rompían contra las baldosas. Que las rodillas quebraban. Que mis brazos se hurtaban al resto del cuerpo. Por fin te tenemos, dijeron entre imprecaciones e insultos. Este es el peor de todos, el ideólogo. Vigiladlo bien, dijo una voz autoritaria, ronca.

He sabido de lo sucedido después de mi detención. Algunos me acusan de la tragedia que se cebó con vosotros. No, querida mía, yo no te delaté. No me chivé de nadie. Pagué mi propia debilidad.








(Ilustración de Balbi López Santos)

24 comentarios:

  1. ¿El personaje está insinuando que el delato fue Giulio, por despecho?
    Está claro que no fue el narrador personaje. O parece estar claro, ya que podría haberlo acusado ante los lectores, en su narración, pero no lo hizo.
    Está bien narrada esa conexión entre el peligro y la atracción por esa mujer.

    Saludos.

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    1. Las apariencias engañan. No sé si el detenido -y a la vez superviviente- sabrá más o querrá contar más. Saludos.

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  2. Oh,esta música con ese ritmo tan vertiginoso me estresa tanto como Vox.
    Buena tarde en ésta insólita Semana.

    Adriana

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    1. Ay, Señor, qué cosas se te ocurren. Además del ritmo de Conte -en esta composición me apasiona- hay un relato.

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  3. Interesante, imagino estar en la Resistencia italiana, o puestos a estar más cerca en cualquier célula de partid rojo del franquismo, donde los amores libres se pregonaban, pero no se digerían. Al final con o sin vino rojo, cuando a ella la detienen y se sospecha que a uno le delató, se cae en enfermo más triste, el de pensar que tal uno la habría delatado a lela. Mejor pensar que fue el ideólogo vendido, claro.

    Un abrazo y feliz tarde. Me recordaste al diablo cojuelo, por cierto :-), pero con drama

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    1. Dejémoslo en secreto de sumario. El tema no era agradable, lo sé. Pero era posible. Y en la sombra también late la Inevitable.

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  4. Los celos son peores que las diferencias ideológicas, causan más desencuentros, más estragos, más enfrentamientos y hasta traiciones.
    Un saludo. Cuídate.

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    1. Pero cuando se juntan dos o más clases de celos todo se enturbia, y todo lo que señalas acaba explotando, arrasando a todos. Sí, cuidémonos, que no acabamos de ver motivos para grandes esperanzas.

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  5. Qué interesante este relato, me ha recordado una época que hace mucho tiempo dejé atrás, en la que la horas parecían años, y el grupo era una entidad con alma propia en donde encajabas o rechinabas.
    Tengo la certeza de que él no la delató.

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    1. Había grupos peligrosos, pequeños y grandes, según el papel que jugasen cada uno. Pero es verdad lo que dices, que el grupo tenía su propia personalidad o caracterización, pero ojo siempre había un líder y siempre hubo díscolos a los que les costó aceptar las veleidades, en ocasiones descabelladas, de los dirigentes. Agradezco que comentes.

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  6. En este relato hay temblor y miedo; lo nefasto se adivina desde el primer párrafo, algo malo va a suceder por culpa de lo más instintivo, aquello que no conoce más que la propia satisfacción en la venganza.Tremendo Conte, aunque siempre parece que le cueste un dolor cantar

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    1. Pues sí, temblor y miedo, características propias de la vida real, de tiempos de plomo que muchas sociedades han conocido y aún conocen, como parte de los desencuentros entre humanos.

      A mí Conte me gusta mucho, y aún vive, salvo que el coronavirus le persiga en estos días. Esta composición tiene mucha fuerza. La instrumentalización pone un ritmo de jazz sui generis que viene bien para alterar los días estos que padecemos y que empiezan a ser oníricos. ¿Aguantaremos, Marga?

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  7. Terrible aspecto de las sombras más oscuras de la naturaleza humana envuelta en magnífica narración con sus postreras conclusiones.
    Me pregunto si el protagonista estaría avisado de algún modo o si fluyó instintivamente hacia las consecuencias de tanta envidia ambiental.

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    1. Avisado no creo, puesto que cae. Tal vez vivió sus días posteriores haciéndose muchas preguntas y no en las mejores condiciones precisamente, por lo que intuyo.

      Paolo Conte, pobre, tiene programados conciertos para abril y otros, ¿podrá llevarlos a cabo? El próximo en Sanremo, población que me trae recuerdos de hace unas décadas por mi mala cabeza.

      Ver su web

      https://www.paoloconteofficial.com/

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  8. Ya voy. Se me parte el corazón ante la situación de los artistas y su fragilidad no reconocida por la sociedad, y como extrapole ni te cuento.

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    1. Pues la que les viene ahora, en general a todo el sector de arte y cultura va a ser bestial.

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  9. Con qué extrañeza uno se convierte de pronto en otro. Se piensa uno desplazado y débil y se convierte en el más peligroso de todos...
    Salvando la distancia, en muchos grupos me he sentido así, al margen pero dentro. Qué frustraciones se acumulan.

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    1. Peligroso acaso para otros ojos. Pero eso que dices de cómo te has sentido en los grupos es interesante. Lo que pasa es que todo, afortunadamente, nos ha enseñado.

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  10. Las pasiones acaban siendo más fuerte que los principios y los valores.
    Y no vayas a creer que las mujeres siempre nos damos cuenta de esas cosas. La mayoría de las veces no nos enteramos. Tenéis que ser más claros...

    ;)

    Besos

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    1. Es que hay principios y valores, o que se les llama así, que son pasiones. Pasiones de ideas, de convocatoria grupal, de militancias, de influencia en la tribu, etc. porque la pasión no es solamente ni necesariamente más pura la amatoria.

      Y no te creo que las mujeres no os deis cuenta. Pero si nos veis venir de lejos...

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  11. Un relato impresionante. Los celos nunca son buenos consejeros. Has creado un ambiente muy vívido. Muy real. Creo que deberías hacer un guion de cine con esta historia. Que fuera el arranque.

    Un abrazo

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  12. Una buena narración de como no deben mezclarse las pasiones en el "trabajo".
    Salut

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    1. Triste "trabajo" en el que muchos creyeron para desgracia de ellos mismos y sobre todo de los ajenos. No olvides tu italiano, hermano.

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