martes, 7 de agosto de 2018

Zúñiga-Larra y la impotencia de llegar a alumbrar






"...Atravesará la ciudad donde nació, dejará atrás las envidias, la ignorancia, atravesará la historia reciente de la política española, de las elecciones de agosto en las que él fracasó como diputado, pasará delante de adustos conventos y cuarteles, cruzará por redacciones de periódicos venales, entre grupos de ociosos que soportan, junto a los escaparates de las tiendas, el agua helada que trae el viento; seguirá por la calle Mayor donde hombres embozados parecen vigilarle y donde unas mujeres le llamarán; él pensará que no solo en este lunes de carnaval sino durante años, ha vivido rodeado de caretas, falsos rostros y falsas palabras, y él mismo, al escribir sus artículos de oculta intención, o cuando exaltaba sus amores en el drama Macías, quería cubrir toda su vida con una máscara mentirosa y así ha ido madurando en años y trabajos, ocultando su auténtico ser. Verá ante él a un farolero que va prendiendo las escasas farolas.

-- Yo también con mis ideas he querido iluminar, alumbrar mi época, este país de sombras -se dirá- pero no he podido". 


Juan Eduardo Zúñiga, Flores de plomo.


Y va Zúñiga-Larra o Larra-Zúñiga, y crea un personaje que existió y que pervive, y no solo porque Zúñiga, el novelista actual, se sienta identificado con él, sino porque aún subyace, incluso emerge, la oscuridad de aquellos tiempos que dieron vida y acabaron con la del periodista, lo de menos es si las formas han cambiado y determinadas situaciones o novedosos episodios nos hacen pensar en nuestro tiempo que todo es diferente, sino que a poco que se observe las máscaras, con carnaval o sin él, persisten, la falsedad de las palabras permanecen incólumes en su alevosía, las trampas se siguen desarrollando hoy como entonces, los engaños adquieren su faz de moneda de cambio repugnante , como estamos viendo cada día, en el círculo de muchos y ansiosos políticos, la manía por no reconocer la opinión del otro se sigue instalando, lo cutre, disfrazado de modernidad hipócrita, late en muchos rincones de las conductas de los españoles de hoy, la agresividad contenida traduciéndose bien en frustraciones bien en violencia, cuando no en ambas, y cuando leo Flores de plomo es como si entrara en las historias y las vidas, y me doy cuenta en ese momento de lo importante que es la intrahistoria, esa clase de efectos, manifestaciones, comportamientos y relaciones profundas de los que componemos la sociedad que si se citan es solo como segundo grado, y que son tan importantes, y por qué no más, como las determinaciones de los poderes establecidos, la parafernalia de las instituciones, la ambigüedad calculada de los medios de comunicación, así que me gusta este Zúñiga haciendo de Larra, calado por Larra, algo que no es imposible si la sensibilidad de uno se constituye como racionalidad, como afán de superación y de entendimiento, y en ese sentido no creo que Larra no lograse iluminar aquella época, a alguien afectaría su luz aguda y larga, su voz certera, su dirección crítica atravesando los aires pestíferos de la sociedad que avanzaba un paso y retrocedía tres, y si hoy son aún no solo objeto de lectura atractiva los artículos periodísticos de Larra, sino acicate para desentrañar lo que hubo y lo que hay, uno llega a la conclusión de que aquella interpretación de su entorno sirve para entender ahora el nuestro, las actitudes y móviles de los pobladores de estos días, relacionando pautas que sobreviven, sopesando si las mentes están más abiertas o siguen obturadas, midiendo y valorando los temores, comprobando si los prejuicios latentes son una aviesa arma de intolerancia, desacreditando las demagogias de los voceros que toman el nombre del individuo en vano, así que sigo deleitándome, sin mayores pretensiones pero con afán de pasarlo bien, y no importa si el desasosiego, la inquietud o la compasión que suscitan en mí los episodios me acompañan, prosigo con la lectura de una ficción sobre aquel hombre que eligió el carnaval de 1837 para quitarse la vida, y que, al menos para mí, resulta imprescindible para entender ese fenómeno denominado España y españoles.     





6 comentarios:

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    1. El binomio autor-personaje ficticio basado en uno histórico funciona porque seguramente Zúñiga conoce bien la obra de Larra y la biografía, digamos. La novela no es tanto una recreación de aquello como una reflexión actualizada sobre lo que fue y de alguna manera pervive en nuestra sociedad actual, pero entonces debía estar todo elevado al cubo, basta leer cualquier artículo de costumbres de Mariano José para percibir la frescura y los elementos que aún coexisten a pesar del tiempo transcurrido. Pero claro, siempre hay dos o más lecturas. Hay quien se limitará a entender a Larra como el crítico quejica indignado y dará por válido cualquiera de sus artículos y fin. Y quienes como yo, dejamos correr un hilo desde su obra hasta nuestros días porque pensamos que el laberinto español (Brenan), con sus característica actuales, persiste. Así que uno, que tiene poco de Teseo pero admira la inteligencia de Ariadna, es machacón al percibir un cordón umbilical transmisor de otros tiempos que ¿hasta qué punto han periclitado? Lo de Aladino, hum, y mira que me entusiasmo con Las mil y una noches, es que no me veo en ello, vamos.

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  2. Una visualización muy convencional: Cualquier flor plumbea estará diseñada para inclinarse hasta tocar tierra puesto que cualquier tallo convencional resultará absolutamente frágil ante la densidad de su inimaginable composición.

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    1. ¿Sabe usted que otrora se ponían en las tumbas flores metálicas, de plomo o de hojalata? Si te digo la verdad, y las he visto en abundancia en cementerios seculares, sobre todo del XIX, me dieron repelús. El material no me atrae y lo que encubre de simbología siniestra me tiró siempre hacia atrás.

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  3. No me extraña. Anda y que si después de todo perteneciéramos a una generación afortunada!
    No me desagrada visitar pequeños cementerios por su valor sociológico, pero nunca vi tal cosa ... o o me fijé. El de los Ingleses del monte Urgull de San Sebastián de la década de los 50, testigo de mis fechorías infantiles!

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    1. No me refería a flores depositadas encima de una losa, sino a parte de una decoración, si encuentro alguna fotografía te la pasaré. Visitar cementerios es muy curioso, por su valor sociológico o estético o simplemente por el ámbito apacible y relajado. Y por el contenido anecdótico que hay en ellos.

      Lo de las fechorías debe ser digno de ser relatado, pero debe permanecer en tu secreto de sumario vital.

      Por asociación de ideas: una de las escenas de cementerio más tensas es la del final de la película El tercer hombre. ¡Qué film y qué final!

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