lunes, 3 de noviembre de 2008

Parada (Monogatari, 18)


Caminar por Tanarai es como si uno se dirigiera a ninguna parte. Como si las proyecciones geográficas hubieran volado. Si preguntas por el mar a algún personaje con el que te hayas encontrado te indica en una dirección. Si le preguntas a otro puede señalarte la contraria. Si hablas con un tercero, no sabe. Abandoné el lugar misterioso de Fuji Tanaka deseando suerte al pastor. A diferencia de aquel viajero que le regaló el shamisen, yo sólo invoqué el favor del azar. Tampoco soy hombre de dar consejos. Siempre me ha parecido que no es útil, y que cada uno debe descubrir con su agudeza y observación lo que le depara la vida. El chico no sabía leer, por lo que obsequiarle con uno de los libros que me acompañan hubiera sido un gesto baldío. Mas luego me arrepentí de no haberlo hecho. ¿Y si algún día aprende? Siempre podría disponer de él. ¿Y si lo conserva como un talismán? No creo en el fetiche del simple objeto. ¿Y si se lo da a otro caminante cuyo contenido le va a ser útil o simplemente agradecido? Difícil adivinarlo. La fuerza de los libros es más intensa que la de las palabras, siquiera porque perduran más. El destino de un texto es una larga mano, imprevisible, de ida y vuelta. Puede que hoy no entendamos lo que leemos, pero dentro de unos años puede iluminar. Es verdad que hay palabras, emitidas por la boca de otras personas, que calan a la primera y que se sedimentan en el alma del individuo, no voy a negarlo; palabras que nunca se olvidan. Es verdad que hay narraciones que se nos han ido transmitiendo de generación en generación en las frías noches de invierno, al borde del hogar, o en los agradables atardeceres de verano, al pie de los bambúes. De aquellos cuentos nos han llegado hoy estas otras maneras de relatarlos, a través de escribientes que se han esforzado. Sin embargo en un libro hay tantas palabras que se dispersan en tantas direcciones. Tantos sentidos, tantas posibilidades de interpretar, tanto dicho y no dicho que puede ser completado por el lector. A veces me pregunto si la genialidad de un texto no está tanto en lo que dice como en lo que incita a ser comprendido, en lo que nos sugiere. ¿Saben más los que han escrito los libros? Acaso simplemente se han anticipado a los lectores en percibir la vida, y nos la cuentan. No soy de los que tienen fe ciega en cada palabra y en cada argumento de lo que se lee. La palabra es débilmente humana. Por lo tanto, puede ser aceptable o discordante, o bien etérea o bien tangible. Esa palabra no vale si no se somete a la interpelación del que lee. En mi experiencia de caminante sin claro retorno, vivo la lectura con el entusiasmo de las nuevas exploraciones. Para mi es un alimento que tengo que digerir y absorber. Mi nutrición con ella dará la medida del valor de lo escrito. Hay quien busca curación en la palabra escrita, quien la adopta como vínculo religioso, quien se deja acariciar superficialmente, quien exige más, quien se conforma con el placer que obtiene, quien la complementa en su imaginación. Son distintas posiciones, variadas posibilidades, ¡y todo es válido!. A mi me ha gustado ser de estos últimos. Nunca he considerado los textos como algo cerrado, ni los más herméticos lo son tanto como parecen, y resulta que, con frecuencia, son los más abiertos para ciertos espíritus inquisitivos y rebeldes. Es como si hubiera una subterránea relación dentro de mi entre lo que vivo y lo que leo; incluso han llegado momentos en que no sabía con seguridad si vivía lo real o lo que emergía de la ficción. Con estos pensamientos redundantes me fui alejando de la ciudad enigmática, de la que nunca se ha sabido si fue o no fue tal ciudad. Después de andar media jornada consideré que hay ocasiones en que el caminante debe parar sin más. ¿Qué importancia podía tener para mi saber dónde caía el mar o dónde la montaña? ¿Acaso me había propuesto salir de aquel valle? Se supone que el viajero debe trazar una ruta y seguirla indefectiblemente hasta dar con el objetivo propuesto. Así era antes de entrar en Tanarai, mas ahora mis referencias eran otras. Ni siquiera pensé en que me iba a cruzar con tantos personajes, si bien todos ellos resultan seres marginales, desahuciados o apartados de su origen y de su destino. ¿Tal vez yo me voy convirtiendo en uno más de ellos? ¿Es ése el secreto del valle? Un lugar donde llegan los que ya no quieren descubrir más, los que no pretenden probar de nuevo, los que se han dado por vencidos ante los retos o las apetencias, los que viven de nostalgias insalvables e incluso los que no han tenido otra oportunidad de saber qué es lo diferente. Una pequeña elevación del terreno, desde la que se contemplaba con cierta perspectiva la parte más hundida de Tanarai, me dio la idea de acampar sin mayores pretensiones. A lo lejos, asomaban las cumbres albinas de Hokusai Yama. Demasiado evanescentes. Necesitaba detenerme; sin tiempo, sin urgencias. Corté varias cañas de bambú, las uní, las recubrí con hojas grandes hasta formar un sencillo cobertizo, y me senté debajo. Permanecí allí impasible, mirando el entorno, el sol asomando entre nimbos, las abejas capturando el néctar de multitud de plantas, las aves cayendo en picado sobre las simientes salvajes.

Parar y sentir
la calma del planeta,
soy pero no soy.

(Pintura de Hoku)

5 comentarios:

  1. ...quien complementa la literatura en su imaginación. creo que me identifico con esto. se establece un diálogo, se convierte en mí, crece, crezco y decrecemos hasta quedarnos en una sola palabra.

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  2. La literatura siempre es o está incompleta. A mi me parece que la literatura es aproximación, nunca opera finita. Pero esas aproximaciones...cuánto nos pueden agradar, cuánto sorprender, cuánto descubrir...el lector establece una relación de causa a efecto a través de la lectura con la literatura, pero ¿dónde la causa, dónde el efecto?

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  3. Ni causa ni efecto.
    Sin causa, sin mediación, sin fundamento.
    Sin soporte, sin finalidad.

    Pero todo cauce...

    ¿Tendrá esto algo que ver con el Tao?

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  4. Pues mira, Stalker, ¿es así como defines mi blog?

    Creo que vas en la dirección correcta. Has dado en el clavo...yo lo siento así...cauce...y fluir los elementos de la naturaleza: calma, furia, dispersión, encogimiento, subida, bajada, hundimiento, emersión...gracias por arrojarme plus de lumière...(lo debería haber dicho en alemán de Goethe, pero no me sale...)

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  5. ¡Licht, mehr Licht, Fackel! Persevera en ese cauce que tanto nos abreva...

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