miércoles, 16 de enero de 2008

¿Disyuntiva?


Es ya un tópico aquello de que la realidad supera a la ficción. Pero si la ficción es, en cierto modo, un espejo de la realidad, ¿por qué iba a ser ésta superior? Nunca he entendido por qué la opinión pública contrapone la una a la otra. Yo he creído siempre que más bien se interfieren y se complementan. Incluso que se revelan como formas diferentes de una misma solución. ¿Recuerdan aquella película de Benigni en que padre e hijo judíos están recluidos en un campo de concentración nazi y el padre inventa una historia para que el hijo sobrelleve el cautiverio sin enterarse de la dureza? ¡Es una película!, ¡eso sólo pasa en el cine!, exclamaron muchos espectadores. A una parte de la crítica le pareció también una osadía que se rebajara el dramatismo del holocausto con lo que algunos denominaron una patochada. Pero la vida está llena de experimentos de supervivencia.

Leo el otro día en la contraportada de El País una entrevista a una joven exiliada guatemalteca. Miren qué cosas relata a propósito de sus años de infancia en plena época de violencia sangrienta de los militares. “...Cuando huimos de nuestro pueblo pasamos a vivir en la capital en una caravana. Era la época del toque de queda pero los niños nunca nos dimos cuenta. Tampoco de que éramos pobres. Mi padre nos decía que estábamos en una nave espacial y que por eso no podíamos jugar en la calle” ¿Es este testimonio una película? ¿Se lo inventa esta mujer al borde de los treinta años para vivir del cuento? No tiene por qué. No es una ficción tampoco que vive en Madrid y está amenazada de muerte por los energúmenos de su país por formar parte de la Comisión de Derechos Humanos, algo que en España tal vez suene ligth y ocupacional, y en Guatemala sea una función necesaria pero arriesgada.

¿Hasta qué punto realidad y ficción no sólo no tienen por qué oponerse sino que incluso se echan una mano? Su relato responde por sí mismo. Y sigue recordando esta mujer, Mercedes Hernández...”Aquella noche en que huimos, mi padre me salvó la vida. Me dijo que éramos caballos y que teníamos que salir muy despacito, gateando, callados y sin hacer ruido. Él me protegía con su cuerpo. Años más tarde me di cuenta de que las gotas que me caían en el cuello eran sus lágrimas.” Este tipo de testimonio, que a mi me conmueve, ¿es lo novelado, lo ficticio, lo soñado, lo recreado, lo imaginado? Pero si es así, si algo de todo esto hay en ello, cruzando diagonalmente los campos del dolor y de la ignominia, ¿quién puede negar su validez? ¿Dónde comienza y dónde se delimita eso tan cacareado como la realidad? Ojo avizor al pensamiento único, que es muy antiguo pero que se reactualiza con nuevas formas permanentemente. Ojo a lo políticamente correcto que tiende a desvirtuar lo humilde, lo sencillo, lo carente de pretenciosidad. Ojo a las falsos enfoques de una pseudoracionalidad que se despacha hipócritamente en aras de conseguir beneficios mercantilistas y de mantener el sacrosanto orden de la podredumbre ideológica y conductual.


Realidad y ficción son el haz y el envés. Paradójicamente se toma a una por la otra, y con frecuencia suele ser a la inversa. ¿O ni siquiera son las dos caras de la misma moneda? Pero se necesitan mutuamente, se nutren a dos corazones, se incitan a dos almas. Es tan difícil distinguir muchas veces...Observen, observen la vida cotidiana de tirios y troyanos. Escuchen, si tienen paciencia, a cuantos pugnan cada día por el poder, el statu quo y la influencia. Ellos sí que están perdidos en la espiral. El problema es que desean envolvernos a todos en maremagnum de confusión donde, como dice el refrán castellano, a río revuelto...Por cierto, el río revuelto, ¿es ficción o realidad? Falsa disyuntiva. Compruébenlo.



(Agradecido a Maurits Cornelis Escher, el maestro del dibujo de la ficción real o de la realidad ficticia o del juego de las dimensiones imposibles o de las posibilidades del magín, simplemente)

3 comentarios:

  1. Nada que no se haya imaginado, que no haya sido ficción, existe.Eso igualaría realidad y ficción. Solamente es cuestión de un ligero, o no tanto en algunos casos, baile en el tiempo. En el tiempo digamos general, colectivo, se hacen presentes los grandes hechos con mayor o menos rapidez. En el tiempo individual, hay una parte de nuestra vida en la que sólo se vive el presente y todo lo que imaginamos es real ipso facto. No hay que decir que es la época de mayor disfrute.... En esos momentos el ser y el existir van de la mano. Qué suerte tuvieron el niño de Begnini y la niña Mercedes de tener al lado un adulto que lo recordaba y con ello, su capacidad de fabular y de gozar y hacer gozar.

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  2. Realidad y ficción existen, aunque no se sitúen en planos análogos, ¿no? El baile en el tiempo se puede dar día a día. Uno se siente obligado a vivir la realidad para ganarse el pan, para asumir compromisos, para estar on line con el tiempo colectivo, para adaptarse a una convivencia y unas reglas de juego. Pero como uno no es fácil que esté al cien por cien a gusto con lo obligado resulta que se sumerge en ensoñaciones, ficciones, representaciones, deseos, en fin, como quiera llamarse, que ayuda a sobrellevar lo que cuesta soportar y en definitiva, a no volverse loco (la locura es la quiebra del Yo) No sé, es complejo, ¿verdad, Lagave? Reposa tu noche.

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  3. De acuerdo en que la ficción ayuda a sobrellevar la pesadez de lo real. Pero lo que intentaba decir es que no existe nada que no haya sido imaginado. Y que, por lo tanto, si imaginamos estamos abriendo paso a la posibilidad de que exista lo imaginado. Lo imaginado suele estar impregnado de deseo, y el deseo es un buen motor. Que todo se realice, ya es otra cuestión...
    Para los niños hasta los cinco años más o menos, la vivencia de la ficción es tan fuerte que llega a ser real. de ahí lo de "locos bajitos" que cantaba Serrat! Yo, como no he crecido mucho.....Pues ya ves!

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