miércoles, 9 de mayo de 2007

Dilapidación




Estoy sublevado. Cuando uno se entera de que en un lugar perdido del Kurdistán iraquí -sí, ese mismo que fue a liberar el Occidente abyecto de Bush, Blair y Aznar- una chica de apenas diecisiete años fue lapidada hasta la muerte hace un mes por la creencia yazidi, uno arde de rabia. ¿Qué clase de religiones pueden seguir manteniendo que si uno de sus miembros establece relaciones con otro de una religión rival o diferente se merece el castigo total? Algunos occidentales considerarán con bondad etnológica que tal actitud forma parte de los rituales endogámicos o tribales de ciertas culturas. Y se quedarán tan anchos. Total, allí las ideas occidentales no llegan sino en forma de corrupción, sangre e invasión...

El Mal existe para que el Bien brille mejor. Dicen que es una máxima del dogma yazidi, una religión aún venerada entre un sector de los kurdos, basada en el mito del ángel caído, sólo que al revés. Satanás debió pasar un tiempo casi infinito en los infiernos, pero parece ser que con las lágrimas derramadas por haber sido rechazado por Dios apagó las llamas presuntamente eternas. Y, tras esta peculiar forma de arrepentimiento que dejaría en pelotas a Benedicto XVI, Dios le perdonó y le rehabilitó, convirtiéndole en capitán del ejército celeste. Mitos, leyendas, cuentos, justificaciones...Mismos perros, distintos collares.

Y tanta ideología fanática, ¿para qué? ¿Para proyectar su visceralidad, su machismo y sus posiciones de poder y de casta sobre una adolescente? Ciertamente, las religiones no tienen remedio. Y que nadie me considere exagerado. Todas han sido capaces de todo. ¿O no llevaba también la Iglesia católica a mujeres a la hoguera? Es cuestión de tiempos, y no sólo de historia pretérita, sino de soberbia y de obsesión por el poder. Ya se sabe que éste es un defecto perverso de nuestro mundo, pero hay que ver cómo les va a los predicadores del presunto Más Allá. ¿Será que se aferran a él porque sospechan de la inexistencia de la otra vida? ¿Sigue latente aquella maldición que dice malditos los que derramen sangre inocente? Lo mismo da. Si el mundo de las palabras permanece huero y no se impone el de los hechos de verdad, no habrá liberación posible. Claro que, ¿qué importancia tiene la vida cautiva o la muerte despreciada de los indefensos si de lo que se trata es de salvar el petróleo, el gas y las hegemonías? Triste.





(Arriba, ilustración del pintor alemán Siegfried Zademack; abajo, fotografía de El ángel caído, estatua de Ricardo Bellver en los jardines de El Retiro de Madrid)

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