miércoles, 22 de febrero de 2017

Apócrifa. 78 años después Antonio Machado vive




"Diréis que un muerto no habla. Sería una ocurrencia perturbadora si os dijera que dentro de setenta y ocho años os hablaré todavía. Cuanto dijo un muerto lo dijo en vida y lo ordinario es que sus palabras se las haya llevado el olvido. Las palabras encerradas entre las páginas de los libros no respiran, se ahogan, ordinariamente están tan muertas como su autor. A veces algún ingenuo que busca aún respuestas en los libros  -como si los libros resolvieran los enigmas de la vida-  al tomar de un anaquel polvoriento un volumen y abrirlo percibe que se desata un leve clamor. Sé que quien coja al azar alguno de mis libros dentro de setenta y ocho años lo leerá como si escuchara el rumor de las tripas revueltas. En un país de tripones, donde el grosor de las barrigas domina sobre otras partes del organismo y adormece funciones cerebrales, parecerá un acto casi de identidad. Pero las tripas revueltas siempre expresan inquietud, alertan, avisan de alguna clase de desasosiego fundamentado y anuncian disfunciones que deberían tomarse en consideración. Tal vez dentro de setenta y ocho años haya algún despistado que busque la explicación de las tripas de su país dentro de mi obra intestina. Pero el muerto no ha dicho nada nuevo. He escrito lo que he recogido del mundo que me rodeaba. Tal vez toda mi obra es la expresión de la soledad más aguda, sin que considere que nunca caí en la melancolía. En la indignación sí. En la percepción viviente de la belleza también. He pretendido navegar por el curso de un cierto y laborioso estoicismo que me ha calmado en medio de las tormentas de un tiempo y de una sociedad que desairaban al hombre. He inventado incluso personajes que hablaban a la vez desde dentro y desde fuera de mí. Porque quien escribe no puedo hacerlo para otros si no tiene claro que lo hace también, o acaso sobre todo, para sí mismo. ¿Que aletea una amarga esperanza en mis argumentos arriesgados? Se dirá: qué contradicción; una esperanza es luminosa y limpia o no es esperanza. El auténtico esperanzado no es el risueño, ni el necio, ni el que pretende que otros le resuelvan sus problemas, ni el bobalicón que permanece con las manos extendidas esperando el maná que le alimente. El esperanzado auténtico es el que no espera. Si fui alguna vez presuntuoso y engreído la vida y la circunstancia me curaron. Algo de aquel viejo defecto debe quedar en mí todavía cuando pienso estúpidamente, al borde del estertor, que acaso dentro de setenta y ocho años aún el muerto le diga algo a alguien en un país que quién sabe si aún no tendrá mucho que escuchar de sí mismo. Ahora digo como me dijo mi maestro: que tengáis mucha suerte y que no conozcáis otra."  



Setenta y ocho años después de Collioure el muerto habla. ¿Seguro que no ha dicho nada nuevo desde aquel lejano y pobre veintidós de febrero? Algunos lo seguimos interpretando y descubriendo porque sigue en vigor. Y lo que permanece en vigor siempre es nuevo. Nada de lo que podamos leer de él nos sigue pareciendo vana repetición. Ni siquiera las muletillas y tópicos en que se han convertido algunas de sus palabras. Algunos leemos todavía sus proverbios, sus artículos, sus cantares, sus poemas, su Juan de Mairena no como libros sagrados, sino como cartillas de aprendizaje del vivir. A veces nos embarga cierta amarga melancolía. Otras una conmovedora indignación. Pero siempre aparece en sus letras un oleaje de esperanza resistente. Solo disfruta de esperanza el que no espera.





2 comentarios:

  1. ¿Muerto? Ni hablar, emociona y estimula a reflexionar sobre la Vida con mayúsculas.Está vivo porque sus palabras suenan como pronunciadas por alguien que se siente a nuestro lado, pero que no podemos ver. Como ese música que suena y que conmueve con su melodía, aunque el compositor se haya desmaterializado hace más de trecientos años.

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    1. Qué sentidas tus palabras, Amaltea. Me siento identificado con ellas. Con el maestro.

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