miércoles, 10 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 32





"- Cuando todo hombre alcance la felicidad, el tiempo dejará de existir, porque no será necesario. Una idea muy cierta.

- ¿Dónde lo meterán?

- No lo meterán en ninguna parte. El tiempo no es un objeto, sino una idea. Se extinguirá en el pensamiento.

- Los viejos lugares comunes de la filosofía, siempre los mismos desde el principio de los tiempos -murmuró Stavroguin con cierta lástima desdeñosa.

- ¡Los mismos! ¡Los mismos desde el principio de los tiempos, y nunca habrá otros! -exclamó Kiríllov con ojos centelleantes, como si esa idea encerrase poco menos que una victoria".



Fiódor M. Dostovievski, Los demonios.



Sufre un desvarío irritado cuando observa cómo la gente se aferra a mil y un subterfugios, cada cual los busque sea con poco o mucho dinero, sea rodeado de esposa o marido y los hijos, sea solitario, sea entregado a dedicaciones y actividades que recrean, sufre inútilmente  por el paso del tiempo en una lucha atroz, permanente, que desequilibra a los hombres más que les aporta apacibilidad, en una época en que se condena la indolencia, se valoran excesivamente las pequeñas posesiones, la gente viviendo consciente como nunca de sus limitaciones, pero a su vez desdeñándolas como nunca antes lo hubiera hecho, ya sin resignación, y no es que la resignación de otras épocas fuera precisamente una solución digna, aunque algunos lo consideraban una virtud, porque la resignación permitió a los más desaprensivos aprovecharse del espacio y los dones de los pasivos, y no es que ahora predique él mismo ninguna forma de cesión resignada, pero sabe que la espiral es incendiaria, causa molestias mentales, efectos físicos que se palpan, a veces sumamente fuertes, eso de somatizar que llaman algunos, como si cada ejercicio del cuerpo, desde la respiración al hecho de coger peso, desde la preocupación por un problema hasta el riesgo por cualquier paso no supusiera ya un desgaste en el continente que acoge eso que llamamos individuo o ser y que viene acompañado de un nombre por norma y ritual desde que nace, vivir es zaherir el cuerpo a cada paso, corres y lo sacudes, amas y te deshaces, pones en marcha la fuerza y los órganos se conmueven, lees y estudias y la cabeza se va para los lados, piensas y te pierdes en oscuros departamentos de la memoria, de tal modo te extravías en ellos que no distingues qué hubo de verdad o de mentira en tu pasado, qué fue de lo que llegaste a hacer o se quedó por el camino, qué se mostró más revelador, si la atención fiel de quien te quiso en sus brazos desde los vagidos iniciales o la sonrisa circunstancial que llegó diciendo vengo para salvarte de ti mismo, y que caíste en ella de bruces cuando acaso creías a medias y no querías admitirlo, y el cuerpo es una eterna persecución sobre sí mismo, una carrera perdida desde el principio, y esa fase engañosa en que dicen que debes considerarte maduro, pero en realidad ya estás empezando a pudrirte velozmente, y sigues exhibiendo la fantasía de un cuerpo que se desperdicia a sí mismo, por mucho que hagas yoga o te untes con cremas o convoques a las amistades que corearán tus ingeniosas opiniones, y que lo hacen porque ellas a su vez necesitan ser mantenidas en un estado de reconocimiento embaucador, y renováis unos y otros lo que denomináis proyectos de vida, es como un edificio, cuanto más viejo más se le aplican las correcciones, se le rehabilita de palabra, porque una de dos, un edificio si se rehabilita de verdad es ya nuevo y eso en el cuerpo humano no pasa, y si se dice que se le ha rehabilitado pero no ha cambiado su estructura entonces es un engaño, aunque a la gente le guste la apariencia que lleva implícita toda mentira, y como es un juego en que todos vamos aceptando apariencias y las transformamos en realidades y postergamos otras realidades más auténticas y vigorosas para ceder en la seducción de lo que parece pero no es, pues sucede que el mismo concepto de felicidad lo hemos revestido de forma comercial, y hemos ocupado el tiempo para dar satisfacción a las imágenes que nos han sustituido, y de ahí que algunos rebeldes del lugar, de la proximidad, alguno de esos rebeldes que moran en él mismo estén opinando que solo cuando el tiempo de la duración se termina es cuando se alcanza la felicidad, y esa especie de compensación de la nada para sustraer el fracaso de lo existente sigue siendo tan falaz como cualquier otra forma de las que conocemos en nuestro caminar cotidiano.




(Fotografía de René Groebli)



4 comentarios:

  1. Pues ya ve usted, aun con todo ello, como cada cual se cree que la felicidad radica en algo particular y pese al nihil compañero de esencia vital. Servidora, aquella pequeña salvaje de entonces, aprieta mandíbula y se propone sentir la felicidad del mundo de la materia donde reside a su manera pero se propone que el mundo exterior no le agüe su fiesta particular. Unir cielo con tierra en lenguaje cristiano en vida, a ser posible sana y duradera y que su última exhalación sea de satisfacción responsable.
    Se podría pensar en "las maracas de machín", me da igual. Tengo la fortuna de que me funciona. Me produce pena que no se trate de algo "exportable", ya me gustaría, pero como legado paterno que debe ser, no se hacerlo mejor.

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    1. Pues confórmate con ello, disfruta y andante maestoso siempre.

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  2. ¡Magnífica exposición!

    Como el gato que no sabe que es un gato, el hombre todavía no entiende que caza ratones.

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    1. A veces ni el hombre se sabe hombre, Salud y andante sostenuto.

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