lunes, 20 de junio de 2016

Aquellos estos árboles, 20





"¿Por qué soy azotado con estrellas
en la desnuda noche iluminada?
Un ciego aroma viene y me embriaga
para que vuelva el niño, y ser el que era".

Francisco Brines. De La última costa.


Las vivencias con un sobrino de nueve años reverdecen mi propia personalidad a los nueve años. Tal vez por eso creo entenderlo mejor que otros. Puede que busque una proyección hacia atrás de mí mismo. Me miro en él como en un espejo, aunque no todos los objetos de fondo sean semejantes. O en un túnel del tiempo que me reclama con tranquila expectación. Yo hacía lo mismo, suelo decir a terceros. Su sentido del juego, su excitación constante ante la novedad, su capacidad de diálogo, su bondad a ratos, su picardía frecuente son una fuente continua en la que me parece beber de mis propias experiencias infantiles. No digo que su nerviosismo latente, que hace que todo lo toque y todo lo agite, no me saquen de quicio alguna vez que otra. Pero me entusiasma. Naturaleza bruta que se entrega para dar de sí y para sentirse receptivo. Y esa capacidad de indagación, que nunca sabes si es una pose y un puente tendido con el adulto, o un extremado interés por saber. De ahí las preguntas que un niño hace y que un adulto no sabe responder. Pero ¿acaso un adulto debe responder a todos y cada una de los interrogantes que le plantea un niño? La mayoría de las veces no sabemos responder correctamente. La mayoría de las veces damos respuestas convencionales, o simplemente salidas largas que aplacen para más adelante el razonamiento. De ahí que últimamente pienso que acaso sea más importante ayudar a razonar, iniciarlos, estimular el interés. Aunque un niño siempre desarma a un adulto, pues el interés parece crecer con él, sin que tenga un rector encima que le sugiera. Me miro en la imagen del sobrino de nueve años y me gusta creer que soy yo pero, eso sí, con una cierta superioridad sobre mí mismo. Como si su presencia de esta época complementara la presencia de mis nueve años en aquel tiempo y lugar tan diferentes. Oigo con frecuencia en el entorno: es que hoy los niños saben mucho, y esta opinión se refiere más a la vida cotidiana que a lo lectivo, por supuesto. Un viaje a mi propio pasado a través de una energía en acción de nueve años. Cierto que uno ha olvidado muchos detalles sobre el comportamiento cotidiano de mi niñez. Cierto que aquellas frondas estaban más prietas e inextricables que ahora. Cierto que el viento era más monolítico y menos vario, pero los márgenes sobre la interrogación acerca del mundo, de la vida, de uno mismo existían. Y eran muy ricos. Y más valiosos si alguien, cerca de ti, te escuchaba atentamente. Aunque de entonces viene también aquella afición por los cuentos  -¡le contaban tantos a uno para distraer respuestas!-  que han jugado un papel fundamental en la vida ilusionada que uno ha vivido. Las vivencias con mi sobrino, ¿son solo un método para repensarme? ¿Una suerte de resiliencia con que afrontar lo desabrido de la edad provecta? ¿Una carga lúdica que invita únicamente a disfrutar por disfrutar? La risa se instala entre ambos. Malo el día que uno de los dos frunza el ceño. Por cierto, ahora recuerdo que tengo que jugar al futbolín de verdad con él y enseñarle a hacer tirabeques con que liberar energía contra botes de latón.



(Fotografía de Nobuyoshi Araki)


4 comentarios:

  1. Disfruta mientras dure.
    Ay ese tirachinas chulo. Nunca pude tener uno decente....como era niña... ajo y agua.

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    1. Pues las ramas de cerezos proporcionaban unas horquillas maravillosas, sólo había que pelarlas y completarlas con elementos mecánicos. Cierto, no recuerdo a niñas manjenando tal arma.

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  2. Jajjj, pero me lo montaba divinamente con gomitas y trocitos de papel mascados!!! Si es que decían las malas lenguas que era un rabo de lagartija.

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    1. Es decir, que todo dependía del veneno con que cargaras el arma, ah. Ya te veo.

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