viernes, 4 de septiembre de 2009

Heráclito vive


"Ley es también obedecer la asamblea de uno solo."

(Nomos kai boulé peizeszai enos)

Heráclito



¿Dudaba Heráclito de la democracia ateniense? ¿La sentía frágil? Acaso dudaba de la imprecisión y de los límites de la democracia. Dudaba tal vez de si las decisiones tomadas en el cuerpo de una asamblea serían sustancialmente distintas a las proclamadas desde el reinado de un sátrapa. Si bien la duda no implica ni la crítica acerba y demoledora al sistema moderno ni por supuesto en modo alguno la defensa de la tiranía. Dudar y fustigar las deficiencias de la democracia no es negarla. Es empujarla a que lo sea más, a que traspase la afasia del vocablo y lo llene de sentido actualizado. Todo lo que no avanza, retrocede. Todo lo que se paraliza, desaparece. Todo lo que no se consolida, se hace viejo y peligra. Mas también la calidad y firmeza de la democracia depende de quién tenga el poder real y de la correlación de fuerzas entre clases y poderes realtivos. Se dice que en la democracia la sociedad se siente representada. Pero, ¿hablamos de una sociedad consciente o de una sociedad amorfa? Y más allá, o más acá, ¿puede ser la voluntad democrática suficiente representación de la voluntad del individuo? ¿Es la voluntad de uno la que es aprobada en la asamblea? ¿Quieren las voluntades individuales aceptar las expresiones de otras voluntades y ceder a un entendimiento? Pero, ¿y si ese uno solo de Heráclito es la unidad que fundamenta la democracia y no sólo el individuo a secas y por separado? El precio exigido por la democracia es indudablemente la delegación. ¿Delegación de comprensiones o de voluntades? ¿Entreguismo ciego? La palabra griega boulé significa voluntad y también asamblea. Tal vez son términos complementarios. Ceder de cualquier manera la voluntad personal es negar la capacidad y el derecho individual. Intercambiar voluntades y acordar reglas de juego es un camino. Pero, ¿no es la democracia algo subsidiario de las grandes fuerzas que ejecutan los negocios del mundo? ¿Hablaría hoy Heráclito de la misma forma oscura que hablaba en su tiempo? No me cabe duda. Tal vez el lenguaje oscuro es el más próximo a la interpretación. Porque, ¿qué claridad hay en una democracia formal como la nuestra en particular y las occidentales en general? Una correlación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial zancadilleada por el caciquismo y el conservurismo recalcitrante arraigado aún, tratando de mantener el mayor de sus privilegios: el control político y el social. La luz de las democracias es tenue y depende de quienes empuñen el fanal. Heráclito conocería hoy otra luz diferente a la que él vería. Contemplaría, acaso no asombrado del todo, ese territorio global en penumbra donde el mercado domina las vidas en todas sus facetas. En las costumbres, en las actitudes, en las decisiones, en las prácticas cotidianas, en las ideas condicionadas. Si bien el mercado existe desde antiguo, jamás extendió sus tentáculos hasta suplantar ideas, aspiraciones y valores, como hace hoy día. Ante esta situación, la supuesta literalidad de la frase compleja Ley es también obedecer la asamblea de uno solo le vuelve a uno más escéptico, aunque más poderoso de su conciencia. Y eso que uno no cree en el sálvese quien pueda, si no nos salvamos todos. Pero, ¿quiere la sociedad -esta nuestra y todas- salvarse del caos que el mercado implanta por doquier? Heráclito vive, aunque el posibilismo de sus aseveraciones no sea comprendido en un mundo que paga la publicidad y no crea apenas pensamiento.


(Imagen de un cartel de John Heartfield)

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