jueves, 16 de abril de 2009

Hoy cocido


En la puerta de la casa de comidas, una pizarra con letras ordinarias: “Hoy cocido”. Qué sintaxis tan bien avenida. Vincula nada menos que el Tiempo con el alimento. Y ambos se transcienden de mutuo acuerdo en mensaje.

Perece simple, pero el mensaje atraviesa la exigente aduana del cerebro y la información se procesa instantáneamente. La decisión le lleva adentro. Cocido, por favor, pide. Qué armonía entre el lenguaje y la función que se le demanda. El camarero le sirve. Un diálogo perfecto donde sobran las palabras.

De niño cogía los cubiertos con la mano cerrada, los empuñaba. Le parecía una herramienta, más que un utensilio. Tal vez un arma (un arma también es una herramienta) Con ellos hacía, más que se servía. Todo un proceso de convertir la mano en útil y el útil en medio. El niño no sólo toma los objetos. Los interroga, los transforma, los adecua. El cubierto, una herramienta que debía ejecutar el importante trabajo de traducir lo objetivo y distante en subjetivo e interior.

La descripción elíptica de los cubiertos en la mano de un niño. Algo más que un impulso abstracto. Algo más que llamar la atención. Algo más que la muestra del tedio a la hora de la comida. Algo más que una representación teatral. Algo más que una ejercitación psicomotriz. Acaso la iniciación de un vuelo.

El cubierto en la niñez: un medium para conjurar la comida familiar obligatoria. Y convocar a los espíritus de la rebeldía.

Capturar las múltiples formas de que está revestido el alimento. Un desafío arriesgado y divertido en la infancia. Una técnica para cada presa. El niño cazador va de safari, entre la mirada severa o comprensiva de los padres-guías del campamento.

Garbanzos, repollo, tocino, chorizo, relleno, carne de morcillo, patata...no son meras palabras. Son vocablos nutrientes. Pero como sucede con todas las palabras se hace abstracción por un ligero instante y se decide si deben alimentarnos o no. O si nos apetecen o no, que probablemente es el primer impulso. Cada uno debe saber elegir y utilizarlas. Se puede apartar alguna, menospreciar otras, aceptar inequívocamente las más atractivas. El objeto y su nombre. El objeto y lo que nos significa. Aquí, lo sabroso y su consagración por el lenguaje.

¿Hay algo que vincule tanto a los hombres como la utilización de tenedores y cucharas? Pensar que este tenedor que desafía mi barba, regatea mis labios, atraviesa la frontera de mis dientes y planea sobre la lengua hasta hacer aterrizar un bocado para satisfacción del paladar, pensar que este tenedor, digo, antes que a mi se ha aproximado a miles, millones de bocas. Y que después de mi, seguirán el curso de su función con otros miles de comensales. Aparto mis diferencias con los humanos y me entraño con ellos. El utensilio como pacificador.


(Fotografía del húngaro André Kertesz)

4 comentarios:

  1. Ingerir millones de cadáveres para mantener erguido el propio: llamar belleza a esa purulencia y vida a ese palimpsesto de muertes.

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  2. Evidenteeeeeeeeee. Pero no sigas por ese camino que te ejecutarán. Y no los representantes de los pueblos inelectos del magro mundo, sino las bases sociales, proletarias o marginales, da igual. O dicho de otra forma religiosa: acabas de soltar una blasfemia. Ahora bien, objetivamente hablando: ¿quién te quita la razón?

    Un día voy a traer a este blog el tema de la antropofagia. Muchos creen que es algo de los primitivos y atrasados africanos (sic, según esas opiniones) ¿Sabéis que en ciertas épocas de la Edad Media de la Civilización Cristiana y Occidental, la misma que edificaba catedrales ad maiorem dei gratiae, hubo canibalismo? Umberto Eco habla de eso en alguno de sus estudios.

    Buena y despejada nocturnidad estomacal, jardinero (yo sigo indigesto del cocido, jaj)

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  3. ¡Viva el cocido con cuchara!
    Y por sus ingredientes, ¡viva su castellano origen!

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  4. Por una verdura un mundo,
    por un trozo de tocino un cielo,
    por un garbanzo...¿qué no daría por un buen puñado de garbanzos?

    Gracias por tu interregionalismo gastronómico.

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