domingo, 30 de diciembre de 2007

Que partió de mi un barco...



A punto de poner fin un año más al calendario comercial de Occidente -hoy ya mundialmente aceptado- me resulta vacua e inútil la tentación de hacer el cómputo. Como es un hecho mi inapetencia formal por el ritual de una celebración vulgar, nada imaginativa. El transcurrir vale en cuanto nos palpamos. Si se me apura, vale también aquello que quedó tras nosotros y nos ha configurado. Más allá, las columnas de Hércules siguen existiendo a efectos del desafío. Pero vivimos siempre traspasándolas, sin tener claro nunca si detrás hay más océano o se abre el abismo que preconizaba el mito antiguo. Navegamos por inercia. Navegamos sin rumbo, por muy pertrechados que nos acompañemos de útiles, planos y recomendaciones. La costa ansiada -¿debemos desear llegar a costa alguna?- no puede verse sólo como un plan de pensiones, un acompañamiento cuasi perpetuo o el aseguramiento testamental de una finca. Insatisfacción. Esos territorios difusos hacia lo que intentamos aproximarnos nos reclaman y ahí, tal vez, el acicate. Ilusión. Es probable que nos pasemos el recorrido tratando de otear puertos indefinidos, sin llegar jamás a avistarlos. Pero ¿por qué no abandonarnos a la salinidad, a las corrientes, a los vientos, a la embriagante oscilación del oleaje? Desechad el apresuramiento, las propuestas ansiosas, las obligaciones vinculantes, los objetivos de alto precio. ¿Dónde residen los despropósitos y los sinsentidos? Navegad como sugería Alejandra Pizarnik en aquella breve pero honda poesía...

Explicar con palabras de este mundo
que partió de mi un barco llevándome

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