lunes, 24 de diciembre de 2007

La vela y las nueces




La vela prendida, como la medida de todas las cosas. A sus pies, a su luz, se nos brinda el alimento. Una exquisitez única. Anterior al aprendizaje culinario. Alternativo a las desmesuras gastronómicas. Cuando los hombres habitaron este planeta, antes de que llegaran los otros hombres. Cuando uno era niño, antes de dejar de serlo y antes de desear seguir siéndolo. Nos hemos sentado varios chicos este atardecer austral bajo un nogal. Hace un rato hemos subido a sus ramas y las hemos bamboleado para hacer caer el fruto. Hemos quitado su cáscara, aún verdosa. Las piedras de pedernal del páramo son buenas para partirlas. No todas están todavía en su punto. Pero nos están sabiendo a teta, como dice mi padre cuando le gusta algo de manera extraordinaria y lo disfruta. Unos juegan a construir carabelas con la cáscara. Otros, a ver quién deja los hemisferios más limpios. El más observador dice que se parecen a los sesos de algunos animales, incluido el hombre. El más ingenioso levanta arquitecturas imposibles, efímeras, pero que se mantienen en pie. Hasta que la mano traviesa de uno cualquiera de nosotros decide coger la nuez de más abajo. Cae la noche. Sin buscarlo hemos convertido la reunión en una liturgia de bienestar. Alguien ha encendido una vela. Cada uno de nosotros la contempla de una manera. ¿Cuánto durará? ¿Se ilumina del mismo modo para cada mirada? ¿Cómo se mantendrá si sopla el viento del sur? ¿Qué lamparones irá dejando en la piel de cada cual? Nadie piensa en un recorrido que se irá acortando. No hay imaginación suficiente sobre el tiempo. No sabemos todavía qué es el tiempo. Hipnotizados por la llama, hemos tomado las nueces como un manjar, pero también hemos rodeado la cena de ritual. Dure lo que dure la vela, nos vamos contamos historias. Entre lo que inventan unos y matizan otros vamos elaborando un suprarrelato. Las historias están plagadas de deseos, de sueños, de transgresiones, de planes que probablemente no llevaremos a efecto jamás. Digamos que incluso son lo opuesto a lo que suele pasar. La excitación de lo inventado nos motiva al grupo. Comemos sosegadamente, paladeando, abstrayéndonos. Nos dejamos alumbrar por una penumbra que nos hermana más. Relatar para vivir lo no vivido. Mientras aguante la llama.


(A la luz de una fotografía de Manuel Vilariño)

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