miércoles, 20 de junio de 2007

O tres






(Variaciones XXI)


Al encontrarse cara a cara sus dos rostros, ella dudó. Difícil la elección. ¿Cuál de ambos daba la medida de su caracterización? ¿Quién de las dos mujeres se metamorfoseaba y engendraba la definitiva? ¿Qué imagen ganaba el pulso a la otra? ¿Era la apariencia la que decidía? ¿Acaso había una tercera mujer entre ellas? Una mujer agazapada, que se aproxima reptante desde el fondo de la sima. O una mujer erguida, naciendo apenas de la luz que la entrada de la caverna sugiere. Arduo dilema. Siempre dos mujeres que desean ser la única o la nueva. Debatiéndose entre la oscuridad que teme y el territorio yermo que se le depara. Una ya recatada, curtida, mermada de fuerzas, indolente, desalentada tal vez. Otra osada, expectante, posibilista, activa, soberbia acaso. Ambas dispuestas a sobrevivir en territorios inhóspitos, porque ni la luz ni las tinieblas garantizan ni el éxito ni la seguridad. La mujer se contempla en una hipnosis que la inmoviliza, como si el tiempo no existiera en los hábitats más primitivos. La mujer del espejo admira en la que está fuera de él el cuerpo aún expresivo y solícito. Sus miradas mutuas están lejos de percibir el paso del tiempo, la exigencia de los compromisos, las obligaciones de la dedicación, las pruebas frustrantes del amor, los conflictos consiguientes a la opción y el riesgo. Son miradas que no quieren acabar de encontrarse. Al girar los rostros, la mujer trata de encajarse y reconstruye las posibilidades. No ignora sus vivencias pasadas, ni los desatinos, ni las insuficiencias, ni los aprendizajes que nunca resultaron definitivos. No renuncia a los pasos nuevos, al tanteo de otros conocimientos, a la eterna búsqueda del calor que sigue necesitando. Se recoge el cabello, se preserva desde el espejo, se dirige hacia el pupitre de su cuarto, se echa un chal por encima, se sienta, se dispone a escribir.


(La mujer ante el espejo es un cuadro del pintor surrealista belga Paul Delvaux)

2 comentarios:

  1. ¿Cuántos rostros de nosotros mismos no se miran al cabo del día? Nos ponemos en otro personaje y miramos al que creemos que es el nuestro propio. Buscamos la perspectiva dentro de nuestro propio ser de la misma manera que también nos resulta insuficiente la visión de otros sobre nosotros mismos. Todo es multiplicador en el vivir y en el probar.

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  2. Lo captaste, Fernando, lo captaste. Nos pasamos la vida trasuntándonos en personajes, sin ni siquiera dar con el nuestro.

    Un saludo desde la calidez de la noche.

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