"Aquella noche me desperté dando un alarido. Ese grito, todavía me lo pregunto hoy, ¿expresaba la peor de las angustias o un placer fulgurante?
Michel Leiris. Edad de hombre. Editorial Laetoli.
Al despertar de madrugada, tras un sueño delirante, me había convertido en sombra. Bostecé pero no percibí mi aliento. Estiré las extremidades pero no las sentí. Traté de palpar mi torso y solo hallé oquedad. Recurrí a un pensamiento lascivo mas mi sexo había languidecido. Agucé la mirada inútilmente: las tinieblas se habían apoderado de la habitación. Me esforcé entonces por elaborar una reflexión que tuviera lógica y, no obstante, una desconocida inconsistencia me lo estaba impidiendo. Y sin embargo flotaba alrededor una especie de miasma que me hablaba de mí, que se adjudicaba mi nombre, que discurría como si mi materialidad empezara a estar en otra dimensión sin haberse apartado del todo de la habitual. Empecé a sospechar que si mis percepciones habían desaparecido, si mis sensaciones no procedían de mí, si mis facultades habían menguado considerablemente o si, en fin, mi juicio prácticamente era nulo, tal vez me estaba convirtiendo en una ausencia definitiva o me estaba precipitando a esa fuga irreversible que vamos postergando con temor. El intento de emitir un grito quedó en suspiro. Un punto de lamento se guareció en una risotada contenida. Extender un brazo fue un ejercicio baldío que no alcanzaba objeto alguno. Una instintiva sugerencia pretendió que me incorporase sobre el lecho pero mi perímetro se había desdibujado, privado de la mínima energía. Entonces la vi a ella. Tomando carta de naturaleza sobre mi cuerpo inane. La vi, saliendo de su solapamiento, ocupando mi espacio, actuando en mi nombre, despidiendo aquel hábitat carnal que le había dado vida durante largos años. Te quedas sola, acerté a decir con extraordinario esfuerzo. Intuí de su parte, o acaso imaginé, una sonrisa benévola. Luego advertí un ligero calor a mi lado, aprecié el roce de una compañía, y un susurro compasivo alivió mi expiración: nunca he sabido estar sola. Como te habrá pasado a ti.
*Fotografía de René Groebli.

El texto tiene fuerza evocadora, que convierte la muerte en una experiencia íntima, extraña y casi poética. La imagen de la sombra que contempla cómo otra presencia ocupa su lugar resulta inquietante y hermosa a la vez, y el final deja una sensación de serenidad, de aceptación de lo inevitable.
ResponderEliminarSaludos
No deja de ser curioso que un estado de no estar, si se puede decir así, nos tome y nos transfigure. ¿Haciala sombra? ¿Hacia el vacío? Hay algo importante que dice y que deberíamos conseguir en su momento: la sensación de serenidad. ¿Así que esto era...?, será la pregunta irónica que nos haremos.
EliminarA veces dominamos en nuestros sueños, a veces.
ResponderEliminarPero solo domina nuestra parte subconsciente.
EliminarSuficiente, qué más quieres.
EliminarTienes razón. El mundo onírico lo trasladamos al consciente y cohabita con nuestros deseos y aspraciones más inalcanzables.
EliminarUna transición así es reconfortante... la compañía y el cariño ganan a la soledad de la muerte...
ResponderEliminarCon la compañía y otros afectos de tu propia sombra siempre cuentas, por aquello de que se muere solo.
EliminarSuposiciones varias que hacen adentrarse en el laberinto onírico, del cual no siempre se sale completamente cuerdo.
ResponderEliminarIndudablemente lo que señalas es muy interesante. Avanzar por caminos oníricos puede significar estar siendo tocado por la melancolía, y eso es muy peligroso.
EliminarJá tenho acordado nessas circunstâncias com pesadelos desagradáveis.
ResponderEliminarAbraço de amizade.
Juvenal Nunes
En sueños o en fantasías conscientes somos capaces de recrear lo que nos parece que puede ser, pero seguramente la realidad será de otro modo. Cordialmente.
EliminarFáckel, ¿qué pasaría si por un tiempo, horas, días, ¿años?, la sombra nos sustituyera, nos cambiáramos por ella, tomara las riendas de nuestro cuerpo y mente?
ResponderEliminarSalu2.
La sombra es bastante recurrente y tenaz, seguramente hay ocasiones diarias en que nos sustituye y nos dirige. Incluso en extremos como el del relato.
EliminarLa sombra crece con nosotros, es tan nuestra, que hasta muy adultos no nos percatamos de ella, y no advertimos de su intrínseca personalidad, de su mundo propio, tan ligada a la luz como a nosotros mismos, a nuestros escenarios y a los objetos que nos rodean... La sombra soporte a tierra, como la soledad, siempre es compañía.
ResponderEliminarUna descripción muy acertada, Pilar. Una compañía que se mueve en un plano aparentemente discreto pero que suele tomar decisiones por nosotros.
EliminarTodos tenemos alguna clase de obsesión con el final, lo normal es alejar el pensamiento pero escribir haciendo ficción en un juego a tres es inteligente para despistar.
ResponderEliminarAnder
Alejar pensamientos sobre la muerte está alcance de cualquiera y es lo más practicado. Reflexionar e inventar alternativas imaginarias lo hace quien puede o sabe o lo intenta.
EliminarA veces una presencia nos salva del abismo...
ResponderEliminarAunque sea una presencia recuperada del pasado o de la imaginación.
EliminarÉs horrible pensar en la mort, però almenys que no sigui dolorosa. El meu pare em va avisar una vegada que qualsevol manera de suïcidar-se ho és.
ResponderEliminarPensar o imaginar la muerte es muy humano desde que la especie desarrolló la conciencia. El deseo de que no exista dolor, que creo que todos compartimos, o mejor dicho, que no llegue por procesos dolorosos es también muy humano. Toda la vida llevamos huyendo de toda clase de dolor. Supongo que llegar al sucidio también implica un dolor mental inenarrable y el acto físico de acabar con uno mismo no puede ser precisamente sereno ni carente de dolor.
EliminarTal vez ese sea el destino después de la vida. Ser sombra de otro. Y seguir contemplando la realidad desde otra perspectiva. Un abrazo
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