Mano obrera. De operarius -a -um, pero de mucho antes de esta etimología del adjetivo. De lejanos y milenarios tiempos anteriores a su declinación por parte de una cultura avanzada e influyente para nosotros. Donde no había nada esa mano ha edificado. Donde la naturaleza, inmisericorde, devastó los humildes hogares, esas manos retomaron la obra. Donde otros humanos, impunes y agresivos, han destruido esa mano comienza de nuevo a construir. La Historia también podría ser definida y calificada por las manos que han obrado. Que han erigido o fabricado. Que han desarrollado la mente.
¿Cómo se habrían podido alzar las primeras ciudades de no ser por tantas manos que elaboraron un material y lo colocaron certeramente para generar el hábitat familiar o urbano? Se dirá que las manos ya venían ejercitadas. Cierto, primero las manos aprendieron a asir. Después otros hombres más ancestrales ya habían construido herramientas con ellas, las habían utilizado para procurarse alimento o abrigo, para enfrentarse a animales o a otros humanos, para producir hogueras y aprender elaboraciones alimentarias sucesivas. Para señalar entre sí rutas que les permitieran acceder a nuevos paisajes y climas más benévolos. Para implorar piedad a los elementos naturales.
¿Trazarían aquellas manos gestos y señales antes de tener lugar cualquier modalidad de habla? ¿Se estrecharían en tiempos tan remotos unas manos con otras? ¿Auparían entre varias manos los objetos que les superaban por tamaño o peso? ¿Acariciarían unas manos a otros cuerpos? ¿Obrarían con ellas también el afecto, ejercitarían la consolación de la tristeza, paliarían la sed del deseo, palparían, torpes o exquisitas, el conocimiento de los cuerpos? ¿Serían observadas las manos interpretando cada movimiento? ¿Dibujarían las manos el rumbo de las estrellas y el agitado o plácido deambular de las nubes? ¿Aprenderían a jugar potenciando la imaginación infantil?
Donde no hubo antes edificación las manos construyeron. Cuando las ciudades eran destruidas: o bien se abandonaban y se levantaban en otra parte o bien se reedificaba sobre ellas. Una y otra vez las manos estaban ahí para colmar, primero, las necesidades de la gente. Para deleitar con la belleza que generaban, después. ¿Es agua pasada aquello? Es corriente presente. Mira las manos que hoy todavía fabrican un adobe o un ladrillo para reponer lo devastado por los fanáticos salteadores de territorios y de vidas. Está ocurriendo hoy mismo. Solo basta mirar y querer enterarse.
*Fotografía tomada de la web del medio Al-Jazeera.

Son la extensión del cuerpo y las que obran y dan forma a nuestro pensamiento.
ResponderEliminarTodo aquello que han firmado, antes ha sido pensado.
Las manos son verdaderas obras maestras.
Las manos han elaborado más pensamiento que lo que nos pensamos.
EliminarEl texto convoca una verdad que solemos olvidar: que la mano no es solo herramienta, sino metáfora del ser. Antes de construir ciudades, la mano construyó tiempo. Antes de levantar muros, levantó conciencia. En cada gesto humano —asir, señalar, acariciar, implorar— late una intuición antigua: que el mundo no está dado, sino emanado por aquello que tocamos.
ResponderEliminarSaludos
Así es, lo comparto. Eso es lo que podría llamarse la evolución humana. ¿No viene de ahí también la elaboración de la conciencia?
EliminarEn efecto, Fackel, la mano ha sido obrera desde el primer día, ha servido para construir y para destruir, qué actitud prevalece o se alternan?
ResponderEliminarAnder.
Van a la par. La construcción ha sido grandísima y constante, con altibajos. La destrucción ha sido y sigue siendo pero siempre llega después la iniciativa de edificar de nuevo. Hablo en términos históricos. Lamentablemente hoy vemos en directo el mal en acción privando a muchos pobladores tradicionales de sus asentamientos, por ejemplo.
EliminarDicen que el oro se ha revalorizsdo, pero el ladrillo de barro cocido lo ha hecho más. A lo que hemos llegado
ResponderEliminarSaludos
Ignoro el tema del precio del ladrillo, si te refieres a eso. Pero la imagen sugiere la elaboración artesanal de ladrillo o adobe, para satisfacer necesidades a pequeña escala.
EliminarFáckel:
ResponderEliminarhay demanda de trabajos manuales.
Salu2.
Ayer mismo un taxista se quejaba de la falta de mano de obra ¡en taxi! El que me lo contaba es colombiano. Tiene que hacer más horas y el taxi es propio. Saca consecuencias frente a los que quieren poner puertas al campo humano.
EliminarManos que acarician, que torturan, que construyen que rompen... qué extrañas criaturas, no lo había pensado.
ResponderEliminarCriaturas que han hecho la criatura que somos, eso sí que es verdadera providencia o, mejor, autoprovidencia.
EliminarEso es cierto, las manos definen la persona que seremos, ¿verdad? No son lo mismo las manos contemplativas de un jardinero que las de, por ejemplo, un soldado...
EliminarPero ambas pertenecen al Homo habilis.
EliminarLo nuevo se construye sobre las ruinas de lo viejo, y con la sola pretensión de superarlo, olvidarlo, negarlo, ocultarlo.
ResponderEliminarAlgunas veces lo logran.
Saludos,
J.
A veces para levantar lo nuevo hay que ponder tierra de por medio. Pasaba mucho en el Medio Oriente y esto ya me lo enseñaron hace décadas arqueólogos de Bagdad donde en el pasado habían tenido civilizaciones que para asegurarse supervivencia se trasladaban a otros lugares para alzar sus nuevas ciudades.
EliminarExacto, para satisfacer necesidades, no como medio de especulación, en lo que sé ha convertido el "ladrillo"
ResponderEliminarEl ladrillo viene siendo oro especulativo desde el desarrollismo de los años 60 del siglo pasado. Barrios enteros antes y zonas residenciales encarecidas ahora han sido minas para una casta constructora e inmobiliaria que se ha subido al guindo y no acaba de bajar.
EliminarMira si son importantes, necesarias, imprevisibles, volubles y misteriosas las manos que, en las clases de dibujo, son unos elementos, de los más difíciles de reflejar en el papel.
ResponderEliminarSaludos.
Y sin embargo quien desee desarrollar el dibujo debe domesticarlas, dirigirlas, controlarlas y acabar haciendo aquello que el objeto a reproducir parece estar exigiendo. Hasta los importantes sombreados.
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