"Como una vez te salvé, sálvame,
no me dejes en esta oscuridad que hierve en torno a mí".
Anna Ajmátova, Has vuelto a mí suntuosa.
En la casa de Vera Aleksieyevna te sentías como en unas caldas. Qué afortunado contraste con la intemperie rigurosa. Se agradecía llegar hasta la apartada morada. Nada más entrar te embargaba el vapor emergente de un enorme caldero puesto a calentar sobre el hogar. Sabías que te esperaba una buena zambullida de agua caliente, aderezada por unas sales que escocían benévolamente la piel. Ah, la mano amorosa de Vera Aleksieyevna, que entre tantos cuerpos que pasaron por el suyo eligió secretamente el tuyo. Aunque tuvieses que soportar la temperatura férvida, tu cuerpo se sentía compensado tras una larga e inclemente travesía por la desabrida estepa.
De ordinario Vera Aleksieyevna te ofrecía la más escogida de las sonrisas nada más traspasar el umbral. Pero aquel día oscuro del peor invierno dejó caer un reproche cauteloso y sin embargo enérgico. Cuánto has tardado en volver esta vez, Anton Gregoriev, dijo con un tono de lamento. Si al menos hubiera tenido noticias tuyas. Mira que si llegas y me encuentras en otros brazos solícitos, dijo asomando el sarcasmo. Tú la miraste entonces en la duda de si creerla o no, y a continuación aceptaste un té del samovar, mientras ella, expectante, se sentaba a tu lado. Y vienes justo cuando me encuentro más ausente de deseo, se obligó a confesarte. Pero tu presencia me basta y me satisface. Ya sé que como hombre apasionado siempre me has buscado para colmarte de mi calor, pero ten paciencia ahora. No apremies tu estancia. Mis días hueros pasarán y tú tienes que contarme aún muchas cosas de tus últimas andanzas. Y yo tengo que saber si eres el mismo de siempre o si otras se han quedado con todas tus ganas.
Vera Aleksieyevna apoyó sus palabras con una risa abierta que no supiste descifrar si contenía sinceridad o si se burlaba de ti. Oh, la sentencia del tiempo, te dijiste a ti mismo. Si no borra los recuerdos al menos los altera y los humanos se dejan llevar por el desconcierto. Si no te brinda desapariciones te obsequia con fantasmas onerosos. Si no sacrifica las ilusiones te traiciona con sus falsas esperanzas. Qué tiranía la del tiempo, que se apodera de nosotros con urgencias para a continuación abandonarnos a nuestro desamparo.
Los únicos brazos que me han retenido, Vera, han sido los de mi división, le respondiste ensombrecido. A esta guerra atroz no se la ve final aunque nuestros mandos insistan en que vamos recuperando territorio y que los blancos se retiran o se rinden. Yo no lo veo tan claro. Solo compruebo las atrocidades que ellos cometen y las venganzas que nosotros infligimos. Después de todo la sangre es del mismo color y se mezcla sin resistencias. Los muertos no se resisten nunca, suele proclamar nuestro capitán ordenándonos desde su beodez que avancemos en el ataque. Y casi todo el mundo le ríe de mala manera la gracia ominosa para no ser presa del miedo. Anton Gregoriev, dijo la mujer, me da la impresión de que tú también estás vacío y desganado y juntándonos el hambre y las ganas de comer ¿qué queda de nosotros? ¿Qué aliciente puede haber en recordar nuestro pasado de deseo y optimismo ante este panorama? ¿Qué sentido tendría que tratásemos de embarcarnos de nuevo en proyectos que se truncaron? La guerra nos ha traído el desierto. Los cantos guerreros han suplantado las canciones de la labor campesina. El sonido de las balas ha amortiguado las sirenas de las usinas. El olor a las quemas por doquier ha desplazado el aroma de las arboledas. El miedo ha expulsado a nuestros antiguos vecinos. El afecto de los amantes ha sido reemplazado por el simple desahogo infame y turbulento al que acuden los desesperados.
Pero tú, ¿qué haces aquí?, exclamó de pronto Vera Aleksieyevna. ¿No tenías que estar cabalgando por esos campos de ruinas y de fuego? La expresión de la mujer te sonó al principio más a poesía que a asombro. Pero su tono se fue oscureciendo con acritud. ¿No tenías que aportar valerosamente tu vida al triunfo de la nueva sociedad que dicen que hay que conquistar? ¿No debías dar la cara por la dignidad de la mujer en lugar de venir a buscar consuelo en una casa como esta? Porque no me irás a decir que te han dado un permiso cuando, según cuentan muchos, todo está por decidir y necesitan carne de cañón. Hace poco pasó por aquí un sombrío personaje que, con la excusa de estar con alguna chica, no hacía más que preguntar. Una que le entretuvo consiguió sonsacarle en medio de los placeres, pues hay tanta ebriedad en el amor como en el vino, o más. Ando buscando prófugos para ponerlos de nuevo en primera línea, le hizo la confidencia quien resultó ser un comisario. Por lo tanto es fácil que no esté muy lejos, Anton Gregoriev. Si te quedas aquí, corres riesgo. Pero no puedo dejarte ir con este clima que nos sepulta. Y sé que lo tuyo no es esconderte. ¿Qué quieres hacer? Si sigues huyendo es como si hubieras renunciado a tus principios, por los que ya padeciste antes de la guerra. Si te incorporas de nuevo al frente acaso no vuelva a verte jamás. Y yo...yo...¿Qué debo hacer yo, Anton Gregoriev?
* Boris Mikhailovich Kustodiev, Venus rusa. 1925. Museo de Arte Estatal de Nizhniy Nóvgorod.

Difícil decisión, ¿podría el amor sobrevivir en tiempos de guerra? ¿No se necesita paz para disfrutarlo? ¿Como conseguir la paz contra una guerra impuesta?
ResponderEliminarTantas preguntas que se hará la pobre Venus.
Salu2.
Eso llamado amor se da en cualquier circunstancia. Otra cosa es su supervivencia y duración en ambiente hostil.
EliminarPor otra parte, no sé responder a tu última pregunta. La guerra se va a dar siempre. El tema es cómo asumirla -ojalá fuera cómo tener cordura entre todos para evitarla- cuando llegue. Visto lo visto, y mira que llevan milenios las sociedades humanas, las guerras no se han erradicado. Me temo que no será posible jamás por mor de la condición humana competitiva y que alienta sistemas productivos y de vida sumamente competitivos e impuestos. Pero e stema largo.
Ninguno de los dos puede ya vivir como si el mundo no hubiese cambiado, pero tampoco estáis obligados a sacrificarse en nombre de una épica que solo exige cuerpos y no ofrece futuro. Lo que deben hacer —él y ella— es decidir desde la lucidez, no desde el miedo ni desde la nostalgia. El texto requiere una lectura profunda, casi como si uno entrara en esa casa de Vera Aleksieyevna y me sentara junto al somovar para pensar con ellos.
ResponderEliminarEn la situación narrada no hay mucha perspectiva de futuro alo que se ve. Se puede entrar en casa de Vera, pero con todas las consecuencias.
EliminarEs que no hay color. Ante la disyuntiva que aparece entre volver a la guerra y llenarse de sangre propia o enemiga o zambullirse en los brazos de la buena moza que le ofrece conversación, un té y vete a saber qué más, creo que la elección está clara: primero el amor y la guerra, si es posible, nunca.
ResponderEliminarSaludos.
Acaso hay quien puede interrumpir las mieles para obligar a los pertinentes a sumergirse en las hieles.
EliminarEl cuadro será una Venus y rusa, pero es feo de narices. Perdón.
ResponderEliminar:(
Simplemente disiento de tu consideración.
EliminarDebe ser que desde hace años que descubrí al Rubens de El Prado he progresado -a mi modo de ver y ser receptivo- en la valoración estética del arte, por muy peculiar que este sea.
Quemarse en esas caldas de Vera quizá sea mejor que quemarse en la fría guerra impuesta, como todas las guerras. Los que las combaten nunca las idearon... Supongo que ante la frustración del combatiente, mejor desertar y sentir la agonía más caliente... Estupenda narrativa y el cuadro, una obra que se deja contemplar...
ResponderEliminarHasta pronto.
El problema, Clarisa, es que el poder puede. Es propietario de infinididad de medios. Inclusive los de un Estado. Por lo tanto de infinidad de vidas. Y a ello se prestan o se venden o se ven inmersos a la fuerza los pobladores de una sociedad, de una nación de un Estado. Que reclamen después al maestro armero. Claro que hay quien saca siempre beneficios. Gracias por entender el relato.
EliminarLa historia de los hombres es la historia de los hundimientos y de las supervivencias. No sé si lo he leído en alguna parte en tu mismo blog o me ha salido como una reflexión casual
ResponderEliminarAnder
Puede ser que yio mismo lo dijera alguna vez, pero es uno de los enfoques. La Historia también es la de muchas historias.
EliminarAyyyy ¡¡¡...ayyy¡¡¡...que entre Venús y Marte se encuentra La Tierra...de momento el único planeta habitado...
ResponderEliminarUn saludo
Por supuesto, como terrícola a uno se le ocurre esta ocurrencia, eso.
EliminarMenos hablar y disfrutar de ese momento, porque has de volver Al menos eso era lo que yo hice en la mili,en los pocos permisos
ResponderEliminarSaludos
Sería una opción posible en otra tesitura, no en la que el narrador pretende representar.
EliminarTu escrito está bien estructurado,fácil de leer,hasta yo lo he leído de un tirón, que me cuesta.Pero me suelo apartar de los guiones,manía mía, disculpa.
EliminarSaludos
Oh, no, estás en tu derecho a verlo e intervenirlo como te plazca, yo lo decía por situarlo, pero está bien que uno ante un texto esté tentado a una identificación del tipo que sea y piense eso: yo hubiera hecho, yo haría... Lo literario no es sacro. Y siempre relativo y muy de subjetividad. Y yo cada día más escético, es decir, que me creo menos casi nada que proviene de los humanos como tales. Salud y abrazo.
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