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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 31 de octubre de 2016

Unas huellas 261 años después




Saliendo de Rua dos Bacalhoeiros hacia la de Alfândega te encuentras un espacio a modo de plaza que no es plaza, al menos no de momento. Es un solar amplio, frente a la Casa dos Bicos, con árboles centenarios, cuyo suelo se excava por un lado y se urbaniza por otro. Allí y un poco más adelante, todo son obras y ya se sabe que las obras en curso se hacen sobre otras obras que cumplieron su cometido. De las que no queda su sombra, o eso se pensaba. Pero a veces aparecen en una urbe antigua como ésta, y nos fascinan. Si se las respeta o se las ignora o se las desvía no lo sé con exactitud. No obstante, parece que hoy predomina el primer criterio y uno, que solo está de paso, desconoce el cómo y de qué manera. En esta parte fue el terremoto, dice entusiasmado el obrero que pone la valla. El mar llegó hasta aquí, lo tragó todo y ahora salen los restos de las calles y los muros de los edificios que quedaron destruidos. Habla como profesional al que emociona no solo el trabajo presente sino aquello que renace como huella. Al contar a su modo y manera se vincula con el pasado y sobre todo con los de su oficio del pasado. Por esta parte se ve la calzada por donde iban los carros de hace más de trescientos años. Se desplazaría el rey y la corte que hubiera entonces, pero seguro que también transitaban los arrieros, los porteadores esclavos, los comerciantes que irían a las oficinas del puerto a pagar los impuestos de lo que importaban o exportaban. El obrero pisa el suelo con delicadeza, no tanto porque le hayan dicho que tenga cuidado con los restos arqueológicos como porque comprende el valor natural de lo que hay allí. Si la tierra de por sí siempre es sagrada, me dice, aquella parte de la tierra transformada por el hombre lo es más. Me deja perplejo que lo tenga tan claro. Pienso entonces en una sacralidad añadida, que podríamos decir. Una sacralidad laica que es la que mejor reconoce el significado y el valor de la naturaleza que hemos heredado y de las ciudades que se han construido para facilitar la supervivencia. Ya ve, el agua llegó hasta aquí, repite para que me lo grabe en el recuerdo invisible. Cuando las tripas de la tierra o del mar crujen no se resisten las obras de los hombres, por muy grandes que sean. El hombre ajusta el cercado. Es la hora de acabar la jornada.




domingo, 30 de octubre de 2016

Miradouro de Santa Catarina




Una mujer mira el puente largo sobre el río que ya está a punto de ser mar. La luz se va cubriendo con lentitud de una neblina imperceptible, pero el horizonte se resiste a dejar de ser albo. Es pronto todavía para que se difumine la costa lejana, que se mantiene adornada por un collar de ámbar apenas mutable. La mujer absorbe y expulsa a la vez desde su piel todas las razas que alguna vez llegaron hasta aquí. Si se observa su tez puede nombrar un continente, acaso dos. Si se recorre su figura parece que hubiera nacido apenas nada. Si se dibuja su perfil resulta difícil distinguir qué hay de esclavo o qué de emancipado en sus rasgos estilizados. Se gira, exhibiendo un rostro sin heridas aún. Mantiene generosa mi mirada asombrada. Yo solo espero de un momento a otro un gesto de desdén. Pero su actitud me apacigua. A sus ojos se les ve cansados, señor, pero también en ellos se refleja la luz, llega a decirme. Aproveche lo que queda del día y mire hasta donde ya no haya qué mirar. Siento la bofetada de mi propio rubor. Luego ella se concentra de nuevo en la línea lejana, cada vez más velada. Y yo sueño.






viernes, 28 de octubre de 2016

Praça do Comércio




El hombre de la boina y el bastón no cesa en sus paseos diarios. Dice que aún siente un cosquilleo en la planta de los pies cada vez que sale a la calle. Que se trata de un extraño complejo que le invade desde que en la infancia le contaron de cierta devastación antigua de su ciudad. No le inhabilita en absoluto, ni le conduce a otras manías. Pero ni los años obligados en África, ni la bochornosa sumisión de los tiempos oscuros, ni los cambios traídos por la última oleada de modernidad han podido con su peculiar obsesión. En realidad, dice él, no es angustia, ni me produce inseguridad, sino que más bien es una especie de post sentimiento. ¿Post sentimiento?, le inquiero. Algo así, dice él, como si aquel acontecimiento funesto que causó tanto daño entre los habitantes y bienes de la ciudad permaneciera vivo en una subterránea instancia genética de mi memoria. Le escucho asombrado y trato de argumentar frente a su insólita fijación. Pero eso pasó hace mucho tiempo y han transcurrido demasiadas generaciones desde aquella catástrofe. Los que fueron marcados por aquella desgracia y sobrevivieron hace tiempo que dejaron de existir. Además, ahí lo tiene, hoy todo está nuevo, pujante, funciona como nunca, y usted mismo ha llegado por la bondad de su propia naturaleza a una edad avanzada. ¿Qué más puede pedir? El anciano sonríe con sarcasmo. ¿También usted va a decirme que todo está bien? No olvide aquel poema del filósofo francés:

Filósofos que, errados, gritáis: 'Todo está bien'
¡Acorred, contemplad estas horribles ruinas,
Esos infames restos, esas tristes cenizas,
Esas madres e hijos en confuso montón...!

Ah, pero sería un hombre falso, me dice, si los versos del poeta clarividente los citara solo para evocar circunstancias infames o devastadoras del pasado. Ha habido tantos pasados y tantos desastres. Hay tantos presentes y tantas calamidades...Me sorprende y consigue llevarme a su orilla. ¿Quiere decir que los versos de Voltaire, a quien tanto impresionó la destrucción de esta ciudad, siguen en vigor? ¿Que no son retórica ni plegaria sino una reflexión profunda sobre la pervivencia del infortunio y del mal? Hijo, me responde el hombre, la sensibilidad de la poesía es duradera. No por la poesía misma sino porque las desdichas que los hombres o la naturaleza causan siguen repitiéndose como en las épocas más lejanas. Ya dice en su poema el autor que ambos admiramos:

Todo, elementos, bestias, humanos, está en guerra.
El mal domina al mundo, hay que reconocerlo.
Su principio secreto no nos es conocido.

El anciano me deja la cita a modo de despedida. Luego prosigue su paseo mientras una humedad blanca impregna la plaza.





miércoles, 26 de octubre de 2016

Miradouro de Santa Luzia




Las buganvillas recubren la marquesina del mirador. Algunos visitantes apresurados se regatean por la primera fila, pero desaparecen enseguida. Dos mujeres jóvenes llegan riendo hasta la baranda azulejada. La más alta posa para la fotografía que le va a hacer su compañera. Una parra corona su cabeza mientras se apoya en una columna. Eso las divierte más y la que posa dice: eh, mira, soy Baco. Y eleva su cabeza para que las hojas se ajusten a sus sienes. Se vuelven hacia el horizonte, se abandonan a la expectación y al silencio. Miran los colores -blanco, almagre- del caserío que se precipita abigarrado y tranquilo, sin perder el equilibrio, hacia el estuario. La mujer de menor altura sujeta de la cintura a la otra. Un estremecimiento recóndito y prudente las recorre. Una propone: yo cierro los ojos, tú te fijas en una parte del paisaje, el río, por ejemplo, o las casas, o los barcos, o el lado de la iglesia, y a continuación me lo relatas con todo el detalle posible, para que yo lo vea. Luego yo hago lo mismo y tú tienes que ver, también a ciegas, según te lo voy contando. Hay emoción en los ojos de las mujeres. Tiemblan por el juego, también por el paisaje que van a ver y a imaginar. ¿Sabes que lo bello, si además es real, siempre deja pequeño a lo imaginario?, le pregunta la otra. Pero yo no lo voy a imaginar, tú me vas a guiar a través de lo que existe con tus palabras, le responde. Sus miradas están cargadas de un paisaje abierto. De un paisaje en dos direcciones. Con o sin las hojas de parra eres Baco, sí, dice con insinuante ternura la mujer más leve.



martes, 25 de octubre de 2016

Praça de São Paulo




Una mujer mira a un hombre a hurtadillas. Él la mira también pero ella no quiere obsequiarle más su mirada y le olvida. Él la observa, unas veces con descaro, otras con pudor. En una ocasión coincide la horizontalidad de los ojos de ambos. La línea que se dibuja entre uno y otro parece larga. La mujer se turba y ambos restañan con miradas líquidas sus tristezas. Ella, de pronto, le aparta, porque si por un instante más le retuviera lo recordaría. Y ella no quiere recordar. Recordar es más que un ejercicio de recuperación temporal. Es una condena. Se recuerda por frustración, porque se tuvo y se perdió. Se hace imaginación del recuerdo por lo que se pudo tener y no se tuvo. En cualquier caso, ese intercambio de una mesa a otra del bar resulta una curiosidad, activa un juego. Ninguno de los dos ignora que se trata de un recurso para sentirse vivos. Más pragmática, ella razona: si no retengo no llegaré a añorar. Gira la silla y deja de mirar hacia el hombre, al que regala su nuca distante. Él sorbe lentamente un café expreso, cuyo denso humear dilata el horizonte. Las volutas del café y las que caen del cabello sobre el cuello de la mujer se encuentran en un infinito improbable.





lunes, 24 de octubre de 2016

Sim e não




"traída a la luz
traída a la libertad de la luz
traída al asombro de la luz".

Sophia de Mello Breyner Andresen



Entre el sí y el no se encuentra la ciudad. En su medida y en su desmesura. Ni su proporción basta para explicarla ni su exceso la condena. Se mira, se pasea, te detienes. Subes y bajas por ella con una sola pregunta en los labios de tu afán: ¿dónde permanezco absorto hoy? O acaso una demanda más: ¿dónde me acomodo hoy? Acomodarse es armonizarse. Con el entorno, naturalmente, pero sobre todo contigo mismo. Lo demás sería un accesorio de palabras que jamás podrían sustituir a la imagen. Y sobre todo la propiedad sensorial que, a medida que andas, destaca dentro de ti. El no y el sí de la ciudad que visitas se encuentran bajo tus pies. ¿Seguirán mis pasos alguna linea de la antigua fractura?, te preguntas. El sí y el no de la ciudad que recorres sin urgencia flotan como una caricia alba. ¿Tendré suficiente mirada para tanta dilatación?, te dices. Su claridad abre los cuarterones de tu pensamiento. El sí y el no te elevan y te descienden, y las piedras ajustadas y diversas que pisas son una orfebrería bajo la que subyace un tejido más antiguo a través del cual medió el caos. ¿Alguien podría imaginar, al contemplar hoy la ciudad creciente de colinas y vaguadas, que apenas hace dos siglos y medio largos fue objeto de la calamidad? No tendrás palabras adecuadas para interpretar cuanto te acoge. Sí tendrás sensaciones profundas, algunas inexplicables, para la exultación que padeces. Querrás ser suelo herido. Desearás palparte cual humedad horizontal. Anhelarás saberte luz que se rescata a sí misma. Vayas al rincón que vayas, de lo alto o de lo bajo de la ciudad, también hallarás la desembocadura en la que te afirmes. 



sábado, 22 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 58




"Siente el larvado sinónimo
de lo que es y no es".

Max Maxius, Pseudoprophetica.



Desde el principio que no hubo no vivimos para reconocer nuestra condición, sino para fantasear y hacer ficción y perseguir ideales que hay en esa peligrosa propuesta, y ya se encargaron los magos de la tribu, los antiguos profetas, las sempiternas castas sacerdotales, los doctrinarios laicos y los publicistas actuales, nuevos depositarios de la revelación de la farsa, de que generáramos ídolos, cuyos rostros y envergaduras admiramos hoy, a muchos de ellos como meras representaciones, a otros como objeto de culto y delegación de su creencia, a otros tantos como símbolos que alteran realidades, y todos ellos adobados por el torpe sentido onírico que solemos los humanos desarrollar cuando estamos despiertos, no necesariamente con opios y mezcales diversos, sino con la palabra venenosa, la palabra que erosiona la conciencia de las realizaciones que los hombres deberíamos más bien labrar y fortalecer, pero nos cuesta renunciar a vivir para las obtusas y deleznables ideas de los caudillos y los clérigos de todos los colores, nos resistimos a generar márgenes donde recrear vidas no dirigidas, nos entregamos a derivas que se consolidan a la vez que nos vacían, nos damos a la ruleta de invenciones que no son las propias de lo que cada individuo podría recrear con brillantez, sino meras repeticiones de lo que los avispados de este mundo convierten en negocio y control, y es que la verdadera invención, su sentido exquisito y que abre perspectivas está eclipsado por la uniformidad de conductas, por actos sujetos, por dudas que se reprimen en lugar de fecundarlas para obtener un ciclo de claridad permanente, y en medio de todo ello se acusa la carencia de humor transversal, profundo, ético, pero reparador y también constructivo, y es por ello que viviendo sin distinguir las posibilidades y los límites de aquellas ficciones mediocres que nos tientan a cada instante, nos dejamos conducir a una confusión superior, y hallan de este modo vía libre los intereses más espurios, que siempre son destructivos, siempre son para beneficiar a un grupo pequeño del planeta a costa del esfuerzo de los seres del silencio y llegado el caso, más cotidiano y frecuente de lo que nos pensamos, del dolor y de la devastación.   

No sé si el tono profético de Max me tranquiliza o me asusta. Más.



(Fotografía de Jerry Uelsmann)


lunes, 17 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 57



  
"O Fortuna, 
velut Luna
statu variabilis, 
 semper crescis 
aut decrescis..."


Carl Orff, Carmina Burana.



El azar, esa constante única en cada naturaleza. Es único porque no se transfiere, no se repite a menudo bajo la misma forma u ocasión. El azar y tú van de la mano. El azar de otro puede inferir en ti, unas veces lateral, otras directamente. El azar del otro puede poner en jaque el tuyo, pero el tuyo decide. Sólo tú puedes valorar lo que ha significado en la condición y desarrollo de tu vida. El azar también tiene dos rostros, dos burlas, dos opciones, dos elecciones, dos límites. ¿Se puede soslayar el azar? Lo dudo, ahora bien, ¿cómo se conjura a favor de uno de sus lados de Jano invencible para que el otro lado afecte lo mínimo? Encuentro por un cajón una moneda antigua, toda achatada, donde se lee la inscripción Fortuna. Qué invocado era este concepto en el mundo clásico, principalmente en el romano. Los hombres habían inventado la diosa particular que propiciara suerte, logros, bienestar, riquezas. Pero los hombres sabían que sin la posesión pecuniaria, las otras, ya de por sí reducidas, poco proporcionaban. Así que, no obstante estar figurando inscrita e icónica la Fortuna en templos, tumbas, monumentos y lápidas viarias, los hombres la incorporaron al símbolo por excelencia del valor de cambio. Pusieron sus designios en el dinero y aún no los han retirado. ¿Creyeron alguna vez en Fortuna como diosa o como vehículo de compra y venta? Una vez más, los dioses son justificaciones estériles del verdadero poder que a veces conjura provisional y limitadamente el azar y el riesgo desventurado de nuestra especie. ¿La Fortuna y tú os acompañáis? Busca otro daimón que te haga afortunado pues, como bien dice un amigo, tal como vamos nos lo quitarán todo.




  

sábado, 15 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 56




"Es de noche: solo ahora despiertan todas las canciones de los amantes. 
Y mi alma es la canción de un amante".

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra.


Los amantes deambulan por los sueños. Se acercan, se miran, se rodean, se perdonan. En los sueños el amor es sobre todo tentativa y si cuaja se trata de un desafío cuya distancia no acaba de recorrerse. El amor onírico está cargado de tactos y de movimientos y de palabras que bullen inconexas, que se disuelven antes de que los cuerpos se congreguen. En ese mundo polimórfico que propicia el sueño no hay culpa ni compromiso indefinido ni mucho menos llanto. El amor de los sueños no va a ninguna parte, y en eso se parece al de la orilla consciente, y aunque ambos amores no se distinguen en algún tipo de inclemencia el del sueño hiere menos, o acaso se siente menos el dolor. No existe el amor frustrado, porque se entra y se sale del deseo con la habilidad que proporciona desdoblarse y ser incluso el que no se es. Los amantes se recuperan como tales allí donde no puede imponerse el desgaste de la vida ordinaria. El amor en el sueño goza de la sorpresa de los encuentros más insospechados y las traiciones se obvian simplemente porque se han desvalorizado. También hay algo de amor grupal en el amor que se sueña. Algo primitivo que descorre el velo de las pasiones y se hace cómplice. Algo que se ilumina desde la hoguera en el fondo de una cueva donde no se distingue quién es de quién porque nadie es de nadie. En el sueño el amante se une y se separa de la amante por un impulso más que por el deseo. En el sueño el deseo de los amantes tiene principio y se amplía y adquiere la forma de una luz que deslumbra para que no haya final. Y no hay final. En el sueño nada se ejecuta ni se consagra ni pone en peligro. Los amantes, en el sueño, extienden la palma de su mano, cierran los párpados, escuchan las dubitativas o eufóricas voces del otro, diluyen la desnudez en un ejercicio de fuga que prescinde del tiempo. Pon el oído a lo que hablan los amantes en el sueño. Lo que se dicen es silencio, del que no quieren despertar.




(Fotografía de Nadia Bedzhanova)


jueves, 13 de octubre de 2016

Morir por las ideas




Cómo siguen en vigor los juglares. ¿Quién les puede disputar su clarividencia y su desencanto? 




No voy a hablar de los que mueren por las ideas, o por sus fijaciones, o por sus fes, o por sus obsesiones maníacas. Solo recordar que muchos viven por sus ideas, ah pero no por las ideas puras, ni bondadosas, ni generosas, ni entregadas desinteresadamente. No, no creo que muchos vivan por ideas, sino por el chollo. No creo que haya nada sin interés en esta existencia. Siempre hay moneda de cambio o bien en dinero o bien en especie, y dentro de la especie está conseguir medios de poder, o un ascenso, o un puesto de trabajo, o simplemente el sentirte bien al hacer algo positivo por otro porque a cambio pues eso, te vas a sentir bien. Y hay unos otros que les hemos conocido de toda la vida que solo están para lograr más y más beneficios, usen a Dios o al Estado o a la Sociedad, conceptos unos fantásticos y otros relativos, pero que vienen de miedo para asegurar propiedades, ejercer influencias, ahondar en el control de los hombres. Lo malo es cuando progresan más en su línea de Gargantúas del poder y del dinero porque encima el fiasco de las supuestas izquierdas de este país se lo propicia. A este paso, ya no es solo que se adueñarán de todos, todavía más, sino que viejos tiempos estarán presentes con una imagen aparente pero con funciones de fondo como en el pasado. Sí, los cuadrilleros de la Santa Hermandad y la Santa Inquisición seguirán siendo formados de la mano de los que hablan de la otra vida y solo viven con ansia de ésta. Y seguimos llamando desde la Constitución de papel estado laico a lo que es, también, un fiasco.


http://politica.elpais.com/politica/2016/10/12/actualidad/1476270980_031399.html

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 55




"...lo que hace que una narración sea buena no es la historia en sí misma,
 sino qué sigue a qué en una historia".

Joseph Brodsky, Marca de agua.


¿Te has dado cuenta de que nacemos de lo narrado?, dice Max desde su rincón en penumbra, mientras la lluvia arrecia fuera. Por más que hagamos el esfuerzo de recordar el origen, que no lo conseguimos nunca, en realidad imaginamos. Pero no imaginamos del vacío, sino desde aquello que nos han contado. ¿Y qué nos han contado? Retazos, cuya composición y color dependen de los intérpretes. Si me preguntaran cuál es el primer recuerdo que tengo diría que aquel que no me viene a través de la memoria sino por las sensaciones. Entonces, ¿será que lo que recordamos son las sensaciones? ¿Nos hacen antes que nada los sentidos reflejos? ¿Respondemos al instinto antes que a todo lo que va a venir detrás y que llaman cultura? La vida y sus episodios. Cuando empezamos a tener conciencia del recuerdo el instinto nos ha nutrido, los sentidos se han desarrollado, las emociones han ido ocupando espacios, los sentimientos van tomando carta de naturaleza menos natural. ¡Y todo eso es aprendizaje! No tengo recuerdo de la primera vez que estuve a punto de ahogarme en el riachuelo, pero me lo contaron tantas veces que me lo imagino aún. Incluso lo siento o me parece sentirlo. Todavía cuando aparece en mi mente el tema percibo la piel amoratada y la respiración dificultosa y me parece ver cómo acuden mis tías y me dan palmadas fuertes para que reaccione y siga viviendo. Un episodio relatado que se reconstruye en mi cerebro como si se tratara de la memoria. Algunos dicen que existe la memoria subconsciente, que hay un cierto tipo de memoria del instinto y que su valor se manifiesta en efectos de conducta o de gusto duraderos a lo largo de la vida. ¿Será esa la explicación de mi escasa propensión a meterme en el mar o bañarme en un río donde no veo ni toco el fondo? No te doy la lata con los recuerdos reales o imaginarios, dice Max; bastante paciencia tienes conmigo. Pero ¿no es curioso que iniciarnos en la vida sea ante todo un relato? El escribiente al uso, no sé si profético o no, que dijo una vez aquello de que en principio fue la palabra no andaba descaminado, aunque luego la idea se haya utilizado para objetivos esotéricos. Vivimos como narración. No es porque nos cuentan desde el principio infinidad de historias para entretenernos y recrear nuestro frágil y desocupado magín. Sino porque cuanto nos va aconteciendo en esos años de dominio del instinto se va convirtiendo en narración por sí mismo. Cuanto de niños fuimos haciendo los adultos se lo fueron contando unos a otros, y luego el anecdotario nos ha ido cayendo a nosotros a medida que íbamos entendiendo, según íbamos adquiriendo lo que llaman uso de razón y que a mí me parece un equívoco, porque vivimos rodeados de gente madura e incluso anciana con dudosa razón o con escaso ejercicio del razonamiento, y luego incorporábamos su versión a nuestras señas de identidad. Hasta tal punto que habrá muchas vivencias y actos de nuestra infancia que nos han llegado mezclados de verdad y de mentira. Si hubo ficción y engaño los hicimos nuestros y creímos que nos había sucedido. Así aconteció igualmente con las ideas absolutas que fueron incubando descaradamente en nuestra inconsciencia. ¿Ha habido mayor falta de respeto, mayor grado de criminalidad sobre las conciencias, que inventarse conceptos absolutos inexistentes, con nombres y con mitos y obligar al niño a creérselos? Convéncete. La verdad sabemos que no existe. Pero la mentira, con cualquiera de sus múltiples caretas, nos ha configurado de tal manera que, como dice un amigo, para no amargarnos y sobrevivir con dignidad solo nos queda el recurso del humor. A eso hay que llamarlo afrontar la vida. 


(Fotografía de Thomas Godd)


lunes, 10 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 54





"Nosotros, los salvados,
Siguen colgando los lazos hilados para nuestros cuellos".

Nelly Sachs, de El coro de los salvados.



Solo me considero a salvo en el sueño, no quiero decir estar tranquilo ni seguro ni feliz, porque no conozco ninguno de esos estados, sino que estoy a salvo allí dentro, como poco me encuentro físicamente a cubierto de los aconteceres de aquí fuera, que si en el sueño mi ciudad es víctima de devastadores o los perseguidores de la bondad humana tratan de obligarme de nuevo a tragar doctrina o perece alguien a quien mucho quise o no llego a tomar un tren que se aleja dejándome en el desamparo, un tren que llega y se va antes de que me dé tiempo a subir, cuyo destino no existe, pero que en sí mismo es como una fuga, y tampoco sabiendo de qué me fugo, en definitiva, imágenes fieles de mi propia vida, de lo vivido antes o después durante tantos años, donde las personas que he tratado se mantienen como si sus faces no hubieran cambiado, como si incluso no fueran ahora esqueletos en bastantes casos, siempre me queda el recurso del despertar, aunque sé de individuos que no quisieron despertar, porque querer no siempre es volitivo, no siempre es conciencia, hay individuos que hacen del querer y del poder algo más profundo, que igual les proporciona beneficios durante algunos años como les condena, y han llevado sus ansias a niveles más profundos de la conciencia, y entonces se les escapa la posibilidad de control, y perecen en el sueño, debe ser interesante creer que te vas a la cama para unas horas y que luego las horas son eternidad, porque quieras o no, en general del sueño de la noche se emerge, si bien hay despertares que aún arrastran la mano larga de lo soñado, no recuerdas apenas el episodio soñado, se trata de una especie de hálito que te envuelve, una costra que te sigue aislando durante unos minutos o incluso durante unas horas de otros seres, que si tienes que hacer necesitas que nadie interfiera en ti, y entonces te muestras huidizo o antipático o desinteresado, y repercute en las actividades pendientes, es una corriente que se instala en tu cerebro, como que una determinada clase de emoción te sujeta, si es de miedo te abruma, si es de deseo te agita, si es de angustia siento mi cuerpo trastornado, mi boca ensalivada, mis tripas revueltas, mis extremidades cansinas y agarrotadas, como si hubiera habido un derroche intenso de actividad neuronal que afectase a toda mi carne, y aquí me expreso a lo científico, sin serlo, porque tampoco me importa, si es una vez o una serie de veces dispersas en el tiempo no me importa, pero uno quiere expresarse como si fuera objeto de análisis de la ciencia, no por mi propio caso, sino porque cualquier hombre está sujeto a la intromisión de la ciencia, pero no es el caso, el caso es que uno se despierta algunas mañanas como si se estuviera haciendo, como si no procediera directamente del sueño, sino de un útero, y sintiera el dolor del desalojo, y si bien nos parece que el sueño ha quedado atrás lo que realmente hemos dejado atrás es esa salvación nocturna, y acaso me doy cuenta entonces de que la mano del sueño era mi origen, que sabiendo que salgo de él no quiere que me olvide, y me obliga a avanzar a través de la mañana sin dar pie con bolo.   




(Fotografía de Andrea Tomas Prato)


sábado, 8 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 53





"Qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso".

Julio Cortázar, del poema Después de las fiestas.


Aunque son apenas las siete de la mañana y la mañana es fría me he acercado a casa de Max. No me sorprende que no esté. A veces le da por salir a pasear muy temprano por el campo. Así que me he dado la vuelta, ya volveré en otro momento. No he podido, no obstante, evitar acercarme a su mesa de trabajo y echar una ojeada indiscreta. No, no era mi intención espiar sus huellas, digamos. Pero mi curiosidad era incontenible, y he leído algunos apuntes manuales. 

Pone Críptico, sin más, y luego Y preservabas mis sueños. Y soñabas mis deseos. Y eras rumor en las noches de lluvia. Y aire que decantaba la calima. Y susurro en medio del silencio. (Aquí ha tachado y fuego entre mis rastrojos) Y eras la cerca que impedía la devastación. Y tus pies andaban mis pasos. Y tus manos hablaban: enseñaban a hablar a mis manos. (Aquí hay una frase que también hace referencia a sus manos pero las últimas palabras están encogidas, no las interpreto)  Y al agudo e inquieto despertar de la noche tu presencia salvaba. Y si acechaba tu ausencia, yo te recreaba. Y la realidad del largo día siempre era ficticia porque a la postre lo real resultaba ser el sueño. Donde hacías de mí uno. (Ahora pone algo así como Donde amagaban los otros, pero no estoy seguro, está muy desfigurada la letra) Tal vez un intento fallido. Tal vez una espera larga. Tal vez (Aquí se interrumpe)

Hum. ¿Qué invenciones se traerá Max entre manos, para no haber descansado esta noche?



(Fotografía de Donata Wenders)



jueves, 6 de octubre de 2016

Siguiendo las escrituras (y agudas ironías de calado) del escritor Miguel Sánchez-Ostiz




Entre los diversos blogs que sigo de modo alterno hay uno, el del escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz, que procuro saborear más que leer. Vivir de buena gana no es un blog específicamente literario, de esos que hacen críticas genéricas,  o sí lo es en el sentido en que vincula los acontecimientos que vivimos con su fino y agudo olfato de hombre de edad avanzada que ha visto cómo se repiten a lo largo de la historia los mismos tics de los españoles y, más allá de estos, de los humanos en general. Y lo relata como una miscelánea espontánea, de hombre que tiene criterio, experiencia y necesita soltar lo que lleva dentro antes de que la bilis que regula el cuerpo se convierta en bilis negra. Sin pretender ser un pseudo analista al estilo de tanto tertuliano sabelotodo de nuestros días o de los politólogos que presumen de una ciencia cuasi infusa (así nos va), sus percepciones las expresa siempre con clarividencia, con afán contundente, obviamente no exento de rudeza y alta dosis de amargura en ocasiones, por no decir desesperanza. Que la jerga muy al estilo de Pamplona lo suaviza y lo dota de una ironía sabia, no hay duda, se agradece, aunque el que no sea de su tierra no capte bien algunas expresiones. Leía yo sus últimos artículos y me sentía refrendado en mi inquietud y mis pensamientos sobre el país. ¡Si piensa como yo!, suelo decirme (debería más bien afirmar: si pienso como él) con la diferencia de que él sabe decirlo con precisión divertida y honda intención, y yo, si lo intentara, haría demagogia barata. Vean, pues, señoras y señores, una muestra, su último post.


https://vivirdebuenagana.wordpress.com/2016/10/05/que-hacer-para-variar/



martes, 4 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 52




"La grandeza en el hombre consiste en ser un puente y no una meta:
lo que se puede amar en el hombre es que sea un tránsito y un ocaso".

Friderich Nietzsche, Así habló Zaratustra.



Vivir sin que la nostalgia exprese frustración. Vivir renunciando a ídolos. Vivir en la presencia siempre latente de nosotros mismos. Vivir en la coincidencia con los otros hombres, aun admitiendo la contrapartida de la disidencia. Ser conscientes de la física que ampara la vida. La dinámica del mismo camino, que nos ha proporcionado encuentros y también diferencias. Admitir que por sí misma la dialéctica de nuestro continuo movimiento tendrá un fin. El que quiera fantasear, cual efecto placebo, con la posibilidad de lo imposible, vida después de la vida, por ejemplo, es cosa suya. Yo no animaré jamás a ese pensamiento obsoleto. Pues ya se sabe que quien vive de ello se despista de tomar la flor del día. Si fuéramos aún latinos diría que la auténtica religio, ya sea traducida como recuperación o como vínculo, debe ser con la naturaleza en todas sus dimensiones. Nosotros somos una de las formas que la naturaleza adquiere. Reencontrarnos siempre y vincularnos siempre a una esencia que se expresa cada día, cada instante. Con las voces interiores y los desgarros exteriores. Con las simpatías y con las defecciones. Con el gozo y con la caída. Con las dudas y con las certezas, siempre tan relativas. Aun sabiendo que a los humanos se nos brindan maneras de soslayar el conflicto y el desconsuelo, somos conscientes de que, en múltiples ocasiones y con diferente vigor, los hacemos crecer en lugar de conjurarlos. Hablar de hombres no es homogéneo, y mientras a unos la vida les proporciona una cierta clase de ausencia de riesgo, a otros el riesgo va más allá y se traduce en miserias encadenadas. Una condena: cuando el individuo relega el ejercicio del pensamiento y concede carta blanca a los farsantes la desgracia está servida. Lo peor es el desencuentro con uno mismo, sea como expresión individual o como reflejo colectivo. No hemos llegado hasta aquí para abandonarnos a ser mera materia bruta. Aunque los caminos del afinamiento han aportado mucho a la humanidad, la contingencia siempre nos acompaña. Las manos de la voluntad deben ser puentes, no obstáculos. 




(Fotografía de Vojtech V. Sláma)



domingo, 2 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 51




Baile o fuga. O la danza de la huida. Muchas veces no sabemos por qué y para qué la interpretamos. Al fin y al cabo danzar es emprender una fuga, como lo es contar una historia o interpretar un papel o perseguir pensamientos. Se podría aseverar a su vez lo opuesto, que toda escapada tiene mucho de ritmo ejecutado. Delimitados por los claroscuros somos sombras huidizas. Perfiles imprecisos en los que no nos reconocemos. Y, sin embargo, en ocasiones hay que fugarse. Antes de que nuestra torpe figura se diluya en la oscuridad. Es demasiado pegajoso el suelo que pisamos y excesivamente denso el aire. Las otras manos ya no dan calor. Las costas del hombre le niegan las flores. Suenan tan perversos los cantos de las sirenas. Y además el oleaje carece de espuma. Y el corazón ya no escucha. Ah, si pudieras fugarte. Ah, si una noche de otoño un farero...



(Fotografía de Yuki Onodera)