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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








sábado, 30 de abril de 2016

Aquellos estos árboles, 6





"Yo he dado el reino de mi edad a la noche de los cuerpos
para saber si hay una luz detrás de la puerta cerrada".


Pero no la había, Alejandra. Algunos de los que nos precedieron no llegaron a tiempo de comprobarlo. Otros creyeron abrir la puerta que debía depararles la luz y la negrura les engulló. Otros permanecimos con la mano en el pomo, indecisos, y dimos un paso atrás. Pasó el tiempo de permanecer en la estancia que creímos ocupar. Se difuminó el clamor salvaje de la edad. Se nos negó la promesa del reino que apenas distinguimos. Porque todo era ficción. Nuestras ideas, nuestras fuerzas, nuestras alegrías que proclamaban vida en ciernes sobre el erial. El tránsito fue una galopada, es cierto. Y el ritmo de nuestras propias pisadas, que multiplicaban el número real de los advenedizos, nos hizo crecer como fantasmas. Alguna vez pienso incluso si realmente existimos. Ni siquiera quedan imágenes nítidas de la noche de la carne tímida. De todo aquello permanece la dispersión. Eso es lo único real. Una extensión de vacíos. Una navegación perdida de voces. Y una cifra larga de rostros que hoy no reconoceríamos seguramente. ¿A qué nos dimos, a quién nos entregamos, Alejandra? Como un solo cuerpo alzamos una arquitectura invisible. ¿Qué contemplábamos al asomarnos desde sus agujeros en construcción? Fantasías. Pero tú y yo, Alejandra, nos encontramos un tiempo después. Cuando ya no querías estar.




(Fotografía de Evgeniy Shaman)


jueves, 28 de abril de 2016

Aquellos estos árboles, 5




El humano necesita recibir avisos del azar. En forma de error, de desliz, de rotura, de fallo, de despiste, de caída, de herida, de pérdida. Creo en esos avisos que nos sitúan en el terreno en que el hombre es más auténtico. En el de su fragilidad. Uno se sobrepone a ellos antes o después y aprende. Son avisos que nos rebajan, nos desvisten, nos muestran la inconsistencia, nos derriban del pedestal que cada uno tiene erigido para su narcisista contemplación, nos iluminan, nos enderezan, nos hacen conocernos más porque hablan más de nosotros que los algodones de la cuna. No pongo ejemplos. También advierto que no es agradable, obviamente, recibir cualquiera de esos avisos, que no se desean y que tratamos de regatear. Pero las leyes físicas están ahí y en cualquier momento nos llega la bofetada. A veces esos avisos incluso pueden repetirse en poco tiempo. Algunos individuos, entre los que me hallo, consideramos que hemos recorrido gran parte del abanico de esos términos en que se manifiestan, y que citaba al principio. Y, sin embargo, aquí estamos. En cierto modo rehabilitados ante nosotros mismos. Porque solo fuimos puros cuando no teníamos experiencia todavía. No, no es el inexistente buen camino el que enseña al hombre a vivir, sino aquel que está más o menos ahíto de dificultades, el que su dirección queda oculta por el ramaje, el que recibe el eco de voces de monstruos, el que llega a cruzarse con otras sendas despistándonos de la elección o simplemente donde la huella del recorrido se borra de improviso. A uno no le queda más remedio que elaborar su propia guía de perplejos si quiere sobrevivir.



  
(Escultura de Sebastiá Roig, tomada de http://elojoheterotopico.blogspot.com.es/ )



miércoles, 27 de abril de 2016

Volverán gaviotas victoriosas




Pues eso, parodiando cierto infausto himno: Volverán gaviotas victoriosas. Póngase al verso que no merece tal nombre la música del Cara al sol. Visto lo visto, ¿a quién habrá que agradecer tamaña desgracia?



(Fotografía de Andreas Heumann)


domingo, 24 de abril de 2016

Aquellos estos árboles, 4





"Y las vidas estaban
en brazos de las olas".


Arquíloco, al cantar el poema de este modo, pudo dar a entender que descubrió la metáfora detrás de su experiencia física y real. Él tuvo que abandonar su isla cicládica original para ir a un territorio alejado, aunque también marino. Si bien encontró un destino más seguro -todo lo relativamente seguro que pudiera ser en aquellos tiempos- que el que espera a los nautas forzosos de nuestros días. Hablo de esos exiliados perdidos, de los desterrados de mil países, pasajeros de ida y vuelta, ya espuma cotidiana de la mar. ¿Veis? Yo mismo no me resisto a expresarme con el recurso tentador. Seducido unas veces por la magnificencia expresiva de la metáfora, en otras ocasiones siento repugnancia por su empleo banal. Cuando se tiene seguro el hogar y la comida, y bastantes cosas más, somos capaces de vivir prácticamente entre metáforas. Riesgo consiguiente: no reconocer la realidad cruda y dura, subestimar el esfuerzo, ignorar lo efímero de las circunstancias, entregarnos ingenuos al discurso simple cuando no único que se va imponiendo. Configurar nuestro cuadro de pensamiento al dictamen del mejor postor. Es un proceso lento pero crónico que, en un momento dado, se agudiza. El pensamiento prostituido también puede ser de ida y vuelta, y depararnos una factura cuantiosa. El acontecer de las sociedades humanas y sus instituciones políticas han padecido tantas veces sus efectos. Mientras, nos sigue gustando hablar del mar de la vida, de sus salinos ingredientes, del susurrante mecer de su oleaje, de las playas acogedoras a donde nos conduce la navegación vital. Metáforas obsoletas de una pseudopoesía anquilosada en el corazón de los hombres.




(Fotografía de Toni Catany)





jueves, 21 de abril de 2016

Aquellos estos árboles, 3






"La soledad: hay que ser muy fuerte 
para amar la soledad".


Siempre intrigante Pasolini. La soledad, otro tabú. En el mejor de los casos, un término discordante, impreciso, a la libre interpretación. ¿Es análoga la soledad del joven a la del anciano? ¿Es la soledad lo mismo en el que tiene recursos que en el que carece de ellos? ¿Puede aplicarse el término por igual al enfermo que al sano? ¿Se trata de idéntico concepto en quien elige estar solo que en quien está obligatoriamente, más deprisa o más despacio, solo? Probablemente estemos hablando de cosas diferentes cuando dejamos que una palabra descienda de su tentadora abstracción y se matiza en el cuerpo del hombre. La soledad es carne, no idea. En aquellos encuentros entre el anciano y yo salía a relucir con frecuencia la soledad. ¿En qué consistía la conversación? En una queja fugaz, ahogada. En dos palabras proyectadas con el eco de los puntos suspensivos: esta soledad... No era diálogo, no había discusión. Él no quería hablar del tema, más allá de la expresión lapidaria. Ni pretendía trasmitir a nadie un desgarro, que no consistía en el abandono, sino en una sutil y paulatina marginación que el viejo siente en la materia de su ser. Al hombre, en aquella década casi centenaria, no le gustaba ser prolijo ante situaciones o forzados razonamientos que no atajaban lo inevitable. Como si se diera cuenta de que no había solución. A veces añadía: no sé para qué está uno todavía aquí. La soledad del hastío, la lenta asunción de la desesperanza. El rostro de un anciano es un rostro ajado no solo de pieles sino de certezas. La soledad es la desposesión de facultades, pero también el acoso de la duda casi absoluta. El vaivén de un para qué escéptico que ya no golpea cuando arrecia el viento.



(Fotografía de Hervé Guibert)


martes, 19 de abril de 2016

Aquellos estos árboles, 2





"La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas."


Vladimir Nabokov empieza así su libro Habla, memoria. La rendija de luz, que a los humanos nos parece de una duración larga, apenas es un intervalo. Pero fraccionamos el intervalo en pausas más pequeñas, al principio sin darnos cuenta, más adelante admitiendo que la vida va siendo una partición. Más allá del tiempo y de los aconteceres, ¿es la memoria el cuchillo afilado que diezma nuestro tránsito? La memoria no es fiable y como sucede con una hoja de metal puede estar mellada, desgastada. Su acero, rigurosamente templado en origen, va adquiriendo una debilidad traidora. Hasta que llega el momento en que apenas secciona nada y, aunque nos hace creer que la existencia ha sido un enriquecimiento de experiencias, a lo cual consideramos nuestro tesoro, no es sino el humo de la vida al que denominamos recuerdos. Su filo se ha vuelto tan frágil como un junco, al estilo de aquellos que acariciábamos a la orilla del río de infancia, sin darnos cuenta de que en realidad acariciábamos la metáfora. La memoria es, a la larga, solamente un lugar seguro para olvidar. Olvidamos paisajes, acontecimientos, aprendizajes, rostros, intenciones. Tal vez, incluso, nos vaya preparando, o nos anuncie la senda adecuada, para el no paisaje, donde no floreceremos jamás cada primavera.



(Ukiyo-e)


viernes, 15 de abril de 2016

Aquellos estos árboles




"El enigma de lo invisible es el enigma
de la memoria. Lo invisible es precisamente lo que
nadie recuerda. Como esa canción
que conocías, como el chiste que una vez te hizo
llorar de risa...

Y dices que hace un tiempo estos árboles
no eran como estos árboles, que hace un tiempo
estos árboles en el viento eran mucho más
árboles que estos árboles...

Pero el lenguaje, por supuesto, es un tipo de canción
de cuna."


Charles Simic escribió este Poema hacia 1974. Entonces en aquellos árboles que debieron existir, y que ahora nos parecen invisibles, buscábamos cobijo. También diversión, también el ejercicio del pequeño héroe de juventud que cada cual quiso ser. Porque ser es sentir, es imaginar, es vivir a los dos lados de una línea imperceptible saltando de uno a otro azarosamente. Nos desbordaba el ramaje, nos atraía el tronco, nos seducían sus raíces. Yo era joven entonces, aún. ¿Veíamos más un árbol, varios árboles, sin distinguir la espesura del bosque? Pero sin saberlo, nos íbamos adentrando en él. Allí también había seres invisibles y extrañas figuraciones que acechaban. Entonces, aún, éramos jóvenes. Hoy nos parece, pues poderosa es la invisibilidad de la memoria, que en la fronda se distinguían ciertas sendas. No recuerdo si había caminos, aunque luego creímos haber seguido uno o varios, en lugar de los demás. Aquellos árboles, estos árboles. Seguimos sin distinguir la luz que dicen que habita más allá de sus copas. Lo invisible es indescifrable. Aún cada día hacemos del enigma al menos una motivación, la atracción que nos entretiene. Escuchando el canto del pájaro invisible.



(Dibujo de Inés González Soria)


jueves, 14 de abril de 2016

Esa que nunca encontramos




Seguimos huérfanos. ¿Será que nunca encontramos eso que cantaba El Cabrero? 




Este film francés de 1988, fue Premio Especial del Jurado en Montreux, pero fue boicoteado en España. Es toda una celebración, por la filosofía moral que José Domínguez Muñoz muestra en su discurso.




martes, 12 de abril de 2016

El lápiz huérfano




Un lápiz demediado entre los esqueletos. ¿De quién sería? ¿Del guarda forestal? ¿Del maestro? ¿Del carbonero? Nuestros prejuicios pueden inducirnos a error. Relacionamos útil con oficio y, así, de primeras pensamos que sería del maestro. Pero ¿acaso el forestal no tenía que anotar observaciones que no considerara en regla? Por el hecho de que el carbonero estuviera día a día al cuidado de elaborar el carbón vegetal en aquellas estufas instaladas en pleno monte, ¿no iba a disponer de un sencillo lápiz para controlar su tarea, atender encargos o entretener sus ratos de ocio? Estoy convencido de que ninguno de los tres sería analfabeto. Tal vez por no serlo fueron fusilados. En aquellos tiempos saber leer, escribir y hacer cuentas era sinónimo de un cierto grado de ilustración. Y la ilustración, para los asesinos, induce siempre a la sospecha. Y la sospecha de los fanáticos conduce siempre a la ejecución sumaria y caprichosa. Los verdugos se ven reflejados de alguna manera en sus víctimas. Estas delatan siempre al sicario. Porque el esbirro acaso anhela en su interior lo que no ha podido ser. Porque envidia la libertad de pensamiento del otro. Y las capacidades desarrolladas por el otro.


(Este lápiz fue encontrado entre los restos de gente común, como los citados, hace dos o tres años, en la sima de El Raso, en la sierra de Urbasa, Navarra. Aparecieron hasta un total de diez cuerpos. La labor y el empeño de voluntarios han ido permitiendo recuperar los restos de republicanos asesinados en 1936, cuyo número fue ingente. Aún quedan tantos por salir de páramos, cunetas, fosas o abismos...Es uno de los temas que los políticos no llevan en sus programas o, al menos, no los airean. Sigue siendo tabú. ¿Por un miedo inconsciente de los ciudadanos, no obstante haber transcurrido ochenta años de la barbarie? Pobre la sociedad que no supera sus temores ancestrales a través del conocimiento, la ilustración y la aclaración de los hechos. Siempre se temerá a sí misma)




(Fotografía de la Sociedad de Ciencias Aranzadi)

Después de haber escrito lo anterior encuentro esta viñeta de Guerra en el digital último cero:





domingo, 10 de abril de 2016

Rotación




A veces hay que recurrir a lo más sesudo, aunque se considere sabido y, como tal, no se mencione habitualmente. La materia cuerpo lo reclama. En otras ocasiones voy al bosque o subo a un páramo o contemplo la escultura griega o escucho a Schubert. Para atemperar mi sangre hoy he pasado una mañana apacible contemplando embobado una ley física. Nada de mística, nada de ensoñaciones, nada de literaturas, me he dicho. Maravilla del movimiento que no cesa. Relajación. Reencuentro. Vínculo. Los actos de la comedia o del drama humanos, esas dos caras del teatro de la vida, son infinitamente más insignificantes. El péndulo me ha devuelto la confianza en la sensatez natural. Es un recurso para los tiempos venideros, cuyo espectáculo no me atraerá.


miércoles, 6 de abril de 2016

El enredo




¿Todo está tan liado o es que nadie sabe hacer la lazada correctamente? Evidentemente, unos quieren ir aprisa sin saber a dónde, otros no quieren ir a ninguna parte, otros desean quedarse como antes de la última atadura, otros prefieren avanzar un poco y otear el horizonte de los demás, los hay que dicen que van más allá pero solo se mueven en círculos viciosos, unos dan unos pasos un día y al siguiente retroceden, todos se contemplan cómo hace cada cual el nudo hasta engordarlo más y, lo más siniestro de todo, hay quien opta por no mover un dedo y esperar a que los otros se pillen en la maraña de la lazada pegajosa y no puedan salir de ella. El lazo está entrelazado, ¿quién lo desenlazará? Me temo que invocar la voluntad popular no sea suficiente garantía. En alguna instancia se mueven los hilos y en cualquier momento el ente decisorio tirará del lazo y zas, todos se precipitarán al vacío del enredo total. ¿No se darán cuenta de la imagen de show que hay montado?

El rumbo de la nave de los necios amenaza con hacerse insoportable.  



(Escultura de Pablo Reinoso)



martes, 5 de abril de 2016

lunes, 4 de abril de 2016

Fabio mirando a otra parte





"Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora campos de soledad, mustio collado, fueron ...", me vinieron a la mente los versos de aprendizaje forzoso de adolescencia, pero los deseché. Las piedras, de hercúleas acrópolis o humildes ermitas, quedaron donde el destino quiso. El destino de los desafueros, menosprecios u olvidos producto de los hechos de los hombres, naturalmente.  Al fin y al cabo, ¿no es el destino de una piedra trascenderse en edificio o retornar a los orígenes? Trascender es metamorfosearse, aspirar a otra vida  -otra función, otro rol, otro quehacer-  en esta vida. Hay algo que me horroriza últimamente y es la vigencia de cierto lenguaje humano que, ingenuamente, creía superado. Los hombres aspiran a su trascendencia, dicen ciertos descubridores del vacío. Es una de esas frases con las que se pretende resumir lo que algunos llaman la capacidad espiritual del hombre. Lo que alimenta aún esas formas primitivas devenidas en religiones. Estas gentes no es que ignoren del todo la obra secular, poderosa y práctica de los hombres, sin la que no estaríamos aquí, sino que la regatean, la minusvaloran, pretenden quitarle importancia, si no desdeñar su influencia y harta determinación sobre las formas de vida y de pensamiento. Ay, la trascendencia metafísica, cuánta ignorancia en tu pomposo nombre. Y esto en tiempos de la revolución de las ondas gravitacionales, cuyo descubrimiento nos va a hacer trascender, ay, no, perdón, lapsus pegajoso, nos va a permitir conocer no que somos como dioses, ni falta que nos hace, sino que somos consecuentes con la capacidad de investigación y comprensión de las vidas que hemos desarrollado durante siglos. Naturalmente, si a los descubrimientos físicos se añadiera una dosis definitiva de justicia, equidad y reparto de bienes, estaríamos más cerca del mundo feliz (no obstante mis dudas, aunque sí me deseo) Mientras no llega a alcanzarse este buen deseo, la lucha cotidiana del vivir, para algunos en condiciones tan extremas, centrará nuestras existencias. Vivamos de metamorfosis que nos hagan sentir lo que somos y lo que no somos. ¿Las piedras? Que se sigan desgastando en la intemperie. Peor es la intemperie humana.




domingo, 3 de abril de 2016

Libros de lance




¡Qué admirable contraste puede ofrecernos una feria del libro de ocasión! Si la literatura se reduce a un mercado de libros de sobras o de segunda mano, qué manera de hermanarse de modo banal unos acontecimientos y otros de la vida. Hombres mayores y menores, barbaries e invenciones, personajes y ficciones, ilustres imaginarios e influyentes códigos morales se mezclan en el escaparate callejero traspasando, acaso transgrediendo, su ubicación en el tiempo. Todo ha acabado así, en una exposición de saldo. Ni los grandes reinos, ni los gobernantes más despiadados, ni las más espantosas persecuciones, ni los más complejos sistemas de pensamiento, ni las numerosas aportaciones técnicas, ni las creaciones fantasiosas más elaboradas han llegado a ser otra cosa que un amontonamiento de papel impreso a liquidar. Justo ya en los estertores del libro tradicional. Y pensar que aún muchos se matan por publicar un  libro, cuando tener un hijo ya no apetece, y acaso no se deba, y plantar un árbol no cae sino a trasmano...Siempre nos quedará la feria de lance como horrendo testigo de la reducción.



sábado, 2 de abril de 2016

Dos de abril















Aquel día empezó todo. Y aquí estamos.

(Al final todo se reduce a un signo o, mejor dicho, todo lo reducimos a un símbolo llámese fecha o presencia ausente. La fecha sin la presencia no tiene ningún valor. Vinculamos días y trabajos para designar el tránsito humano. Caras, nombres y situaciones se precipitan de repente. A los rostros les concedemos una capacidad de rescate. Están ahí y ante el impacto de su aparición nos preguntamos qué nos aportaron. Sus nombres son meros picaportes que nos abren la puerta del individuo que tuvo que ver en algún momento, o en muchos, en nuestra existencia.  A veces compartimos imágenes con otros, realizamos un intercambio de recordatorios que buscan complementarse para hacernos una idea más aproximada de la persona que hemos traído al reconocimiento o simplemente a la cháchara amable.  Pero por detrás, los significados más profundos permanecen preservados en estancias de la memoria que solo cada cual sabe honrar. Nunca revelamos en todo su calado la influencia del ser allegado sobre uno mismo, en parte porque el pudor nos lo impide, en parte porque obramos como quien protege un tesoro, en parte porque no hemos conocido lo suficiente a quien ha podido estar cerca durante años. Al final, ya digo, nos alimentamos de gestos. Pero resulta tan difícil reducir el alcance de lo que nos fue dado, de aquello de lo que estamos hechos...)