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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








viernes, 29 de noviembre de 2013

Esfinges




















...nos pasamos la vida proponiéndonos acertijos, parloteo de esfinge que simula profundidad, cuando solo aquello que nos marca con su signo ígneo puede afirmar apropiadamente que tiene suficiente calado como para llegar al otro lado, allá donde se forma la energía robada al vacío, allí donde la lejanía parece otro mundo, aquí donde una ligera y aduladora huella nos hace creer que somos pensadores natos

  

(Ramiro Tapia ilustra)


miércoles, 27 de noviembre de 2013

La carencia
























Nunca supieron contarme quién había sido ella. Tampoco es seguro que sea yo el niño que sujeta la miliciana. Cuando me mostraron la fotografía ya era yo mayor y vivía aún en un país que no sentía como país. Nunca había traspasado las fronteras de éste, pero la carencia de un país me pesaba tanto como la carencia de una madre. Con una diferencia: percibía al país como maltratador y sin embargo echaba en falta el calor de unas manos sobre mi vientre. Digo país con todas las consecuencias, y no Estado, como se dice ahora, a mi modo de ver de forma equívoca e interesada, porque el país o al menos la parte del país que salió adelante en aquello fue un cómplice extenso y desventurado de los vejadores. También creí ver en la fotografía la clave de uno de mis comportamientos más íntimos. Nunca pude dormirme sin depositar mi mano en el abdomen. Nadie me había enseñado aquel gesto y menos en aquel hospicio en que nos amontonábamos los niños sorteando tos ferinas, sarampiones, diarreas, frío y gazuza, abundante gazuza. Aunque no he vivido obsesionado por la marca del tiempo extraviado  -lo que pude ser y no fui de no haber mediado tamaña desgracia-  siempre ha latido dentro de mí la carencia. Que ponerme la mano en la tripa desde pequeño fuera un misterioso signo que me unía a algo perdido puedo tenerlo más claro ahora. Una actitud que no quería soltar amarras con la calidez que una vez recibí y que parecía relegada para siempre. No en balde me riñeron y me amenazaron sobradamente en la inclusa por depositar mi propia palma sobre el vientre. A veces yo mismo me sorprendía de que aquel ademán se reprodujera también en la comida o en las lecciones o a las horas tediosas y obligadas de la capilla. No era siempre, sino solo cuando la soledad me atenazaba y borraba de mi rostro la sonrisa. Y sobre todo cuando una vez a la semana llegaban familiares de otros niños y se los llevaban a dar un paseo. Ya sé que estáis pensando. Os preguntáis si lo tengo superado. No, en absoluto, una carencia en la infancia no se supera jamás. Puede compensarse a lo largo de la vida, pero cuando menos lo esperas, por un problema que te atraviesa más de lo debido o por un extraño desasosiego que no logras apaciguar, te ves a ti mismo colocando no una sino las dos manos en aquella zona que reclama calor. Tantos años después, tras obtener el reconocimiento de mucha gente, una vez de haber convivido con mujeres que me han cedido su ternura, y habiéndome dedicado, mejor o peor, a los hijos que he dejado en memoria de mi paso por la tierra, siento que me acecha amorosamente la miliciana. Yo he envejecido, pero ella no, me digo. Y me sorprendo esperando de nuevo la bondad de una juventud ilusionada, aquel cuerpo menudo al que me pego, la risa entregada y el tacto de unos dedos desplegados que se hincan más y más en mi piel. Ella sigue igual que en la fotografía y yo la espero. Aunque nos juntemos en el vacío yo la espero.  




martes, 26 de noviembre de 2013

Los bustos




















...acostumbrados estamos a ver bustos por todas partes, y no es que el resto del cuerpo exprese más, puede ser meramente una prolongación del busto, solamente el busto agrandado en su tamaño que no en su hondura, pero ¿se puede pedir a la forma física otra dimensión?, el busto oculta o da la espalda a las dimensiones que deberían hacer de los mortales algo más que una exposición de figuras andantes, y a sus preguntas miro fijamente, y les devuelvo así la respuesta que debería despertar en su interior




(Imagen de Ramiro Tapia)


lunes, 25 de noviembre de 2013

Aproximación




















...si se trata de fiereza se podría decir que todos tratamos de aprender de todos, pero aprender no es aceptar, porque todo lo que nos llega ¿se queda? y de lo que se queda ¿todo lo aceptamos?



(Imagen de Ramiro Tapia)


domingo, 24 de noviembre de 2013

La lechuza lista




















...creo que debo abandonar el hombro de esta cada vez más lejana de ojos glaucos para acercarme a los hombres, estoy harta de su pedantería y sobre todo del sentido de propiedad de los dones al que se aferra, y si por su origen se revalida con soberbia ¿no tiene alguien que llevar a otra parte el reparto de los bienes que ella contiene?, y sin embargo surgen dudas que me ofuscan: ¿desearán los hombres que detenga mi vuelo entre ellos? y además ¿podré llevar un lado de ella separándole del otro?



(Imagen de Ramiro Tapia)


sábado, 23 de noviembre de 2013

La iracundia
























...deja que se vuelva loco con sus rayos, que se agote en su energía iracunda, que la naturaleza le haga creerse el rey de reyes, que el torso le reviente, las venas le estrangulen y la mirada colérica le arranque los ojos, pues muerto está ya en su carrera y él no sabe que por mucho que se despache con los hombres para que acaten su mandato, ni su estirpe ni la de los mortales son ilimitadas, y que él, en su perversa prepotencia, poco cuenta ya



(Imagen de Ramiro Tapia)


viernes, 22 de noviembre de 2013

Lo inclemente




















...digamos que la vida es un inclemente ¿espacio? ¿tiempo? ¿atlas indefinido? donde unas intemperies se cubren con otras intemperies, buscando abrigarse de sí mismas



(Imagen de Ramiro Tapia)


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Tan jóvenes


















...éramos tan jóvenes y nos brillaban tanto los ojos y fue tal el nerviosismo alegre y expectante que nos sacudió al llegar la noticia aquel día...que hasta nos enamoramos



(Ilustración de Ramiro Tapia)


lunes, 18 de noviembre de 2013

Olé, mis niños














Hoy Job está receptivo y optimista; incluso silba, aunque no he podido saber si un arpegio de clásica o el himno de algún equipo. Creo haber encontrado la solución a mis angustias intestinales y no intestinales, me dice. Y yo: pues cuánto me alegro; ¿qué lectura o autor o viaje o paisaje o acontecimiento amoroso ha llegado a tu vida para hacerte caer del caballo? Él sigue silbando, me mira por encima del hombro como nunca lo había hecho. Soy un nombre normal, ¿sabes?, me responde, o mejor dicho, me he normalizado. Mira, de tener que pasar males que sean los del común de los mortales, me he dicho, así que me voy a dar al espectáculo deportivo, que es muy sano y se siente uno muy arropado. Y como quiero ser un hombre corriente, y poder tener conversación on line (sic) con todos y cada uno de mis vecinos, y pretendo mantener un buen nivel de convivencia y ser útil a la comunidad, pues me voy a ver todos los partidos de fútbol que pueda. Aún no sé cuáles, dice, pero de momento ya he empezado con uno, y creo que me haré un ferviente seguidor de La Roja. ¿Has visto la foto de La Roja?, dice, mira. Vaya, digo, se les ve impetuosos y entregados. Y él, silbando el himno nacional apostilla: Olé mis niños. Voy a ver si definitivamente pongo letra al himno, que estos chicos se lo merecen.




 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Las tripas
























No encuentro a Job por ninguna parte; al menos no aparece por ninguna de las habitaciones donde me le encuentro habitualmente. A una voz mía responde al otro lado de la puerta del retrete. Hoy no estoy para nadie, dice. Puedo esperar, respondo. Esperarás en vano, le escucho decir con voz insignificante. ¿Te encuentras mal?, insisto. No responde. Llegan unos extraños sonidos que no parecen emitirse desde su garganta. ¿Te pasa algo?, vuelvo a insistir. Sabes sobradamente que me pasa lo de todos los días, solo que peor; siempre peor. Nada me sienta ya bien de cuanto veo en derredor, y sin embargo me resisto a rendirme, asevera. Y yo: cualquiera lo diría, salto irónico, aunque ya te voy conociendo. Y él: es que una cosa no quita la otra, simplemente es producto de sensibilidades y de una pesada digestión de los acontecimientos que me llegan pero que no deseo que me nutran. Si entraran los hechos como irremediables dentro de mí me desharían, por eso los vomito a tiempo. No quiero perder la sensibilidad, lo sensible es la parte inteligente del cuerpo. A veces pienso que lo único que queda de sensible en este país son mis tripas, exagera con acritud.




(Viñeta de El Roto que aparece hoy en la edición de El País. Gracias, Andrés)



jueves, 14 de noviembre de 2013

Los jirones
















...sentir la extrañeza de la falta, horrorizarme con la última mirada sobre una mano que en su expansión se desgajaba, soltándose unos dedos de otros dedos, los dedos todos de la palma, los músculos encogiéndose hasta disolverse, toda ella, la mano que había sido, carcomida por aquellos insectos imprecisos, yo la sacudía con insistencia y al caer aquella turbulencia oscura se generaba un gran agujero que iba dejando tras de sí la superficie nueva de una transparencia, fue el movimiento agitado de la mano o la mordedura que la había vaciado del todo por lo que donde antes estaba mi mano cómplice solo había orfandad, y al otro lado la diafanidad más absoluta me permitía ver el suelo, la tierra, el agua, mis pies, cualquier materia que me hacía sostenible pero ahora menos entero, y hasta desaparecer los últimos jirones de mi piel no cesó mi asombro, verdad es que a la par quedaba amortiguado todo picor, y las molestias remitían, y el dolor se reducía a la mínima expresión física para dejarlo solo en el miedo a la carencia, y empezó a dolerme todo de otra manera, dolor por sentirme desprovisto, aquella mano que tanto percibió, que buscaba las raíces de las plantas para procurar el alimento, que sujetaba una pluma y escribía al dictado de los significados de la vida que habían ido calando en mí, aquellos dedos que tamborilearon sobre pieles cálidas cuyos sonidos polifónicos interpretaban al amor, aquel apoyo sobre el que depositaba mi mentón para descansar de los pensamientos onerosos, y tal vez en ese intercambio de dolores tuve que elegir, dolor por dolor era mucho más agudo el del recuerdo, y una voz cuya procedencia no ubicaba me dijo: la nada no ocupa lugar: si no hay lugar no hay sensaciones, pero como me sintiera tentado a replicar percibí que el gesto de una mano invisible me tapaba la boca y ahogaba mi queja, y fue aquella mano sentida pero no ostensible la que advirtió mi confusión y me recomendó: supera cuanto recuerdes, no eres ingrato por olvidar todo lo que te concedió aquella mano, y dijo más: aún tienes otra, enséñale el camino, y entonces pensé que, en efecto, había que aprender de la carencia, aunque ésta no devuelva el tiempo y mucho menos lo experimentado...





miércoles, 13 de noviembre de 2013

Prestige (Poesía visual)


basura
basura
basura
basura
basura
basura
basura
basura
basura
basura
¿os dais cuenta?

en este país todo huele cada vez más

a basura

¿veis cómo lo del chapapote solo se trataba de unos hilillos?

y así todo lo demás
¡todo!



martes, 12 de noviembre de 2013

La pérdida





...incapaz de quitarme de en medio aquellos pequeños seres que no solo pululaban sobre mi mano, sino que la iban conquistando con apresuramiento y amplitud, me concentré en evitar en lo posible el picor que, poco a poco, se iba transformando en un dolor amargo, y con ser aquel suplicio sumamente intenso y molesto aún confiaba en poder sobreponerme y que no se extendiera aquella masa moviente más allá de los márgenes de mi muñeca, pero, o bien por causa de la agudeza de aquella molestia o bien por la actividad que desataba aquella colectividad de vivientes sentía que mi mano se agarrotaba, que se comprimía con torpeza, y paulatinamente iba percibiendo que los tendones cedían, y que los nervios se paralizaban hasta el extremo de que no obedecían orden alguna emitida por mi cerebro, y era como si se hubiera establecido un cortafuego entre mi mente y el espacio donde estaba teniendo lugar aquella catástrofe, o que se abría un abismo, o que se estaba produciendo una ruptura, y aquella sensación de que mi mano quedaba a merced de un extraño monstruo compuesto de infinidad de monstruos insignificantes, de que se la llevaban lejos de mi cuerpo, de que no me pertenecía ya aquella amada extremidad que me había resultado tan útil como obsequiosa, aquella impresión me iba dejando consternado, y a medida que empezaba a dejar de sentir dolor, según se iba alejando cualquier grado anterior de picor más se confirmaba que iba siendo desposeído de mi mano, y entonces el pavor llenó de fuego mi piel, y cerré los ojos, y no quise mirar, deseé no recordar cómo había sido mi mano, y no pensar cuanto había ejercitado y dispuesto con ella, y sabía que si lograba perder la memoria sobre mi mano también la perdía en alguna proporción sobre todo mi cuerpo, que era tanto como decir que sobre mis experiencias y mis aprendizajes...      




domingo, 10 de noviembre de 2013

Las salpicaduras

















...aproximé la mano para ver, y advertí que, a partir de una ciénaga difícil de descifrar en el corazón mismo de la palma, tenía lugar una emersión de salpicaduras negras, irregulares y oscilantes, yo sacudía la mano y lograba librarme de muchas de ellas, pero tan pronto como la enderezaba nuevamente volvía a aparecer aquel círculo sin nombre, solo que cada vez con mayor diámetro, y de él parían nuevas gotas móviles, y cuantas veces agitaba mi mano para desembarazarme de aquella peste, más deprisa y con mayor intensidad volvían a crecer sobre la piel, y la picazón volvía, y el desasosiego tomaba forma dentro de mí, y lo comprobaba no solo en mis extremidades, sino en el sudor que humedecía con frialdad mi nuca, en la respiración agitada, en un cosquilleo que hurgaba en mi tripa y potenciaba su ritmo, y de pronto sentía que me paralizaba, y aquellos pequeños tiznes iban adquiriendo no solo otra proporción sino principalmente la contextura de una actividad con vida propia, y me parecía ver en ellos diminutos seres que no sabía catalogar, seres dibujados, individuos de especie ignota que caminaban con rapidez en todas las direcciones de mi mano, y aquel fenómeno atrapaba mi mirada, y la nutría de un cierto horror, horror a no encontrar explicación, temor a lo que pudiera venir después, espanto al presumir que mi cuerpo empezaba a quebrar y que lo hacía de manera vertiginosa e inclemente, sin darme tiempo a pensar, sin dejarme tomar decisiones...           



viernes, 8 de noviembre de 2013

El picor
















...al principio fue un picor, un hormigueo nervioso que se ramificaba sobre los pliegues, luego el nacimiento de una mancha, un agujero opaco que al soplar desaparecía para, instantes después, mostrarse nuevamente para mi propio desconcierto, y cuantas veces soplaba otras tantas lograba que se borrase, mas una vez más, como si se tratara de una escritura sumergida, afloraba con su tinta negruzca, inquieta, azarante, y el picor se extendía como una rosa de los vientos sobre la palma de mi mano, y rascar no bastaba, y al insistir la piel pedía más, y las uñas despellejaban las partes más débiles, y entonces salían pequeños puntos de sangre que rápidamente eran cubiertos por aquella tinta extraña, y así tal parecía que la mancha creciera y olfateara las motas imperceptibles que emitía la piel al desollarla lentamente, y las uñas, recubiertas primero de una pátina granate también se cubrían acto seguido de aquel asfalto móvil, mientras los dedos, alocados, no sabían si expandirse o encogerse, y mi mirada permanecía fija y absorta en la mancha creciente, un chapón que caminaba sin sentido, deseoso de salir de los márgenes de la mano...





miércoles, 6 de noviembre de 2013

Sansueña, tierra de misión



















Me gustan esas fotografías viejas de las Misiones Pedagógicas que llevó a cabo la Segunda República por las tierras de España. No me gustan por entero. No me gusta la pobreza que impregna las imágenes, los viejos desdentados, las ropas gastadas, los tocados de las mujeres de edad madura (no solo de las ancianas) Me gusta la expectación del público, la alegría ante las representaciones de teatro o la proyección de películas, las poses boquiabiertas de los niños, la curiosidad ante la reproducción de los grandes cuadros de El Prado, el desbordamiento de personas para escuchar a una coral. No me gusta lo que no fue, lo que se hundió, lo que se demoró durante años que parecían siglos: vivir para ver esto, vivir para ver esto, repetía al final del poema Ser en Sansueña el gran Cernuda. Me gusta la exitosa intención, con resultados limitados pero esperanzadores, de aquellas campañas culturales. Me gustan las aportaciones de maestros (esa punta de lanza a la que fusilaron masivamente cuando llegó el terror), artistas y oficiales del espectáculo, intelectuales, pintores... Me gusta el acogimiento y el calor de las gentes, las ganas de saciar el hambre de una cultura que era ajena a los habitantes de los pueblos y de las aldeas. Sansueña como tierra de misión laica que llevara lo nuevo, una visión moderna aunque fuera pequeña, una lectura cultural de la que carecían los pobladores. ¿Podemos hablar de que Sansueña ya no existe? Que ha cambiado, obviamente, ha cambiado en parte. Pero ¿no hay posibilidades de retroceso si no se hace una misión cotidiana  -cultural, crítica, pedagógica, política-  en la propia sociedad? Y mira que no me gusta demasiado la palabrita misión. ¿Por qué será? Misión en una tierra que nunca fue de promisión. ¿A dónde quiere ir Sansueña, si quiere ir a alguna parte? Los agravios permanecen, nuevos y viejos; los mismos perros con distintos collares pretendiendo hacer suya la tierra que es de todos. No, no es de todos. Es de ellos hasta la fecha. Que cada cual sepa dónde está y dónde quiere estar. Yo, desde luego, no tengo intenciones de hacer de misionero, porque no prometo tierra nueva: eso, y menos tierra. Por cierto la primera tierra está dentro de uno: en su conciencia vital. Un territorio acaso poco descubierto  -y se nos pasa la vida para lograrlo-  y cuya prosperidad es responsabilidad personal. Sobre todo. Yo no quiero ser de Sansueña.

Qué bien lo expresó Luis Cernuda en su poema: 





























































martes, 5 de noviembre de 2013

La poesía es para Luis Cernuda...





Querido Luis. Cincuenta años después de que se ejecutara tu mortalidad (eso sí que es una traición) aún te descubro. Llegaré a viejo (cruzo los dedos) y seguiré descubriéndote. En lo que no capté antes y en lo que ya había leído y que al hacerlo nuevamente percibo nuevos sentidos. Porque leer es algo dinámico. No es estable, ni fijo, ni rígido. Lo que se ha leído antes se mueve. Camina delante, detrás o dentro de nosotros, pero no se detiene. Es lo escrito lo que se mueve: lo escrito es un renovado niño travieso que no deja de intentar ser mayor, y nos acompaña siempre. A eso le llamo yo escribir para la vida: el único sentido verosímil y útil de la escritura. Si de un mismo libro, de un mismo escrito, hiciéramos tres, diez, treinta lecturas, o más, a lo largo de nuestra existencia siempre habría algo o, para nuestra sorpresa y perplejidad, acaso un todo, en que ese texto nos hablara de manera diferente. A veces serían matices, a veces párrafos o capítulos enteros, pero incluso una totalidad podríamos verla nueva. Tal es el poder de la buena escritura. En tus escritos, Luis, leo siempre algo que antes no había advertido. Pero es que leerte no es ingerir palabras, como con frecuencia puede ocurrir ante otros escritos y otros autores. Leerte es como si se manifestara la vida una y otra vez nueva dentro de mí. No la vida lineal  -ésta ha abierto hace tiempo su formalidad para descubrirme su sustancia-  sino la propia dinámica interna. Su formación, su fricción, su estar haciéndose perpetuamente. Materia y movimiento constante son una simbiosis, en la naturaleza general y en la vida humana, y supone un reflejo y una multiplicación de reflejos de aquella. Tú lo entendiste y ahora me lo haces comprender a mí. Vivimos con limitaciones, pero tenemos la posibilidad de elegirlas y sobre todo, de superarlas, aunque luego nos esperen otras nuevas. Como en aquella canción infantil del que sube a un monte y cuando llega más arriba se encuentra que hay otro monte mayor que el anterior. Sí, nos consolamos con las nuevas posibilidades que se nos brindan de tomar lo más aceptable, pero ¿cómo saber qué es lo más aceptable? Un riesgo de la dinámica, también una respuesta de los recursos que hayamos puesto en marcha, producto de nuestra experiencia. Que no siempre es nuestra satisfacción. Para paliar el disgusto por aquello que no alcanzamos tenemos la poesía. La tuya no podía faltar al convite. Cincuenta años después de tu muerte en Méjico te rescato otro día más. Te celebro. Para mí existe la eternidad o, mejor dicho, la inmortalidad.




* El texto a máquina reproducido es del poemario Los placeres prohibidos. Luis Cernuda murió un 5 de Noviembre de 1963 en México D.F. Yo tenía...¿cuántos años tenía y en qué estaba embarcado que no me enteré de su muerte? Tampoco la mayor parte de los españoles  -convertido aún en erial este país-  se enterarían.



viernes, 1 de noviembre de 2013

Las sopas de Job




















Encuentro a Job comiendo las sopas. Job es muy viejo y es un aficionado inquebrantable a esa alimentación elemental. Las toma de modo pausado; las sorbe con un ritual invariable y ruidoso. Las degusta, sin tener necesidad de ejercitar la mandíbula, concediendo a la lengua el don de fundir lo sólido y lo líquido. No habla. Mira el fondo del tazón. Mira, a veces, el recorrido de la cuchara. Me mira distraído, aparentando atención. Simple pose educada, también bondadosa. Le hablo, pero se ve con facilidad que no quiere oír. Comer las sopas es además una excusa. Está en lo que digo, pero no está por decidir sobre lo que digo. Su ausencia de comentarios la disimula con la entrega obcecada a aquel plato sencillo y humeante. Cuando termina la ración, rebaña con pan el fondo. Migas sobre migas. Arrastra los restos de yema con el pan, lo empapa, lo ingiere. Se chupa los dedos que se han pringado al efectuar la labor. Los movimientos desinhibidos de su boca denotan una pelea pactada con los residuos. Su nuez se agita, le baila el pellejo del cuello, las arrugas se descomponen en mil rayas. Bebe una pizca de vino, contiene a duras penas un eructo, se limpia con lentitud e insistencia. Estaban como dios, dice con voz enronquecida pero afable, si bien hoy se me ha ido un poco la mano de pimentón. Aprovecho el epílogo de su cena frugal. Intuyo que ahora estará más receptivo. Atropelladamente empiezo a emitir opiniones sobre, le informo de, le comento acerca de tal, le prevengo contra, le advierto ante, le sugiero según; le pongo al día, en definitiva. No dice nada.¿No tienes nada que decir?, le digo. ¿Qué voy a decir?, dice. De pronto toma un libro cuyas páginas están sebosas, arrugadas. Al abrirlo, algunas salen disparadas. Una mala encuadernación, aclara. O que es tan antiguo el libro como yo, sentencia. En la página 231 hay un poema. Léelo, toma. Léelo, insiste. Se titula Consejos. Lo escribió un poeta que murió decrépito y rendido al otro lado de la frontera. Un poeta que decía que viajaba ligero de equipaje, me revela.       
   

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
 —así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete. 
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya; 
porque la vida es larga y el arte es un juguete. 
Y si la vida es corta 
y no llega la mar a tu galera, 
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa. 





(Ilustración de la pintora Balbina López Santos)