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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








miércoles, 30 de enero de 2013

Llegando hasta Coral Bracho















nunca nunca
había leído algo de coral
bracho
o sí y no lo sabía
o sí y el nombre
                        coral
había permanecido en el atolón
mientras yo naufragaba dando alocadas brazadas
desesperadas
                        tanta salinidad
me desgastaba
                        tanta espuma
hacía de mi inconsistencia
más fragilidad
y una vez
o más de una vez
                        me creí espuma
¿para mojar qué pies? ¿para lamer
cuál piel?
¿o era espumarajo?
¿o no era sino baba?
                        be a be a
eterna telaraña de saliva
tendida
sobre recónditos espacios donde me rindo
flujo incontrolado
que unas veces sale por ansiedad
                        otras por placer
otras porque no controlas y te estás muriendo
y siempre
                        be a be a
por sorpresa
naciente
¿por sorpresa llega coral
fugada de los bajíos de la poesía?
¿por sorpresa un dedo unta el pliego
                        en blanco
de mi atormentada noche
y escribe: has pulsado
has templado mi carne...?



domingo, 27 de enero de 2013

La solución final o el instinto criminal de un ministro





Creo que es en la película La balada de Narayama, de Shohei Imamura, en la que se relata cómo los ancianos muy ancianos de una aldea, cuando sienten que ha llegado su hora -¿o que debe llegar su hora?- se retiran a morir al monte, sospecho que porque la tradición marca que son inútiles y ellos, desprovistos de defensa, asumen esa condición. No sé si esa costumbre será un referente de Taro Aso, viceprimer ministro de Japón, pero sus intenciones son crudas y moralmente criminales. Quizá ese personaje haya dicho lo que muchos otros gobernantes de las naciones piensan, y no me extrañaría que incluso los españoles, que se apuntan a cuantas lindezas llegan del exterior: que los ancianos deben darse prisa y morir pronto para no gravar tanto al Estado los gastos de asistencia médica. ¿Son meros desvaríos o expresa el deseo monstruoso de muchos gobernantes acuciados exclusivamente por el despótico y totalitario enfoque económico de la vida? ¿Va a facilitar el sistema del yen  -o del dólar o del euro o del rublo-   las vías para la solución final? Me intriga el procedimiento. ¿Abriendo las ventanas de los pisos altos de las residencias públicas? ¿Llevando a pasear a los mayores al borde de los torrentes? ¿Dejando la farmacopea equivocada en la mesilla? ¿Permitiendo que los ancianos mueran de miseria?

Dicho personaje ha escupido en parte al cielo, porque él mismo tiene más de setenta años. Claro, puede que  no se sienta concernido. Que su posición económica y social sea elevada. Que pertenezca a esa clase pudiente no mayoritaria pero sí numerosa que se siente segura con los sueldos que obtiene…del Estado que le paga. Aunque haya tenido que rectificar, por obvias e hipócritas razones de (in)conveniencia política, creo que Taro Aso dice lo que piensa. Ese sería el deseo de muchos gestores del capital. La muerte de los longevos. Porque los ancianos no solo no resultan ya productivos -debieron dejar de serlo hace muchos años- en un sistema que solo entiende de productividad y dinero, sino que, salvo que su asistencia sea soportada por familiares o les quede una renta autosuficiente, mantenerles con vida es ruinoso para un concepto del Estado que traiciona a la ciudadanía. ¿Es en esa dirección en la que caminamos? Entonces, que venga el ángel exterminador de una puñetera vez: no para acabar con los ancianos sino con la prepotencia y los prepotentes de un sistema que no desea procurar, no ya la felicidad de los hombres, sino meramente su cuidado. Y que no reconoce el derecho a respetar tantos años de trabajo a través de los cuales los hombres y las mujeres dejaron su piel. El sistema, por boca de un ministro de uno de los Estados más ricos del planeta, está diciendo que los viejos sobran y si están son basura. Tomemos nota. Las malas idean empiezan siempre por alguna parte y se extienden como la peste hasta el exterminio. Si se les deja.



(Fotograma de la película La balada de Narayama)


jueves, 24 de enero de 2013

Nuestro desierto particular, según Dino Buzzati




La vida se la pasa uno buscando lo que no se encuentra. Unas veces sobre un objetivo abstracto. Otras sobre uno concreto que no se plasma jamás (algunos pensarán que sí o que al menos a medias; no estoy seguro) Pero el tiempo pasa. ¿Transcurre como si no lo pareciera? La gente mayor dirá que lo advierte a su edad más que a ninguna otra. No es una cuestión meramente formal, de que los ciclos de las horas y de los días se suceden. Es el significado de que se dotan los hombres para materializar su existencia. Los individuos se generan a sí mismo expectativas. También estas varían según la circunstancia histórica que toque vivir. Las expectativas que unos puedan crearse en intensidad y duración suelen diferenciarse respecto a las de otros. Pero quien más o quien menos trata de avanzar hacia y a través de un objetivo (¿ilusionador pero acaso iluso?), aunque al final el avance sea una mera resistencia, un dejarse llevar, un incorporarse a la rutina y en bastantes casos a la claudicación.

En la fascinante novela El desierto de los tártaros, del autor italiano Dino Buzzati, los afanes del oficial Giovanni Drogo por prosperar en su carrera militar le llevan a una lejana fortaleza. Allá en los limites con territorio enemigo al que no se conoce. Un espacio que nunca se ha manifestado con hostilidades pero que, en el concepto del gobierno y de la milicia, puede suponer riesgo, como todas las fronteras. Detrás de aquellas montañas se inicia el desierto que hay que vigilar (misión histórica hasta ahora imposible, los GPS han replanteado el asunto) Ese destino que le ilusiona tanto al principio se revela como nada estimulante. En aquel limes del reino no sucede nada; la fortaleza es un ente más burocrático que guerrero donde no hay nada nuevo. El teniente Drogo, en plena juventud, no se encuentra a gusto en aquel ordenamiento monótono y sin alicientes. Sí, solo parece haber uno, difuso y eterno: que en algún momento llegue el enemigo y la guarnición pueda realizar su meta de luchar contra los bárbaros. En la fortaleza se vive de las órdenes repetidas, se convive en el compañerismo como única aportación harto rutinaria, aunque hay muchos que desean irse y se van. Pero otros se ven atrapados por la misteriosa atracción del objetivo de defensa del lugar. ¿Atracción o inercia? Tal vez esa sea la metáfora fundamental de la novela. Uno va viviendo, obteniendo más o menos pequeñas cosas de la vida, y sigue viviendo con objetivos iniciales que no se plasman pero que siguen atrapando o se alimentan por si definitivamente se consiguen. La idea, cada vez más difusa, sirve de resistencia, de aguante, de resignación.

Pero en la fortaleza, no obstante no tener lugar lo fundamental que justificaría la existencia de la guarnición y su vigilia constante, pasan cosas. Al teniente Giovanni Drogo le engancha el lugar y la misión a la par que se despega del resto del mundo. ¿Es este despegue, o el no prospectar otras posibilidades de vida, lo que lleva a aquella permanencia obsesiva del oficial que solo parece disponer de ilusiones estando allí? Esperando allí, mientras envejece antes de tiempo. El tiempo imparable y decisorio:

“…Entre tanto el tiempo corría su latido silencioso mide cada vez más precipitado la vida, no podemos parar ni un instante, ni siquiera para una ojeada hacia atrás. <¡Párate! ¡Párate!>, quisiéramos gritar, pero comprendemos que es inútil. Todo huye, los hombres, las estaciones, las nubes; y de nada sirve agarrarse a las piedras, resistir en lo alto de un escollo; os dedos cansados se abren, los brazos se aflojan inertes, nos arrastra de nuevo el río, que parece lento pero que jamás se para”, reflexiona el narrador Dino Buzzati en un momento dado.

La aparente linealidad del relato va dejando medidamente cabos de reflexión sueltos y profundamente concluyentes. Tantos como para que a mí mismo -supongo que les pase a otros lectores por el estilo- se me ocurra hacer este tipo de disquisiciones. La novela, aparecida en 1940 en plena guerra y mandato de Mussolini, es una reflexión literaria de alta calidad sobre la manera de conducirse el individuo en su fuero interno, más allá de las apariencias y muestras que ven los demás. El origen abandonado y prácticamene olvidado, la desestimación de otras perspectivas vitales, la asunción de la costumbre fatídica y la dejación de la esencia indagadora del individuo, la resignación, el vencimiento. Pero un mensaje: siempre permaneciendo expectantes de alguna manera, incluso a veces estúpida e incautamente, ante lo que no parece llegar jamás, salvo el tránsito en sí mismo y las huellas del rostro de la vejez.

¿Existencialismo filosófico en El desierto de los tártaros? En parte. Pero una frase del narrador pone un matiz de esperanza (para mí el existencialismo es esperanza):  "...Y aunque éstas fueran sus palabras, la voz del corazón era muy distinta: absurdo,, refractario a los años, se conservaba en él, desde la época de la juventud, aquel hondo presentimiento de cosas fatales, una oscura certidumbre de que lo bueno de la vida aún tenía que empezar". ¿Consolación o sentimiento tal cual? Que cada lector de la novela se responda. Porque leer no es tanto intentar saber lo que dice el autor como libar el néctar que nos explique a nosotros mismos.


(Dino Buzzati)



martes, 22 de enero de 2013

Sedientos de mal






Posiblemente la secuencia del principio de la película Sed de mal sea  una de las mejores que existan en la historia del cine. Para mí no hay duda. En unos breves minutos casi se expone la esencia del tema.  Ritmo de expresión cuya vertiginosidad no resta sino que suma. Acompañamiento musical  integrado cargado de seducción (el espectador que entra tarde se pierde la película) y que te introduce en ella con su potente instinto musical. Movimiento de los personajes y por lo tanto de la cámara que te sujeta a la acción como si la tuvieras pegada a la piel. Y ese guión que ya se perfila bien trenzado y que se inicia con tal fuerza que deja despavorido al espectador.

¿La trama? Una muy actual que el cine estadounidense ha tratado miles de veces pero que siempre nos parecía ajena: la corrupción. Recomendada a tirios y troyanos, clérigos y laicos, ejecutivos y ejecutados, militantes de partidos e independientes, espíritus abstractos y delincuentes organizados, almas cándidas y hombres masa. Corrupción a secas, no. Corrupción y poder. Corrupción y fuerzas de policía. Corrupción y odio. Corrupción y desprecio. Corrupción y tensión entre morales. Conducta infame del poder y el dinero y la humilde moral de los que suplican justicia. Francamente, hay magistrales realizadores  del cine que no tendrían que morirse nunca. Uno de ellos, Orson Welles. Quedan invitados los del partido gobernante de España a verla   -y por extensión a toda la sociedad española-   por si les/nos hace reflexionar. Y reaccionar. Y efectuar una catarsis. Al fin y al cabo, Sed de mal solo es un botón de muestra del que no se libra sociedad alguna. 

Secuencia del comienzo adjunta:





lunes, 21 de enero de 2013

¿Tiempos de auto flagelación?





Con ser malos todos los castigos, siempre me parecieron los peores aquellos que uno se inflige a sí mismo. Los castigos que uno se impone para sí son siempre dobles. Es como si hubiera dos manos: una de agentes externos  -otro personaje, un medio, una institución,  la sociedad-  que se proyecta sobre el individuo para que sea éste quien lo asuma y la del individuo maltratador de sí mismo que lo acepta y lo ejecuta. Cuando alguien castiga desde fuera -el padre, el maestro, la ley, el empresario, el opresor- parece que se lleva de otra manera. Es como si quedara un margen en que uno se dice: no tengo yo toda la culpa, o tengo poca y hay más involucrados en su causa, o no tengo ninguna y es una injusticia. Pero cuando es uno quien se obliga a purgar, a penar, a condenarse y echa mano del ritual del castigo, ay entonces. Entonces es que has llevado hasta el fondo de tu conciencia, o más allá, al subconsciente, un complejo de culpa aberrante como si tú mismo fueras el fautor del mal de este mundo.

Siempre he dudado de la salud mental y moral de los santos y más de la casta que proyectaba como ejemplo el auto castigo de otros hombres, a los que encumbraban más adelante, por necesidades del guión, a ese rol de la santidad. Que luego se divulgaba entre su sociedad controlada pregonándolo como muestra de virtud. ¿Acaso es la auto flagelación un ejercicio virtuoso? Tiempos estos nuestros para meditar y reaccionar. Porque, cuidado, no caigamos en la trampa. Ojo si otros estamentos, algunos en la más ominosa  obscuridad, pretenden que cojamos el látigo para hacer saltar la sangre de nuestro propio cuerpo, como si no tuvieran bastante con nuestro sudor y nuestros hipos de angustia. Parodiando a cierto sabio: que se flagelen ellos hasta su propio desmenuzamiento si quieren. Pero que no cuenten con nosotros para que cunda la enfermedad que ellos transmiten.




(Fotografía tomada en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid)


viernes, 18 de enero de 2013

Él




Aquella noche la sabana rugió como nunca antes se hubiera escuchado. Los límites de las reservas se expandieron. Los cotos de caza se vaciaron de safaris. El corazón de las ciudades se pobló de sombras que se desplazaban firmes y amenazadoras. De las paredes de mansiones y clubes unos zarpazos anónimos abolieron la humillación de los antepasados desprendiendo los trofeos. Las jaulas de los zoológicos fueron abiertas por garras secretas. El cielo fue sobrevolado por la imagen de seres fantásticos alados. La tierra tembló con grandes alaridos. Su superficie fue un agitado chocar de pisadas veloces. El sotobosque se liberó. La constelación se dibujó en el firmamento con más precisión que nunca. Al amanecer, el sol mostró una intensidad nada común en un día cualquiera. Orto y Ocaso ajustaron sus distancias. Los hombres salvajes corrieron a esconderse en las grutas primitivas o se precipitaron a los abismos. Los cultivos fructificaron dadivosos y el agua convirtió en regiones feraces los desiertos. Todas las especies animales salieron de sus hábitats para entonar una marcha coral. Los hombres que aún encarnaban la dignidad reclamaron los viejos símbolos e invocaron la virtud. Mencionaron el valor, la pasión, la generosidad, la madurez y la nobleza. Y ellos volvieron a habitar el planeta y a procrearse.  

Según la Fundación LionAid, actualmente el número de leones en África es de 15.000, cuando apenas hace treinta años era de 200.000 ejemplares.






(La escultura y el vestido con motivos de leones pertenecen a representaciones existentes en la Fundación Jiménez-Arellano, de la Universidad de Valladolid)


Camille Saint-Saëns. Carnaval de los animales. El león.




miércoles, 16 de enero de 2013

Calendarios rompedores (que no hieren nuestra sensibilidad)




Costumbre prácticamente desaparecida pero que recuerdo con nostalgia: los calendarios de pared. Aquella lámina de tema paisajístico o de epopeya patria que regalaban a nuestra madres los tenderos. Y a la que se grapaba un fascículo punteado de los meses. Imprescindible y entrañable. Te resistías a inaugurarlo a principio de año y al acabar lo veías gastado, ennegrecido por los humos y los vahos de la lumbre. Con ganas de quitarlo. ¿O lo que todos queríamos es que se acabara el año y llegara uno mejor? Porque era un objeto de control de los días, pero también un símbolo de la superación o del enmohecimiento de los moradores de la casa. Según. Entonces tenía sentido aquello de Feliz año nuevo, probablemente porque más allá de la España casposa y atrasada que hundía a sus súbditos en la resignación y el apocamiento muchos españoles querían ir a mejor.




Luego vinieron años de calendarios más lujosos, algunos verdaderas joyas creativas, verdaderas exhibiciones de huecograbado de calidad. Todo el mundo te obsequiaba con calendarios de tamaño enorme, donde la fotografía desbordaba a las fechas. Cajas de ahorro (qué tiempos, eh, cuando existíais), editoriales, comercios, asociaciones. Sin un calendario era como si la entidad o el negocio no existiera. Creo que guardo algunos ejemplares de esta última etapa. De la antigua, guardar no era fácil que se guardara, porque los meses se consumían (sic) y nos devoraban (no tanto como ahora) En cierta ocasión encontré dos calendarios sencillos de pared de mediados de siglo XX, de dos años sucesivos, completamente enteros, en un mercadillo de los domingos. Me los llevé por dos pesetas, sin decirle al chamarilero que uno de los calendarios era el del año en que nací. Guardado está y solo lo saco para consultar en qué día de la semana caía mi nacimiento. Manías.




Por citar un par de casos de calendarios. Tengo en gran estima unos calendarios de buen tamaño de Alianza Editorial, donde las láminas eran imágenes que Daniel Gil había diseñando para la fabulosa colección de libros de bolsillo. Lo último en modas de calendarios ha sido lo de bomberos desnudos (casi), madres contra el cáncer de mama desnudas (casi), madres de alumnos de no sé qué colegios desnudas (casi), etcétera. Han abundado. No ha habido ciudad o pueblo español en los últimos años que trabajadores de un servicio público, deportistas de tal o cual especialidad o mujeres de equis ente no hayan posado cuasi desnudos, pero jamás cayó uno en mis manos; ni lo busqué.




Había perdido ya la esperanza de que me llegaran nuevos calendarios. Pero por distinto motivo, me he encontrado con tres este año. Todos los tengo desplegados sobre la mesa, ninguno claveteado en la pared. Uno me lo trajeron de Irlanda, con motivo de escritores irlandeses: los conocidos de todos y los menos conocidos. El respetuosos calendario que al paginar sus hojas te dices: hay que ver qué pequeña Irlanda y qué estupendo plantel de escritores pata negra tiene. Otro lo hace un conocido con tema análogo todos los años, de carácter vindicativo (defensa ambiental, pro educación pública, anti represión, laicismo, resistencia obrera...) y lo dibuja todo, imágenes y números. Loable, entrañable después de tantos años.




El último lo encontré hace unos días en una librería. Tema: rituales funerarios vacceos. Los vacceos son un grupo humano celta que habitó zonas del valle medio del Duero (por donde ahora andan Valladolid, Palencia, Zamora, parte de León, Salamanca, Burgos e incluso extensiones de Segovia y Ávila) cuya economía se basaba en la agricultura cereal fundamentalmente. El calendario de os rituales funerarios se centra en la investigación desarrollada hasta ahora en una vasta ciudad llamada Pintia, poblada entre los siglos IV antes de nuestra era y II de nuestra era) Las láminas, trabajo detallista y soberbio de Luis Pascual Repiso, reflejan tres modalidades de deshacerse de los cadáveres: entregándolos a las llamas y recogiendo el resto de los huesos o cenizas en urnas que se enterraban; inhumaciones en el suelo del hogar de aquellos niños que morían en los primeros diez meses de vida (la tasa de mortalidad era altísima) y exposición a cielo abierto a las aves carroñeras, lo cual conllevaba un ritual y una técnica de hendir los cadáveres para que su corrupción atrajese a los buitres (ritual reservado a los guerreros caídos en combate) Como dicen quienes han realizado el calendario (el Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg, Asociación Cultural Pintia y Universidad de Valladolid):

"Los rituales funerarios pautan comportamientos, al tiempo que responden a una necesidad perentoria y práctica: evitar a los vivos el nunca agradable proceso de corrupción del cadáver. Momificar, enterrar, quemar, exponer a los carroñeros...ha tenido siempre como objeto último evitar la podredumbre; de ahí que el sarcófago, literalmente , cumpla esa función en la intimidad de su limitado y cerrado espacio".





Tranquilos. Las imágenes son reconstrucciones imaginarias pero fundamentadas de unos rituales efectuados por humanos que nos precedieron. Si alguien se siente herido en su sensibilidad más le valiera observar las imágenes que la televisión nos sirve (aunque cada vez menos, que no hay que dañar el sistema de vida occidental con desgracias, como si no existieran, oigan) cada día. Encontrar este calendario, además de aportar algo al imprescindible y meritorio trabajo de investigación y divulgación, me ha parecido un hallazgo original y de una dimensión cultural importante. Que cunda el ejemplo, que se decía antes.







domingo, 13 de enero de 2013

Mil ojos






me gusta mirar; siempre lo he hecho pero ahora tengo, ¿cómo decir?, ¿mayor conciencia de la mirada?; suena bien, pero no es una boutade, aunque admito que es algo extraño; como si tratara de asir lo que veo como nunca lo había tomado antes; por supuesto, no todos los objetos reclaman la atención de mi mirada; hay quien dice que no quiero ver muchas cosas; probablemente sea cierto; hay temas que ya no me llevan al huerto como no me seducen o no compensan mi curiosidad; temas que me resultan anodinos o que agobian como si no ofrecieran perspectivas; tampoco es verdad del todo que no quiera mirarlos; los observo discretamente, con más distancia, tratando de que no me involucren neciamente; pero aquello que miro lo miro con consecuencia, con ganas de saber qué hay tras su primer rostro y a qué sabe su sustancia; es por eso por lo que a veces tengo la sensación de que mis ojos se multiplican; no me refiero a las órbitas o a ese túnel maravilloso llamado retina; y que esa sensación plural dimana de una especie de ojo interior que a su vez creo que deambula por muchos lugares; otras veces delego mi mirada; hace tiempo descubrí que había otros ojos, más allá de las ubicaciones tradicionales; innumerables ojos; no me refiero necesariamente a ojos que nos controlan; este tipo de ojo los odio y me hace avergonzarme del estadio cultural de la especie a la que pertenezco; hablo sobre todo de ojos que miran para mostrarnos otras dimensiones; que miran por nosotros y nos enseñan a mirar; ojos que son además reflejo de otras personalidades, de otras proporciones; no estoy inventando nada; creo que esto mismo que expongo lo han percibido muchos a lo largo de la historia humana; el ojo es uno de los símbolos más vigorosos y los hombres supieron entenderlo desde el principio; que el simbolismo se haya convertido en cultos, creencias o introspecciones ocultistas no resta un ápice el valor del significado; ¿lo descubrieron antes que nadie los artistas?; es probable; los artistas lo descubrieron todo antes que los hombres comunes; con decir que descubrieron lo principal: el carácter de la fecundidad de la mujer, de los animales y de la tierra; ello me lleva a pensar si el ojo fundamental no residirá precisamente ahí, en el origen de cada uno, en el seno donde somos encarnados; si se repasa la obra del arte encontramos el ojo por doquier; un ojo, oh sorpresa, fuera de lugar; un ojo que lo es todo, que ha trascendido un mero espacio físico para capitalizar significados que los mismos artistas preservaron; yo mismo he caminado por mi ciudad y he encontrado en edificios, esculturas e incluso árboles ojos que, sorprendentemente, he comprobado que otros paisanos no ven; pero esos soportes físicos, elementales, que levantan acta de simbolismos ritualizados no me interesan tanto como mi propia mirada; así que últimamente, en combate con la miopía y los años, mi propuesta es convertirme en otros ojos; buscar otros ángulos, por ejemplo aquí








(La ilustración de entrada es obra del turco Kursat Zaman)


sábado, 5 de enero de 2013

Soy el párvulo




"Es eres soy: soy es eres: eres es soy. Demoliciones: me tiendo sobre mis trituraciones, yo habito mis demoliciones.''

Octavio Paz. El mono gramático.


soy el erial de mis propias palabras; la negación de las letras; el silencio de mis trazos; soy lo anterior (¿hubo algo de mí antes de mí?);  lo perdido (¿nada permanece del origen?); lo puro (¿es lo puro lo bruto?); soy aquello que estaba por hacer antes de hacer una a; antes de saber para qué era una a; soy el repliegue; la extensión que no se logra; el límite que atormenta el acto; soy el primer paso; soy el plumín mellado que araña la hoja y la invade con desasosiego; soy el papel emborronado; las tachaduras inconscientes; la mano que duda ante las direcciones y sobre las dimensiones; soy la caligrafía maltrecha; en ella van mis pulsiones; con ella se propalan mis sueños; tras ella me arrastro y por encima de ella encorvo mi pequeño cuerpo; soy el dedo untado de tinta que pringa a otro dedo; soy la hoja de cuaderno que rompo una y otra vez; soy la línea desigual; la que a duras penas emerge; la que con dificultades mantiene el equilibrio; soy la rabia que impulsa mi esfuerzo; soy el aprendiz deslumbrado; ante mí, perfecta y firme, se erige la letra modélica; el sustantivo a imitar; aquello que debo copiar; soy el paciente del ejemplo; también su víctima; soy mi propio pavor ante el desastre; soy el ordenado que se desordena en cuanto no es observado; soy la dispersión; apenas me convierto en otra mirada que rompe el ritmo y ya me salgo de la página; soy el perfil sobre el que camino y bajo el que naufrago; soy el trayecto de la frase; la disposición de los sintagmas; la frecuencia de mis entonaciones; soy el borde del significante; soy el gesto de asombro ante aquella geometría de caracteres enlazados; soy lo inaprensible que me vuelve impredecible; soy la voracidad; soy el anhelo de la feracidad; soy, voy siendo; ¿prolongo o abrevio la carrera?; me hago y me deshago a cada movimiento; invierto y enderezo mis coordenadas hasta el abismo

 


miércoles, 2 de enero de 2013

Gestualidad complementaria



Ayer descubrí estos dos rostros en las jambas antiguas de una puerta de comercio. Es curioso, porque ni son iguales ni son opuestos. No están radicalmente definidos como contrarios. Lo cual me hizo comprender la importancia del matiz. Los ojos son tristes en ambos rostros, pero la forma y disposición de la boca condiciona los carrillos, acaso el ceño, acaso la caída de los párpados. Es probable que el tallador, que trabajó obviamente a pulso y sin troquel, quisiera hacerlos idénticos. Quién sabe, pero no parece que intentara expresar con nitidez gestos encontrados. O simplemente se tratase de un artista moderado, que prefería elegir ambigüedad. ¿Se podría hablar del alegre y del serio? No es tan evidente. ¿Del dicharachero y del melancólico? Tampoco parece de recibo. ¿O del comunicativo y del hermético? No dicen demasiado al respecto. ¿O del receptivo y del obtuso? Ambos podrían participar de tales actitudes. 

Veo las caras como dos expresiones templadas, más próximas entre sí, como la de cualquier viandante. Una de las caras dice: la vida es llevadera. La otra transmite: la vida es onerosa. No dice ninguna: qué maravillosa o qué frustrante es la vida. Son dos visiones alejadas de los extremos. Conclusión de este puñetero curioso callejero que escribe: una delgada línea separa dos actitudes vitales. Pasamos de una a otra constantemente, simplemente porque vivimos en las dos. ¿Con qué rostro me levanto hoy? ¿Con el que sugiere más luz o con el que comunica más penumbra? Ya veis. Todo está escrito, hasta en el trabajo de un cincelador.  



martes, 1 de enero de 2013

Al despertar



Al despertarse siguió viendo al niño. No le importaba que el año hubiera sido duro. Los otros niños caídos para siempre. O los que desaparecieron hace tiempo para convertirse en ancianos huérfanos de ilusiones. O simplemente los que se rindieron por perder el sentido. Perder el sentido de las cosas debe ser de lo peor que hay. La gente se comporta entonces de manera muy rara, aunque a su vez lo considere normal. Compra, aparenta, exhibe, ocupa, da codazos, se desplaza sin ir a ninguna parte. Vanidades. Vanidades tocadas del ala porque vivir es insatisfactorio. Exige una posición y ubicarse o mantenerse en una posición depende de la fortuna. Un ave que sobrevuela a los hombres. A veces, muy excepcionalmente, un ave del paraíso. Con frecuencia un halcón cuyo vuelo es ordenado y dirigido por el halconero. Tiempos de halconeros que deciden sobre la suerte de los hombres. Esa suerte que se desplaza entre nacimiento y muerte, y puede anticipar ésta, incluso. Ver al niño interrogarle con una mirada larga le resultó sorprendente, pero también le hizo ilusión. Sé que estás, ¿te parece poco?, pareció escuchar decir al niño. Porque el niño utiliza pocas palabras y siempre habla con una mirada que rota sobre un eje invisible. Tiene tanto de planetario...Al despertar, saboreaba todavía la fabulosa historia del animal que pobló el laberinto y fue asesinado impunemente. También recordó con satisfacción las palabras de otro niño que no pudo más:

"...prudencia siempre, pero también coraje"  (*)

Un lema estimulante con que santiguar las horas de la tenaz lucha cotidiana por la vida.




(* Cita de Francisco Fernández Buey, muerto en agosto pasado)