.

.


La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








sábado, 31 de marzo de 2012

último día de marzo



la aproximación de los acontecimientos le hace a su vez distanciarse; es como si se concentrara más en sí mismo; ahí está de pie, contemplando los anaqueles revueltos y cada vez más desordenados de su biblioteca, atusándose con los dedos la barba, dispuesto a seguir callado, desafiando mi presencia ocasional; pero la montaña tiene grietas por donde siempre sale algo del magma, sea cual sea su forma y su incandescencia; vivir los acontecimientos me exigen ensimismarme, admite; reconozco que los doy muchas vueltas, que no me basta advertir su superficie ni concluir en una opinión pasajera; las imágenes están para transportarlas hacia tu propia profundidad, asevera prudente pero sincero; allí las ves de nuevo, las relees, las complementas con otras, las sometes a los martillazos de tu propio yunque; él gusta de este tipo de comparaciones y me lo confirma: cuando uno es consciente de la materia que le forma desde el origen debe buscar la materia que le siga haciendo más grande; pero no es el tamaño formal lo que busco, sino la intensidad; el conocimiento no crece como un objeto físico habitual, lo hace hacia adentro; y nunca crece como algo que llega desde el exterior y se instala, sino que se entiende y habla con lo que llevas dentro de ti; tú sabes el valor que ambos otorgamos a los libros, con todas nuestras diferencias de criterio sobre unos u otros, eso no reviste importancia; un valor relativo pero influyente; en los libros puedes encontrar luz y placer, pero muchos han sido escritos también para el dogma y la tiranía; puedes hallar sendas que te sirvan para explicar otras vidas y la tuya propia; pero también lujosos suelos que conduzcan a abismos y a justificación de los actos necios de otros hombres, que persiguen los hagas tuyos; no obstante, pienso que prima el vuelo y el caos en lo que está escrito; vuelo que busca y caos que rechaza la sujeción y el control; debe ser esa una de las razones por la que los libros o son vistos con mirada superficial o con desdén o se les ignora o se les persigue cuando ciertos hombres de este mundo se vuelven locos; a veces se empieza creyendo lo justo en ellos y hay un hilo conductor que termina en la acción de la hoguera; tal vez aún estemos en los tiempos en que los medios para que la gente tenga acceso a los libros se limitan o, como se dice ahora, se recortan; esto da idea de los criterios al uso entre los administradores públicos, esos que la gente vota y que luego, una vez elegidos y soberbios ejercitantes de una parcelita de poder, se desdicen y traicionan a la gente; que el conocimiento o el placer estén en función de un valor económico me revuelve las tripas; triste sociedad y tristes gobernantes que se nutren entre sí con las miserias



miércoles, 28 de marzo de 2012

Si una luz, si un túnel




Esa sensación de que todo es cada vez más borroso. Que los pasos se encaminan por direcciones aviesas. Que la luz es aparente y no deja ver. Que no se advierte con claridad un paisaje acogedor. Que el camino es subrepticio. Que la respiración va a ser dificultosa. Que el esfuerzo no se va a reconocer. Que el ser se diluye. Que la barbarie se instala. Dentro de un rato será jueves veintinueve de marzo del año dos mil doce. Si una luz, si un túnel. Decide.


sábado, 24 de marzo de 2012

Improvisadas ausencias



Nuestra madre se ausentaba algunas noches. Lo hacía con cautela. Cuando se aseguraba de que nos habíamos dormido salía por la parte de atrás de la casa. Tanto mi padre como ella debían estar comprometidos en alguna causa de ideas que les exigía esfuerzos y conllevaba ciertos riesgos. Aun cuando mi padre se encontrara de trabajos arqueológicos, ella salía discretamente. Cuando mis hermanos y yo descubrimos ese extraño movimiento de nuestra madre no nos sorprendió del todo. Una de mis hermanas se despertó una noche bruscamente con dolores de tripa. Fuimos al cuarto de nuestra madre, pero no se encontraba allí. Sería ya madrugada avanzada cuando regresó y, si bien a mi hermana se le había pasado el trastorno y todas dormían, yo permanecía desvelado. Me levanté y conté a mi madre la incidencia. Le costó ocultar cierto gesto de contrariedad, pero su dulzura superaba todas las pruebas. Aunque no le pregunté por qué se había ido, ella me dijo que alguna vez entenderíamos las razones por las que tenía que realizar esas salidas.

Mis padres no eran explícitos con sus hijos respecto a lo que se traían entre manos, pero para nosotros era obvio que ellos pensaban diferente a los vecinos. Nos inculcaban otro tipo de nociones sobre la vida, el universo y la sociedad. Nos hablaban de valores que no conminaban ni prohibían, que no exigían creencias rígidas ni inoculaban intolerancia, que no hablaban tanto del hombre abstracto y de sus mitos como de la naturaleza misma que nos forma y a la que pertenecemos. Ideas que no eran como las de otros niños que acudían a escuelas coránicas, por ejemplo, ni a las clases de los cristianos asirios. No le concedimos mayor importancia a aquellos movimientos nocturnos de nuestra madre, principalmente porque nuestra mentalidad infantil no podía interpretar el mundo inquietante en que se movían los mayores. Tardé bastante tiempo en darme cuenta de que tras aquellas escapadas suyas había algo más.




(Fotografía de Newsha Tavacolian)


miércoles, 21 de marzo de 2012

Desde el agujero




Nadie sabe de qué manera se puede uno hundir dentro de sí mismo. Lo que hay que hacer para imaginar que no estás donde estás. Mientras se sucede un estremecimiento tras otro del entorno de este escondrijo oscuro, que parece que va a dejar de serlo en cualquier momento. La gente tirita de miedo, contiene la respiración, se abraza. Los mayores rezan, pertenezcan a la tradición y al culto que pertenezcan. Tengo la sensación de que incluso se comprenden y que se sienten unidos por la desesperación. Nunca pensé que pudiéramos ser víctimas de tanta miseria destructiva. Algunos sueltan imprecaciones contra lo desconocido que nos agrede. También contra los que nos han dirigido y, de alguna manera, nos han llevado a este sufrimiento. Son maneras de desahogarse y buscar consuelo. Todo resulta muy primitivo y desconcertante aquí abajo. No conocemos el rostro de los que causan nuestro pavor. No sabemos cuánto va a durar esta cólera. Todos nuestros cuerpos están alterados. Los pensamientos, las conductas, la capacidad de control, las emociones. Hasta nuestros intestinos se rebelan y hay gente que se retuerce de dolor y de nervios. No parecen habitar aquí los mismos hombres, niños y mujeres conocidos del vecindario. Nuestros propios olores, nuestras toses y sofocos, nuestros gritos y gemidos han configurado en la oscuridad un engendro tenebroso. Un ente malformado del que se podría hasta imaginar las facciones, el tamaño e incluso su comportamiento. Pero no da tiempo a pensar. Cada sacudida atronadora solo convoca al instinto. Sale de nosotros lo peor: el espanto, las tiritonas, los lloros, las agitaciones, los desgarros. Mi hijo me clava sus uñas en el brazo y a él le hace lo mismo su hermana. Yo palpo constantemente en el bolsillo la figura aquella que invocó mi padre cuando me la dio. La acaricio frenéticamente, la aprieto contra mi muslo, mis dedos sudan sobre su materia fría y siento que se despellejan, tal el ardor nervioso que pongo al frotarla. Me parece percibir el desmenuzamiento de las partículas de que está hecha. El hombre siempre está solo, por muchos cuentos que nos hayan contado. Y solo se reconoce como monstruo.  




(Fotografía de Tofiq Jaf)


martes, 20 de marzo de 2012

El amuleto



En una de las ocasiones en que nuestro padre vino a vernos nos trajo a cada uno pequeños recuerdos. Era muy celoso en la protección de los ajuares que encontraba en sus excavaciones, por lo que nunca tuvimos en la mano ningún objeto de aquella procedencia. Si no pertenecen ya a la cultura desaparecida no pertenecen a nadie, solía decir. Pero alguien se hace cargo, ¿verdad?, le preguntaba mi madre. Las autoridades, respondía él con una confianza en éstas que aún no quebraba definitivamente. Ellas deben gestionar el mantenimiento de su patrimonio. Pero yo sé que lo decía con ciertas dudas. Toda la vida había tenido lugar un expolio y seguía habiéndolo. Evidentemente, detrás estaban siempre los compradores extranjeros, pero quienes lo ejecutaban directamente eran de los nuestros. Redes de gente a todos los niveles y de todos los estamentos; individuos especializados en sus aviesas prácticas, unos robándolos en la época en que no había trabajo en los yacimientos, otros transportándolos clandestinamente, otros más proporcionando documentación falsificada o visados buenos pero amañados y consentidos. La corrupción involucraba a los más pobres en cuanto a número, pero tenía cómplices en todas las esferas de la administración civil o religiosa. Y esos altos cargos resultaban los más decisivos y los que más se beneficiaban del latrocinio.

Toda mi vida he llevado conmigo aquel pequeño ídolo que mi padre había adquirido en el mercado de una ciudad del desierto. Él nos dijo al entregarnos los obsequios: podéis hacer con ellos lo que queráis, pero estoy convencido de que os darán buena suerte. Creo que solo yo lo he portado siempre encima, en un bolsillo, en la cartera. Mis hermanas los metieron en alguna de sus cajas de recuerdos, como ellas decían. Yo convertí el recuerdo en amuleto. Ahora mismo lo tengo en mi mano, lo acaricio, lo aprieto a cada descarga atronadora en que la tierra se convulsiona. Aquí abajo, en este refugio bajo tierra que construimos deprisa y corriendo en el vecindario cuando estaba cantado que el lejano invasor iba a arremeter contra nosotros.

lunes, 19 de marzo de 2012

La orilla cosmopolita




En la zona donde vivíamos la humedad se condensaba extraordinariamente. No obstante, la temperatura fluctuaba a lo largo del día y la gente procuraba entregarse más a la calle tras la caída del sol. Naturalmente, los que podían. Funcionarios de cierto rango, letrados, comerciantes en tránsito, usureros, traficantes de obras de arte, agentes de las embajadas extranjeras. El litoral de nuestro río fantaseaba con el cosmopolitismo que generaba la reunión de toda aquella pléyade que vivía bien o, mejor dicho, que aparentaba vivir bien. No se trataba de la gente ostentosa, sino de la arribista, de los buscavidas, de la clientela del gobierno, incluso de los ociosos que se ofrecían para cualquier cosa al mejor postor, y cuya actividad les permitía una disposición del tiempo y un alarde de costumbres que a otros les estaba vedado. De la misma manera que las aguas del río se deslizaban silenciosas pero avasalladoras buscando el sur, todo aquel encuentro de intereses, lenguas y objetivos más o menos velados confluía en un griterío moderado, en una exhibición de aproximaciones y fraternidades gozosas por imitar los comportamientos occidentales. No importaba que sus conveniencias estuvieran enfrentadas; aquel espacio nocturno de expansión jugaba el doble papel de recreo y de negocio cerrado, de tanteo y de transmisión de informaciones, de contactos y de decisiones avanzadas. Unos y otros se escuchaban y criticaban las mismas actitudes que habitualmente respaldaban. A veces parecía el mundo al revés. Qué había de debate sincero o de condescendencia en orden a una finalidad superior nunca lo supe. Mis ojos de niño detectaban pero no traducían.




(Imagen de Shirin Neshat)


sábado, 17 de marzo de 2012

Carta desde la ciudad de la nostalgia



Así era mi ciudad antes de que llegara toda la cadena de desastres. Nosotros vivíamos en el edificio que queda detrás de los árboles que se ven a la izquierda. Desde la azotea podíamos contemplar el río en todo su esplendor. Las orillas eran como pequeños puertos donde atracaban las barcazas que transportaban mercaderías desde almacenes de otros barrios. Los barcos mayores trasladaban turistas a todas horas.  

Era una ciudad luz. Al atardecer empezaban a llenarse las terrazas de los merenderos y la gente platicaba amigablemente. Las noches cálidas se prolongaban, como si nadie tuviera que levantarse temprano. Se dormía poco. Naturalmente las conversaciones eran en ocasiones agitadas. Una ciudad con tantas confesiones y pensamientos variados propicia discusiones apasionadas, pero éstas siempre terminaban con buenos deseos y la gente se guardaba sus resquemores de antaño. Mis hermanas y yo dormíamos en la parte interior del edificio, donde no llegaba tanto el rumor de moscardón de la cháchara ni los cantos y la música de la ribera. A nosotros nos daba igual porque la mayoría de los días caíamos rendidos.

La noche en que por exceso de calor no lográbamos conciliar el sueño subíamos a hurtadillas a la solana. Tomábamos los prismáticos de padre y escudriñábamos a los grupos de turistas. En cuanto localizábamos a una pareja que se apartaba, pero estaba en el ángulo de nuestra visión, nos peleábamos entre todos por no quitarles ojo. A veces subía nuestra madre y nos mandaba enérgicamente a la cama. Mi hermana pequeña decía que de mayor quería ser turista. Hoy me gustaría saber por qué parte del mundo anda, y no precisamente como turista. 

Nuestro padre no paraba en casa. Trabajaba en la excavación de una población antigua a bastantes kilómetros hacia el sur de la capital. No sé qué grupo herético numeroso había sido expulsado hacía muchos siglos de esta ciudad y se había desplazado a otra zona, fundado un nuevo asentamiento y una cultura distinta. Parece ser que esto era bastante común en aquella época. Nuestro padre podía pasarse tres o cuatro semanas en la excavación y luego venía a visitarnos, pero siempre por pocos días. Cuando se marchaba ponía sus manos en mis hombros y me decía delante de todas las mujeres que yo era el único hombre de la casa y que procurase...Se cortaba ahí. Procurar, ¿qué? Luego se echaba a reír estrepitosamente. Mis padres no temían nada y eran laicos. A nosotros nos enseñaron sencillamente algo muy elemental: el respeto a los otros. En realidad él decía aquello para escenificar irónicamente su bendición particular. El varón ausente otorgaba carta de relevo al varón que se quedaba. Se trataba de una liturgia de la que todos éramos cómplices y que hacía que la despedida fuera tierna e hilarante. Me cuesta seguir recordando. Es lo que tiene mirar durante un rato perdido una vieja fotografía.


miércoles, 14 de marzo de 2012

testamentos



la estirpe de los antiguos desaparece; no lo lamento; es el proceso natural; lo que lamento es que aquella estirpe no la veamos hoy; la del coraje, la de la resistencia; habrá quien diga: fueron los tiempos; pero muchos otros se dejaron llevar por los tiempos, sin más; con oportunismo, con vencimiento moral, con entrega inerte; ella pertenecía a los vencidos de la situación, pero también a los irreductibles; a los que no son apátridas por capricho, sino porque alguien les robó su suelo, su vida, su derecho a ser como las encinas o los olivos, del lugar; pero a cambio proyectaron su capacidad de adaptación; ¿conviene mencionar la palabra sacrificio?; no son tiempos estos en que se entienda uno de los vocablos que más miedo producen; suena fuera de lugar en este ciclo actual de la historia en que sujeto y objeto se funden en una extraña materia distorsionada, tal vez antiética; pero lo de ellos fue sacrificio, en el sentido más literal, en el de ofrenda a lo sagrado; se dirá ¿qué era, qué es, lo sagrado?; ahí, la percepción puede variar; pero ya no es como antes, ya no es la religión, el mensaje divino, la impronta de la esclavitud a la que obligaban las castas sacerdotales; hoy lo sagrado entiende más de la vida, simplemente; la vida en un sentido múltiple, nada posesivo por unos a cuenta de otros; pero sacrificio implica siempre que alguien, otra opción, otra posesión, otro sector de la especie ejecute inmolación sobre el que no es como él; lo sagrado fue para ellos la libertad, el esfuerzo por deshumillar, la puesta a disposición de la materia transformada en manos de quienes no podían disponer de una parte de ella mínimamente; fueron perdedores en un sentido; respetuosos y fieles de su integridad moral, en otro; quiero pensar que la estirpe de esta gente no se acaba nunca; que cada ciclo genera nuevos individuos que hacen de la ira una virtud; me rebela escuchar decir al president actual de la comunidad donde nació la desaparecida que es una representante de la continuidad de la Catalunya de antes de la guerra de 1936-1936, uno de los hilos que nos une a nuestra tradición; ¿esa vaciedad de fraseología es lo único que le inspira la experiencia vital de Teresa?; tiempos líquidos y falsos; mejor, callen 



(Teresa Pàmies, en un mitin político en la Monumental de Barcelona en 1937. Foto sacada de El País)

sábado, 10 de marzo de 2012

los tres monos, entre nosotros



me lo encuentro consultando mapas; como le observo un tanto perplejo se siente obligado a explicarse; no soy muy dado ni a los recordatorios ni a los aniversarios, me revela; mi madre me decía que era un despegado; tampoco me arrastraron nunca las conmemoraciones, ya sabes, eso de los cumpleaños o las jornadas mundiales o las conquistas o las liberaciones; esa sensación de que se repiten ciertos temas huecamente y su caída en el vacío me resultó siempre insoportable; naturalmente, no puedo olvidar que han tenido lugar acontecimientos y desgracias cuya órbita ha sido universal, lo reconozco; por ejemplo Enola Gay abrió de pronto, en unos instantes, una época; la conciencia del terror la vimos de inmediato instalada en nosotros; luego fuimos sabiendo lo de la soah, sin acertar a creernos la dimensión de aquella destrucción humana; con frecuencia solo se tienden a citar ciertas manifestaciones de la barbarie; ha habido muchas otras que han permanecido desconocidas u ocultadas; no interesaba mover ciertos temas, ni mencionar ciertos sufrimientos sobre los que, por tener lugar en lugares del mundo sin peso específico, se ha hecho la vista gorda; y eso es precisamente lo que me molesta; lo pequeño, lo que tiene lugar en tu cercanía o en tu ámbito es ignorado si no incide en los planes de los grandes, bien para afirmarlos o para desestabilizarlos; ¿cuánto tiempo tuvo que pasar para que la discriminación de los afrikaner fuera reconocida y denunciada en los foros mundiales?; cuanto más meditas sobre ello más te sobrecargas de ejemplos; no hay comunidad del planeta que no haya sido tocada una e incluso varias veces por el dolor; pero, ¿esos mapas que repasas?, le increpo; es mi manera de recapacitar acerca de la desgracia japonesa de hace un año, me responde; los hombres se creen Fausto y pagan un alto precio; aquello fue una lección que no queremos aprender; las autoridades mundiales se rasgaron las vestiduras, pero, salvo ciertas moderadas medidas de las cuales no hay certeza de que se cumplan, las cosas siguen igual en gran parte del mundo; siempre acabas topando con el modelo productivo que muestra su rostro cruento y al que le importa un carajo el margen de posibilidades de que las cosas salgan mal y afecten a las poblaciones; no se da el brazo a torcer; un año después de la tragedia, donde la naturaleza y Fausto echaron su pulso, las noticias que llegan de aquellas tierras son alarmantes; no, no conmemoro, no recuerdo con la vaguedad del observador distante, no me limito a repasar el suceso desde el sillón ante una pantalla; la desgracia de ellos permanece, y el aviso de lo que puede ser también nuestra desgracia late tras el rostro velado del negocio y la mentira; Kikazaru no quiere oir, Iwazaru no quiere hablar y Mizaru no quiere ver; triste destino de monos torpes el nuestro




jueves, 8 de marzo de 2012

hallazgo




…pues sabiéndote en que conocer te hace fuerte sujetas la áspid
y la reduces hasta adornarte con ella cual ajorca de oro

mientras con la otra mano enarbolas tus divisas
tales el don de la imaginación y la potencia de tu pensamiento

son tus cabellos impetuosos como las corrientes que soplan desde Oriente
y los pliegues de tu vestido modelan tu cuerpo de oleaje

avanzas reconociéndote en el paso firme que te hace nueva
y no miras hacia atrás más que para confirmar tu marcha imparable



(fragmentos de un poema anónimo hallado en las Cícladas)

martes, 6 de marzo de 2012

cuando la palabra del Marqués de Sade habita entre nosotros



no me lo invento; aparece este texto en muchas partes; se ha convertido incluso en una reclamación genial de la íntima libertad humana; escucha, es de una carta que el Marqués de Sade dirigió a su mujer Renée durante una de sus estancias en prisión: “Mi manera de pensar, dices, no puede ser aprobada. ¡Pues, qué me importa! ¡Bastante loco es quien adopta una manera de pensar como la de los demás! Mi manera de pensar es el fruto de mis reflexiones; está implicada en mi existencia, en mi organización. No soy dueño de cambiarla; y aunque pudiera no lo haría. Esa manera de pensar que censuras es el único consuelo de mi vida; alivia mis penas en prisión, constituye todos mis placeres en el mundo y la quiero más que a mi vida. No es en absoluto mi manera de pensar la que ha hecho mi desgracia; es la de los otros”; ¿no es una locura vitalista la de este hombre?; ese grito de amor a su pensamiento libre, apreciándolo más que a su propia existencia, pregona un poco el espíritu romántico; pero es admirable su combate; y, sabiendo como terminó sus días, tras una peregrinación entre cárceles y manicomios, sus palabras no suenan falsas ni altisonantes; entonces yo me pregunto: ¿la libertad como desesperación?; realizarse en la libertad como han predicado ciertos humanismos, no es tan factible; acaso la libertad si se brinda como comodidad ya no es tal libertad, sino que concedes tu esencia a cambio de unas reglas del juego; pero esa satisfacción personal de pensar conforme lo que edificas dentro de ti, otorga pleno sentido y dignidad a un ser humano, ¿no crees?; el problema surge cuando tu manera autóctona de pensar y la sugerencia que te propone de actuar no es admitida fuera de ti; esa última frase de que su desgracia no ha sido causada por pensar como pensaba sino por lo que pensaban los otros es pura luz; y nosotros vamos de plañideras, de quejicosos, de impotentes deslenguados; ¿sólo vamos a ser eso?

(pero yo no le escuchaba apenas; seguía pensando en el retorno de una mujer que nos llenaba de inquietud a los dos; claro que, acaso todo fuera una broma de mi amigo, como parte de ese pulso interior que se trae últimamente)   




(Imagen fotográfica de Giorgia Napoletano)

lunes, 5 de marzo de 2012

cinco de marzo




resulta difícil callar ante la obscenidad del mundo, ¿no te parece?, dice mientras la luz del día le parte en dos; sobre todo porque el mundo no consiste solamente en una extensión ni en múltiples territorios; el mundo no es únicamente movimiento y actividad de las sociedades; el mundo es también cada uno; acaso, sobre todo, cada uno; siendo, sintiéndose, mejor dicho, esa individualización del mundo, ¿no deja de ser aquel un concepto, una abstracción o una lejanía?; naturalmente, viéndolo así, supone una conciencia arriesgada e incluso incómoda, le replico; pero es así, no obstante que el esfuerzo de identificación no esté en la mente de muchos, prosigue; si cada ser disculpa e incluso perdona la obscenidad, ¿no está comprometiendo su propia conducta?; ¿puede decir ante todo lo que acontece que él no sabe, que él no quiere saber?; y, no obstante, millones de individuos, esa masa social que amenaza con hundir el suelo bajo sus pies y en volver irrespirable la atmósfera, se entrega con tanta facilidad a las intenciones de la minoría más abyecta e interesada; lo hace de alma y de cuerpo, y cuantos más Mefistófeles se cruzan en su camino, más se dejan subyugar por ellos y más les conceden lo que les piden; pero el alma de los individuos vive una partición cotidiana; muchos piensan que con coser retales en sus vidas, la mayor parte de los mismos ajenos a su propia contextura, van tirando; esa partición puede resultar sufriente para unos, amarga para otros, ignorada por los más; aun sabiendo en lo más profundo de sí mismos lo que son, actúan como seres superiores, si bien este statu solo se lo concede la apariencia, el juego de máscaras, el trueque donde el comercio les hace creer que son importantes; desgraciadamente, son ridículos y no dejan de pretender avanzar sino sobre la misma baldosa; la minoría consolidada es lista tanto por veterana como por demoníaca, no lo olvides; es el conocimiento que le permite el poder de que dispone y los márgenes de intervención que se reservan; juega a todas bandas y conforma no solo los instrumentos de la convivencia, cada vez más débil, sino del control del número; y todo, todo el objetivo, reside en llegar a las mentes humanas y paralizarlas; de ahí que incluso en política la gente se entregue al caballo ganador, aunque sea trilero, farsante y disimule su despotismo; y tantos lo aceptan así; veo en su rostro una línea de infinitos puntos suspensivos; de pronto advierto una apertura en su entrecejo y una luz a la que no me tiene acostumbrado le salpica el rostro: ¿sabes que va a venir Maud?, dice pausadamente; sí, ya sé lo que piensas, que Maud pertenece al pasado y que lo que queda atrás no existe; y sin embargo va a venir Maud




(Fotografía del portugués Tiago Estima)

sábado, 3 de marzo de 2012

esto aterra, simplemente



Encuentro en el blog El Periscopio, de Rosa María Artal (  http://rosamariaartal.com/  ) un enlace cuyo contenido me ha aterrado. Literalmente. Se trata de una conversación desarrollada en la SER entre el escritor y columnista Juan José Millás y el exfiscal Carlos Jiménez Villarejo. En ella tratan de la condena al juez Garzón con una perspectiva nueva: el entramado que ha podido haber detrás, de un alcance inusitado, para cargárselo. Entrevista en la que se comenta sobre el trasfondo de corrupción generalizada y en concreto sobre la trama mafiosa de los peperos de la Gürthel, sobre España como edén de la Mafia, sobre los vínculos mafiosos con los aparatos del Estado, sobre las finanzas y los paraísos fiscales y sobre determinadas medidas recientes del gobierno del PP para quitar de en medio jueces y policías que pudieran investigar la verdad. No apto para espíritus puros, castos y risueños. Ni para quienes se levantan y se acuestan cada día con la lírica y la miel. Yo me he quedado sobrecogido ante la reflexión que me obligan a hacer. Si cuando saqué, tiempo ha, la fotografía adjunta la frasecita del muro me parecía un tanto anarcoidealista o exagerada, tras escuchar la conversación entre el escritor y el fiscal tengo la impresión de que no anda descaminada. Preparaos, españolitos, que la que ya está encima tiene más envergadura de lo que creíamos. No es que me cupiera demasiada duda sobre nuestra ciudadanía impotente (o nuestra impotencia ciudadana), sino que simplemente somos imbéciles. Todo vuelve a estar atado y bien atado para los de siempre. Y así nos va y a ver cómo nos irá.  

Pulsar aquí abajo:


jueves, 1 de marzo de 2012

dándoles la espalda



me pregunto cuántos nombres tiene la violencia; estoy viendo una fotografía de la prensa donde al menos aparecen tres nombres; detrás de esos tres nombres, ¿habrá tres veces tres nombres más?; ¿hasta qué potencia se eleva la muerte?; ¿hasta dónde se multiplica una muerte, una mujer solitaria, un huérfano?; ante los nombres que se rompen, pero que no se van a olvidar, la mujer clama; ¿contra qué personaje inclemente se alza?; ¿a quién exige? ¿al dictador del país, a los sanguinarios del Ejército, a la otra parte de la población cómplice de la barbarie, a las facciones religiosas, a Alá?; lo que no creo es que se lamente ni en vano ni en abstracto; su lamento tiene tantos nombres como la violencia recibida en sus carnes; por lo que dicen las noticias, está a punto de consumarse la matanza final; luego vendrán las plañideras occidentales hablando de genocidio, cuando nada se puede hacer; luego se rehará el panorama de aquiescencia con los dueños del país, porque no interesaba, porque no nos interesaba, que quebrara la correlación de fuerzas de ese otro nombre que se llama geoestrategia; desfilará de nuevo el dictador sirio ante su aberrante y fálica miseria militar, mientras su hermosa esposa volverá a exhibirse una vez más por las pasarelas de las cortes europeas; ¿y el niño? ¿alguien puede traducir su mirada?; demasiado abierta como para no distinguir la vida de la muerte; los falsos nombres cuya frontera es imperceptible




(Fotografía de Goran Tomasevic, de Reuters, reproducida en El País)