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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 31 de enero de 2011

Mi ojo / 10



Me he puesto furiosa al recibir el último paquete de Hitomi. ¿Por qué tiene que mandarlos ahora con tanta frecuencia? Podemos vivir con poco y la ropa y los perfumes que nos envía no sirven de mucho en este lugar olvidado. Mamá no dice nada porque cree que no debemos ser ingratos. Tu hermana tiene buena intención, dice mamá. ¿Es generosidad o estos gestos de Hitomi son sólo mala conciencia? ¿Cuántos hombres la han pagado para que ella se empeñe en seguir comprando cosas que luego vamos a meter en un armario? Sí, soy mala. Mamá no sabe lo que yo sé. No sé qué pensaría ella si lo supiera. Son tiempos de escasez y cualquier cosa lleva a la gente a hacer la vista gorda. Pero conozco a mamá. Ella no aprobaría la vida de Hitomi. Que está trabajando en una fábrica de uniformes para el ejército. Eso dice. Pero las cosas se saben. Un chico de la escuela, Yoshiro, me dijo hace poco que su hermano mayor que es militar había visto a mi hermana en la ciudad. Que había pasado por un bar donde se juntan varias mujeres y ella lo había reconocido. No le dejé que me contara más. Yo había pensado que las desgracias de la guerra estaban allá donde los hombres se matan. Pero veo que la guerra no trae nada bueno para nadie, ni en los frentes ni en la retaguardia. Es curioso. Mamá tampoco ha mostrado interés por abrir el último paquete. Éste se ha quedado en un rincón.

Cuando he acabado los deberes de hoy nos hemos puesto las dos a cenar. Ella me ha mirado con mucha dulzura. Luego hemos contado anécdotas. De mi escuela y de los tiempos de la suya. Nos hemos reído mucho.




(Fotografía de Katsumi Watanabe)

domingo, 30 de enero de 2011

Mi ojo / 9



No puedo quitármelo de la cabeza. ¿Qué le escribirá mamá a ese hombre de la isla del Pacífico? Es lo que más me intriga, más que saber de quién puede tratarse. Con ser bonitas las cosas que él le dice en sus cartas, de lo que me muero de ganas es de saber con qué palabras le corresponderá ella. No lo sabré nunca, y tal vez no importe. Hace tiempo que tampoco recibe noticias suyas. Es como si el correo de todos los frentes se hubiera paralizado. ¿Qué está ocurriendo?

No hay manera de concentrarme en los deberes de la escuela cuando pienso cosas así. El día es más templado y está la ventana abierta de par en par. De pronto he tenido un susto y el trabajo de caligrafía se me ha emborronado. El danzarín se ha plantado delante. No ha hecho ruido, pero ha ocupado todo el hueco de la ventana. Ha apoyado sus brazos en el alféizar descaradamente. Jamás le había visto tan cerca. No me importa su presencia, pero me quita luz. Creo que espera que le diga algo. Pero me apetece ignorarle. Tampoco él cambia de postura. Parece otro. Como me sorprende su apacible quietud, le miro con disimulo pero con atención. Sí, es otro, sin duda. No logro seguir con las tareas. Al fin, me rindo y me dirijo a él.

- ¿Tienes idea de por qué hace tanto que no llegan cartas, quiero decir carta de papá, danzarín? Estamos inquietas y no sabemos con quién hablar, puesto que el alcalde tampoco sabe nada, y los del puesto de policía son unos inútiles.

Muy despacio, se ha ido poniendo recto y se ha encogido de hombros tímidamente. Al incorporarse le he visto un tatuaje en la parte interior del brazo. Es un kanji, uno de esos pictogramas como los que hay pintados en los abanicos del teatro Kabuki. Se ha dado cuenta de que miraba su brazo y ha reaccionado como si se sintiera descubierto. Ha dado una voltereta y visto y no visto.




(Fotografía de Daido Moriyama)

sábado, 29 de enero de 2011

Mi ojo / 8



Mamá guarda las cartas de papá en una caja con tapas lacadas. Es una caja muy bonita, de mediano tamaño, traída de China por un tío de mi madre al principio de la invasión. Tiene en sus laterales unas figuras incrustadas que representan carpas saltando sobre un río. Interiormente dispone de dos pisos. Cuando mamá la coge y la deja lo hace cuidosamente, como un ritual. Luego mete la caja en la alacena que hay en su cuarto. Dentro de la caja, pero apartadas por el separador interior, tiene también unas pocas cartas enviadas por otro hombre desde una región lejana de Asia. He buscado el lugar en un atlas y se trata de una extensa isla perdida en el sur del océano.

Ella no sabe que he mirado el interior de la caja. O probablemente sí, y acaso confíe en que no voy a decir ni mu. Pero mamá me conoce y puede que haya previsto que en cualquier momento le pregunte algo. No lo voy a hacer. Si lo hiciese ella podría tomar otras medidas y yo dejaría de leer aquellas cartas. Las cartas de papá las leemos siempre entre las dos cuando llegan. Así que después no tengo demasiado interés en volver a llorar sola. Las cartas del otro hombre tienen una caligrafía más hermosa que la de papá. Y eso que a papá siempre se le dio muy bien trazar los pictogramas. Pero estos otros son más finos y, a la vez, más firmes. Al leerlos verticalmente te parece que van a vincularse unos con otros. Esto hace que el texto suene de una manera embriagadora. Escribe poesía también, sobre todo haikus y tankas. Me ha impresionado mucho uno que dice:

Aquí perdido
Encuentro tu sonrisa
Si me olvidas
Moriré dos veces
Si me invocas me salvas

¿Por qué tengo que llorar yo también por dos hombres?




(Pintura china con motivos de carpas del Museo Oriental de Valladolid)

viernes, 28 de enero de 2011

Mi ojo / 7


El abuelo de Eisuke tiene un taller cochambroso donde repara bicicletas. Nos ha prestado una a su nieto y otra a mí y nos hemos acercado los dos hasta el viejo molino. A nadie le cae bien el molinero. La gente dice que es arisco y que tiene antipatía por los niños. Cuando su mujer vivía con él no era de esa manera, dicen. Pero un día su mujer le dejó plantado por un suboficial de la compañía que estuvo haciendo maniobras por la zona y a él le cambió el humor. La gente le juzga a la ligera por su carácter, pero ¿quién puede afirmar que haya cometido falta alguna?

Hemos llegado sin hacer ruido, bajándonos de la bici y aproximándonos a pie. Era una novedad para mí merodear por la casita y ver cómo un pequeño ramal del río se desvía para meterse por debajo del molino.

- Sois decididos, chicos. Nadie viene por aquí como no sea para que le muela el grano. Me pagan, mal pero me pagan, y se van.

El viejo Gonkuro estaba sentado en un banzo bebiendo sake y hurgándose la nariz. Al ver nuestro gesto de echar mano al manillar y poner un pie en el pedal, rebajó el tono quejoso de su voz.

- No, no os marchéis. Mirad las riberas del río, podéis contemplar libremente su curso y el paso de los patos que vienen de más arriba. Recoged moras y flores si queréis. La naturaleza no debería ser propiedad de nadie. Yo nunca he tenido nada. Ni siquiera el molino es mío. Yo solo soy dueño de mi soledad y de mi miseria.

Me impresionó su aplomo calmo y su dolorida resignación. ¿Éste era el molinero al que tanto despreciaban y temían los aldeanos? Eisuke me miraba con ojos de espanto, pero no pude contenerme.

- Díganos, Gonkuro, ¿dónde han ido a parar los hombres de este pueblo?

El molinero puso cara de asombro. Las facciones se le relajaron. Hasta me pareció que había una pinta de alegría entre sus arrugas. Echó una carcajada interminable y se metió en la casa. Le oí decir entre dientes: Maldita chica. ¿No sabes que preguntar en estos tiempos es una maldición?





(Fotografía de Eikoh Hosoe)


jueves, 27 de enero de 2011

Mi ojo / 6



Cuando la radio habla de las conquistas de nuestros soldados, mamá se pone a llorar. Ella no entiende que los hombres tengan que ir forzados a lugares extraños a jugarse la vida. Y cuando está rabiosa dice que de allí no vuelven. Yo sé que lo que dice no es pensando sólo en papá. Un día recibió una carta de una isla lejana y no era de papá. Estuvo mucho rato callada y se marchó a la huerta. Al volver tenía la cara rígida y la encontré triste.

Algunas veces me explica a su manera lo de la guerra. Me cuesta entenderla pero la creo. Los chicos del pueblo defienden las invasiones, alardean de los combates de nuestras tropas, bendicen al emperador. Yo nunca sé qué decirles. Mamá me ha dicho que no tenga opinión, que les diga que sí con la cabeza a todo.

- ¿Tú sabes qué es una conquista, danzarín?

Mi amigo el danzarín se detiene entonces, se agacha y permanece en cuclillas dispuesto a escucharme. Ha abierto tanto los ojos que me da miedo.

- Dime, ya que recorres la aldea y los caminos, ¿tú sabes dónde está mi padre? ¿Dónde han ido el hijo del barquero, y el adoptado por el carpintero, y los gemelos del forjador, y la hija enfermera de la viuda que vive en la última casa?

No va a contestar, pero noto su estremecimiento. Su pecho se comprime, veo sus ojos llorosos. Aprieta los puños, tanto que se debe estar clavando las uñas. Se pone de pie, abre las manos, las levanta y me muestra sus palmas, arañadas, sangrantes. Hace bailar sus dedos largos y delicados. No comprendo su mirada, casi velada, ausente. Enseguida salta y se pierde.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

miércoles, 26 de enero de 2011

Mi ojo / 5


Mamá. La guerra le ha quitado a papá. ¿Se lo ha quitado? No estoy segura. A mí sí me lo quitó. Mamá no es como el resto. No es de las que dice sí con facilidad. La tradición se estrellaba con ella. Tampoco su marido es tradicional. Ambos procedían de una ciudad mediana. El mundo rural fue una novedad y no tuvieron más remedio que aceptarlo. La condición de ser maestros lleva consigo desplazamientos y sacrificios. Aunque los dos habían ejercido la misma profesión antes de venir a parar a este pueblo la plaza era un destino exclusivo de mi padre. Ella le siguió. No podía elegir. ¿O pudo hacerlo, pero no se atrevió? Hasta ahí ella dijo sí. Sólo hasta ahí.

Mamá. Renunciando desde el primer día a otras cosas. ¿Sería por esa causa por la que se dejó llevar y no dudó en tener hijos? ¿Qué podía hacer en un lugar apartado de sus orígenes? Acaso esperar. Esperar a que los ciclos resolvieran. Esperar una señal. Esperar un acontecimiento. Ningún reproche por mi parte. Volcó en nosotras todo el esfuerzo y cariño que ni ella misma sospechaba que tenía. Y sobre todo desató su imaginación. No quería que fuéramos unas alumnas más de la escuela de su marido ni unas chicas rurales.




(Fotografía de Roman Loranc)

martes, 25 de enero de 2011

Mi ojo / 4


Esta mañana ha aparecido Sugita, el cartero, eufórico. Ha subido la cuesta con una mano en el manillar y exhibiendo un paquete voluminoso en la otra.

- Casi atropello a tu amigo el danzarín, chica.

- No es mi amigo, Sugita. Es sólo un hombre que busca estar en alguna parte pero no lo consigue.

El empeño de su malabarismo desenfadado casi le cuesta una caída. Voy corriendo hacia él. Echa un pie a tierra y juega a darme y no darme el paquete. Mi madre mira desde la ventana de casa con un gesto de alegría congelada. No, no es de papá, le grito. Papá estaría, en todo caso, para recibir, no para enviar, pienso. Donde él está lo único que podría remitirnos son señales de que sobrevive.

Sugita, el cartero, nos trae un nuevo obsequio de mi hermana Hitomi. Mi hermana envía regularmente alguna cosa desde la ciudad. Sugita está siempre encantado de hacérnoslo llegar. Sugita tiene que recorrer todos los días varias aldeas y despoblados para repartir la correspondencia. Tuvo suerte de que no le movilizaran. Su miopía acusada le salvó de la leva. Así que presta su servicio particular con tanto entusiasmo como los soldados, y no es menos delicada su tarea, qué va. Traer cada día noticias buenas y malas, si es que de los frentes de batalla puede llegar algo bueno, le hace tan importante para los pobladores del valle como lo que puedan estar haciendo por esos mundos las tropas del emperador.

El cartero salió con Hitomi durante un tiempo. Pero ella no soportaba el ambiente del pueblo y creo que tampoco se encontraba a gusto con nosotras. Para ella Sugita fue un chico más. Al poco de partir papá Hitomi se marchó a la ciudad. Allí hay muchas posibilidades para trabajar en lo que quieras, y no te mueres de asco, nos dijo tratando de persuadirnos y de aliviar nuestra tristeza. Sugita sigue creyendo que va a volver, incluso más rica y más guapa. Yo sé que Hitomi no volverá nunca. Ha probado el sabor del dinero fácil.




(Fotografía de Nobuyoshi Araki)

lunes, 24 de enero de 2011

Mi ojo / 3



- Eh, danzarín, ¿no vas a parar nunca?

No pude evitar decírselo, aun temiendo provocarle. Pero se detuvo. Por un instante me miró fijamente. Los ojos no parecían los de un loco. Las cejas y la barba, escasa pero descuidada, no dejaban ver bien sus facciones. Pero aquella mirada no era como la de otras veces. De pronto pareció atacarle un enemigo invisible, comenzó a gesticular contra el aire, se giró y desapareció tras un recodo del camino que va hacia la vieja fábrica abandonada.

No se sabe si lo que le pasa es de nacimiento. En la aldea nadie le conocía. Un día apareció y como no se mete con ningún vecino tampoco nadie la tiene cogida con él. Cómo subsiste es un misterio. Algunos comentan que se refugia en un roquedal junto a la garganta del río. Otro dicen que lo acogió por bondad Gonkuro, el molinero huraño que vive apartado del pueblo. Al caer la tarde desaparece y ni rastro de él. Aunque algunas noches de tormenta se escucha en el fondo del valle el eco de unos gritos de desgarro. Si es el danzarín o son imaginaciones de la gente nadie lo ha corroborado. Pero entonces mamá, que es muy sensible, se desvela y se tapa los oídos. Ella dice ese maldito tonto me saca de quicio, pero creo que más bien aquellos alaridos le hacen sentirse inquieta.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

domingo, 23 de enero de 2011

Mi ojo / 2


Hoy, cuando ha pasado el cartero camino de la aldea, tampoco ha parado en nuestra casa. Ha mirado de lado y ha hecho un quiebro sin detener la bicicleta. Me ha parecido que enarcaba las cejas, como diciendo lo siento. Mamá estaba regando las azaleas y ha abandonado por un momento la labor. Se ha quedado de pie y nos hemos mirado a distancia. Ella ya no se agita como durante los primeros días en que nos extrañaba la falta de correo. Nos estamos acostumbrando a la ausencia de noticias de papá. Como tampoco otros vecinos saben nada de sus familiares movilizados nos arropamos y unimos el destino de unos con el de los otros. Tampoco tenemos claro si es mejor saber algo o no saber nada. Algunos, como la buena de Umiko o el viejo Kento, tuvieron informaciones fatales. A nosotras, a pesar de la falta de correo al menos nos queda la esperanza. La última carta de papá es de hace meses y no parecía estar pasándolo muy bien en aquella isla tan lejana de la que nadie había oído hablar antes. Voy a dejar mi tarea y a echar una mano a mamá. Las peonías no están muy lozanas y ella se ha quedado inmóvil, sin reaccionar. Me da la impresión de que hoy me necesita.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

sábado, 22 de enero de 2011

Mi ojo


Le veo correr todas las mañanas. Cuando me levanto él está ahí. Sube y baja los prados que hay junto a la casa. Va casi desnudo. Da igual la temperatura que haga. A veces se para delante de mi ventana a esperar a que yo aparezca. Cuando descorro la persiana alza los dos brazos con energía, masculla un grito agudo, se da la vuelta y vuelve a pegar saltos. Luego se va. Al oir la campana del monje anacoreta que vive más abajo echa a correr en aquella dirección. Mamá a veces le ofrece té. En ocasiones no cesa de andar por nuestro huerto y a sortear el pozo. Pero mamá se enfada si pisa los tomates y los nabos. Entonces mamá rezonga y le espanta. Le echaría de menos si un día no apareciera. Estoy acostumbrada a verle y creo que casi todos los días quiere decirme algo. Pero siempre se mantiene a distancia. Imparable. Lo suyo es una condena a danzar perpetuamente.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

jueves, 20 de enero de 2011

Martirio vencido


Es la hora del cumplimiento del castigo. Sin contemplaciones. La turba mira, se tensa, vibra, exige. ¿Por qué la ejecución de la pena demanda siempre la presencia de espectadores? ¿Tan débiles son los legisladores que necesitan el refrendo de la chusma? El aire, detenido. Cesan los murmullos. Suena un silbido visceral por encima de todas las cabezas. Se vacía el carcaj de sombras. Pero las armas se desactivan antes de dar en la diana. Los arqueros no comprenden. La amazona de nieve se distiende y desvía el ataque. Nada le roza. Nada le vence. Nada le cambia. Serena desnudez. Su ausencia de aflicción desarma a los verdugos. La condenada exhibe una seguridad apacible. No ha reconocido culpa alguna. La que debía morir no muere. Concentra sus fuerzas en un leve y orgulloso escorzo. Toca el arbusto y lo nombra. Lo acaricia y le habla. ¿Qué le transmite? ¿O qué toma de él? No admite jueces ni sayones. Expuesta a mil saetas no perece. Extensión del gesto. No traza con sus brazos y sus piernas una cruz sino que brinda por el cuerpo y lo erige como templo. La cruz fue inventada para negar el cuerpo. ¿Qué mayor silencio del cuerpo que quitar la vida? ¿Qué mayor triunfo de la vida que defender el cuerpo? Coraza de empecinada resistencia. Extinción del martirio. Los agresores se vienen abajo. Los soldados huyen. La ley quiebra. Los sacerdotes se esconden. Lo frágil no es la luz.




(Fotografía de Diana Blok)

miércoles, 19 de enero de 2011

El kamikaze esteta


"...La escenificación final de nuestro jefe Yukio en Ichigaya no fue la única. Pero sí la que le llevaría a la consagración definitiva. Lo descubrimos tras su muerte. Obsesionado por el Bushido, como todos los que le seguimos en aquella aventura descabellada, su imagen final no fue sino la gran puesta en escena de las ficciones que él había vivido anteriormente.

Unas fotografías suyas nos descubrieron que había interpretado el papel de uno de los santos del cristianismo más espectaculares. Un individuo que se exhibía en su propia agonía, manifestando un desafío no tanto a sus perseguidores como al sufrimiento. Alguien que contemplaba su propio sacrificio con una especie de deleite inexplicable y extraño. Los que no habíamos oído hablar nunca del soldado romano que se dejó contagiar por la fe de moda en su tiempo no entendíamos bien la representación de Yukio. Sólo cuando algunos miembros de la secta occidental nos explicaron lo del martirio del romano, mostrándonos imágenes de diversas épocas, comprendimos que aquel mártir antiguo debió ser un personaje con dotes de actor.

También nos dimos cuenta, o tal vez ya lo habíamos observado pero no queríamos hablar de ello obnubilados como estábamos en su juego, de que Mishima llevaba un actor dentro y también un hombre que no lograba sentirse a gusto dentro de sí y que le torturaba. Acaso por ello necesitaba puestas en escena que obraran purificadoramente sobre su alma ardiente.

Ni él ni nosotros podíamos escapar a la cada vez más influyente cultura occidental, tras el desastre del Imperio del Sol. Pero ahora, cuando tanto tiempo ha pasado, vamos comprendiendo que un hombre no representa lo que hay fuera de él por simple capricho. Ni por imitación, ni por emulación alguna. Los hombres que representan en la ficción papeles que el destino les tiene reservados a otros en la realidad lo hacen porque necesitan ratificarse sobre su propio pasado insalvable.


No conocí a Yukio de joven, evidentemente, pero algunos familiares que sobrevivieron a las miserias de la guerra me contaron que era un adolescente enclenque e inquieto. En qué momento empezó a representar su papel y a ejercer otro rostro, no podré saberlo nunca. Tampoco le llegué a tratar sino en la etapa final de sus devaneos y sus propuestas épicas. De no haber escrito vertiginosamente durante años, Yukio hubiera sido otro, sin lugar a dudas. Pero no sabremos jamás si mejor o peor, si más satisfecho o más hambriento con su existencia..."



( Relato apócrifo de Haru Oshio, superviviente del grupo de los Tatenokai. Fotografías representando a Yukio Mishima como San Sebastián)





domingo, 16 de enero de 2011

¿Sólo vacío?


La entrada anterior era el homenaje particular del hombre a los vencidos. Siempre le atrajeron con enorme fascinación las causas perdidas, aunque se hubieran producido a siglos de tiempo y a miles de kilómetros de distancia. Debe ser por su propia conciencia de la ubicación personal. Y siempre le indignaron las circunstancias y las derrotas. Pero necesita decirse, para relajar su tensión interpretativa de los hechos, que aquello es ya pasado. Sin embargo ciertos acontecimientos le hablan como si el pasado volviera. De momento envuelto en sombras y en claroscuros. Lee en la prensa las cesiones y concesiones de los obreros y empleados en Nissan en Barcelona y en Fiat en Turín y entonces el pasado revive. Lee sobre la división tajante entre sectores de los mismos obreros. Lee sobre promesas de las empresas, que vaya usted a saber si serán cumplidas. Lee sobre el precio de la propia condición. ¿Qué hay dentro del pecho de los trabajadores? El hombre se aterra al ver en las entrañas del individuo -del ser, del trabajador, del hombre- un espacio tan vacío. Cuidado: si el vacío no es ocupado por una conciencia acaba siendo ocupado por un monstruo. El hombre arroja asqueado el periódico y se palpa el alma.



(La composición fotográfica es de Michael Macku)

sábado, 15 de enero de 2011

El orden reinó en Berlín


Noventa y dos años después del crimen, necesito mirar de nuevo el grabado que Käthe Kollwitz hizo sobre el velatorio del cadáver de Karl Liebknecht . Los hombres, las mujeres, los kameraden, están espantados, sobrecogidos, atónitos. No se lo pueden creer. O empiezan a creer que todo va a ser posible contra ellos. Los rostros rudos expresan pérdida del ánimo. Las miradas se tornan perplejidad. La rabia está contenida. Es el instante del homenaje. La miseria late tras ellos. La apuesta por el futuro se tambalea. El filo de la represión y el odio de clases va a tomarse la revancha con ellos. Uno de sus líderes yace y, probablemente, con él queda sentenciado un proyecto liberador. Después, vendrán más caídos. En una fila interminable.

¿Un mero acontecimiento de la política interior de un país en un momento crucial de su historia? ¿Una señal para navegantes con pretensiones radicales en el futuro? La alevosa muerte de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht el 15 de enero de 1919 no ha quedado solo en los anales de la historia alemana. Es también un símbolo de las revoluciones frustradas. Mejor dicho, abortadas en origen por los que no pueden jamás aceptar la libertad. Entiendo que para mucha gente ese capítulo de la historia de los trabajadores sea desconocido, ignorado o simplemente permanezca olvidado. Lo terrible fue que el inductor de aquel asesinato de los espartaquistas se tratara del SPD, la socialdemocracia alemana. Uno tiembla al pensar en las barbaridades que pueden estar dispuestos a cometer quienes hablan en nombre de los trabajadores y llevan a cabo políticas de derechas. Menuda lección la de hace noventa y dos años. Menudo precedente. Menudo fiasco.




(Ambos grabados son obra de Käthe Kollwitz. El de abajo es su autorretrato sufriente)

viernes, 14 de enero de 2011

La espiral del caracol


Los símbolos existen para representar las ancestrales búsquedas humanas. Para afirmar las tendencias en el vínculo hombre y naturaleza. Alguien ha sido más explícito en las paredes de mi ciudad. Y ha infringido la ley del símbolo. O ha convertido éste en evidencia. Más que nunca, la espiral encierra el sentido del hombre atrapado en su dinámica. El caracol es nuestra obviedad. Nada más que decir.

miércoles, 12 de enero de 2011

La galleta


El mundo en una galleta. Algunos angustiándonos y tratándonos de aliviarnos alternativamente. Pasajeramente. Encarando una catarata de acontecimientos cotidianos. Haciendo frente a desajustes. Tentando la suerte de las decisiones. Echando un pulso con el azar. Esforzándonos por la subsistencia. Dejándonos acoger por la caricia de las palabras leídas. Y para otros su mundo en una galleta. Simplemente. De pronto me veo así. Me quiero ver de esta manera. Por un instante me siento sujetado, elevado sobre el paisaje humano, protegido, libre de responsabilidades, con todas las posibilidades por delante, entregado a la delicia de un alimento menor. Pregunta tonta, pero curiosa: ¿cuánto tiene de nutrición y cuánto de entretenimiento una galleta? Me entrego a la ficción de verme volviendo a empezar. Pero me falta imaginación. Empezar de nuevo, ¿para qué? ¿Para repetir los ciclos? ¿Para volver a conocer lo conocido? ¿Para arriesgarme a que podría ser peor? No. Estoy donde estoy, suficiente. No pienso jugar con Dios a los dados; Dios siempre fue un jugador tramposo. Tengo claro en qué parte del universo me hallo. Tomo ejemplo de la niña. Me voy a la caja de galletas y cojo una. Está rica. Buenas noches.

martes, 11 de enero de 2011

Sobre las migraciones actuales


Perdida en su propia vorágine, la humanidad perdió hace tiempo también su nombre. Lo recordaba hoy al ver cierto programa sobre la Segunda Guerra Mundial, bastante flojo y reduccionista por cierto, pero el valor de cuyas imágenes me han servido para congelarme una vez más lo que permanezca de esencia ¿humana? dentro de mí todavía.

Y es que se habla, a toro pasado, de los grandes conflictos del planeta y de sus secuelas miserables en precio de vidas y muertes. Pero se habla menos, en el día a día, de los entresijos de las condiciones de vida de los pobladores y de la corrupción instalada en las alturas de los gobiernos y de los negocios despiadados de las corporaciones transnacionales. Se habla, sí, algo en plan noticia breve, sin prime time y condenadas las noticias a durar un par de días. Las informaciones reveladas por Wikileaks sacan a relucir las aberraciones de muchos de estos vínculos poder político / poder industrial y comercial. De ficción, nada de nada. Y todos, tragando.

Pensaba también en el repugnante ascenso demagógico de personajillos como cierto ciudadano catalán que citan en los blogs Grito de lobos y El far de Maians. Y como ése hay bastantes más, muchos en la oscuridad cobarde de sus anonimatos, otros respaldándoles con sus votos, la mayoría canalizados por un partido mayoritario. No me quiero enrollar, simplemente traer aquí un par de vídeos de un adalid de las causas pacifistas, el activista por la justicia social Arcadi Oliveres, a quien tuve el gusto de conocer hace bastantes años (qué lejos queda la campaña anti-Otan de 1986, ¿verdad?) Son parte de una intervención oral, servida con el desparpajo e ironía característicos de Arcadi, sobre las migraciones modernas, en un intento más por desmitificar y rebatir tópicos y demagogias. Lo siento, hoy toca indignación. Y no precisamente onírica.


(Fotomontaje. Grete Stern)









jueves, 6 de enero de 2011

La niña y la serpiente (sueño)




En el sueño hay una niña que da de comer a una serpiente. La niña la sujeta sobre su regazo. La piel del animal es un dibujo de losanges brillantes. La niña peina de vez en cuando las escamas de la serpiente con sus deditos. El reptil permanece impasible, como es costumbre, pero la niña sabe que está muy atento a sus caricias. La niña le pone en la mano algunos bichitos y la lengua ágil de la serpiente los atrapa en un visto y no visto. A la niña le produce cosquillas el leve lametón del animal y retira la mano deprisa. Cuando queda libre la mano con la que nutre a la serpiente la niña se pone a contar las escamas de la piel. En el sueño la niña mira absorta el agua del arroyo que hay a sus pies. Las aguas del río no se mueven, como tampoco la serpiente se altera. La niña siente el peso de la serpiente sobre su cuerpecito, pero no la teme. Además la está cogiendo cariño y por nada del mundo quiere que el animal se ponga en acción y la deje plantada. Hay pájaros sobre las ramas de los árboles de la orilla del río, pero parecen dormidos. Al rascar la piel del reptil la niña siente una sensación rijosa. Se estremece pero no rehúye la sensación. Le da gusto pasar la mano por aquella superficie de la que apenas logra abarcar un tramo. La niña ve cómo una rata de agua salta desde su covacha al río. Al caer no se oye chapoteo alguno. La rata, en lugar de deslizarse a través de la corriente, se hunde en la oscuridad de la ciénaga. En el sueño no corre el aire y tampoco llegan sonidos de animales. Sin embargo, la niña advierte ojos que escudriñan tras el ramaje del bosque bajo. Bandadas de insignificantes insectos aparecen de vez en cuando en torno a la niña y a la serpiente. La lengua doble del reptil se agita hasta hacerse con varios de esos diminutos seres y todo permanece parado de nuevo. La niña se queda absorta contemplando la agilidad de la serpiente para cazar el alimento. Ahora la niña siente que la serpiente se mueve y cambia ligeramente de posición. Coloca más cerca de la niña otra zona del largo recorrido de su cuerpo para que la mano de la criatura siga arañando sus escamas. Es un arte contar las innumerables escamas de una serpiente viva y no se sabe de nadie que lo haya logrado de forma táctil. Hay que tener mucha paciencia y hasta un método. La niña tiene ambos recursos. La calma y el calor que la niña transmite al animal son el secreto del arte de la niña. En el sueño, mientras la piel de la serpiente es restregada por las manitas de la niña, la niña le canta una nana al animal. La niña no se sabe todas las nanas, pero canta aquellas que recuerda y se inventa otras. La serpiente no conoce ninguna, pero escucha con aparente impasibilidad la voz arrulladora de la niña. La serpiente no está acostumbrada a que le canten nanas. La niña cree que a causa de su voz envolvente y de la calidez de las caricias la serpiente se está durmiendo. Pero nadie sabe bien nunca cuándo duerme una serpiente. El animal se encuentra tan mimado que, de haber llegado alguien en ese momento a molestar a la niña, hubiera saltado como un guardaespaldas. En el sueño se produce un instante de pánico en que la niña va a cambiar de postura porque se le ha dormido una pierna y no encuentra una parte de su cuerpo. Medio torso, una de las piernas y un brazo no aparecen por ningún lado. La niña mira fijamente a los ojos de la serpiente y la serpiente también mira a los ojos de la niña. La niña exige una respuesta a la serpiente. La niña vence con su mirada a la mirada del animal y obliga a éste a bajar la cabeza. La noche ha caído del todo y la niña se contempla a sí misma aprovechando la luz del plenilunio. La niña advierte que le nacen pequeños rombos escamosos sobre la parte de la piel que aún conserva. La niña nota también que se va quedando muy fría pero que el frío no le resta fuerza. La niña expande varias veces la lengua fuera de su boca como si quisiera pillar el aire. La niña sigue cantando nanas a la serpiente, pero con menos energía. La niña está inmóvil pero despierta. Hay una quietud total en el campo. La niña se enrosca del todo a la serpiente y una nube oculta a la luna.




(Fotografía de Frantisek Drtikol)

lunes, 3 de enero de 2011

En el nombre de quién


A veces me apetece escribir algo sobre cierta gente. Provocan tanto que ganas me dan. Pero luego me lo pienso mejor y me digo a mi mismo que no debo gastar energías en hablar sobre sus efímeras figuras y sus obras sombrías. Me digo, cuando oigo de pasada o leo titulares de prensa sobre su pensamiento (si es pensamiento lo que tienen): pero esta gente es peligrosa, toda la gente envenenada es peligrosa. Bien, pues no voy a decir más, porque hete aquí que en el capítulo De los transmundanos, de la colosal Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche dejó escrito algo magistral:


"Siempre hubo mucha gente enferma entre quienes fantasean y son adictos a los dioses; odian con furia al hombre del conocimiento y a aquella virtud, la más joven de todas, que se llama: honestidad.

Vuelven siempre la vista hacia tiempos oscuros: entonces, ciertamente, ilusión y fe eran cosas distintas; el delirio de la razón era semejanza con Dios, y la duda era pecado.

Demasiado bien conozco a estos hombres semejantes a Dios: quieren que se crea en ellos, y que la duda sea pecado. Demasiado bien sé igualmente qué es aquello en lo que más creen.

En verdad, no en trasmundos ni en gotas de sangre redentora: sino que es en el cuerpo en lo que más creen, y su propio cuerpo es para ellos su cosa en sí.

Pero para ellos el cuerpo es una cosa enfermiza: y con gusto escaparían de él. Por eso escuchan a los predicadores de la muerte, y ellos mismos predican transmundos.

Es mejor que oigáis, hermanos míos, la voz del cuerpo sano: es ésta una voz más sincera y más pura.

Con más sinceridad y con más pureza habla el cuerpo sano, el cuerpo perfecto y cuadrado: y habla del sentido de la tierra."


¿No es el texto clarividente, genial y sumamente ilustrativo? Bendito seas, Friedrich, por tu luz y tu deconstrucción.

sábado, 1 de enero de 2011

Rasgarse

¿Se desgaja o se recompone? Buena metáfora para la fecha. ¿Se rehará o se resquebrajará? Enigma. Este tránsito de ayer a hoy, medido siempre en tiempos verbales diferentes, es un símbolo de las propuestas del cambio personal. Antes se llevaba mucho aquello de año nuevo, vida nueva, deducción simplona que no garantizaba verdad ni resultado alguno. Pero ciertamente, gran parte de las proposiciones personales y hasta colectivas invocadas se emitía con el alfa del calendario occidental. El valor de un símbolo que en dos días más resultaba efímero.

En la intimidad de cada individuo late siempre la referencia de una fecha a partir de la cual hay que dejar de hacer lo que nos parece negativo (que aparece como obvio y claro) y comenzar a hacer lo que pretendemos positivo (que se nos muestra difusamente como deseo, aspiración o promesa) Buena cosa es rasgar nuestras entrañas. No necesariamente tiene que coincidir con el uno de enero. Abrirnos en canal, mirar dentro y desalojar cuanto nos paraliza, anula y nos impide avanzar, es una actitud que reclama un calendario particular que solo se mide por el agobio y la sensación de haber llegado a un límite, sea cual sea la fecha.

Las películas nos enseñaron hace tiempo que las imágenes que avanzan también retroceden. La fotografía adjunta me recuerda un poco eso. Y aunque sólo un profundo conocedor de cada detalle de la anatomía del cuerpo podría decirnos si el esfuerzo mostrado solo es de distensión, se me antoja que también podría ser de reconstrucción. Basta con ignorar los pormenores de tendones y huesos. Al fin y al cabo, no existe un esfuerzo que no necesite del otro.

¿Y mientras? Mientras, se muestra un hueco donde debería haber una cabeza. ¿Sugiere la limpieza interior? ¿Una nueva orientación? ¿Una renuncia a lo anterior? ¿O se trata de una mera oxigenación del conocimiento acumulado? La invisibilidad provisional de la mente responde a una catarsis, no me cabe duda. ¿Cundirá? Os deseo que el ejercicio profundo y personal vaya más allá de la fecha, de las palabras superficiales y de las buenas intenciones. Para obtener el nuevo hombre hay que rasgar el que hemos llevado hasta este instante.




(Composición fotográfica de Michael Macku)