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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








viernes, 31 de diciembre de 2010

Consultando el I Ching


Mientras en torno mío escucho decir al tendero, al quiosquero o al vecino confiado eso de feliz y venturoso año, yo consulto el I Ching. Miento. Venturoso ya no lo oigo, y cuidado que es bonita esta palabra. Y aunque acostumbrado a ella desde tiempos lejanos, y aun sabiendo más o menos su significado, me da en mirar en el diccionario de la RAE. Para mi sorpresa, compruebo que tiene nada menos que tres acepciones.

venturoso, sa.

1. adj. Que tiene buena suerte.
2. adj. Borrascoso, tempestuoso.
3. adj. Que implica o trae felicidad.

¿Contradictorias? No necesariamente. Acaso se complementan, simplemente. Puedes quedarte con una o con el proceso entero. Por ejemplo, alguien persigue la felicidad, para lo cual tiene que atravesar una fase tempestuosa y puede lograr su objetivo con una suerte favorable. O alguien atraviesa una etapa borrascosa que al concluir con buena suerte le permite obtener felicidad. Bueno, son interpretaciones, un juego de palabras que combinándose propiciarían varias posibilidades. Y entonces me ha parecido que estas designaciones de la Real Academia para el mismo vocablo sonaban a I Ching.

Evidentemente el manual chino ignora el calendario gregoriano, la cultura occidental y moderna y las leyes actuales del mercado, que para eso es más antiguo y acaso más sabio. Aunque seguro que muchos afirman que el I Ching va más allá de todas las tradiciones y actualizaciones culturales y que sirve como el primer día. ¿Lo consultarán los del business is business? Un manual de adivinación, como un oráculo, son siempre sistemas posibilistas que valen para bien y para mal. Aciertos y desaciertos se justifican de todas maneras. Es lo bueno de un sistema abierto, que siempre mantiene su don de verdad magmática aunque la expresión al exterior sean solo cenizas.

Son presunciones mías y no quiero incidir en calificación alguna sobre I Ching. Reconozco que nunca he sabido consultarlo. Y eso que dispongo de una buena edición que me regalaron con cariño. Pero mis resistencias innatas y mi vagancia a indagar un funcionamiento sin maestro alguno en estas artes han impedido, hasta la fecha, tomar en consideración un corpus que tiene mucho de autopreguntas y autorespuestas, sospecho.

De momento, ayer me quedé alelado consultando el mapa de hexagramas. Esa belleza de pictogramas que se parecen pero distan tanto los unos de los otros, rezuma conceptos sobre el universo. No pasé de ahí. Ni siquiera sé si aquello que los dedos señalan significa algo. Qué curioso. No creo en el sistema y sin embargo uno teme que le cuenten. ¿Me pongo en sus manos o simplemente escucho los hexagramas de mi propia mente y de mi propio corazón? Ay, esos pensamientos inducidos del fin de año.

martes, 28 de diciembre de 2010

Expectoraciones


Mientras las gentes de su entorno se felicitan no se sabe bien qué, según las pautas al uso, se felicitan acaso de la felicidad imposible, de pronunciar fácilmente con la boca lo que acaso el corazón no sabe canalizar, él se rebela, el hombre se eclipsa con su otro rostro, piensa en el poder, limitado, alterno y contradictorio, de la palabra emitida, el sonido de nuestros días, una palabra estereotipo, piensa en los arquetipos de conducta con que las gentes se guían, simplemente porque hacerlo es identificarse con el grupo, sentir el calor de la tribu para no sentir la soledad individual, porque las gentes temen la soledad individual, les espanta el ejercicio de enfrentarse a sí mismos, a sujetarse sus diferentes caras, temen contraponerse a todas sus posibilidades, límites y aspiraciones, y en ese miedo por no considerarse a sí mismos no ya una fortaleza, que podrían serlo, sino simplemente un yo personal y sagrado, hacen dejación y se refugian en lo colectivo, y la masa exige siempre contrapartidas, la primera el uso abanderado de los tópicos, de las enseñas repetitivas, las que se formulan con la palabra, aunque se prostituya el concepto, y de las misma manera que algunos tienen necesidad de exhibir sus banderitas de la nación imposible colgadas del retrovisor interior de su coche, otros precisan oír una y mil veces las mismas voces, porque él cree que realmente lo que emiten las gentes no son medidas palabras, vocablos precisos y con respaldo, sino lamentos guturales, voces, a veces gritos, a veces se configura incluso una oleada masiva expedida desde miles de gargantas, y las gentes, o cada individuo de esas gentes en su entrega total, se sienten respaldados cuando disparan sus heil, sus felices, sus olés, sus halas, sus vivas, toda una coreografía de cantos huecos, porque ese simbolismo es vano, no conduce al fortalecimiento de cada ser, sino al rebajamiento de su don íntimo, y de la misma manera que se conceden con necedad al arropamiento de los modelos exhibidos, de la misma forma con que se someten a lo que consideran un poder exterior taumatúrgico, palabras pronunciadas como un solo hombre o delegadas para que cada boquita particular se crea que sale de ella misma, así mismo se vuelcan en las palabras ajadas, desprovistas de racionalidad y de sensatez que se vacían diariamente desde todos los canales de los medios de incomunicación, esas ondas capaces de envolver en la privación más absoluta a cada uno de los seres de este mundo, y no son inútiles del todo las palabras que se repiten en su vaciedad, pueden ser equívocas, falsas o vacuas, pero son muy fructíferas para los fines que se persiguen detrás, ese vivir como si se quisiera ser sujeto y objeto, esa persecución desmedida de la identidad con la mercancía, como si esta saciara las verdaderas apetencias del individuo, y por eso él, el hombre atormentado se ventila y se consolida en su duda cuando lee algo del monje Yoshida, unas reflexiones, que él llamaba ocurrencias, Tsurezuregusa, de hace seiscientos cincuenta años que parece que fueran actuales…


"Van en grupos, como hormigas, unos caminando alocadamente hacia el este y otros hacia el oeste; algunos corren hacia el norte, otros hacia el sur; los hay poderosos, los hay humildes; los hay ancianos y los hay jóvenes; tienen a dónde ir y un hogar al que regresar; al llegar la noche se acuestan, por la mañana se levantan.

Pero ¿por qué toda esta actividad?

Anhelan vivir muchos años y almacenar muchas riquezas. Sus deseos no conocen límite. ¿Qué buscarán cuidando tanto de su salud?

Lo que les espera es la vejez y la muerte, que viene con paso ligero sin detenerse un solo instante.

¿Qué nos podrá contentar mientras la esperamos?

El que vive pensando en las cosas del mundo, no la teme. El que vive ofuscado por los bienes temporales, no se imagina lo próximo que está.

El hombre insensato se apena al pensar que no puede vivir eternamente en este mundo. Desconoce la ley universal de que todo es efímero y perecedero. "




(Composición fotográfica de Michal Macku)

sábado, 25 de diciembre de 2010

Caravinagre



Hoy, que es uno de esos días grandes del año, que decía mi padre, todo el mundo debe estar durmiendo todavía. Ya es sabido que usamos con frecuencia el maximalismo para designar comportamientos de mayoría, incluso de las mayorías exiguas, o para criticar cuando algo no nos gusta: este país, esta economía, esta política, este gobierno, esta oposición, este planeta, esta gente, esta ciudad, etc. , es o está hecha una caca, solemos decir. Por otra parte, somos también injustamente minimalistas cuando valoramos logros personales, éxitos ajenos o simplemente que las cosas colectivas funcionen. Minimalistas ingratos quitando peso, sentido y racionalidad a la luz que hemos ido teniendo en esta sociedad nuestra que procede de un desierto secular. Y es que la tendencia al reduccionismo a la baja o al alza (en este caso sería exageración), es innata en el pueblo español o como se quiera llamar a este conglomerado divertido de moradores de la piel de toro (magnífico Espriu) cuando pensamos con la rabia, el veneno o la ira en lugar de con el análisis y la tolerancia constructivos.

Bien, solo quería decir que hoy es uno de esos días grandes, que decía mi progenitor extinto, en que la gente no reacciona todavía tras los comportamientos al uso de la noche pasada. Lo que no me enseñó mi padre, pero lo he ido viendo con estos ojitos cansados, es que en los tiempos que vivimos es grande la fecha porque proporciona cifras de negocio en amplios sectores productivos y comerciales. Y lo hará también la próxima semana y a la otra. El consumo limitado de regalos en mi infancia se concentraba en una fecha recién comenzado enero. La multiplicación de celebraciones actualmente hace más grandes los días, los deseos, las compras, los compromisos, los gastos, las deudas… ¿Resultado? Insatisfacción, no me cabe duda. Aquello de cuanto más tienes más quieres tiene su contrapartida: cuanto más quieres más puedes tener, lema implícito impuesto por la dictadura del mercado. Y si te lo crees, ya estás pillado.

Debe ser, como dicen algunos estandartes del integrismo católico que veo en unos pocos balcones, que Dios ha nacido. El mismo dios que se supone que echó a los mercaderes del templo, qué paradoja. Les respondo con otro refrán (mi castellanía profunda hoy me traiciona desde el subconsciente): Y cómo les ha venido Dios a ver (a los mercaderes) Uno está ya acostumbrado a las contradicciones de la ciudadanía, a la inconsecuencia de los creyentes de la religión y a las acometidas cada vez más feroces del marketing. Solo que le cuesta cada vez más tragar con tanta insensatez. Estoy cansado de generar basura. El ciclo producción-consumo-detritus está tocando techo y no sabemos si nos mandará a la luna o al infierno.

(Uf, cómo me levanto, me voy a parecer al kiliki Caravinagre. Por cierto, kiliki, con tu permiso)




jueves, 23 de diciembre de 2010

Los ojos heterotópicos


Últimamente le invade la sensación de que multitud de ojos le escudriñan. Ojos que ve colocados en distintos espacios y posiciones. Ojos en los aleros de los tejados, ojos en la lluvia que cae, ojos en los bordillos de las aceras, ojos en los árboles, ojos en las esquinas de las calles, ojos en las escaleras de las viviendas, ojos en las espaldas de los viandantes, ojos en las fachadas de los edificios, ojos entre las juntas de los dedos del camarero del bar. Atrás permanecen los dos ojos únicos que contemplan desde cada cuerpo vivo. Hoy se multiplican. Son otros ojos que nacieron de otros cuerpos o tal vez de otras circunstancias. Como dardos puntiagudos sortea sus disparos certeros como puede. Pero siente con nerviosismo los ojos que le acompañan por donde va. Siente que rasgan el aire antes de que a él le acaricie, siente que se adelantan a sus siguientes pasos, que palpan sus pensamientos, que rozan sus intenciones, que desfiguran sus sentimientos, que detienen sus rebeldías, que adivinan sus planes, que abortan sus determinaciones. Distintas miradas para un único fin. Apoderarse de él. Eso piensa con estremecimiento. Algunos ejercen como hechizo sobre su retraída visión, otros establecen simplemente con él un coloquio, otros diferentes lanzan anatemas contra su perfil, incluso hay los que le hacen burla cuando él ha dado la espalda, y otros, en fin, se limitan a inspeccionar la dirección que ha tomado. Estos son los más peligrosos. Parece que no actuaran, pero van tomándose el relevo entre unos y otros cuando él cambia de sentido, cuando echa a correr o toma un taxi. A propósito de este caso, ayer le sucedió algo que le excitó mucho. Dentro del vehículo le acecharon diferentes ojos. Desde la nuca del conductor, desde el vidrio de la ventanilla, desde el retrovisor, desde la alfombrilla del piso. Tuvo que indicar al taxista que se detuviera antes del destino previsto. Pero incluso cuando bajó del coche no pudo despojarse de aquellos ojos que se propagaban desde todos los ángulos. Aunque ya se iba acostumbrando, no sin inquietud y agitación, pensó que al menos se hallaría seguro en la cama, por la noche. Al apagar la luz del cuarto creyó ver homogénea la oscuridad. Nunca le habían molestado los espacios oscuros ni había sentido temor. Pero en los rincones apartados de la habitación, en el techo o encima de la silla donde deja la ropa o en los dinteles de la puerta, aparecieron pequeños puntos de siniestra luminosidad. Al darse la vuelta sobre la cama se asustó cuando desde la mesilla, a escasa distancia, le contemplaban unos ojos gigantescos. Alargó a mano, tocó el vidrio de sus lentes de miope y se sintió reconfortado. Se estaba haciendo de tal manera a los ojos que se desplazaban en torno suyo, que empezaba a despreocuparse. Y él sabía que de ahí a bajar la guardia no había apenas un paso. Sólo sintió turbación al rato de quedarse dormido. Al principio los sueños, aunque confusos y caprichosos, le parecieron habituales. Ya se sabe, esa perturbación ordinaria de situaciones, objetos y recuerdos que solo está permitida mientras se duerme. Pero a medida que fue cayendo en otros planos de más profundo arrobamiento sintió que sobrevolaban sobre él cientos de ojos gigantes que se desplazaban transversalmente. Ojos turbios, ennegrecidos, biliosos, que se entrecruzaban y descendían contra su pecho, como si fueran a picotearle y devorarle entero. Cuando se levantó por la mañana le llegó un olor demasiado puro del rocío. Ante el espejo, al quitarse la camiseta, advirtió su torso lleno de arañazos, sangre salpicada y ya seca. La ansiedad y el aturdimiento se cebaron en él. Luego desayunó y dejó pasar más tiempo. Durante un rato su casa parecía liberada de toda clase de ojos heterotópicos. A medida que transcurrió alguna hora más la precaución inicial se hizo confiada tranquilidad. Tenía que preparar la clase del día y tomó uno de los libros de consulta para aclarar algunos conceptos a sus alumnos. Fue en ese momento cuando leyó aquel extraño texto:

En el libro Hariwansha hay una invocación al dios Shiva en estos términos: “Te adoro, padre de este universo que tú recorres por invisibles caminos, dios terrible de millones de ojos, de las cien armaduras. Yo te imploro, ser tan diverso de aspectos, a veces perfecto y justo, a veces falso e injusto. Protégeme, único dios escoltado por animales salvajes, tú que eres también la voluntad y el pasado y el porvenir, que debes tu nacimiento sólo a ti mismo. ¡Oh, Esencia universal!”.

No supo qué pensar. Mientras meditaba absorto se seguía acariciando las infinitas líneas trazadas durante la noche misteriosamente sobre su cuerpo.


martes, 21 de diciembre de 2010

Comunicado nº 2



Sabemos que hoy es solsticio (a las 23,39 en vuestro huso horario convencional) Y que hoy tiene lugar un eclipse de luna. Dos acontecimientos. ¿Por qué se dice en vuestras agrupaciones vivientes que son solamente dos fenómenos? De algo tan grande que los humanos no perciben todos los días se hace algo menor. Son fenómenos, pero son además sucesos importantes. Que los seres demediados tengamos que recordároslo da la medida de vuestros olvidos y, también, de vuestras ingratitudes. Lo grande es grande, sobre todo cuando se trata de comportamientos de la naturaleza. ¿Por qué los humanos los ignoráis? ¿Por qué los humanos devenidos en masas reducís en vuestra conciencia el valor del universo? Por más que os empeñéis en ignorar las dimensiones que os cubren, hay otras manifestaciones que no podéis controlar pero que deberíais reconocer. Y el universo y vuestro planeta están repletos de ellas. Os anegáis en vuestras propias ciénagas y no os dais cuenta. No veis más allá de vuestras maneras de vivir ni os sensibilizáis con otras formas que no sean esos mundos limitados e insignificantes de disfrute, de huída y de posesión donde fermentáis cuando no, más bien, os pudrís. Escapados a la identificación con el mundo amplio al que os seguís debiendo, no dudáis en vivir a su espalda. Y cuando ese mundo se manifiesta ante vuestros ojos como un don único y extraordinario, apenas le prestáis atención. No todos los hombres obran de esta manera. Antiguamente vuestros antecesores daban otro valor al cielo, a la tierra y al suceso imprevisto. Supieron de los cambios recurrentes. Se dejaron gobernar por ellos. Observaron y respetaron. Y a este ciclo que comienza en este lugar le pusieron un nombre y comprobaron que se reiniciaba una etapa. La vida volvía a engendrarse, lenta y callada, para ofrecer sus frutos más adelante. Hoy solo estáis pendientes del hecho mercantil, del tacto de los objetos, del sueño de lo improbable. El solsticio se ha borrado de vuestras mentes, pero él, no el nombre, no la mera caracterización que se le adjudica, no el valor con que fue estimado, sino su sentido profundo sigue existiendo obréis como obréis. Los hombres habéis desviado con ideas y mentalidades efímeras el significado profundo del tiempo de cambio y del momento de renacer. Os habéis apropiado de lo que no podéis poseer inventando tradiciones, costumbres y valores cuestionables que más que perpetuar el entendimiento del don os aleja de él. Los seres demediados, viajeros de paso a vuestro mundo de inconsciencia, advertimos del riesgo que supone para vuestra especie perder la identidad que os vinculaba. El mundo no existe solo en vuestras dotaciones, en la impedimenta con que os movéis y en los bienes en los que os volcáis haciéndolos objetivo fundamental de vuestras vidas. Como el sentido de culto generoso que habíais poseído desde antiguo no es borrable, decidisteis fundamentar un ídolo nuevo al que adorar en cada día y en cada actitud. Y esa adoración que, en otra estancia de vuestra temporalidad tendría un sentido simbólico, os engulle, os gobierna, os devalúa. Desde nuestra visión particular lo vemos con más claridad que vosotros mismos. Pero no temáis, porque nuestras advertencias no son de condena, por muy acres que os parezcan, ni de desalojo, ni de destrucción. Disponéis de medios como jamás los habíais tenido en otras épocas. Simplemente se trata de que veáis en ellos un afinamiento de los primeros recursos con los que vuestra especie se dotó en el origen de todo. Una posibilidad de adaptación al universo con perspectivas para la vida en su amplio concepto. Solsticio no es una palabra sin más. Es una clave. Pronunciadla por encima de todas vuestras vestimentas ideológicas y falsarias. Actuad con ella en la mano.



(Obra de May Criado)


viernes, 17 de diciembre de 2010

Aforismos del solsticio



Rodeado de la abundante y variada floresta, ¿cómo podría ver el bosque de los libros sin fijarse en cada uno de los árboles?

Hay tantos géneros de libros como especies arbóreas. No en vano los unos vienen con la apariencia de las otras. Y a su vez existen subespecies, categorías y familias. En todos encuentra, en mayor o menor cantidad, alguna sustancia con la que curarse de la vida cotidiana.

Queda atrás el tiempo perdido de lectura. Doblemente perdido. Por no haber sido utilizado como ahora percibe que le hubiera gustado utilizar. Y por haber transcurrido irreversible y traicioneramente. Perder siempre es un verbo que compromete la voluntad. Pero sobre todo compromete la capacidad, que también se pierde.


Extremada desconfianza, demasiada inadvertencia, excesiva vacuidad. Factores que gravaron sobre él y los suyos en tiempos de tinieblas. Subestimó el poder del silencio y se dejó vencer por la desprevención. De aquellas carencias, estas ansiedades. Ahora que hay tanto interesante para leer, no queda apenas tiempo. Debe ser muy cauto al elegir. De lo contrario, tendrá que esperar a la próxima existencia. Sin garantías.

No aprendió a leer cuando juntó vocales y consonantes, ni cuando pronunció los primeros fonemas, ni cuando fue conjugando las formas más sencillas de los verbos, ni cuando estableció frases con una sintaxis que se entendía. Aprendió a leer cuando más allá del texto disfrutó la textura. Aprendió a leer cuando se dio cuenta de que imaginaba lo leído.

Algunos de los libros que más le han sorprendido (considera a la sorpresa pareja del descubrimiento) llegaron a su vida por abandono. Libros que habían yacido a lo largo de años en estantes de librerías, sin que nadie los reclamase. Allí encontró cosas de Canetti, de Bernhard, de Bufalino, de Zweig, de Joseph Roth, de Consolo, de Perutz, de Holan, de Anise Koltz, de Oguzcan, de Desnos. Tanto le agradaron que desde hace tiempo considera que el destino de una lectura satisfactoria proviene del olvido.

Tanto le agradaron, dice, que podría describir perfectamente en la librería de qué ciudad y bajo qué circunstancias alcanzó a hacerse con esos hallazgos. Prefiere no ejercitar la memoria porque siempre hay otros recuerdos colaterales gravosos que preferiría no volcar desde su sensible disco duro.

Tampoco nadie le había hablado de las obras con que se iba encontrado entre las manos. ¿De dónde salían aquellos autores? ¿Cuándo y en qué territorios habían escrito y descrito tanta belleza? Que aquellos libros polvorientos y sucios permanecieran en los anaqueles de la tienda, ¿era sinónimo de que eran malos textos o de que se trataba, como el gran vino, de un reserva?

Probablemente en aquellas lejanas fechas eran libros bárbaros. Libros desconocidos, libros de los otros, libros que no encajaban en la mentalidad de las modas y en los tirones de las grandes ventas. Le atrae aquello que nadie menciona. Le fascina lo que nadie recaba. Lo suyo es la pasión por al anonimato de facto.


Echa en falta aquellas lecturas paralelas con otras personas. Con que fuera con una bastaría. Lecturas sin acelerones, en que los ritmos eran diferentes pero no la intensidad. Ojos complementarios. Siempre leyó sin la premura y la agilidad del otro, por lo que nunca acabó el primero. Se recreaba en las esquinas de las frases, giraba sobre los vocablos que le llamaban la atención y se subía a las figuras de estilo, cuando no volvía a releer la página entera. Descubrió así que aquel leer consistía en ejercitar además los sentidos.

Abre al azar una página cualquiera de un libro. Si lee tres o cuatro líneas y le suscitan expectación, vuelve a abrir el libro por otra página diferente. Si aquí la prueba se reafirma, va al final del libro y lee las últimas líneas. Necesita tener la sensación de que no hay final para hacerse definitivamente con el libro. Puede perdonar el comienzo, el cual no le urge nunca; pero el final siempre tiene que dejarle embobado y sin saciar. Le gusta arriesgarse. El cortejo vendrá después.




(Ilustración de Manuel Boix)

jueves, 16 de diciembre de 2010

Por qué un albañil



¿Por qué un albañil se convierte en asesino de la noche a la mañana?

(No consigo pasar de la pregunta. No sé. O no me atrevo)





(Representación de Bill Viola)

lunes, 13 de diciembre de 2010

Sin bondad ni blandura



A pocos días del gran evento anual de mercado, he recordado un viejo artículo de Pasolini sobre las Navidades y, buscando buscando el libro donde aparece, he dado de nuevo con él. Han pasado 41 años desde que se publicara en la revista italiana Tempo, exactamente en el primer número del año 1969. Pasolini escribía en dicho medio una columna titulada El Caos, donde daba rienda suelta a todas las preocupaciones que la nueva fase del capitalismo italiano suscitaba en él. Y naturalmente, criticaba y diseccionaba con acritud todo tipo de reacciones adjuntas, paralelas o laterales que iba a acompañar un proceso de efervescencia social y política que él vio venir con harta clarividencia. Pero a la vez traslucía sus propias inquietudes, cuestionaba sus viejas militancias y dejaba al descubierto sus rabias. Pasolini siempre fue un hombre que se mostraba a carne abierta. Así le fue. Por una vez retengo mi opinión sobre el gran ídolo llamado Navidad. Pasolini lo expresa mejor y tiene plena vigencia su crítica. Otro día hablaremos del sosticio.



"Hace ya tres años que hago lo posible por no estar en Italia durante las Navidades. Lo hago adrede, con saña, desesperado ante la idea de no conseguirlo; aceptando incluso una sobrecarga de trabajo, aceptando la renuncia de cualquier modalidad de vacación, de interrupción, de descanso.

No tengo fuerzas para explicar exhaustivamente el porqué al lector de Tempo. Esto extrañaría la concesión de la violencia de lo novedoso a viejos sentimientos. Es decir, una prueba “estilística” sólo superable mediante la inspiración poética. Que no viene cuando se quiere. Es un tipo de realidad que pertenece al viejo mundo, al mundo de la Navidad religiosa: y responde todavía a su vieja definición.

Sé perfectamente que incluso cuando yo era niño las fiestas navideñas eran una idiotez: un desafío de la Producción a Dios. Sin embargo, por entonces yo estaba todavía sumido en el mundo “campesino”, en una misteriosa provincia situada entre los Alpes y el mar o en cualquier pequeña ciudad provinciana (como Cremona o Scandiano). Había hilo directo con Jerusalem. El capitalismo no había “cubierto” aún totalmente el mundo campesino del que extraía su moralismo y en el que, por lo demás, seguía basando sus chantajes: Dios, Patria, Familia. Estos chantajes eran posiblesporque correspondían, negativamente, en tanto que cinismo, a una realidad: la realidad del mundo religioso que había sobrevivido.

En la actualidad, el nuevo capitalismo no tiene ninguna necesidad de este tipo de chantaje, como no sea en sus márgenes o en los islotes supervivientes o en las costumbres (que se van perdiendo). Para el nuevo capitalismo es indiferente que se crea en Dios, en la Patria o en la Familia. De hecho ha creado su propio mito autónomo: el Bienestar. Y su tipo humano no es el hombre religioso o el hombre de bien, sino el consumidor que se siente feliz de serlo.

Cuando yo era niño, pues, la relación entre Capital y Religión (en los días navideños) era espantosa, pero real. Hoy en día, dicha relación ya no tiene razón de ser. Es un absurdo absoluto. Y es posible que sea este absurdo lo que me angustie y me obligue a huir (a países mahometanos) La Iglesia (cuando yo era niño, bajo el fascismo) estaba sometida al Capital: éste le utilizaba, y ella se había convertido en instrumento del poder. Había regalado a las grandes industrias un niño entre un asno y un buey. Además, ¿no desfilaba bajo las banderas de Mussolini, de Hitler, de Franco, de Salazar? Hoy en día, sin embargo, la Iglesia me parece, en cierto sentido, más sometida que antes al Capital. Antes, en realidad, la Iglesia se salvaba por ese poco de autenticidad que había en el mundo preindustrial y campesino (en ese poco de artesanía que permanecía en las viejas industrias); ahora, en cambio, no hay contrapartida. Ni siquiera puede decir que a su vez utilice al Capital: porque, de hecho, el Capital utiliza a la Iglesia únicamente por costumbre, para evitar guerras religiosas, por comodidad. La Iglesia ya no le sirve. Si ésta no existiese, aquel no la echaría de menos. Sin embargo, en casos por el estilo, la utilización debe ser recíproca para que sea útil a ambas partes. En este punto la Iglesia debería distinguir, por ello mismo, las fiestas propias (si, aunque sea anticuadamente, aún las tiene) de las del Consumo. Debería diferenciar, por decirlo pronto y bien, las hostias de los turrones. Este embrassons-nous entre Religión y Producción es terrible. Y, de hecho, lo que de aquí se deriva es intolerable a la vista y a los demás sentidos.

A decir verdad, es innegable, la Navidad es una antigua fiesta pagana (el nacimiento del sol) y como tal era originariamente alegre: es posible que esta alegría ancestral aún tenga necesidad de manifestarse, periódicamente, en un hombre que va a roturar el Sáhara con monstruos mecánicos. Pero en ese caso que la fiesta pagana se vuelva pagana: que la sustitución de la naturaleza natural por la naturaleza industrial sea completa, incluso en las fiestas. Y que la Iglesia se distancie de aquella. Ya no puede jugar a la rusticidad y a la ignorancia: no puede fingir que no sabe que la fiesta navideña no es ni más ni menos que una antigua fiesta celebrada in pagis (“en el campo”), pagana, y que la mezcolanza es arcaica y medieval. La tradición de los belenes y los árboles navideños ha de abolirla una Iglesia que de verdad quiera sobrevivir en el mundo moderno. Y no esto no lo saben sólo los curas excéntricos, progresistas y cultos.

Como fiesta pagana-neocapitalista, Navidad siempre será terrible. Es un ersatz (“sustituto”) –con week-end y solemnidades afines- de la guerra. En tales días brota una psicosis indefectiblemente bélica. La agresividad individual se multiplica. Aumenta vertiginosamente el número de muertos. Es una verdadera barbarie. Se dice: muchos Vietnam. Pero los muchos Vietnam ya están aquí. Ni más ni menos que en estas celebraciones festivas en que la fiesta es la interrupción del acostumbramiento al lucro, a la alienación, al código, a la falsa idea de sí: cosas todas que nacen del famoso trabajo que ha quedado reducido a lo que ensalzaban los carteles de los campos de concentración hitlerianos. De esta interrupción nace una libertad falsa en que estalla un primitivo instinto de afirmación. Y se afirma agresivamente, gracias a una feroz competencia, haciendo las cosas más mediocres de la manera más mediocre.

Sí, es espantoso el comentario que acabo de hacer de la Navidad. Y sin ninguna excepción que hacer. Ninguna bondad. Ninguna blandura. Las cosas son así. Es inútil ocultarlo, aunque sea un poco."





domingo, 12 de diciembre de 2010

La caída de los dioses



Hoy se me ha roto uno de mis dioses. No recuerdo si vino de Quíos, de Lesbos o de Éfeso. Pero seguro que de alguna lejana excavación. De momento he quebrado yo también un poco. Pasa cuando se daña o se pierde alguno de estos objetos que traen recuerdos y a los que has contemplado miles de veces. Había pensado en volver a unir los trozos. No es difícil. Mis amigos restauradores hacen virguerías con las causas antiguas. Quedaría impecable y es probable que incluso recuperase su tonalidad original, si accedo a que le quiten la pátina. Ahora que tengo la antigüedad en la mano pienso en lo frágiles que han acabado resultando los dioses. Un simple exvoto de barro me invita a pensar en su materia. ¿De verdad necesitaba el gesto de la rotura física de una representación para meditar sobre lo quebradizo de las teogonías? No, pero la comparación se prestaba a ello. Las roturas cotidianas tienen también su sentido y su don de la oportunidad. Cuando he tratado de casar los pedazos me ha asaltado una duda. ¿Y si en lugar de la imagen de un dios se tratase del retrato de un filósofo? No lo había pensado antes. Su rostro armonioso y mayestático me hizo creer siempre que era un dios. O yo quería que lo fuera. Pero ahora que lo veo tan bipolar y separado de sí mismo, en el fondo un don nadie entre mis dedos, me recuerda la efigie de un pensador cejijunto. Acaso la caída ha sido una señal para descubrir que lo que tenía en el anaquel de los libros no era tanto la exaltación del Olimpo como la confirmación del Lógos. No es trivial el tema. Levantar la indagación lógica frente al mundo de los mitos fue la segunda gran aportación de la cultura griega. Mientras que los mitos existían por doquier en todas las culturas, el pensamiento elaborado, sistemático y con efectos en la vida de los ciudadanos fue un producto griego, madurado y exportado por el helenismo a diestra y siniestra del mapa de su tiempo. ¡Un filósofo, nada menos! Tenía un filósofo en casa y yo sin enterarme. Muertos todos los dioses, hete aquí que tengo al menos el recuerdo gráfico de algún presocrático. Pero, ¿y si fuera el mismísimo Sócrates? ¿Acaso Platón? No quiero pensar ya en que se tratase del todopoderoso Aristóteles. Qué nervios. ¿Corro a reagrupar las piezas? No. No. Se va a quedar así la máscara. Aquellos filósofos también están muertos. De ellos queda el humo. Y un rastro de utilización maniquea por parte de nuevas religiones salvadoras que hasta el siglo dieciocho no recibieron la puntilla. Dios o filósofo, el relieve se va a quedar tirado en un cajón. Castigado.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Trágala perro



Cuenta Robert Burton en su introducción a la Memoria de la melancolía que decía el filósofo Demócrito: me río de las vanidades y rivalidades de este tiempo, de ver a los hombres tan carentes de cualquier acción virtuosa, que van a la caza del oro de de forma tan alocada, sin poner fin a sus ambiciones, que se esfuerzan tan infinitamente para una gloria breve, y para ser favorecidos por los hombres, de que hagan minas tan profundas en la tierra para buscar oro y muchas veces no encontrar nada, perdiendo sus vidas y fortunas. ¿No suena la reflexión a algo actual y aplicable en estos momentos?

Bien, se dirá: desde el principio de los tiempos los hombres han obrado bastante arteramente. Nada nuevo bajo el sol. Cierto. Y los hombres de gobierno además lo han hecho multiplicado por mil. Los hombres de gobierno han obrado con alevosía, cálculo y medios. Han puesto en marcha picardías, tretas, presiones, sobornos, pillerías, cohechos, falsas o verdaderas promesas, felonías, tortura, aniquilaciones. Todo para obtener información que les permitiera conseguir oscuros fines. Información obtenida no ya sin ética alguna, condenada ésta a las tinieblas exteriores desde lejanos tiempos, sino con desprecio, humillación y calumnia. Fines para cuyo logro no han reparado en dineros, influencias o perjuicio físico de personas y naciones.

Se sospechaba. Los historiadores, a través de análisis de la documentación de épocas pasadas, lo habían comprobado, pero apenas lo sabían ellos y no de manera fresca. Pero verlo en directo, y a disposición de toda la humanidad que quiera enterarse casi en lo que llaman ahora tiempo real, eso es lo novedoso. Y toda esa antigua práctica retorcida, sucia y maloliente es lo que está saliendo a relucir con la filtración por parte de Assange y Wikileaks de los cables entre embajadas de los Estados Unidos de América y sus gobiernos súbditos por todo el globo terráqueo.

El destape de la olla -cuánto olía a podrido en Dinamarca, eh, príncipe Hamlet, ¿verdad?- proporciona no tanto una serie de informaciones que para sus emisores y receptores ya están asimiladas hace tiempo, sino una muestra espléndida para la consideración cívica. Por ejemplo, hasta el más despreciado ciudadano puede preguntarse: ¿qué tipo de trileros están dirigiendo el planeta en todas las naciones, en todos los foros mundiales, en las grandes empresas y en los fondos financieros y monetarios que cortan el bacalao y la sardina? Todos estos personajes que extorsionan y se chantajean, que se compran y venden, que arriesgan las vidas de humanos y la estabilidad de los países para lograr sus proyectos hegemónicos y obtener más beneficios en sus contabilidades ¿son los que luego exigen esfuerzos, sacrificios y paciencia a los habitantes del planeta? ¿Ellos son los modelos de perfección? ¿Cómo podemos estar en manos de esa gente? Y, sin embargo, ahí siguen, y todos los días se levantan diciendo a la humanidad: trágala perro.

De momento, la cacería se ha iniciado y van a por el mensajero que ha traído y llevado las noticias de cuanto los hombres de gobierno han practicado nefastamente. Pienso entonces en los versos de César Vallejo y me estremezco, no sin ira:

Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!
Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!



(Por supuesto, la ilustración es una litografía de Goya, de su serie Caprichos)

jueves, 9 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 8


porque esa diosa interior permanece inmanente, es la diosa a la que pertenece, y cuando se pertenece a una diosa es como si nunca hubiera dejado de amparar al hombre, ni el hombre de recurrir a su protección, y a la vez ese efluvio caluroso que está en el hombre le lleva a ser cuidadoso con ella, procura devolverle algo de lo que ha recibido de ella, él tiene claro que ella permanece en él y él se aferra aún a ella, no por una devoción ideológica, ni por proclama alguna que deba pronunciar ante los oídos de los demás, sino por una necesidad de supervivencia, y por instinto, y este término, instinto, que parece haberse desplazado del lenguaje de los hombres, pero que permanece en el ser de los hombres, lo reconozcan estos o no, deja de ser vergonzante para él, y él lo vindica, reclama la posesión del instinto, el desarrollo instintivo como una herramienta firme y segura de lo que otros llamaron sofisticadamente conciencia, solamente porque la especie humana tiene que arrogarse una superioridad sobre otras especies e imponer con el lenguaje los matices distintivos formales sobre otras parcelas de la vida, y es el instinto aquello que aquilata la verdad que cree poseer el hombre y lo que permite al hombre obrar con criterios generosos, y él quisiera devolver el ciento por uno a la diosa, porque nunca duda de que la lejana separación umbilical de ella fuera apenas un gesto, apenas un ajuste técnico, pero nunca físico, nunca duda de que el hecho de vivir él ya es la ejecución de los designios de la diosa, y de la misma manera que se siente agradecido por lo que le sujeta al origen se siente comprometido con su destino, porque la diosa tiene una larga mano, y es amplio su territorio y estricto su amor por quienes la reconocen, y las caras de la diosa se multiplican en la medida en que se hace fecunda, y se entrega y él aprende a hacerlo, vuelve a saber hacerlo aunque tropiece con los muros que presionan sobre su voluntad, y nadie puede negar a la diosa, nadie puede con el olvido ingrato destituirla de la presencia que garantiza el existir de los hombres, y el hombre sabe que la diosa urge de su instinto, porque la diosa es siempre imprescindible, y el hombre se sigue nutriendo con complacencia de ella, no todos los hombres saben hacerlo, ni todos respetan las leyes intrínsecas que la diosa impuso como condición para la continuidad, él si lo sabe, sabe invocar el principio, y aunque el presente le eche un pulso con suma dificultad para él, sabe también evocar el vínculo, el vínculo que nunca ha dejado de renacer




(Fotografía de una obra de Bill Viola)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 7


fue con un balbuceo como empezaron todas las preguntas, las primeras se desplegaron entre dos senos turgentes y feraces, a veces piensa que más allá sólo ha habido repetición de las preguntas, ensayo de preguntas diferentes pero siempre reiteración, porque las fundamentales estaban allí, entre aquellos senos y el regazo, donde tenía cubiertas las dos grandes cuestiones sin las cuales la condición de la vida no era posible, aquellas necesidades tales como alimento y descanso, pero que en realidad eran tres, y en la tercera cualidad obtenida, la del acogimiento, adjetivado como cálido y vigilante, se cerraban los vértices con la diosa, y el triángulo posibilitaba el lenguaje, un lenguaje de señales que era previo a cualquier ilación verbal, y una vez más era una trinidad de personas en el mismo ser, como en la leyenda hindú, donde la satisfacción biológica se afirmaba en la representación mítica, y en el espacio único del individuo se iban a ir consolidando tres manifestaciones que encarnarían lo sacro, es decir, la entidad de la vida, y esa misma epifanía que él vivió la viven todos los individuos, con mayor o menor suerte, y así la primera experiencia era a su vez el aprendizaje esencial, luego vendrían otras ejercitaciones, o tal vez consistía solamente en un desarrollo del inicial, del fundamental, por eso piensa que las preguntas no formuladas fueron lo primero y las preguntas apenas eran balbuceos, no fue primero la palabra como pretenden los mitos cristiano y semítico, sino que el balbuceo iba a permitir que algún día pudieran obtenerse respuestas y pudieran seguir haciéndose preguntas, y se dirá que lo importante es obtener respuestas, pero él cree que aun siendo objeto de perseguimiento las respuestas son imprecisas, que a veces se aproximan, sí, pero frecuentemente no dan en el clavo, y lo peor es cuando el ansia por obtenerlas lleva a los hombres a conformarse con respuestas aparentes, la apariencia lo llena todo, también lo desfigura, lo cual es peor, y se eligen respuestas para salir del paso, para ratificar una inmovilidad, porque pretender respuestas, es decir, preguntar con todas las consecuencias, exige moverse, cambiar, desplazar pensamiento y acción, adecuarse a un nuevo suelo bajo los pies, y las respuestas son necesarias, no lo duda, pero son escasas, las importantes y las clarificadoras son siempre pocas, aunque tengan tal entidad que justifiquen el hecho de haber pasado toda la vida preguntándose, pero no se podría pretender tener respuestas si no se ejercitara y se planteara la pregunta, es irrenunciable preguntar, es mirar fuera de uno y mirar dentro de uno, y valorar el esfuerzo, y saber dónde se está y de qué posibilidades se dispone, y si bien preguntas y repuestas son complementarias, no son siempre secuenciales, ni ajustadas, y la relación de causa a efecto no funciona siempre, por eso es importante no desistir de hacer la pregunta, la precisa e insignificante, la que consolide la siguiente, y es necesario no perder de vista a la diosa, no olvidar aquella tríada iniciática que formó un crisol para cada uno de los individuos, él no olvida, y tal vez por eso teme más que nunca que la colectividad, o, simplemente, otros muchos individuos, no recuerden dónde hunde sus raíces la diosa que cada uno lleva dentro de sí



(Montaje de Bill Viola)

martes, 7 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 6



sospecha que a veces le hastían las palabras, y se pregunta que de dónde le ha venido ese fervor por la palabra, supone que de lejos, de cuando ellas eran considerablemente reducidas, pero también muy precisas, de cuando a veces en el entorno de él se entendía más con aquello que no se hablaba o con la escasez de lo que se decía que con la catarata huera a que se ha llegado más tarde, y ese interés por las palabras no lo tuvo siempre, porque para interesarse por ellas debió primero considerarlas suyas, y antes de llevarlas bajo su piel las palabras que llegaban a él no eran elegidas, se le imponían, tal vez ese regusto más reciente por las palabras proceda de cuando las palabras como las pinturas japonesas fueran flotantes, y las palabras aún lo son, cuesta capturarlas y degustarlas, pero cuando se logra hay un deleite visual, sí, las palabras se pueden ver, oler, palpar, desencadenan una oleada de sensaciones, y todo ello proporciona un placer nada fácil de describir, un estado que no se transmite acaso, pues todo lo sensorial aunque se puede participar no se siente por el que tiene al lado, se siente o se comprende por desplegarse dentro de uno mismo, pero a veces las palabras no van más allá del estereotipo, de lo que la gente repite, porque la gente no habla prácticamente, no dice nada nuevo prácticamente, la gente habla excepcionalmente, cuando no tiene más remedio, y le cuesta, le cuesta mantener un criterio, porque el triunfo de las palabras es que se pueda exponer con ellas un criterio, y si puede generar un discernimiento pues mejor, y no habla toda la gente ni lo hace sobre todos los asuntos ni comenta sobre una cuarta parte de los temas, sino que más bien la gente delega, entrega la opinión a los que saben, como oía con frecuencia él en su niñez, pero ahora no se sabe bien quién sabe de verdad, no son fiables los que parece que saben, desde luego no son nada seguros los que viven de la palabra, los que negocian y montan mecanismos productivos y comerciales con la palabra, y ordinariamente estos son los más atendidos por la gente, y menos respetables resultan en tantas ocasiones aquellos que abusan de la palabra para dirigir el destino de una sociedad o pretender dirigirla si aún no lo consiguen pero lo pretenden, porque ponen en juego una palabra vana, una palabra que se descalifica de un día a otro con la opuesta o, lo que es peor, que queda desvirtuada por hechos sobre los que se había dicho previamente algo diferente, y esto desconcierta, y no sólo a la gente sobre esos hechos, la desconcierta sobre el supuesto valor de mantener y utilizar las palabras como herramientas, y ni mencionar a los que han tratado tradicionalmente de configurar la mente conforme a su ideología y a su moral basadas en dogmas, aprovechando connivencias de poder, a estos ni los considera ya, no lo hace de momento porque cree que han perdido predicamento, pero como son camaleónicos siempre hay que estar vigilantes con ellos, él siempre observó que como mucho los individuos se comunican unos con otros con signos prefijados, y de ahí que él se rebele, la gente pone en circulación coloquios nada novedosos que igual podrían aplicarse de unos temas a otros, que igual ya se decían hace años y es como si no se hubieran modificado las circunstancias en que se vive, como si el tiempo transcurrido no lo hubiera hecho, discursos que no conducen a ninguna indagación y que él podría evitar escucharlos, que de hecho se aparta lo que puede de ellos, no es que ya huya de lo que se dice en las vías mediáticas, sino de lo que oye en su proximidad, en el mercado, en la calle, en los bares, y es por esa razón, por esa retracción que va practicando por la que frecuenta cada vez en menor grado ciertos lugares, aunque no pueda quitarse de en medio siempre la charla más o menos frecuente de los individuos, por aquello de que la convivencia impone sus regulaciones, y quiera o no éstas se encuentran al borde de cada perfil de vínculos y de relaciones, él siempre ha vivido en una flotación de las palabras, desde los primeros entendimientos, y ha empapado sus sentimientos de esa propiedad, de ahí que cuando se siente harto de las palabras duda también de las suyas, duda de si sus palabras son acogidas por los destinatarios, y si debería renunciar y volver al balbuceo




(Fotografía de Dieter Appelt)

jueves, 2 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 5


cuando imagina se ve a sí mismo con los ojos abiertos de par en par, contemplando la oscuridad que enseña o mirando absorto la luz que ciega, porque al hacerlo los efectos externos no le condicionan, y si es preciso los excluye, y el acto de imaginar no lo considera creativo en el sentido de original, sino más bien le parece que es insistir en recreaciones sobre los episodios en que se ve envuelto y que no acepta, en su totalidad o en parte, y esa cuantificación no es decisiva pero sí influyente para que se empeñe en la fuga, por lo tanto imagina con el objetivo de romper el orden obligado de las cosas, con la intención de desprenderse de las ataduras de la monotonía ordinaria, y en este sentido considera que imaginar es elaborar nuevas ficciones, pero no cualquier clase de ficciones, porque valora que alguna de ellas pueda ser aplicable inmediatamente en el rumbo de su vida, o puede que no, que, tras un rato de complacencia fantaseada, tome la determinación de abandonar el esfuerzo y posponer el ejercicio, es entonces cuando decide leer, simplemente para imaginar con las palabras que otros registraron antes, y ahí establece un paréntesis, porque considera que él no es tan puro como desearía, sino que más bien precisa empaparse y revolcarse por los caminos andados por otros, intuye que es a través de esa inmersión en las experiencias relatadas por otros como acorta, o por medio de la relación de emociones y gestos que le transmiten los narradores es como ratifica su necesidad de probar y comprobar, pero nunca le parece sustitutiva la lectura, nunca le resulta liviana la lectura, rechaza la ligereza y desconfía de la expresión que no le hiende la curiosidad, y es en esa red donde por defecto o por exceso se siente atrapado, y no quiere ser la pieza capturada, tal vez sea por esa razón por la que su ritmo de lectura es tan lento y por lo que establece cortes y descansos en los que se relame, es como si saliera y entrara en la página tantas veces cuantas la acción o el argumento se lo exijan, pues debe mantener una relación vívida con lo que se dice y como se dice, y tampoco le es fácil a veces mantener distancias con los personajes, con lo que viven los personajes, con el ambiente que se expande desde la primera hasta la última hoja del libro, y el riesgo de tomar partido por un personaje o por otro acecha, pero si no lo hace teme no poder comprender el tiempo que viven los personajes y que, en definitiva, es lo que más le apasiona conocer, de ahí que sí se establece una intensa vinculación entre leer e imaginar, y que el salto desde un libro a un capítulo de su propia existencia sea frecuente y extraño, pero lo que nunca hace es vincular imaginación con sueño, para él son estados muy diferentes, reflejos de dos planos del mundo de la conciencia absolutamente antitéticos, no soporta la idea de que la imaginación le conduzca al sueño, pues sería tanto como rendirse, y otra cosa es que del sueño emerjan pequeños cabos que luego él dé en tomar y desarrollar, y este rastro siempre se le muestra más fecundo, y lo que más le sorprende es advertir cómo han cambiado los espacios objeto de imaginación y por lo tanto de entusiasmo a lo largo de su vida, ahora que mira en derredor y observa cuántas vendas recubren rostros y bocas, cuántas miradas se obstruyen con la algarabía huera de cada día, cuántos gestos se paralizan por efecto de la oxidación de las exigencias y de las ilusiones, y se rebela contra esas sospechas



(Imagen de Bill Viola)

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 4


bella palabra, se le llena la boca con la palabra, gusta de citar el verbo resistir y ofrendar a los dioses de la esperanza el sustantivo resistencia, un sustantivo femenino, y se hace esta observación mientras deletrea sus sílabas, y piensa que resistir es como germinar, es como incubar una vida, y aplicado al caso que le concierne es como generar posibilidades, nunca había sentido como ahora la necesidad urgente de que las posibilidades se multiplicaran, y se pregunta si no será porque todo el mundo está últimamente pesimista, y ese pesimismo no es de ahora, pero él se siente más contagiado, por qué ahora lo tiene tan introducido él, se dice, y sin embargo ese término, resistencia, tiene de por sí un significado natural, la naturaleza resiste, lo hacen las demás especies animales, lo hacen las vegetaciones, la forma de la tierra resiste, es algo inherente a las propias fuerzas intrínsecas de la materia, y la materia no entiende de esa adición moral que él se empeña en rescatar, pero él insiste tanto porque sabe que es un significado antónimo al de ceder, verbos o sustantivos o lanzas opuestas, ha sido tanta la barbarie que los humanos han generado que los márgenes de supervivencia se ven reducidos a un enfrentamiento entre verbos o sustantivos, y cae, por ejemplo, en que también ante una enfermedad sucede lo mismo, o cedes o resistes, puedes ceder forzosamente o puedes ceder por abandono, por falta de decisión para combatirla, y si resistes tal vez tengas más posibilidades de superarla, pero no, tampoco es así, sabe que la enfermedad es un proceso natural, sus leyes no son las leyes voluntaristas ni éticas ni tácticas del hombre social, es el individuo en cuanto naturaleza el que tiene que enfrentarse con la enfermedad, con su materia íntima y no con esa abstracción filosófica llamada ser, pero en la materia social todo es tan complejo, y la trampa consiste en creer que entendemos algo, que como los humanos hablan, fantasean, desarrollan planes y proyectos, organizan y ejecutan, sólo porque son capaces de alzar un entramado enredado, enrevesado, y creemos ser conscientes de algo, pero se nos oculta el meollo, sólo por eso nos parece que es más fácil de abarcar y de hacer frente, pero nos desborda, como una enfermedad, una tormenta, un cataclismo, él se unge con esa palabra que es necesidad, resistir para no perecer, para no dejarse poder, y a veces le suena como un elemento heroico, algo ennoblecedor, y ese valor pletórico de energía moral les es concedido a quienes perseveran sin venderse, y no basta, piensa, con empuñar la palabra, si no derivas el concepto a un compromiso no vale para nada, si los hombres no cuentan los unos con otros no hay camino que recorrer, y no obstante sabe muy bien que quien resiste espera, espera esperanzado, no se trata de una espera anodina, de un dejarse llevar, de un comportamiento inerte, que los hay, él conoce tantos casos, probablemente hay más de los que se imagina, y les pone imagen, como pone una imagen al resistente, éste siempre erguido, si no sacando pecho, al menos firme y que mira a los ojos del otro, que afronta el cinismo de los otros, y por el contrario, al inactivo, al que se deja conducir le ve en retroceso, mira al resistente como si fuera una fase de la evolución de su especie, y mira al rendido como si hubiera retrocedido hacia un mundo de primates, peor, porque el primate subía y bajaba y saltaba de unos árboles a otros, al sumiso lo percibe en un inframundo, perteneciente a una especie diferente, en que el servilismo le modifica el cuerpo, le reduce los movimientos propios de los humanos, le desencadena otro tipo de morfología y por lo tanto se traslada bajo otros modelos de locomoción física, teme ser demasiado tajante en deslindar dos bandos de comportamiento, y se pregunta hasta qué punto él está consecuentemente en el que le parece recto, se pregunta si no se estará haciendo creer a sí mismo que resiste cuando podría ser que apenas le quedaran cartuchos, y todo este tipo de consideraciones le vienen a la cabeza en sus horas de insomnio, es la fase más obsesiva de su día pero también más fructífera, no tiene claro si apta para analizar pero sí para imaginar



(Fotografía de Daido Moriyama)