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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








martes, 28 de septiembre de 2010

Apiñados


La humildad de las piñas. Despojadas ya de su fruto. En otro tiempo sobrevaloradas como fuente de energía de cocinas modestas, que eran la mayoría. La belleza de su forma sigue latente, aunque se aje y se consuma. Me gusta contemplarlas cuando salgo al campo. Tomarlas entre mis manos, pringarme con la resina, frotar su textura áspera, pulsar sus gajos cohesionados en una suerte de fractalidad perfecta que me maravilla. La infancia está cargada de esta imagen que hoy apenas se recuerda y menos se reconoce. Los piñeros, aquellos hombres rudos vestidos de pana gruesa, vociferaban su venta por las calles de la ciudad con sus carros tirados por mulas. Carros trenzados por una inmensa malla que contenía las piñas. Los vecinos con más recursos las metían en sacos y las mujeres más humildes las recogían en sus faldas amplias. Tiempo de piñas. Ellas prendían el fuego inicial. El carbón o el cisco lo consolidaba. Mucho ha cambiado desde aquellos tiempos de sacrificio y ajuste cotidiano. Menos la forma de la piña. Ella sigue en su propia estructura contundente y firme. Apiñada. ¿Lo están todavía hoy los hombres? ¿Nos sentimos un solo cuerpo? ¿Nos congregamos con la misma compactibilidad que ellas? ¿Sentimos ser conductores de la energía que prenda el ambiente y lo transforme? ¿Reconocemos nuestros frutos como ellas aceptan entregar los suyos? Oh, piñas generosas. Permitidme esta invocación, pues los hombres necesitan reencontrarse en vuestra imagen. Saber de qué son capaces o qué clase de inutilidad les vuelve inhábiles para los nuevos desafíos.

(Mañana a estas horas, tras una jornada de resistencia por la que he optado, sabré algo más acerca de si somos como las piñas o nos hemos perdido)

sábado, 25 de septiembre de 2010

Sábado



Porque ya no soy un niño, la infancia pertenece al pasado; es una disposición perdida, un ser transcurrido, un suceso ajeno. Al intentar reconstruirlo mediante la inspección de los datos anidados en la conciencia, como ya dije, observo que según se remueven y despiertan las dormidas sensaciones, mi ser experimenta otras nuevas, de forma que, sin pretenderlo, mezclo el ayer con el presente y hago vivir al niño en el hombre. Con esto alcanzo un estado vigilante y doloroso. El que investiga su interioridad, sufre.

Miguel Espinosa. Asclepios.


Y, sin embargo, no hay un proceso previamente establecido. No hay una proposición de indagar hacia atrás en frío. Son determinadas actitudes, comportamientos y vivencias de ahora mismo las que te conectan retroactivamente. Las que te señalan calladamente: esto debe venir de aquello. O esto te explica aquello. O mira qué significaba tal predisposición o tal manera de encajar un acontecimiento. Cada paso de adulto que das te lleva a claves ocultas. A veces a calles que quedaron cortadas, a pozos que te parecieron cegados para siempre y de los que mana un hilillo que ahora vuelve a resurgir. Que nunca ha dejado de fluir, lo quisieras percibir o no. La infancia no aparcó al ser que llevabas, le dejó pasar de otra manera. Lo dejó transcurrir, y en muchas de sus maneras marcado por lo presuntamente superado. La infancia nunca está cerrada sino como estado temporal, como transcurso efímero. Pero de ninguna manera como historia, ni como sedimento o estratigrafía que sigue soltando pequeños cabos. Y son aquellos cabos los que ahora coges y tratas de reconstruir o de enderezar. Para que puedas ver con una cierta claridad por qué entonces fue como fue cualquier visión, cualquier percepción, cualquier hecho, cualquier reacción. Para que puedas valorar ahora cómo te pueden servir como señalización viva para los años venideros. No hay nunca un corte definitivo entre infancia y madurez. Los vocablos sirven para situar tiempos del hombre, pero no deben reducir el hombre. A veces te sorprendes tomando unos cabos del niño con una mano y otros cabos del hombre mayor con la otra. Y mides su valor, y compruebas que se parecen demasiado, y te parecen idénticos, y los comparas porque los cabos no se miden en el hombre con una dimensión de medida de sistema métrico. Se miden por su valor, por su sentido, por su significado, por sus sensaciones. Y tratas de empalmar uno con otro, y sientes miedo porque vas viendo que encajan. Y a la vez te maravillas porque sabes que si se compenetran están diciéndote que eres tú mismo. No temes entonces pérdidas, olvidos o frustraciones. Aquel sigue viviendo en ti y esa constatación, esa determinación, te alienta. El retorno al origen eres tú mismo. Tu territorio, tu tiempo, tu afirmación y tu negación. Tu conciencia haciéndose, antes y ahora. Con menos o más elementos, pero igualmente determinantes en cada instante ya fuera en tiempos lejanos de infancia o en los presentes de adultez. Esa unicidad transtemporal y transfísica te hace vivir y mantener una cierta seguridad ante los avatares que te llegan o los que se te reservan. Y una especie de fe íntima, que salta por encima de todos los muladares y todos los lodazales que han tratado de envolverte y mancharte a lo largo de los años, anida en tu profundidad.



(Martin Stranka es el autor de la fotografía)

jueves, 23 de septiembre de 2010

Portero de noche


Un día soñó que se levantaba en sueños. Que se apartaba de la cama a trompicones, rozando el galán donde estaba depositado el uniforme de recepcionista de hotel. Los pantalones de línea marcada rigurosamente, la camisa alisada, la chaqueta impecable colocada sobre la percha, la corbata de rayas diagonales azules y blancas rematando, como una medalla al mérito de la resistencia, el monumento al vacío. Sueña haber pisado el cinturón que, en un desliz inusual, yacía a los pies del mueble. No recuerda haber soñado si dio la luz, abrió puertas, bajó escaleras o pidió un taxi. Soñó que de pronto deambulaba por las calles en la frontera incolora de unas horas en que nadie parecía estar vivo. Ni los parranderos, ni los empleados del servicio de basuras, ni los moribundos. No era su barrio, ni circulaba tranvía alguno, y sus pasos no le conducían hacia el hotel donde trabajaba. Soñó que las farolas quedaban atrás, que paseaba relajadamente junto al cauce de un río, que se introducía por una senda de cañaverales y que el cielo no se definía. Tenía frío. Al intentar abrocharse los botones de la chaqueta comprobó que no tenía botones y que no tenía chaqueta. Se sorprendió de su descuido. La lluvia fina había dejado el suelo como una pista de cristal y sintió escalofríos, pero siguió creyendo que era un sueño. Se miró los pies descalzos y percibió que se le ponía la carne de gallina. Advirtió su espalda combada por tantos años de ademanes serviciales, órdenes precisas y horarios a contrapelo. Soñó que se quedaba dormido y que los clientes madrugadores del hotel le despertaban palmeándole con amabilidad. El portero de noche soñó un día que se levantaba para no ponerse ya más el uniforme.



(Fotografía de Shomei Tomatsu)


martes, 21 de septiembre de 2010

Surreal


El poder de una mano, nunca sabremos con claridad el poder que posee una mano, unos dedos que se liberan de la voluntad neuronal o unos dedos que responden con la forma refleja que tienen aprendida o unos dedos que juegan como niños escapados de la clase, aquí la persona son los dedos y solo muy secundariamente un planeta que hay detrás y que se sugiere misterioso, una boca cerrada, no, unos labios, qué habrá detrás no lo sabe nadie, un territorio improbable, inexplorado acaso, indescifrable, un oasis donde alzar el hábitat y permanecer en él, una palma alargada unos dedos afilados una piel que tersa los nudillos, los perfiles metacarpianos escorando la independencia de cada dedo, este ser diagonal asciende totalizador desde cinco extremidades núbiles, esta formación que crece tiene vida propia, admitamos sugerencias para explicar la actitud, tales como a, una sorpresa resultado de una confidencia inesperada, be, un anonadación repentina consecuencia de una admiración, ce, el destello de una revelación inédita, che, una oscuridad pronta, de, un aturdimiento ante una visión inesperada, e, un asombro por la aparición de un desaparecido, efe, la turbación al comprobar que acaba de transcurrir el tiempo de que se disponía, ge, el desconcierto ante un pensamiento que muestra sus claves clarividentes, hache, gesto de pasmo ante la cámara que la acaba de pillar, i, la antesala de una ley de silencio, jota, se asume con cautela la noticia de una fatalidad, ka, la luz del flash deslumbró la boca y los dedos la protegieron, ele, los dedos acaban de dibujar unos labios, elle, las alas de carmín agradecen la caricia de las yemas insurgentes, eme, las yemas se paralizan ante la curvatura de los labios, ene, se va a producir la expresión de un impulso afectivo con la complicidad de los largos apéndices, eñe, una mano llega sigilosa desde atrás invadiendo la tactilidad pasiva de unos labios ajenos, o, las cúpulas de los dedos se enseñorean de los territorios de la fragilidad, pe, los dedos enseñan a volar a los labios, cu, los labios echan a suerte los dedos para ver qué punto cardinal le toca señalar a cada uno, erre, efecto de disimulo de una insolencia, ese, acción que se evade del hastío, te, los labios empiezan a caminar hacia un destino inexorable, u, los dedos buscan la humedad de una boca, uve, los dedos recogen el vapor de un aliento apenas intuido, uve doble, los dedos se empapan de aliento, equis, hay una incógnita en la textura de los dedos, y griega, o son tus labios o son mis dedos, zeta, esto ni es una boca ni son unos dedos.


(Sobre una fotografía de Man Ray)

domingo, 19 de septiembre de 2010

Mineros olvidados (los nuestros)



De ellos no se habla. Cincuenta mineros palentinos están encerrados desde hace varios días para reivindicar el pago de sus nóminas de julio, agosto y lo que llevan de septiembre, que se les adeuda. También lo están para que se dé prioridad al consumo de carbón nacional, una medida que el gobierno parchea y regatea. De que no les paguen, ¿qué decir? Es simple. Cuando un empresario no paga a sus empleados es que roba. Y esto es o debiera ser delito grave. Y además resulta de lo más repugnante moralmente hablando. Pero ¿qué puedes pedir? Por mucho que la cínica gramática social utilice para designar a los que venden su fuerza de trabajo los términos neutros de trabajadores, productores, obreros, empleados, técnicos, profesionales o colaboradores, todas estas palabras resonantes no son sino eufemismos frente a un vocablo que uniformiza y rebaja a todos: el de mercancía.

Las mercancías humanas, en circunstancias de inestabilidad del mercado, están tan en riesgo como las instalaciones obsoletas o los stocks a los que no se da salida o una flaca cartera de pedidos. A la mercancía humana no gusta reconocerse como tal. Prefiere la apariencia, la falsedad del estatus, la competencia. Y así le va. Ya se sabe, hay mercancías con un precio y mercancías con otro. Es decir que hay muchas mercancías humanas con mucha diversidad de coste. La clave reside en hasta cuándo les va a gustar sentirse mercancía y padecer los riesgos de una mercancía. El mercado se vuelve cada vez más cruel y las mercancías humanas son las primeras en sentirlo. Nada más ilustrativo que las declaraciones del vídeo adjunto. Al que le parezcan burdas y simples las opiniones de un minero que le conceda el margen de la comprensión. Que donde le parezca oir tosquedad vea rabia. Que donde escuche tono alto oberve indignación. Que quien solo contemple fraseología de macho piense en la rudeza del oficio y en el hastío. Que se ponga en su lugar. Que ejercite el pensamiento y piense en las causas de los problemas. Algo muy profundo sigue sin cambiar en nuestras sociedades engreídas y del sálvese quien pueda.

No olvidemos a nuestros mineros. Ellos no son mediáticos. Pero persiguen lo que les pertenece.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Alerta



El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Antonio Gramsci

jueves, 16 de septiembre de 2010

Grafiti




Lluéveme. Lo acabas de leer en un muro encalado. Aunque eres un riguroso de la gramática no te hiere. Te sientes poseído y a la vez despojado. Las palabras llegan así. Como piedras o como destellos. No por ser incorrecta la construcción del tiempo te parece menos refulgente. Caes. Te sientes reclamado hasta lo más abisal de ti. Vuelves a leer el texto y te encaras con él. Juegas incluso a rehacer la expresión, conjugando el verbo de otra manera. No lo logras. Se impone como aceptable ese Lluéveme. Hay además demasiado magnetismo y no puedes rehuirlo. Te atrae. Nadie hace una pintada para hablar del comportamiento de la atmósfera. Tal vez, detrás, Escher está presente. Recuerdas aquellos dibujos que desvirtúan lo real logrando que no se advierta. Espacios imposibles, donde la apariencia echa un pulso con el ojo, sin resultar por ello menos verídica. Donde el aliciente se encuentra en atravesar la perspectiva combinando planos diferentes y obteniendo resultados heterodoxos, sin que se note. Pero esto que lees no es la trampa de Escher revelada en palabra escrita. Estás en el mismo plano que la imagen de la pared. Y el giro rebelde y descarado te llega. A otro podría rechinar o confundir. No a ti. El lenguaje se dirige directamente a tu entraña. Te elige. Y el verbo se hace voz creciente. Y la voz se convierte en llama. En su prendimiento los verbos reflejos se desatan. Descúbreme o interprétame o aproxímame o sálvame. Una amalgama de conceptos que se trenzan como verbos desmedidos fluyen dentro de ti. Lluéveme no es una súplica ni una solicitud. Es una exigencia. Vas hacia el muro y a medida que te acercas la pintada se diluye. Has penetrado en un territorio invisible. Apenas andas unos pasos y comprendes. Te miras pecho adentro. El tiempo verbal se ha aposentado en ti. La persona del verbo se hace conjugar. El imperativo dibuja frases libidinosas en los tabiques de tus venas.

martes, 14 de septiembre de 2010

Preguntas extrañas


Me mantuve inquieto buena parte de la noche, haciéndome preguntas extrañas. Dónde van a parar los animales muertos, por ejemplo. No sus cuerpos, esas extremidades desperdigadas, una cabeza hecha añicos, las vísceras salpicando el barbecho. Eso ya lo veo con frecuencia. No pienso en sus volúmenes, que en un tris dejan de ser una cabalgadura o en los hábiles azuzadores de un rebaño o en el tacto suave que gustaba de acariciar unas manos femeninas, sino que me pregunto si hay otro destino para ellos. No sé por qué le doy vueltas a esto, tal vez por haberles tratado durante toda mi vida, y más en los últimos tiempos. Podría preguntarme simplemente a dónde va a parar su alma. Pero después de ver lo que he visto, que el alma en nuestra especie se pierde ordinariamente antes de perder el cuerpo, no tiene mucho sentido la pregunta. Porque ellos, los animales, nuestras bestias, al decir de muchos hombres ingratos, no hacen dejación de su espíritu. A diferencia de los hombres ellos no cesan de dotarse de vigor y de entrega. He contemplado a muchos de estos animales en pleno estertor, incluso después de haber sido machacados. En sus miradas me parecía seguir viendo el sentido de la vida latente, bastante confuso pero absolutamente leal. Y sin embargo, quién les iba a decir que la domesticidad en la que se habían acogido iba a ser también su perdición. He visto muchos más cadáveres de animales que de hombres. En los libros y en las clases de historia no se habla de ellos, porque la historia de los animales se oculta. Cuando se les menciona es como si se hablara de herramientas o de recursos o de compañías, pero nunca se cuenta con aprecio su vida. No hay una historia de los animales. Las guerras suelen traer para ellos la desgracia multiplicada. Pero de su infortunio, pagado con la propia vida, castigado con el abandono, no se escribe ni se hace película alguna. En una guerra se menciona primero al ejército, después a los generales, más tarde se habla de la estrategia y como mucho se nombran los distintos cuerpos, la marina, la artillería, la aviación. Todo ese aparato oneroso con el que se pretende dar respuesta o tomar iniciativa al enemigo de allá por parte del enemigo de este lado. Ni siquiera el hombre adquiere reconocimiento como tal. El hombre se transforma en el guerrero. En una guerra, incluso mucho antes, en las clases de formación de los militares y en las proclamas inductoras de las autoridades sobre la población para ir predisponiéndola hacia la matanza, las palabras están vaciadas. Es necesario que mueran las palabras para que se levanten sus sombras. Y cuando éstas se erigen en rectoras de la vida de una sociedad cabe esperar lo peor. La guerra es la muerte de la palabra. Se designan términos suficientemente abstractos para que la gente se identifique con la parte épica de su personalidad salvaje y que, por otro lado, no se sienta herida en su fragilidad aún primitiva. Aquel que no haya ido a una guerra no sabe que se trata de otro mundo. No solamente de otra existencia física, sino sobre todo de una dimensión atemporal. En ella se juega de antemano con la sangre y se calculan los daños como quien prevé la impedimenta. Los errores de cálculo son frecuentes. En la guerra en la que yo participé se valoraba a los animales que había a nuestra disposición como una parte de los pertrechos. Te podías quedar sin los jumentos o sin los perros de la misma manera que se te había acabado la munición. Se asolaban las aldeas matando de paso a sus habitantes y a sus animales, o bien algunos de estos eran requisados para la alimentación de los invasores. Si alguien tenía un punto de lástima lo alojaba en lo más oculto de su pecho. Había más animales que hombres yaciendo destrozados por las cunetas o entre las ruinas. Los caballos caían abatidos antes que los jinetes. No había mucho que hacer ante la capacidad desleal del nuevo armamento del ejército opuesto. Si los hombres perecían en el anonimato, las bestias no humanas lo hacían también en el olvido más hiriente de su consideración, y en esa manera de perder la existencia las especies, irónicamente, se hermanaban. Una fraternidad de impotencia y de negación. Las noches no son ya apacibles para mi. El recuerdo de lo experimentado es un arma arrojadiza contra mi retiro. Un ajuste de cuentas difícil de saldar.
(Fotografia de Shomei Tomatsu)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Resistencia pasiva

Es como si lo supieran más que nunca. A los toros los crían para que sean bravos y ellos quieren ser consecuentes. Naturalmente, hacer un toro bravo es una mixtificación. Es transformarlo en figura de la llamada fiesta nacional. Es ser objeto sin dejar de ser sujeto. Es amoldarse a unas formas para que se porte según los cánones, esto es, al negocio multifacial que se genera, a la demanda de la masa espectadora y al ritual que consagra cual si de religión se tratara y al que llaman arte. Los toros no tienen un ápice de tontos. Sospechan enseguida su destino y saben portarse con arreglo a su biología. Los toros ya no distinguen entre toreros, público o quien pasa por la calle. Saben que el animal humano que concurre a cualquiera de las variantes de fiesta (corrida, encierros o sueltas varias) está involucrado en verle bailar al son de las apetencias humanas. Así que no resulta raro que su bravía (o simplemente cabreo) se haya desatado este año con cualquier feligrés de andanada. Por llegar lejos han llegado a saltar las barreras, a encornar público y a escaparse del trazado del encierro al campo. Los toros están hasta las narices de ser el eje del espectáculo. Y se rebelan. No sé si les consuela lo aprobado en el Parlamento de Barcelona, pero no se fían. Los catalanes siempre son diferentes, dicen ellos.

Y no habría hablado del tema si no fuera porque me he topado con un ejemplar maravilloso de Ferdinando el toro, del norteamericano Munro Leaf . La edición que tengo, de Ediciones Lóguez, de Salamanca, lleva unos dibujos semi naïf de Werner Klenke que me apasionan. Recomiendo el libro y el mensaje. No todos los toros son como Ferdinando, un exponente de la resistencia pasiva (otros le llaman el toro pacifista) De momento, como la violencia de los hombres desata violencia, los toros siguen los derroteros de su sangre y responden como lo hacen los hombres. A pura sangre derramada.

Claro que uno piensa en aquel toro que hace un mes se escapó de la ceremonia en Valtierra, Navarra, campo a través y tardaron los forales en hallarlo varios días. ¿Sería una réplica de Ferdinando? ¿Qué ejemplo cundirá entre los toros bravos? ¿El de los que han optado por la vía armada? ¿El de los que son domesticados para saltar al ruedo? ¿O
el modelo risueño y rompedor que prefiere oler las flores y tumbarse bajo los olivos?





jueves, 9 de septiembre de 2010

Lectura



Te imagino. Estás echada sobre la cama. Desnuda. En plena extensión. Hay penumbra. Hay también un humo que asciende desde tus labios. No es el cigarrillo. Es el aroma de tu boca que no cesa. Un vapor se desplaza desde todo el perímetro de tu piel hasta el último rincón de la habitación. Yo estoy allí, empapándome de él. Mi piel está húmeda. Tienes los ojos abiertos y rasgados. Miras entre luces. Me contemplas con suavidad. Se te iluminan los ojos. Se mojan de calma. Te sientes desprovista de ti. No expulsada al vacío. Hay un desalojo de todas tus cargas en esa actitud que te concede serenidad. Me he sentado en el sillón que hay junto a la ventana. Donde lees habitualmente. Para estar más cerca. Apenas te mueves. Permanece la marca de mi cuerpo sobre la sábana. No has modificado ni una de las arrugas. Pero las tocas siguiendo un ritmo longitudinal. Pellizcas con los dedos cada nervio de la sábana que conserva la huella de mi cuerpo. Palpas incluso el llano invisible donde permanece mi olor. A veces estás tentada a hacer un haz con los surcos que mi espalda sudorosa han dejado como rastro. Y levantarlos y prenderlos otra vez con fuego. No se te ocurre alisar ni un palmo del espacio que conserva mi aura. Mi aura. Nunca imaginé llamándome a mí mismo espíritu. Huí hace tanto tiempo de las interpretaciones extrañas que me sorprenden. Y hasta me asustan los términos. Siempre me he considerado materia bruta. No soy alguien refinado. Mis ademanes no son afectados. Me agito en cada vuelo de ideas y me manifiesto con excesivo nervio. A veces incluso brusco. Lo sabes bien. Pero la brusquedad es contra mí. No. Es el punto de no retorno cuando toco la nube de una tormenta. Me paro en el límite entre mi expresión y la entrega observante y temerosa con que te decantas. O no me detengo y todo cae alrededor de nosotros. Mi espalda se va enfriando, pero no mi deseo. Me pides que coja un libro y que lea para ti. Alzo ligeramente la persiana y dejo que una luz insuficiente atraviese las páginas. Si la luz rayase las líneas estarían borradas las letras. Sospecho que tú no vas a seguir mi lectura. No te interesa el texto del libro, sino el contexto de mi voz grave, pero divertida. Tal vez lo que recite sea de memoria. Empiezo a leer por el final. Pero levanto la vista. Sigo leyendo sin seguir el libro. Para qué. Tiemblo. Te miro.



(La ilustración es de Martin Stranka)

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Los mineros como espectáculo


El precio de la información hoy día es dual. Más allá del relato somero de un accidente o de una tragedia se puede encontrar una mina de ingresos para las agencias y, consiguientemente, para todas las empresas vinculadas al negocio de la comunicación. Es cuando se convierte en espectáculo. Cuando se busca que sea ante todo espectáculo y no reflexión con elementos de juicio. Y se produzca recreación en las imágenes o en los testimonios. Tal impresión tengo cuando se hace de las operaciones de rescate de los mineros chilenos un seguimiento de docudrama. Cuando todo el interés está en capitalizar el asunto por parte de las autoridades, que antes habían hecho dejación respecto a forzar a las empresas explotadoras a tomar medidas sobre las condiciones de trabajo de los mineros. Cuando todo el egoísmo de las religiones reside en convertir el azar en milagro y recomendar oración y recitación bíblica a los sepultados. Cuando la masa espectadora de televisión, cómodamente distante, convierte en película la evolución de la tragedia. Malo si de los acontecimientos hacemos sólo representación y farsa. Malo si en vez de acercarnos a conocer la manera de vivir y de trabajar de las gentes del mundo, a encontrar explicaciones, nos limitamos a ver pasar escenas más o menos severas ante nuestros ojos. Acabaremos por no distinguir la realidad tangible de la ficción virtualizada hoy en extremo. Y ni siquiera sabremos tener en nuestras propias vidas una conducta coherente. Lo aparentemente lejano siempre está más próximo de lo que pensamos. Rescatemos la capacidad individual y maravillosa del ejercicio del pensamiento frente a la inercia que se nos brinda.

Hoy por fin he encontrado un artículo diferente. Moderado y sereno, pero claro y firme. Lo escribe el escritor chileno Ariel Dorfman en El País de hoy. Paso la cita.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/verdadero/milagro/mineros/elpepuopi/20100908elpepiopi_5/Tes

lunes, 6 de septiembre de 2010

El alma ardiente


La noche olía a viñas. La tierra estaba silenciosa. Una luz emergía entre los majuelos, destellando quebradiza. Se aproximaba. Tomaba la apariencia de una antorcha. La antorcha salía a mi encuentro, iluminándome sólo a mí. Y ardía en todas las direcciones sin encontrar más límite que su propia fuerza expansiva. No era la zarza ardiente. No me ordenaba sacrificio de ninguna clase ni acatar ley alguna ni someterme a servidumbre. No había voz ajena en ella. El vigor de su llama impedía que en ningún momento permaneciera inmóvil. El más leve soplo de aire desviaba la trayectoria de la llama. Y ésta se proclamaba firme en su vuelo sin atender a límites. Ascendía o venía a mi búsqueda o se alejaba o se retorcía o caía buscando el pedregal. Si yo me apartaba, ella se apartaba. Si yo me acercaba a su calor, ella venía a encontrarse conmigo. Si yo distraía la mirada, ella se desplazaba lateralmente. Supe entonces que aquella antorcha era la mía. Que yo, además, era el fuego. Y la mirada en el agua, el reflejo en el espejo, la sombra en el muro, la memoria acechante, la sangre acumulada en mis ojos, la saliva recurrente, el semen silencioso. El humo en que se convertían mis palabras.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Persecución


Visité la feria de las palabras, pero me aparté de sus vaivenes zalameros sin nostalgia alguna. Me refugié en el templo de las palabras, pero el dogma impedía que crecieran. Pasé de refilón junto al mercado de las palabras, pero no me interesaba ser tasado. Me enseñaron el arsenal de hondas y espadas de las palabras, mas me hirió su exposición agresiva. Me tentaron desde un palacio de las palabras, pero en cuanto se enteraron de mi acracia latente disimularon. Estuve un tiempo en la factoría de las palabras, pero me despidieron por baja productividad. Me bañé en el oleaje de las palabras, pero siempre estaba a merced de los vientos. Me invitaron a la cátedra de las palabras, pero el temor a no entender nada me expulsó del recinto. Quedé atrapado en el patio de vecindad de las palabras, pero me destemplaba el halago fácil. Ahora ando atravesando el bosque de las palabras, pero los árboles me distraen. Acaso deba perseguir el desierto de las palabras, y ocultarme bajo su superficie sobria. Buscando en el subsuelo raíces desconocidas que me nutran.


(Fotografía de Ítaca)