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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 31 de mayo de 2010

¿Metamofosis de David en Goliat o Jano judío?



¿Por qué quiere el Estado de Israel seguir los pasos de los nazis? ¿Es el complejo de Estocolmo que arrastra desde el origen el sionismo, motivado por una identificación subconsciente con el perseguidor, lo que les hace cada vez más belicosos, incluso estúpidamente belicosos? Sé que no les gusta oír frases de este tono y que enseguida sus políticos y teóricos vuelven la oración por pasiva. A veces tengo la sensación de que, aunque saben muy bien lo que hacen, en su obsesión por ser más duros que nadie y denotar una autoridad violenta con la que buscan ser respetados (¿triste, no?) pierden los papeles. Y este ataque sangriento en aguas internacionales al barco Mavi Marmara donde viajaban hacia Gaza con ayuda humanitaria los pacifistas pro-palestinos no demuestra más que impunidad. ¿Es su demostración de violencia permanente a diestro y siniestro en lo que confía el gobierno israelí? ¿No les importa resultar cada vez más antipáticos al mundo? ¿Han perdido ya la noción de la generosidad, del derecho y del sentimiento democrático? Esas dos varas de medir, la que aplican a los propios y la que imponen a los palestinos les está conduciendo a un pozo de incalculables consecuencias para todos.

Israel probablemente sea el estado más impune que existe en el planeta, y mira que muchos estados hacen barbaridades. Pero a Israel se le permite todo. La geopolítica mundial y en concreto el modelo de política exterior en el que Estados Unidos se encuentra atrapado lo facilita. ¿Hasta cuándo va a abusar Israel de la paciencia de los pacíficos, incluidos los que sufren dentro de su propia población por esa política nefasta y racista?

Ahora bien, los occidentales no debemos rasgarnos más las vestiduras por el ataque al buque pacifista que ante lo que acontece todos los días sobre los palestinos de los territorios ocupados. El ataque al barco de la paz, con ser alevoso, durísimo y criminal, no es ni más ni menos grave que el cerco, aplastamiento y violencia con que Israel somete a los palestinos. Pero el resto de los Estados del mundo -y en el buque atacado viajaban nada menos que 750 personas de 60 países- deben exigir responsabilidades inmediatas sobre la locura israelí.

El ataque ¿nervioso o calculado? de Israel es un reflejo más de su política, la que ejecutan en los territorios de Gaza todos los días. La misma que les lleva a mantener un muro de hormigón o a colonizar territorios palestinos. La que les lleva a bombardear una instalación nuclear en Siria como hicieron hace tres años. Lo que les lleva a la guerra sucia de sus espías hasta un hotel de Dubai para asesinar a líderes palestinos. Lo que les hace tener en el disparadero a Irán. David se metamorfoseó en Goliat hace tiempo. Tal vez se trataba del Jano judío, donde belleza y fealdad, cultura e intolerancia, generosidad y desprecio, sentido de la justicia y opresión se alternan en una tensión impía. Resultado: que acaban siendo eclipsados, devorados más bien, por el ser bruto que ambos llevan dentro.

viernes, 28 de mayo de 2010

La marca


El cansancio debería haberme precipitado en el sueño. No fue así. Paradójicamente el mismo agotamiento me impedía dormir. Los músculos, agarrotados y espesos, se encontraban disociados de mi cerebro, aún excitado por los quehaceres del día. Mientras aquellos se pellizcaban entre sí, causándome un malestar casi doloroso, mi mente se agitaba convulsa, pasto de las vivencias y de las ideas confusas y entrecruzadas que surgían a cobijo del silencio nocturno. Cuando parecía que la calma y la relajación de las horas iban ganando la partida y el sopor me conducía lentamente al descanso ocurrió aquello. Sentí que una mano, ni grande ni pequeña, me presionaba el abdomen. Sutilmente, apenas introducido en el sueño anhelado, creí que se trataba de una imagen que ya formaba parte de él. Pero yo seguía percibiendo el calibre de una mano frágil que se depositaba con levedad. Mi carácter sumamente vigilante y nervioso hace que detecte la brizna más ligera de aire, o de calor o de proximidad. En ese momento sentí aquella mano como una apretura agradable, pero intrusa. No se movía. Ocupaba un espacio único, ni se extendía ni se hundía. A lo sumo, los dedos se alzaban y bajaban despacio, alternadamente. Como si tamborilearan juguetones sobre mi carne, casi imperceptibles. Extendí mi mano en torno a mi cuerpo, pero allí no existía otro cuerpo. Ni dentro ni fuera de la cama. Agucé el oído. Tal vez éste me permitiera entender lo que el tacto no comprobaba. Pero el silencio era tan absoluto que ni siquiera escuchaba roce alguno de aquellos dedos fantasmagóricos. Un temor extraño me impedía bajar una de mis manos hasta aquélla que había invadido un territorio de mí. Súbitamente aquella mano misteriosa e inexplicable comenzaba a crecer. Al menos me parecía que ocupaba mayor espacio de mi vientre. Pero se mantenía liviana. Las sábanas me pesaban y la almohada marcaba mis vértebras nacientes, produciéndome cierta tumefacción. La aparté con torpeza, dejando la nuca en un vacío a merced de la brisa de la noche. Empecé a sudar. Cada vez más. Por todas partes. Las piernas empapadas, las ingles húmedas, el pecho resbaladizo, el cabello empapado. Menos en aquella zona de mi abdomen donde la mano persistía. Allí sentía una frialdad excesiva. Me pareció una mano de hielo. Aterciopelada, pero polar. Intenté apartar la sábana pero no conseguía asirla. Cuando tuve a tino uno de sus bordes el antebrazo no ejecutaba su mecanismo, como si se produjera de improviso una pérdida de fuerza. Mis manos se encontraban fuera de la sábana. Al menguar la habilidad de mis dedos, traté de dar con una de ellas un salto sobre la mano ajena que me oprimía el vientre. Pero ninguno de los brazos tomaba impulso. Probé a cambiar de posición, mas cada vez que lo intentaba me parecía que la cama se volvía más estrecha y que me encontraba al borde. Probé a evadirme. Un ejercicio de absentismo mental que desviara la atención de aquella presión inmóvil. Fue como si la mano ocupadora lo interpretara, porque cambió de táctica. Comenzó a presionar más, sentía que pellizcaba la piel y que se iba hundiendo en la carne. Ejercía una fuerza desagradable. Sus uñas, que había percibido de perfil delicado, horadaban como layas buscando remover mis entrañas. La sensación inquietante de que unos dedos largos abrían túneles camino de mis vísceras me aterró. Sentí que me ahogaba, que mis extremidades se proyectaban fuera del tronco, y que una angustia letal abría mi tórax al vacío. Una convulsión me hizo dar un salto. Me escuché a mi mismo decir con desgarro ¡basta! Al otro lado del tabique una voz me espetó: ¿estás bien, vecino? Cuando me levanté me miré con alarma al espejo. Me desagradaba mi rostro, pero al menos me hallaba sereno. La humedad proveía mi piel. Me disponía a ducharme, cuando eché una última mirada a mi cuerpo reflejado. Sobre mi vientre, la impronta de una mano y sus cinco dedos abiertos marcaba silueta, desplazando el vello. Era una mano encendida, enrojecida. La carne hervía ahora en esa parte. No supe qué pensar.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Cohn-Bendit denuncia la hipocresía europea


No puedo resistirme a reproducir el vídeo donde se ve a Daniel Cohn-Bendit increpando al Parlamento europeo. Gracias por la sugerencia. Había oído hablar de esta intervención reciente, pero no la había visto.


domingo, 23 de mayo de 2010

El búho de Minerva


Nunc vero in Europa, id est, in patria, in domo propria, in sede nostra, percussi caesique sumus.

Disculpas por la pedantería de incluir una cita en latín, pero me parecía de un ritmo magistral. La escribió Eneas Silvio Piccolomini a mediados del siglo XV, y querría significar algo así como:

Verdaderamente ahora en Europa, es decir, en la patria, en la propia casa, en nuestro lugar, somos golpeados y abatidos.

Eneas Silvio P. hacía referencia en su tiempo a un asunto histórico que determinó para siempre el futuro y probablemente la conciencia en ciernes del continente, la caída de Constantinopla. Pero yo me quería quedar con la frase. Una imagen que ha podido utilizarse como paradigma de otros momentos históricos críticos. Y que se puede hacer transcender a estos momentos, aunque habría que pronunciarla en griego.

El asunto de la cuasi bancarrota de Grecia se quiere acallar con la inyección de dinero del resto de países de la UE, por una parte. Dinero prestado que les va a salir por un ojo de la cara, ya que les van a comer los intereses. Y por otra, exigiendo que el gobierno actual aplique durísimas medidas económicas que no son otra cosa que una vuelta de tuerca probablemente sin fin sobre la población. En ese ajuste de los tornillos ya se sabe quién pierde más. ¿Así de simple? ¿Sabían los griegos lo que venía ocurriendo desde hacía años, con sucesivos gobiernos de derechas y socialdemócratas? ¿Sabía la UE y el Banco Central de la debilidad, dicen, de la economía helena? ¿Conocía perfectamente el FMI la evolución de las cosas en la última nación suroriental de Europa? Cuesta creer en un desconocimiento de ese statu quo por parte de las entidades y autoridades europeas y mundiales. Entonces, ¿por qué se ha dejado que la situación se precipitara hasta casi el exterminio? El compositor Míkis Theodorákis mantiene una polémica opinión al respecto.

“Oigo hablar de una deuda de 360 000 millones de dólares, pero veo al mismo tiempo que muchos países presentan esas mismas deudas, e incluso mayores. Por lo tanto, no puede ser esa la causa esencial de la desgracia- Lo que también me intriga es la desmesurada importancia de los ataques internacionales de los que nuestro país está siendo objeto, y cuya coordinación es casi perfecta, a pesar de tratarse de un país cuya economía es insignificante, lo cual acaba por parecer sospechoso.”

La sugerente argumentación que mantiene Theodorákis se puede leer en el siguiente enlace: http://www.voltairenet.org/article165326.html

Tal vez Theodorákis se pase en su arriesgado criterio. O tal vez no. Las organizaciones económicas y políticas mundiales no son transparentes. En la opacidad de los despachos aparentemente más lejanos de Atenas pueden estar decidiéndose cuestiones de geopolítica que pasan ahora por una especie de presión descomunal sobre Grecia. Quién sabe; se verá con el tiempo. De cualquier manera, las pintadas testimoniales que estos días he visto en algunas paredes de mi ciudad alcanzan un eco mínimo. Si acaso, que hagan pensar por unos instantes al transeúnte. Por cierto, ésta de la foto duró dos días. Hay que ver la celeridad con la que actúa el ayuntamiento cuando interesa. Y es que pienso que las palabras solidaridad y trabajadores siguen asustando lo suyo. Sobre todo cuando ambos vocablos se funden en una sintaxis que es todo un discurso.



sábado, 22 de mayo de 2010

Detén



Detén la espada. Nada podrás contra el hechizo de la lluvia. Te creíste ungido por la autoridad suprema. Durante muchos siglos se nos hizo doblegarnos ante ese destino impuesto. No se nos dio otra opción. Cada vez que alguna de nosotras intuía la farsa era señalada. La que lo denunciaba desaparecía para siempre. A las demás nos hacían creer que estaba perturbada. Y que en su locura se había precipitado desde el monte Eskolio hasta el abismo. En las noches de tinieblas rodeábamos la hoguera en que estas cosas se relataban en voz baja. Aquel fuego era nuestro confidente. Todas metimos las manos dentro de las llamas de la memoria y nos curtimos. Algunas no pudieron soportarlo. Otras se desvanecieron en las renuncias voluntarias. Otras se traicionaron porque perseverar en la indocilidad era demasiado duro. No siempre el pacto de la resistencia se cumplía. Y aquella condición parecía que no tuviera fin. Fue mucha la oscuridad. Muchas historias contenidas. Muchas narraciones aplastadas. Demasiados tiempos de silencio. Como si no existiéramos. Como si esa condición doble y aparente sustituyera a la primigenia. A la que contenía nuestra esencia. Incluso ahora, en que creemos sentirnos seguras, un lejano sentido nos dice que no debemos bajar la guardia. Tenemos, por lo tanto, que hablarte con claridad. Desármate de la ignominia. No permitas que te embargue la cólera de la impotencia. Ya nada te exige lo que se les obligó a tus antecesores. En el fuego nos conjuramos. En la lluvia renacemos. Parece más débil que la potencia ígnea. No te fíes. El fuego se elimina en lo que tarda en consumir la materia. La lluvia no tiene fin. Está en nosotras. Mana de nuestras entrañas. Limpia lejanas adversidades. Los piélagos están formados por todas las mujeres que se desplomaron desde los acantilados. Las salvó en el extremo su metamorfosis en lluvia. Esto te decimos. Detente. Paraliza el ademán antes de que se convierta en sangre. Ésta se diluirá en el agua de la que estamos engendradas. Cambia antes de que te destruyas a ti mismo.



(Imagen de Bill Viola)


miércoles, 19 de mayo de 2010

Cuidado con las imágenes


Esta foto no fue simplemente una primicia. Fue una aberración. No tiene nada de instantánea. Lo único que hay de improvisado y cruelmente reflejo es la muerte. Una muerte servida a la cámara, a las sociedades occidentales. Cuidado con las imágenes. Pueden matar. Y eso es peor que trucar una fotografía. Lo perverso no es manipularla en sí. Sino si esa manipulación hace daño a la vida física, al honor personal o a la convivencia. Las imágenes, sobre todo aquellas que se reclaman en los medios más célebres y más cotizados, es decir, los más influyentes, no son neutrales jamás. No lo son en origen. Y muchas de ellas, incluso, nunca nacen, nunca se dan a conocer. Se ofrecen las que interesa enseñar. Paradójicamente, esta fotografía reflejando un crimen doblemente atroz, se convirtió en un icono de la opinión pública norteamericana opuesta a la guerra del Vietnam. Estas observaciones nos conducen a pensar lo envuelta que se encuentra la realidad cotidiana en la mentira, la manipulación y la barbarie. De ahí que la credibilidad de los medios haya mermado, la confianza en las constituciones de los estados pierda fuelle y el ciudadano se sienta desorientado en medio de la marabunta de poderes ocultos, que no dan la cara nunca y que intervienen sobre el fondo y la forma de los recursos de los que vive la humanidad. Como acontece en estos momentos de la denominada intencionalmente crisis.


En el libro de François Maspero Gerda Taro, la sombra de una fotógrafa leo este comentario:

"Susan Sontag, en Ante el dolor de los demás, explora los detalles y las consecuencias de la banalización de la imagen. Los efectos de choque se anulan, la mirada del espectador, constantemente bombardeada, se satura. Y si todo se anula, entonces es que todo vale. Salvo que, para imponer un producto al mercado, hay que hacer que parezca que tiene más valor que los restantes. Ya no se trata de convencer al espectador, que ha pasado de sujeto pensante a consumidor, ni de la justicia de una causa, ni de incitar a detestar o querer a alguien, ni de tomar partido. Se trata de triunfar en una competencia feroz, la de la carrera hacia lo más espectacular. La ley de la jungla. Todo vale. Esto es lo que conduce a la fotografía de Eddie Adams realizada en 1968 en Saigón: un jefe de policía pone su pistola en la sien de un detenido sospechoso y lo abate en plena calle; la muerte en directo, un primer plano del rostro del condenado. Una ejecución que no habría tenido lugar, según afirma Susan Sontag, de no haber habido periodistas para captarla. Derivación definitiva: el fotorreportero ya no es un testigo del drama. Ya no es sólo el que observa. Ni siquiera es sólo un cómplice. Es el autor del mismo."



(Fotografía de Eddie Adams)

lunes, 17 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (VIII)


Van sabiendo que nada es posible sin aquél que utiliza una herramienta infrecuente. Aquél que cuando algunos se desesperan logra que se detengan al borde de la locura. Aquél que se interpone entre el caballero y el débil y evita un desmán. Aquél que cuando algunos quieren retornar sin esperanzas hace que se fijen en su el triunfo de haber llegado tan lejos. Aquél que impresiona al hombre de la voz soberbia y de la espada. Aquél que alienta las razones, sin imponerlas. Aquél que invita a confiar en la insospechada fuerza del individuo, no en la mera corriente de euforia del grupo. Aquél que desaparece tras cada uno, para ser uno más. Aquél cuya palabra es una entonación, y no orden alguna. Aquél para quien los himnos no deben reducir la mirada en derredor. Aquél para quien los territorios en los que se adentran no son hostiles, si ellos no quieren que lo sean. Aquél que no suplanta el aún leve edificio de la racionalidad, y se aleja de las imágenes de la superstición. Aquél que habla de pisar el suelo como su suelo, y de palpar la arcilla como su arcilla, y de fecundar el limo como su limo. Van sabiendo que todo es posible si todos son aquél dentro de sí mismos.

domingo, 16 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (VII)


No importa que los hombres de barro hablen lenguas diferentes ni mantengan costumbres extrañas entre sí o que les separen los conocimientos que cada necesidad ha aguzado. Esta situación en absoluto les aleja, sino que más bien les complementa. Más allá de sus diferencias, comparten otras propiedades. El talante de aproximación, la curiosidad por saber acerca de lo que sabe el otro, la comprobación de que todos han sufrido experiencias análogas de sufrimientos y penurias. Y principalmente, la aspiración a superar los infortunios. Unos huían de la sequía, otros de las guerras tribales, otros de la hambruna, otros del agotamiento de los recursos de la tierra, otros de la eliminación de especies que puso fin a su condición de perpetuos cazadores. Esa aleatoria suerte les relaciona. Ese intento por llegar a nuevas perspectivas les otorga superación. Su heterogeneidad, sin sospecharlo todavía, les va a hacer más potentes. Están en una encrucijada. La fe inicial e inquebrantable en los caballeros va a ser cuestionada. No les basta la ostentación de la fuerza, que por sí no les conduce a una tierra nueva. La agrupación de los hombres de barro ha recorrido demasiado trecho como para paralizarse. Tienen conciencia de ello. Se tientan en la conspiración. Algunos manifiestan una lucidez inusual. Son valerosos, no porque esgriman los filos de las armas, sino porque proponen a los demás lo que los caudillos son incapaces de mostrar. Son individuos serenos que no persiguen ni la fuerza ni los bienes para sí mismos.

viernes, 14 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (VI)


La luz no ha sido suficiente para ilusionar la convergencia de aquella masa desorientada. Ni para dotarla de solidez. Se desplazan en medio de los rigores de las estaciones. Las adversidades se manifiestan no sólo a través de la dureza del clima, sino también de las acechanzas de otras poblaciones nómadas que, como ellos, tratan de asentarse. Los animales que habitan los espacios donde ellos penetran se sienten a su vez turbados por la presencia de la nueva especie que avasalla y se defienden. A su vez, los invasores se enfrentan a las fieras, en las cuales buscan recursos para su alimentación y su abrigo. No todos los hombres de barro confían en la elección que comenzó con euforia. Algunos propugnan el retorno a los lugares de partida. Pero la suerte está echada. Realizar un regreso sin la fuerza colectiva, diezmados o en pequeños grupos, es temerario. Esa duda produce malestar y los hombres de mando son mirados torvamente. Hay otros individuos que sugieren reducir a los díscolos. Ello tiene el peligro de un choque abierto que les merme en número. Las escaramuzas son ocultas. Hay días en que desaparecen miembros de la tribu, sin que nadie pueda aseverar que han decidido marcharse voluntariamente. Cunde la desazón. Una ira larvada puede observarse en los ojos de muchos de los seres de ambos sectores. No se llega a ninguna parte. Pesa el ejercicio permanente que parece agotarles. Se extiende el cansancio por el esfuerzo no recompensado.

jueves, 13 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (V)


Nadie manifiesta disconformidad con las órdenes del mando. Todos han callado y el mando ha quedado sacralizado para siempre. Ha bastado una simple concesión de la masa y un solo jinete se arroga la ascendencia sobre la tribu. Si ese jinete cae, otro le sustituirá. Incluso si desaparecieran todos los que montan al animal, alguno más hábil de entre los guerreros de a pie echaría mano de unas riendas vacías y se alzaría sobre la grupa. Cada vez que un accidente o un enfrentamiento descabezan a los líderes se produce un relevo. El destino se manifiesta como una unción para dirigir a los súbditos. La fe en lo que no se palpa es quebradiza. Todos dudan. Y entonces no siempre la tropa puede ser contenida. No siempre aplacada. No siempre sometida. La marcha es dura y el esfuerzo no garantiza una recompensa. Los caballeros se tensan. Encogen el ceño. Se disponen a afrontar a un enemigo dual. Temen lo que desconocen de fuera y se espantan ante lo que aún ignoran en sus propias filas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (IV)


Pero en esta marcha en la que se urgen no todos deciden. Ni el más ingenuo, ni el más arriesgado, ni el más sabio. Se impone el más fuerte. El que esgrime una cabalgadura y se eleva sobre los demás. El que agita una espada, por rudimentaria que sea. El que eleva el tono de la voz, sobrecogiendo a las otras voces hundidas cada una en sus pechos. El más fuerte puede acertar o puede equivocarse. Si obra bien en sus cálculos, será vitoreado. Si yerra puede jugarse el reconocimiento. En este caso deberá ceder o enfrentarse al grupo. Avanzar donde quiera que esté el horizonte siempre es arriesgarse. La comunidad se arriesga. Cada individuo se expone. Su suerte está vinculada. Una suerte pendiente de un instante. Nadie escapa de nadie. Nadie desea ser aislado. Nadie quiere pensar en el horror del abandono.

lunes, 10 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (III)


Las sabanas ya no están sólo para ser recorridas hacia ninguna parte. Se quedan pequeñas para los afanes de búsqueda de los hombres de barro. No en vano en el grupo han confluido seres de procedencias extrañas y de condiciones diversas. No se entienden del todo entre sí, mas se necesitan. Unos aportan elementos de defensa. Otros conocimientos de técnica escasamente usados. Otros saben algo de sistemas de transporte rudimentarios. Alguno ha viajado lejanamente y se orienta mejor para conducir a los demás hacia territorios donde asentarse. Hay quien desde su posición cabalgante ejercita una actitud que se impone al resto. Tienen que ir más allá de la sabana o convertir una parte de ésta en una permanencia. Buscan incesantemente. Decididos firmemente. No tienen nada que perder.

domingo, 9 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (II)


Su salida del silencio les concita. Se dividen entre los que conciben sus esperanzas en el círculo de fuego y los que confían en la fuerza de los hombres superiores de la tribu. Éstos creen también en el fulgor del disco, pero sospechan que no basta para conducirles al destino. Es su fuerza o la delegación de los demás hombres o tal vez su engreimiento lo que les dota de una conciencia más definida. En sus elementos de seguridad y defensa palpan algo más concreto que lo que ve la comunidad andante. Eso les permite avanzar. Tantear territorios. No basta. Nadie se da cuenta con claridad pero todos necesitan de alguien diferente. De un anónimo para quien no es suficiente ni el sol ni los caudillos. Aquél que mira a otra parte cuando todos lo hacen en la misma dirección. Aquél que indaga con otra perspectiva sobre la marcha del grupo. Alguien a quien la iluminación le llega más desde dentro de sí mismo que desde el exterior.

sábado, 8 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (I)


Emergen desde la oscuridad de los valles a la llamada del sol. Bajan expectantes de las laderas encrestadas. Surgen entre los agujeros de las rocas del desierto. Pero además responden a la urgencia de la necesidad. O acaso es en orden inverso. Ocupan las nuevas llanuras inhabitadas. Son varias docenas. Son los desposeídos. Apenas una minoría de entre esta exigua tropa dispone de un caballo. Con el caballo hay un bien y la fuerza del mando. No son todos iguales. La mayoría sólo confían en sus brazos y en sus pies. Unos pocos, además, en sus ideas ocurrentes. La entrega incondicional les da seguridad, pero también les doblega. Caminan todos admirados por la luz. Sin saber qué les espera. Sin distinguir si la luz es un espacio o una llamarada vacua.

martes, 4 de mayo de 2010

Un cuento africano de serpientes


Cuando el hombre salió aquella mañana a la calle se encontró con que la serpiente que vivía a la vuelta de su choza no acertaba hacia dónde dirigir sus pasos.

¿Por dónde es el camino?, preguntó ella.

Se supone que eso tendría que habértelo preguntado yo, que eres la poseedora del conocimiento, le respondió el hombre.

Pues no siempre. Hoy mismo me he desovillado confusa y por eso te pregunto a ti, que tanto me buscas, insistió el saurio.

Pues mira, tampoco estoy muy seguro, pero si quieres, vamos juntos a encontrarlo, añadió el vecino por ver si la idea de caminar con un humano no le agradaba a la serpiente y así se la quitaba de encima.

La serpiente, sorprendida de que alguien se mostrara afable con ella, dejó de reptar dubitativa, se irguió todo tiesa y con mirada ladina y seductora como de costumbre, no exenta de cierta pizca de dulzura, le dijo:

De acuerdo. Puesto que tú me llevas incorporada a ti desde hace tiempo y yo me enrosco en tu interior todas las noches cuando duermes, pongámonos en marcha.

Nadie lo observó, pero la mirada del hombre se clavó en la zona más profunda y alejada de los ojos de la serpiente. Y, desde entonces, caminan juntos.