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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








martes, 31 de marzo de 2009

Agudeza


De la nada al vacío
se extiende un espacio
ausente
unos pies levitando en la proa
un impulso
cuyo arco se tensa
y en el salto la figura
no vuelve
a la nada
y ella es frágil
y el éter es denso
y el abismo al abrirse
es incierto
y en su vuelo se ocupa
a sí misma
cubriendo los días
rasgando las sombras



(Fotografía de Frantisek Drtikol)

sábado, 28 de marzo de 2009

viernes, 27 de marzo de 2009

(Paréntesis dos: Goya vigila)



“Siempre seremos un país ridículo, soberbio, ignorante y provinciano, pero con aires de grandeza. Hay lastres que no nos resignamos a soltar en nuestra obcecación colectiva.”

Stalker


Quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no quiero pensar que no



(Dedicado a Stalker, precisamente. Ver su comentario en el post anterior sobre Larra)

(Paréntesis: Larra vive)


(Sé que voy a hacer una tajante aseveración, pero a veces este país nuestro me parece de desdicha. No valoramos ni la memoria ni la gratitud ni el interés por los valores que nos sacaron del oscurantismo secular. Y lo que es peor, no apreciamos la inteligencia de algunos de los que nos precedieron. Carentes como hemos estado de la socialización de lecturas del extenso mundo y de los amplios tiempos, ha sido positivo acceder estas últimas décadas a autores ignotos o poco frecuentados. Y ahora somos presas de un boom literario, al que no damos abasto a acceder.

Esa carencia, tan vinculada al analbetismo tradicional por una parte, y al poco interés por las letras por parte de las aristocracias y de las lentamente emergentes clases medias, fue determinante no sólo para condicionar el limitado interés por la literatura, sino para desarrollar una capacidad de visión, diálogo, indagación y debate pacífico y tolerante de los españoles. No me cabe ninguna duda de que la historia de enfrentamientos y de intentos de avances frustrados y de resultado de retrocesos en España, va vinculada a la escasa progresión de su nivel cultural, y en concreto del poco ejercicio individual de la lectura. No es extraño, por lo tanto, que aún coleen esos resortes vagos y despreocupados, a través de los cuales tendemos a olvidar a algunos escritores clarividentes y prospectivos del propio país -Cervantes, Quevedo, Pérez Galdós, Valle Inclán, Machado- que son decisivos en el conocimiento de nuestra intrahistoria. Que fueron proféticos sin ser dogmáticos. Que desentrañaban los mitos, cuando otros los alimentaban para ceguera de la masa. Que añoraban el ejemplo laico de otros europeos. Que despreciaban críticamente las propias lacras colectivas, y abominaban de los malos usos y costumbres.

Ni siquiera el aniversario de los doscientos años del nacimiento de Mariano José de Larra (Madrid, 1809), acontecido el pasado día 24, ha servido para suscitar debates en foros, programas memoriales en televisión o en editoriales y librerías. Por lo menos, no ha sonado mediáticamente, en esta época en que lo inmediato, lo frágil y superficial campan a sus anchas. El mercado no lo reclama como venta y por lo tanto no se considera. Lo cual nos conduce al eterno dilema de si la cultura que tanto se enuncia no interesa sino en cuanto no constituya un elemento comercial y de beneficios económicos garantizados y, por supuesto, antes que una expresión exponencial y reflexiva de una sociedad.

Y me pregunto, ¿nos merecimos a un Larra? Larra fue un ojo clínico de la sociedad que se resistía a crecer, un bisturí de nuestras insuficiencias, un fustigador con guante europeo de una España anclada en sus ignorancias y en sus caciquismos. Que para hacer su literatura y su periodismo entrara con un humor irónico y hasta cínico en las esencias y contraesencias patrias no significa que sea un escritor meramente costumbrista, como pretenden zanjar algunos críticos de nuestro tiempo. A su manera, y a pesar de su juventud, era uno de esos hombres a los que les duele su propio país (al actor Rubiales, fallecido recientemente, le pasaba otro tanto, de ahí aquél despropósito verbal cagándose en España, que yo entendí)

Pero nos merezcamos o no a Larra, ahí sigue su obra. La excusa de un aniversario bicentenario para hablar de él se ha perdido nuevamente. Pero no necesariamente para leer lo que escribió. Algo que sigue sorprendiendo, que aún resulta moderno, que nos refleja acertadamente y que deberíamos considerar más allá de la espuma de los días)



jueves, 26 de marzo de 2009

El corte (Traslado, III)



Mientras jugueteábamos con el sello, lo advertimos. Un corte limpio en la parte posterior del aro rompía el círculo. Karl y yo nos estremecemos, y esa sensación nos aproxima. Sabemos de sobra qué indica, pero nos miramos con cautela. Karl pasa su yema por el corte lentamente y acusa un ligero escalofrío. Dónde pudo ser, y de qué manera, dice. Y es ese roce con el metal herido lo que lleva a preguntarnos cómo perdería el aire aquel hombre. Recuerdo entonces un proverbio, acaso una sentencia: las guerras no traen nada bueno para nadie. Es probable que se revele como verdad en el preciso momento histórico que tienen lugar y se sufren sus desdichas. Mas todos sabemos que no es cierto, que las guerras han traído ganancias para muchos. Que la riqueza de hoy es hija de la sangre de ayer. Que los que vivimos decentemente lo hacemos a costa de la destrucción de lo anterior. Pero, ¿y si no hubiera habido guerra? ¿Diríamos lo mismo? ¿Viviríamos con el bienestar que tenemos? ¿O estaríamos sumergidos todavía en una espiral inacabable hacia el abismo? La gente es muy dada a barajar alegremente posibilidades imaginarias; los más enterados lo llaman hipótesis. Señalar que si hubiera habido entendimiento no habría tenido lugar la tragedia. Después de haber acontecido los sucesos, qué fácil es predecir. Karl se muestra muy racional al respecto y no le gustan las ficciones sobre la historia que no fue. Siempre suele decir que si lo acontecido lo ha sido de una manera tan concluyente es porque era inevitable. Él cree en una especie de biología de la historia. En que las relaciones de los hombres con los hombres, y de los hombres con el medio, y del medio con la naturaleza tienen sus leyes intrincadas pero inexorables que no son fáciles de discernir por el pensamiento. Es terrible que solamente se vean los efectos, y estos son siempre consecuencia, destino. Es obvio que hay demasiados intereses en litigio, no siempre del mismo lado. Intereses enfrentados, visiones diferentes, proyectos opuestos. Y demasiada ideología. Excesiva turbulencia que oscurece las manifestaciones de la vida. Aún no ha desaparecido el olor nauseabundo de las últimas ideologías que sumieron al continente en el caos y ya palpitan otras que han recogido el testigo de las anteriores. La última guerra fue una parálisis que nos hizo reflexionar. A pesar de la experiencia dolorosa, parecía que iba a permitir encarar el futuro y la reconstrucción con otros elementos. En cierto modo fue así. Pero fue así porque abundantes rincones del planeta, donde los conflictos no han dejado de tener lugar durante estos años, han heredado las injusticias que incubamos nosotros. Territorios que nos han procurado nuestra salvación egoísta, mientras ellos accedían al infierno. Es como si nos hubiéramos quitado la mugre de encima y hubiéramos cubierto con ella a africanos, asiáticos o alejadas zonas del mismo continente nuestro que no hemos querido reconocer. Cuando Karl mira y frota el pequeño pero profundo abismo de la circunferencia que tiene entre los dedos, piensa y se agita. Él siempre ve tras un pequeño objeto, siempre lee en una huella, siempre vibra con sus vidas imaginarias.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Karl (Traslado, II)



Karl y yo no nos hemos llevado bien siempre. Incluso nuestros vínculos de ahora tienen cierta carga de apariencia. Es verdad que las últimas requisitorias judiciales para que abandonemos esta casa, y el traslado forzoso, nos han unido más. Nada como verse en dificultades para buscar aliados, podría decirse. Ni los títulos de propiedad ni la constatación de que nuestros antepasados han estado arraigados aquí desde generaciones han sido valedores ante el cerco inmobiliario desaprensivo. Jamás, ni siquiera cuando nuestras relaciones eran tensas, nos planteamos ambos el abandono de la finca. Para evitar que aquella constante fricción fraterna nos destrozara, o él o yo nos ausentábamos periódicamente. Un viaje reparador de nuestra tirantez, alguna aventura de pareja de unos meses con alguien que no estuviera en el área de influencia de nuestras manías, el retiro temporal a la villa de unos amigos en la Amalfitana para escribir, cualquier motivo de separación obraba saludablemente sobre Karl y sobre mi. Al reencontrarnos, la reconciliación estaba servida al menos por cierto tiempo. Armonía garantizada sobre todo si nuestros contactos eran escasos y cada uno hacía la vida que deseaba. A veces creo que todo viene de su funesta obsesión por tutelarme, ¿acaso sólo porque él es el mayor y yo soy mujer? Pero es demasiado simple el argumento, cuando ambos sabemos que hemos vivido lo nuestro, y se supone que las interferencias deberían quedar de lado. En realidad yo había viajado ya bastante por el mundo cuando él apenas se movía de la finca. Hace muchos años que no tenemos padres que nos condicionen. Y siempre he pensado que el proteccionismo de Karl era algo diferente a la vigilancia de una orfandad. Por supuesto, nunca he tenido dudas sobre los sentimientos ocultos de mi hermano hacia mi. Le he visto sufrir en silencio muchas veces, cuando me iba a estudiar a otro país, o cuando viví un tiempo con Marino en Roma. De esto hace tanto que me cuesta hasta recordar el estilo de aquel novio romano. Aunque ya se habían separado, nuestros padres vivían aún y no entendieron el verano melancólico en el que Karl parecía agonizar. Cuanto más le hablaban de mi vida en Roma más padecimiento soportaba el pobre Karl. Mi alejamiento repentino, casi impulsivo, de Marino, le devolvió a mi hermano una salud que iba extraviando irrevocablemente. Nuestra existencia se había configurado desde niños como un mapamundi de secretos y atracciones abstrusas que siempre nos preñaba de sospechas pero que jamás deseábamos alcanzar a revelar. No es extraño, por lo tanto, que un ligero descubrimiento, en apariencia, excitara tanto nuestra imaginación y pusiera de nuevo sobre nuestras vidas el papel del misterio. Un sello nos obligaba a preguntarnos cómo había llegado hasta allí. Nos impulsaba a ser cuidadosos y calmos por si había otras señales de arcanos desconocidos. Pero también nos ponía en contacto, nos convertía nuevamente en cómplices ante factores inesperados y ajenos. Nos remitía a una lejana y perdida connivencia en la que atracción y repulsión jugaban una carta arriesgada y, probablemente, a estas alturas, nada deseable.

martes, 24 de marzo de 2009

El sello (Traslado, I)



Apareció al hacer el traslado. Es curioso. Un traslado es un acontecimiento ambivalente. Y este valor reside en su inevitable contradicción, efecto del movimiento agitado de los bártulos. Pueden desaparecer objetos o ser hallados. En cualquiera de los dos casos las situaciones son imprevistas. El sello apareció en el doble fondo de un plumier. Bajo lápices sin punta y mermados, una goma de borrar gastada, dos portaplumas pringados de tinta china seca y una insignia de solapa de un equipo de fútbol desaparecido. El estuche parece obra de un ebanista hábil. Al abrirlo da la impresión de que tiene un solo espacio. Pero por la parte de abajo, con cierto cuidado y destreza se logra deslizar una tapa incrustada que muestra otro espacio autónomo. Ni Karl ni yo acertamos a comprender el significado de aquel compartimiento escondido, de tal modo que nos pasamos el resto de la tarde haciendo cábalas sobre su fin. Los humanos diseñan mecanismos ingeniosos cuando quieren ocultar cosas o significados. Unas manos diestras pueden ser capaces de hacer un estuche con una base disimulada. Una mente audaz puede fabricar palabras y construir oraciones sintácticas con diversas acepciones, listas para expresar algo diferente a lo que aparentemente dicen. Sus intenciones pueden ir dirigidas a determinados destinatarios sin que alguien que las oiga o las lea detecte lo que realmente pretenden decir. Karl siempre solía comentarme que los hombres están dispuestos a crear cualquier tipo de artificio con tal de preservar lo que desean, si es que lo que anhelan no lo obtienen. Mi hermano estuvo jugueteando un buen rato con el anillo, introduciéndoselo y sacándolo, comprobando la holgura de su caña y de paso el grosor de sus dedos. Incluso contemplaba coquetamente el efecto que causaba al alzar su dedo anular. El sello llevaba una inscripción, unas iniciales, algo muy del gusto de otro tiempo. Nunca comprendí muy bien aquella olvidada moda narcisista consistente en hacer grabar dos iniciales superpuestas. La pátina oscurecía el registro de las letras y no acertamos a distinguir con claridad de qué letras se trataba. En realidad sabíamos muy poco sobre los propietarios originales de todos aquellos objetos que iban apareciendo. Suponíamos que habían pertenecido a la familia y que se habían salvado de la intemperie de los tiempos. O bien que algún coleccionista ocasional de la casa los recogió por mercadillos de ocasión y los había guardado. Pero lo que menos podíamos esperar es que desfilaran ante nuestros ojos también los secretos. Karl se manifestaba inquieto y convulso ante el descubrimiento, y no sabía decirme más sino que aquello tenía que llevarnos a encontrar otros escondites. Y quién sabe si nos conduciría a nuevos enigmas. Si teníamos que demorar el traslado, lo haríamos. Lo importante de cambiarnos de casa, dijo Karl categóricamente, era dejarnos llevar por la emoción de lo inesperado. Y mientras, no dejaba de acariciar con su pulgar aquel sello tan convencional, tan estéticamente obsoleto.

lunes, 23 de marzo de 2009

Haiku de las raíces



Anocheciendo
raíces y ramajes
tejen tu danza.


(Para Niké Moritz, cuyas fotos se echan en falta.
Sobre una ilusión óptica del checo Roman Sejkot)

domingo, 22 de marzo de 2009

Un poema de Sánchez Rosillo


El poema Aviso de caminantes, de Eloy Sánchez Rosillo...



En la suma de días indistintos
que la vida da al hombre, acaso hay uno
en que el destino, trágico y hermoso,
pasa por nuestro lado y el azar manifiesta
una insólita luz, un desusado
fulgor inconfundible.
Pero no has de dudar. Ten el coraje,
cuando llegue el momento,
de abandonar las cosas con que siempre
te engañó la costumbre, y sube pronto,
a ese carro de fuego.
Poco dura
el milagro.
Después, si te negaras
a partir, sólo noche
merecerás. Y nunca, aunque quisieras,
podrás comprar la luz que despreciaste.



(De Elegías, 1984. Acompaña fotografía de Martin Stranka)

sábado, 21 de marzo de 2009

Adiós a la solterona de provincias


Betsy Blair, la solterana de provincias de la película Calle Mayor, de Bardem, murió hace una semana a los 83 años. Sorpresa. La noticia se descuelga ahora y me descubre que la protagonista de la película había sido una actriz norteamericana, casada durante varios años con Gene Kelly, y que resultó ominosamente sospechosa en la caza de brujas del tristemente célebre senador de la ultraderecha estadounidense Mc Carthy.

La vida es larga y a veces desconocida. Y para los españoles resulta másoculta aún y pletórica de perplejidades. Nunca supe ni hice tampoco por enterarme sobre esta actriz, entre otras cosas porque el cine ha sido siempre para mi una educación sentimental (en el concepto de Vázquez Montalbán) más que un aprendizaje medido. Uno ha sido un correoso espectador, para quien cine y realidad aparecían fundidos en su infancia y adolescencia. La sabiduría y el conocimiento más exhaustivo se lo he dejado a otros.
Sin embargo, siempre tuve muy claro que Calle Mayor es una de las mejores películas del cine español. Por su temática, por su fotografía de la negra, triste y machista sociedad española de la época franquista, por su interpretación, por su exposición socioetnológica de una ciudad de provincias.

Y es que siempre me impresionó la historia de una mujer soltera, una solterona, según la terminología al uso en los años cincuenta del siglo veinte (la película es de 1956), que es seducida en falso por un señorito de una pequeña capital, como resultado de una broma pesada y desgarradora urdida por un grupo de amigotes de poco quehacer y menos pensar. El proceso del engañoso enamoramiento del protagonista masculino y de la entrega ansiada y sincera de la protagonista femenina es de una dureza que no he visto en otra película. Nunca he visto una descripción tan cercana del dolor de la mentira y de la traición en origen. Algo que me fustigó sobre manera. La burla y la diversión que terceros practicaban para entretener su ocio malsano y obsceno -el grupo de amigotes y por extensión la sociedad provinciana- resulta terrible, despreciable y sobrecogedor. Siempre vi la película desde un lado ético absolutamente laico, crítico y nada machista, y sentí un agudo dolor y repugnancia. Pero no voy a seguir con la historia, pero sí invitar a que quienes no la conozcan, principalmente entre las generaciones posteriores a la famosa transición democrática, intenten hacerse con ella o bajarla por internet, si es que es posible.


Lo que sí garantizo es que quien la visualice ahora, si pertenece a las viejas generaciones, volverá a comprobar, con la sabiduría que permite la distancia histórica, qué tipo de sociedad cerril, hipócrita, deshonesta, inculta y mentirosa era la de la católica España heredada de 1939. Y si quien la ve pertenece a posteriores generaciones, puede tener dos actitudes: o no creer lo que está viendo -para los jóvenes de ahora ver lo que era esa España de semanasantas y silencios forzosos puede ser casi inaccesible- o forzarse a descubrir su propio pasado, le hayan hablado o no sus padres del mismo (no siempre los padres son los mejores informadores, obviamente)

Adiós a la entrañable Betsy Blair, cuya representación en la película la llevaré siempre en mi corazón.

La ventana


Por esta ventana que mira a Oriente entra tímida y prudente la luz en el pequeño templo. Como un gran ojo de cerradura en el tosco ábside la rescata y la desparrama por la nave antigua. El espacio interior es modesto. Por ese ventanal de filigranas se doblega al sol. Por él se pronuncian los relámpagos, recorriendo el templo para establecer una comunión con la naturaleza. Ante él se detiene la fuerza de los aguaceros. Pero allí dentro no se clausura el mundo. Simplemente, lo aparta. Lo mantiene en una distancia donde el Yo, y acaso la memoria de los hombres, puede y debe concentrarse. Allí dentro otros elementos formados por columnas y arcos, que insinúan puntos de herradura de lejanos territorios, siguen transmitiendo la fuerza y la anatomía civil de las basílicas de la Roma imperial. Esto ya lo entendieron los constructores de los templos paleocristianos. Y logran ampliar su reducida superficie. La ventana es una celosía de elementos geométricos cuyos orígenes se pierden. Tal vez se esquematiza en ellos una abstracción simbólica que nuestra mentalidad precisa y figurativa de hoy no capta. Se me antoja que en cada filigrana flota el aroma de mundos del Asia Menor que acaban depositándose en un campo de Castilla, como lo hacen las esporas conducidas por el viento. Cada rincón del templo, cada hosquedad dura de sus muros externos, me pasman.

La arquitectura -por extensión todo el arte- siempre ha sido el gran milagro que se ha sobrepuesto a ideologías, religiones y mercados, es decir, a los poderes. Aunque haya estado a su servicio para poder materializarse. Lo más minúsculo, resulta grandioso. Lo más disimulado en su perímetro exterior preserva un útero misterioso y rico. Los fines de exaltación quedan en segundo plano, porque lo que se eleva y permanece es arte y oficio de los hombres. Arte como concepto, no importan los motivos y las pretensiones exultantes. Las formas puras no existen en la historia del Arte. Toda creación tiene algo anterior que la sugiere o la alimenta. El mundo se puebla de influencias desde las primeras realizaciones del Paleolítico. La plasmación iconográfica de la vida es una sucesión desigual, alterna, incesante.


(Ventana del ábside de la iglesia visigótica de San Juan de Baños, Palencia)

viernes, 20 de marzo de 2009

Sacramento



Huele mi carne acre
y come de ella

Lame mis venas horadadas
y bebe mi sangre ácida

Hazme alimento en tus entrañas

Antes de que me despojen
la piel

Antes de que la luna borre
mi último perfil
y de que la lluvia desparrame
mis sentidos

Apodérate de mi cuerpo aplazado
a tu apetencia

En cada trozo
disperso por la nada y el silencio
hay aún algo que se recompone

El latir de quien desea aprehender en ti
la nueva vida


(Fotografía de Dieter Appelt)

jueves, 19 de marzo de 2009

Las palabras


El temor a que las palabras no nos expresen o no digan aquello que deseamos decir con precisión, ni siquiera con valentía, ni siquiera con sinceridad, una obsesión que me persigue de por vida, y tomo retazos de otras palabras, tales las que leo en Cioran...

No pedir jamás al lenguaje que realice un esfuerzo desproporcionado a su capacidad natural, no forzado, en cualquier caso, a dar lo máximo que posee. Evitemos exigir demasiado a las palabras, por miedo de que, extraviadas, no puedan ya cargar con el peso de un sentido.

Y, sin embargo, con qué descaro echamos mano de las palabras y las traemos de acá para allá, y las estrujamos, y las troceamos, y las colocamos indebidamente, y las cambiamos de sitio, las alzamos y las dejamos caer, a riesgo de que sus significados se hagan añicos, las lanzamos y con ellas atravesamos muros, las desplegamos y con ellas traspasamos almas, enhebramos ilusiones y consolamos fracasos, y las damos categoría que no poseen, y las alternamos hasta fomentar un desafío para nuestra propia explicación lógica, de tal modo que a través de ellas con frecuencia nos perdemos en lo que queremos decir, pero su atracción nos vence, y nos sentimos atrapados en su red trenzada, a veces agujereada, de tal manera que las palabras nos conducen también a vericuetos improvisados que proyectan nuestra imaginación, y nos resulta difícil poner freno al intempestivo torrente que surge primero como un hilillo, luego crece, a veces se convierte en charca en la que permanecemos paralizados, que nos infecta inlcuso, y sin que sepamos cómo, su flujo se desborda, y nos arrastra, adónde nos llevan las palabras, en qué momento podemos encauzarlas de nuevo para que expresen algo coherente, volverán a nosotros o perecerán en su extravío, nos preguntamos, son densas unas veces, volátiles otras, confusas las más, insistimos en su gravedad desfigurando peligrosamente un concepto, caemos en la ligereza y desvirtuamos así mismo lo que queremos decir por indecisión o por no profundizar en la elección adecuada, es cierto que también conseguimos acertar en ocasiones al enunciar aquello que perseguimos con ahínco, las palabras no son el fin de nuestros objetivos, son el incentivo, la canalización, la herramienta que sortea las emociones, los sentimientos, las ideas, que las vincula y las pone en el escenario de la vida, ah, las palabras, aun no perdiendo su razón la opinión aguda y clarividente de Cioran hay un poema de Octavio Paz que no la contradice, simplemente complementa el esfuerzo de utilizar las palabras...

Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,
sórbeles sangre y tuétanos,
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo galante,
tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas, toro,
buey, arrástralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras.

(Acompaña el sol o el ojo de las palabras un cuadro del pintor catalán Sallesac que pugna entre el espíritu de Miró y el alma de Jordi, o tal vez sea como el gran interrogante del tiempo)

miércoles, 18 de marzo de 2009

Superación


¿Por qué a él sí y a ella no? El desfile atrae la mirada de los hombres de todas las edades. Pero ella mira en dirección contraria. Porque su visión no llega desde el plano que ocupa. O porque su gesto cargado de angustiosa solicitud reclama otro objeto de atención más importante, ser tenida en cuenta. ¿Pudo ser decisiva esa actitud? ¿O se trataba sólamente de una actitud más de las habituales y cotidianas? Hoy, instalada en la vicepresidencia del holding empresarial desde donde contempla otros desfiles y otras caravanas de decisiones, al observar la fotografía, ésta le parece una anécdota. No puede evitar una sonrisa maliciosa, casi de placer obsceno. No puede evitar tampoco un rictus de frustración muy hondo por un recuerdo casi olvidado en su trastienda. El pasado no se puede cambiar con la ascensión del presente. Y eso le duele, a pesar de sus triunfos.



(Stelios Tsagris, foto)

martes, 17 de marzo de 2009

Claroscuro


Y los silencios
delicados y arrebatados silencios

preñada tensión
espacio donde gime el vacío

acompasado desasosiego
de los días huérfanos

un ariete de calladas preguntas
incapaces de derribar tu fortaleza

fermentación de gestos



(Eikoh Hosoe, foto)

lunes, 16 de marzo de 2009

Y temblor


¿Oyes los pasos de lo inesperado?
¿Sientes como llega de improviso?
Y de pronto está aquí
Y eres tú mismo.



El significado de las cosas está acompañado de estremecimientos. Es parte de la hondura del significado. No todos los significados nos estremecen. Unos son lejanos aunque la proximidad física sea un hecho. Otros son próximos, a pesar de lejanías espaciotemporales. Lo muerto puede ejercer presión sobre nosotros a través del recuerdo. Lo vivo no siempre nos alcanza y ni siquiera nos dejamos a veces afectar por ello. Los estremecimientos no se piensan, se producen a través del don de la espontaneidad. No se desplazan desde territorio alguno visible, simplemente nacen y ejecutan su violencia de improviso dentro de nosotros. No van ocupando nuestras estancias íntimas con calma, sino que lo hacen al modo de una urgencia densa. Son destellos clarividentes, que combinan asombro y espera. Alegría y tristeza. Placer y dolor. Lo aparente y lo ignoto. Un temblor es un preservar el estremecimiento, es atesorarlo. Supone pregunta y respuesta en sí mismo. Pero no alcanzamos a preguntar ni menos a responder. Un temblor nos sume en el desconcierto y perdemos el control. No sabemos ser, no sabemos ubicarnos. Si el estremecimiento es el huésped fugaz, el temblor es el dueño de nuestra propia casa. Es cuando el significado resuena dentro de uno en todas las direcciones, tal como lo hace el eco de una tormenta, que se prolonga como si no tuviera fin. Es como si los significados se multiplicaran, como si su lucidez nos poseyera. Aparenta no disminuir, y se aposenta en esa parte débil, pero extremadamente sensible, de nuestra morada. El estremecimiento puede ser rápido y pasajero. El temblor, aunque sea inesperado, se queda, arraiga. El temblor solidifica sensaciones. Confirma las dimensiones y las aristas del estremecimiento. Las recrea, las adapta, las cubre de forma, las dota de contenido. Alza un estado de ánimo y lo va consolidando. De hecho puede llegar a convertirse en un arrebato. Es como la esencia del alma. La inmediatez de alguien nos puede hacer temblar. La distancia puede vertebrarse en algo que, aunque invisible y difícil de plasmarse corpóreamente, nos atraviesa con la misma contundencia de lo físico. No siempre sabemos el por qué de ese temblor. El estremecimiento puede venirse abajo fácilmente, una vez cumplido su objetivo de impactar. El temblor deja paso a una actitud y crece. El riesgo del temblor es que se pretenda racionalizarlo, es decir, explicarlo y amoldarlo a los deseos. Pero escapa. El temblor es recurrente, porque se sabe dentro y se pasea con seguridad. No cesa. Es y no es uno mismo. Sigue estando recóndito, discreto, pero nos necesita. Sabe que nos ha tomado, que nunca más nuestro Ser será una orfandad ni una casa desalojada.



(Montaje fotográfico de Martín Stranka)

domingo, 15 de marzo de 2009

Divagando, entre Clarice y tú


En Aprendiendo a vivir, de Clarice Lispector, vuelves a elegir una lectura, esas reflexiones que Clarice hace después de haber vivido lo suficiente, justo cuando empieza a entender y a madurar qué es realmente el aprendizaje de la vida, y lees y relees atónito, desentrañando entre el ramaje de sus palabras...

"Toda mi vida he luchado contra la tendencia a la divagación, sin dejar nunca que me llevase hacia las aguas profundas. Pero el esfuerzo de nadar contra la dulce corriente me quita gran parte de mi fuerza vital. Y si, luchando contra la divagación, gano en el campo de la acción, pierdo interiormente una cosa muy dulce y que nada sustituye. Pero un día me dejaré ir, sin que me importe adónde me llevará ese ir."

y tú piensas que divagas desde que te expulsaron a este mundo, desde que te contemplaron con ojos expectantes, ojos que te cubrían de caricias al principio, ojos que te exigieron más tarde, ojos que decían que estaban puestos en ti, en ti concebimos nuestras esperanzas, parecían decirte, y fue entonces cuando no pudiste comprender que hubieses nacido para seguir un rumbo establecido, una dirección ajena marcada por los otros, que se decían los tuyos, que eran los tuyos, pero también eran los otros, y fue entonces cuando sentiste el acompasado mecimiento de la barca, un compás diferente, una barca que no parecía muy grande y que no iba a navegar lejos, eso creías, eso creían ellos, ellos siempre en la intención de que te deslizaras por un canal próximo a su orilla, su mirada siempre próxima, protectora, los ríos se imaginaban lejanos, los océanos resultaban impensables, y en aquella embarcación te habían asignado sólo un espacio angosto, aunque fuera todo para ti, eras pequeño, eras callado, tu sumisión hacía concebir la idea de que serías siempre un sumiso, ¿recuerdas el libro Promesa, tu primer libro para ejercitar la lectura? este niño es sumiso, decía una frase en tipo Times de considerable tamaño, no entendías lo que quería decir sumiso, pero lo que venía escrito en un libro era para ti palabra de fe, ya entonces empezaste a creer en las palabras, aunque fueran palabras marcadas, obligadas, sin vuelta, aunque la tenía, pero tú no tenías capacidad para dársela, y en aquel navegar lento, como si el tiempo no se manifestara nunca nuevo, como si los ciclos no crecieran nunca, tú ocupabas un hueco que pronto se te quedaba estrecho y más vano que su propia superficie, nadie piensa al principio que un elemento que se suelta en una charca puede acabar muy lejos, que las aguas buscan sus caídas, que unos recipientes llevan a otro mayores, aunque el suelo los trague, aunque la tierra las absorba, aunque se conviertan en el vapor de las nubes, ¿fue la presión o el reino del mandato lo que te apartó del designio de tus mayores?, ¿fue el ejemplo de los santos y de los mártires lo que te acabó llevando lejos de ellos?, ¿fue la reacción larvada, oculta, que fuiste acumulando la que te convirtió en prometeico?, el aprendizaje de la vida te exigió la dispersión, crecer en esa divagación que Lispector ansía pero no toca, esa dispersión que te ha exigido desgaste pero no por nada, porque ¿qué ejercicio no consume energía?, ¿y qué precio no hay que pagar por saberte más de ti mismo?, pero le dirías a Clarice, mira Clarice divagar es agridulce, la percepción de su sabor es mutante y ansiosa, merece la pena probar, merece la pena sentir


(Fotografía de Leopoldo Pomés)

sábado, 14 de marzo de 2009

Estremecimientos


¿Puede un nombre estremecer?
¿Y un pensamiento?
¿Y la nieve cubriéndose de nieve? ¿Y una voz
lejana que se acerca tímida?
¿Y la tierna arena de una orilla?
¿Y los bancos de una escuela rural
abandonada?
¿Y la estatua de una diosa
descubierta en el arcano?
¿Y el silencio de un padre que te habla
más allá de los días transcurridos?
¿Y una luz entre dos sombras? ¿Y una tormenta
incesante?
¿Y las ruinas habitadas por infinitos pasos
que se anticiparon a los nuestros?
¿Y una mirada axial que deja como estela
el arcoiris?
¿Y un rostro enfurecido?
¿Y las grietas que anuncian un abismo?
¿Y la honda desaparición del mismo abismo
bajo tus pies dudosos?
¿Y una corriente de Tchaikovski en que te ahogas?
¿O ciertas Variaciones cuyo piano
desborda tus arterias?
¿Y un amanecer pausado y casi inmóvil,
que no acaba de llegar,
que nunca llega?
¿Y un bosque de columnas y ramas lobuladas
cuya fronda antigua te reclama entre sus preces?
¿Y una parada anclada en su sonrisa?
¿Y una isla polígona cuyas aristas se visten
de su cuerpo?
¿Y las lágrimas que desatan la impotencia?
¿Y unos brazos que se abandonan a otros brazos?
¿Y una escritura que se alza
y se derrumba entre las horas?
¿Puede un encuentro estremecer
como el origen?
¿Y las sensaciones pendientes,
esas que no cesan a pesar de la carencia
pueden estremecer mientras esperan?



(Fotografía de Juan Rulfo)

El currículum de Blanca Varela


Hace dos días que la poeta peruana Blanca Varela se perdió para siempre en su laberinto de vida y de palabras. Sin desearlo, este acontecimiento fatal obra sobre mi como una incitación a conocer su obra. Selecciono un poema que me afecta. Leed otros más, los que no hayáis conocido sus letras. La poesía sigue siendo una revelación sensorial. O entra o no entra. A mi cada vez más.

CURRICULUM VITAE

digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.

viernes, 13 de marzo de 2009

Self portrait


"Busco en mi la derrota del regreso,
la herida original, mi mal amargo"


Juan Vicente Piqueras, Adverbios de lugar.


Te ves a la deriva
Y el desierto es extenso
Y la lluvia nostalgia
Y la sombra una pátina
Y la luz una espada
Y tus huellas pequeñas
Y tus ojos se ciegan
Y el clamor que se aleja
Y este viento que escribe
Y tus manos te arden
Y tu cuerpo se cierra
Y tus venas le nombran
Y tu voz se refugia
Y la arena te engulle
Y tu hiel se te clava
Y la canción te conmueve
Y tu calma no existe
Y las dunas te mecen
Y ni el sueño te salva.


(Acompaña fotografía de Jorge Molder, en la sustancia de V.D.)

jueves, 12 de marzo de 2009

La carrera


Todo sucede demasiado tarde, todo es demasiado tarde.

Emil Michel Cioran, de Ese maldito yo


Y sin embargo corrimos para nada. Corrimos a salvar las almas, primero, pero eran tan puras que no se dejaban salvar. Luego, a salvar los cuerpos, pero se manifestaban tan impuros que no querían ser salvados. Después, a salvar a la caridad, pero ésta nos indicó muy sutilmente que se bastaba con ella misma. Quisieron algunos que corriéramos con arrojo a salvar a la patria, cuando apenas casi nadie creía en ella, cuando se había revelado meramente como el subsidio vitalicio de una casta profesional. Más tarde a salvar a la historia, que no necesita salvación, porque ya es una condena. Urgimos a salvar a los obreros, pero ellos se apuntaron al mercado. Corrimos a salvar el amor, misión incierta porque el amor es siempre inaprensible. Corrimos a salvar a la Tierra, pero el planeta nos rechazó con temor y con desprecio. Salimos disparados a salvar los conceptos, pero estos nos atraparon en su red contradictoria, y nos perdimos. Nos arriesgamos a salvar la estética, pero encontramos un letrero en su puerta: noli me tangere. Nos precipitamos a salvar las palabras, justo en el momento en que éstas mermaban y se revelaban más imprecisas que nunca. No nos quedaba casi nada que probar, y quisimos entonces salvar el Yo, pero era una redundancia, puesto que ya lo habíamos intentado en cada ejercicio anterior. No salvamos nada en todos estos años, eran escalas al vacío. Y sobre esos peldaños edificamos desconcertadamente simulacros. Erigimos propuestas sin disimulo. Había que hacer que pareciera que nos movíamos, aunque apenas hubiera avance. Había que imaginar ideas nuevas, como si todo no estuviera ya pensado. Había que creer en nuevos dioses, cuando en el pasado de los hombres abundan en demasía. Había que proclamar la carencia de Dios, como si el devenir y el azar necesitaran que se lo recordásemos. Había que fingir más proximidad y más calor, otros dicen afecto, pero la aproximación nos repelía a todos. Había que demostrar seguridad y quietud, como si el orden fuera nuestra garantía. Había que aparentar que el humor y la piel no se nos arrugaban, pero la melancolía y las células seguían su camino inexorable. Todo, desde el principio, aconteció tardíamente. Cuando queríamos llegar ya no obteníamos las respuestas.


(Fotografía del uzbeko Georgi Zelma)

miércoles, 11 de marzo de 2009

La culpa, según Clarice




Robar a la noche un cierto placer de leer a Clarice. Y así, en Aprendiendo a vivir, de Clarice Lispector, me encuentro este párrafo...

Si pudiese un día escribir una especie de tratado sobre la culpa. ¿Cómo describirla, a la irremisible, a la que no se puede corregir? Cuando la siento es incluso físicamente opresiva: un puño que se cierra sobre el pecho, debajo del cuello: y ahí está ella, la culpa. ¿La culpa? El error, el pecado. Entonces el mundo pasa a no tener refugio posible. Adonde vamos cargamos con la cruz pesada, de la que no se puede hablar.

Si se habla de ella no será comprendida. Algunos dirán: “pero todo el mundo...”, como forma de consuelo. Otros negarán simplemente que haya habido culpa. Y los que lo entiendan bajarán la cabeza también culpable. Ah, yo quisiera ser de los que entran en una iglesia, aceptan la penitencia y salen más libres. Pero no soy de los que se liberan. La culpa en mi es algo tan vasto y tan arraigado que lo mejor es aprender a vivir con ella, aunque le saque el sabor al más pequeño alimento: todo sabe a cenizas.






Impagable la reflexión precisa e intuitiva de Lispector. Porque la culpa, ¿existe realmente o es un complejo? Y si es un complejo, ¿es por imposición religiosa o de clan familiar, o de ambos en comandita? Obviamente, los humanos no nacemos libres. Nuestro condicionamiento desde los primeros días no garantiza nuestra libertad. Se nos conforma, se nos adecua, se nos sitúa. Verbos que son premisa de cada sociedad y cada tiempo. Luego, nos pasamos la vida tratando de hallar nuestra libertad como sentido profundo y como comportamiento. Como conciencia, como acción, como reacción y como progreso, tal como se sitúa la composición musical. Pero la culpa va más allá. Es como si no fuera solamente producto de los humanos exteriores ni de sus instituciones y funcionamientos. Es más bien como si se hubiera instalado en lo más íntimo y celular de nosotros una sensación de limitación, un agobio por no saber estar sin herir y sin herirnos, una gravedad que hace que nos paremos a cada paso que nos toca dar, que dudemos, que quebremos incluso y merme nuestra capacidad de decisión. No sé si ese complejo de culpabilidad que arrastramos se salva con la trasgresión. Cada vez que practico una trasgresión respiro, pero después desconozco si me libera o si solamente se trata de una fuga hacia delante. Y sin embargo, necesito transgredir para no sentirme esclavo de la culpa. Ciertamente, la vida se debate entre la onerosa cadena de la culpa y el esfuerzo arriesgado por desafiarla. Tal vez nunca haya un vencimiento total de la culpa. Y que sea nuestra peor sombra. Tal vez sólo se trate de encararla, desenmascarar lo que se oculta de ella en cada prueba o situación, echarle arrojo y marcar distancias. Como Lispector, he sentido infinidad de veces el sabor de las cenizas. También la sed y la ansiedad por ir más allá y no saber o no poder lograrlo. Pero no acabo de aprender a vivir con la culpa. Me desasosiega y la siento como la traición original que no deja de extorsionarme en cuanto puede.


(Fotografía de la escritora Clarice Lispector y montaje de DGTLK)

martes, 10 de marzo de 2009

domingo, 8 de marzo de 2009

La partida



Se detienen tus sentidos.
Sin lamentos. Absorto
Ante la partida
Te sientes impotente de alcanzar
Su estela.
Un grito recorre tus vísceras.

Mirada al mediodía


Una raya muy fina separa
La luz en dos intensidades.
Mirar a ambos lados y absorber
el máximo de calor antes
de que entren en conflicto las partes.
Un cielo claro y una tierra
Intermitente.
Habría que preguntar al habitante
En vez de dejarnos llevar por la presunción
Y luego esperar.
Qué quiere.
A dónde desea llegar.
Para obtener qué.
Por qué camino.
La claridad no se reparte por igual
Para todos.
Sucede como con la riqueza y el conocimiento
Y la satisfacción.
Sucede su carencia.
Sucede la confusión.
Con el destino, no. El destino
Es otra cosa que no es ajena
Que no se sustituye.
La hora
Sea cual sea la luz.
Miro a cada hombre y creo ver en él
Una ráfaga de paso por la tierra
Difuminándose.




(Fotografía de Gertrud Kasebier)


Amanecida



No hay opción para la duda.
Dudar es no vivir.
Es dejarse nutrir por la inacción
Y traicionar el instinto.
Entregarse a un letargo que te apaga
Lentamente.
No puedes ya tomar el alimento inconsistente.
Lo quieres todo.
Un aroma frutal se extiende dentro de ti.
Tal vez el último.



(Fotografía del ruso Boris Ignatovich)

Tentación nocturna



No apures los destellos
Aunque te deslumbren. Siempre
Será mejor su haz
Incandescente
Que la oscuridad del abandono. No desdeñes
Su bocanada de fuego
Capaz de poseerte con ímpetu. Estás
Desterrado del paraíso pero rozas
De nuevo el origen
Donde la ausencia vuelve a nacer
Y tiene rostro.
Y no sabe de tiempo. Palpa
Tu impulso.
Sólo con que te deslices...



(Martín Stranka, foto)

sábado, 7 de marzo de 2009

Florecer en el barrio


En el barrio florecen las ramas de los árboles. No sé si es primavera, o casi, o qué más da. Eso son maneras de hablar. La naturaleza no sabe de categorías y conceptos humanos. Sólo sabe de sí misma. Brotar, florecer, crecer, ir hasta sus límites. Manifestarse hasta una frontera que no podrá traspasar y que le exigirá comenzar de nuevo. Nada es en la naturaleza porque lo nombremos o porque lo adaptemos a nuestras necesidades o a nuestros caprichos. Lo que adquiere vida, lo que vive, lo es por sí mismo, ajeno, aunque no del todo, a lo que decidamos los humanos. Porque los humanos también hemos influido. Nuestras pautas, nuestros sistemas de supervivencia, nuestros desarrollos no bien enfocados, intervienen sobre la naturaleza. Sólo un cretino y mentiroso, que los hay, podría negar los procesos cambiantes por mor de la mano abusiva del hombre. Cada vez hay menos duda de que el comportamiento colectivo de nuestras sociedades modernas interfiere y modifica el planeta de manera inhóspita y agresiva. Florecen los árboles del barrio. La ciudad, dura en clima y en alternancias de temperaturas, lo agradece. Ellos, los árboles, los suelos, el aire, los ecosistemas múltiples, saben expresarse sin que nosotros definamos nada. El paseante, el vecino, mira, huele, inhala, respira esperanza. A mi barrio llega el florecimiento, simplemente, o mejor dicho, complejamente. Su expresión es nuestra revelación. Su ofrecimiento, una acogida. Ojalá sea también nuestro reverdecimiento interior sensible. Aunque lo dude, lo deseo.

jueves, 5 de marzo de 2009

El efecto del túnel



Y al contacto de la mujer el cristal perdió su gélido contraste, y el calor de ella empapó de vaho la frialdad que iba llegando de la lejanía, sus dedos pegadizos, los arañazos compulsivos, el roce de sus cabellos, su rostro proyectado por las luces que llegaban tenues pero incisivas desde atrás, los labios untando de un fino hilo de saliva la superficie vidriada, la adherencia sudorosa de su torso resbaladizo y turgente, el pubis apretado contra el paisaje, la mujer hirviendo en la oscuridad del túnel, removiéndose vaporosa en las umbrías de su memoria, ella allí mirando a un espectro, a un ser cuya encarnación nunca había proscrito dentro de ella, ella abducida por el movimiento vertiginoso del tren, por los empellones de los cambios de vía, deshaciéndose frenéticamente en cada vaivén, háblame le dijo a la aparición, háblame como solías hablarme, dime todo lo que me dijiste y me volviste a decir cuando yo te lo pedía, cuenta lo que no me has contado mientras no me has tenido, recupera para mi todo este tiempo en que nada has pronunciado, o sí, acaso has mencionado infinidad de veces mi nombre, acaso me has deseado repetitivamente en tus soledades, acaso te has sentido extremadamente débil cuando te castigué a las tinieblas interiores del vacío, pero necesito escucharte como si fuera un día más de aquellos que no parecían interrumpirse nunca, como si de tu boca naciera una sorpresa a cada instante, convierte en palabras las noches y los días en que sé que no me has olvidado, te oiré atenta y ansiosa hasta sangrar de envidia o de celos o de lujuria, haz llegar a mi cuanto has vivido con intensidad durante este tiempo de distancia y de olvido, golpea mi insensatez del pasado, atraviesa mi cuerpo con todas las experiencias que hayas tenido sin mi, porque yo te veré a ti solo, te saborearé de nuevo tal como eres, te disfrutaré en tu relato como si nunca te hubieras alejado de mi, háblame, háblame sin cesar, sin contemplaciones, sin prejuicios, sin freno, sólo por tu palabra volverás a ser mío, sólo por tu palabra permanecerás en mi cuerpo, sólo por tu voz intensa y firme me reconoceré de nuevo en ti, y así se decía la mujer, de esta manera se dirigía al hombre que se acercaba por detrás a ella, y cuya representación la veía cara a cara por el efecto especular de la ventana que se fraguaba entre el túnel y la luz mermada, así clamaba fuera de sí al apretarse contra la ventanilla, mientras se transfiguraba la imagen de él y ella se arrebataba


(Fotografía de Jorge Molder)

miércoles, 4 de marzo de 2009

Habla África



Atreveros a mirarme y sostened
Mi mirada antigua.
Osad reconocerme de pleno.
No es un ruego ni un lamento
Sino una exigencia.
Porque estos no son ya tiempos de súplica.
Los colores que ornan mi cuerpo no son de guerra
Sino que salen de las arcillas
Que me hacen crecer en simbiosis con la tierra
Y el destino.
Mi ajuar son mis brazos y mis pezones en cono y mi rostro duro
Y mi pensamiento oculto pero fructífero que os brindo
Y mi imparable caminar.
Mi propuesta es el regazo
Que traslada a mi hijo que es también vuestro
Como lo fueron vuestros padres
Aquellos que salieron una vez de estas sabanas.
Miradme fijamente y preguntad
Sin miedo.
Os responderé con aplomo y firmeza
Pero no cerraré las respuestas.
Yo ya os dirigí todas las preguntas posibles
Y hasta hice el esfuerzo de escuchar vuestras justificaciones.
Pero vuestra falta de sinceridad me hizo perder la fe.
Ahora escuchadme a mi.
Contemplad cómo mi arraigo está aquí
Y no tiene que estar en otro lugar.
Entended que no debéis seguir segando
La vida que me pertenece.
Admitid que los territorios del pasado
Aun maltrechos
Deberán ser de nuevo extensiones de futuro.
Si venís desnudos seréis aceptados.
Si vuestras manos vienen a sostener
Seréis acogidos.
Si vuestros ojos se abren al entendimiento
Abarcaréis todo el paisaje.
Si vuestros pasos son para quedarse
Os haremos un hueco.
La negritud es tan vuestra como mía.
Atreveros a aceptarla
Porque hay muchas Áfricas que tomarán el relevo
Ya que el instinto de la supervivencia
Es implacable.



(Fotografía del neoyorquino Joel-Peter Witkin)

Yacente



Alejado de toda mirada
Un hombre cae.
Una lanza o una palabra o el olvido
Le han derribado contundentemente.
Quien lo ha hecho quiso ver en él
Al bárbaro al incómodo al objeto de perturbación
De su orden.
Pero acaso la jabalina o la palabra
O el abandono
¿no han sido empuñados por la garra caótica
de la ingratitud?


(Fotografía del alemán Dieter Appelt)

martes, 3 de marzo de 2009

Arrojadiza


Arroja lejos el dardo del desaire
Como si combatieras a un dios
Impune
Que sólo te confunde.
Apúrate en el ejercicio
En que tú toda te estilizas
Sobre el ejército de sombras.
Pero no podrás soltar la lanza.
Debes llegar hasta la presa
Y rematarla
Y beber su sangre hasta saciarte
Con su desventura.


(Imagen fotográfica del checo Frantisek Drtikol)

lunes, 2 de marzo de 2009

La mujer ausente



Una mujer mira a través de la ventanilla del tren. Envuelta en su apariencia se abstrae de las miradas y de las conversaciones de los otros viajeros. Viaja sola. Tiene el gesto duro y las facciones sombrías. Su traje de chaqueta negro ratifica su aspecto. Probablemente nadie sepa quién es, pero da la impresión de que quisiera pasar más desapercibida. Aunque no tiene motivos. Es ella la que no quiere reconocerse a sí misma. Sus grandes gafas oscuras la distancian del entorno. Acaso es una excusa para que nada la distraiga ni nadie se aproxime a ella. O prefiere que el reflejo de su imagen le hable de otra mujer. Eso es, necesita identificarse con otra mujer que porta secretamente. Y que se manifiesta cuando se desplaza sin acompañantes. Otra mujer que le libere de la que está cansada. Que le haga romper el tedio. Que le permita tocar posibilidades que hasta el presente no se ha atrevido a desafiar. Mira al paisaje sin verlo. A veces sale de su ensimismamiento y la sucesión de los campos roturados le relaja. Contempla las hileras de abedules que jalonan ciertos desniveles. Pero enseguida se reconcentra, ignorando cuanto le rodea. Ha colocado ajorcas en sus brazos, ha anillado sus dedos, ha adornado los lóbulos de sus orejas. De su cuello pende una cadena fría pero amable, sin colgante alguno. Se sabe protegida por esos fetiches. Le estimulan y cree que le sirven para tratar de ahuyentar sus inquietudes. Su pose parece una representación, pero está cómoda en ella. No fuma apenas, pero necesita mantener un cigarrillo entre los dedos y juguetear con él. Cuando el tren avanza por una trinchera la luz del compartimiento se hace opaca y su figura se proyecta más sobre el cristal. Se mira por inercia, sin interés. Es la mirada hacia adentro la que le llama. Y cuanto más desciende a la profundidad de sus pensamientos ensimismados más regresa hacia atrás. Es un juego. Y si esas visiones se vuelven agudas, se perturba. Pero no quiere volver al pasado. Sospecha que muchas de las claves de su desasosiego permanecen en la trastienda de sus recuerdos. Pero allí ya no le resultan útiles. Porque los recuerdos están poblados de acontecimientos que pudieron ser pero no fueron, de seres cuyos significados quedaron abortados por su indecisión y destrozados por sus miedos. De pronto el tren penetra en un túnel. La luz eléctrica merma, los colores se vuelven amarillentos. Sobre la pantalla donde crece la nitidez de su retrato va llegando la figura de un hombre que ella conoce. Se confirma, se asienta. Mira instintiva y temerosamente a su espalda, pero está sola. Sigue viendo al individuo, le mira a los ojos, se empapa de su efigie, le nombra. El túnel no es largo, y el tren saldrá pronto a la superficie. Ella no. Ha entrado en un túnel más peligroso. Tras el nombre pronunciado ha emergido en ella un deseo reprimido y oculto. Un anhelo que percibe como posibilidad. No todo el pasado está marchito. A partir de ese momento ya no sabe si va o viene. La mujer de negro se desprende por un instante de sí misma, se levanta y se pega al ventanal. Acaricia con las manos la frialdad del vidrio. Lo besa. Acaso sueña. Tal vez ya es otra.



(Fotografía de Nan Goldin)

domingo, 1 de marzo de 2009

Temblor



Y si ese temblor que te conmueve
Si esa lanza de fuego que atraviesa tu nuca
Y te rompe y te rehace a cada instante
Si esa certera convulsión
Que no te deja saber dónde estás
Si ese movimiento inestable
Es tu suelo y son tus pasos y abre tu destino
Y si esa agitación te faltara
Sin estar muerto todavía
Y si no hubiera habido nunca nada más
Que aquella higuera
Bajo la cual eras la fuga
La impureza de un alma
Una presencia oculta


(Martín Stranka, foto)