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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








sábado, 31 de mayo de 2008

Cúpula de vida



Minarete de cristal. Alminar de hielo. Prisma de los mil dedos. Macla de las mil caras. Cúpula que has preservado durante años el vino más generoso. El moscatel más excelso se deslizó por la garganta transparente cuando tú lo permitiste. El jerez más arrebatador se derramó en el silencio de la ceremonia más entusiasta. No has escatimado ofrendas. No has cejado en tu presidencia protectora. No has hecho dudar a la mano dadivosa y fraterna que ha inclinado la delicada arquitectura de vidrio, hasta llenar las copas. Has presidido un cuello esbelto, entregándote a un encaje voluptuoso. Has besado su transcurso húmedo. Has coronado un cuerpo frágil, vitral transparente de los artesanos más imaginativos. Las libaciones que se efectuaron en nombre de la eterna salud y de la cordialidad iluminaron los rostros y rebajaron las penas de los invitados. Olías a la entidad que resguardabas. A tu orilla, labios masculinos trasegaron sensuales sabores. En tu borde, bocas de mujer cataron disimuladamente el placer alternativo. Tras los encuentros, en pago dejaste la satisfacción de la maestra de ceremonias. El niño jugaba contigo cuando la vasija estaba vacía. Se dejaba contagiar por su exuberante geometría convexa. Al recogerte en su puño ¿medía el mundo? Al acariciar tu cúpula celestial, ¿qué cielo acariciaba? Al recorrer con sus dedos resbaladizos el talle del recipiente, ¿qué cuerpo vinculaba a su cuerpo? Hoy te reclama un signo que sacie su sed. Un tacto que contenga su nervio. Un aroma que le envuelva y le salve. Bóveda de lluvia: los arquitectos mongoles envidiarían tus curvaturas. Proyección simbólica que acogía la noche y el día en sus arcos convergentes. Hoy duermes el sueño de la distancia. Pero no el olvido. Bendita sea tu santa luz.

jueves, 29 de mayo de 2008

Travesía


Amanece pronto, o tal vez no es de día todavía, pero yo amanezco. En la oscuridad te veo, veo las líneas finísimas de tus ojos ovalados, la marcación paralela de tus cejas negras, veo los ángulos donde se diluyen tus párpados, veo brillar tus pupilas dulces y me distraigo en ellas. Miro tu cabellera traviesa, tu nuca de seda, tu boca eginética, tu cuerpo fronterizo. Te contemplo como a una koré primitiva que los talleres griegos crearan para hacerla llegar carne y lluvia hasta mis días. Atraviesas la oscuridad hasta mi noche, percibo unos dedos alargados que se desenvuelven precisos y lúdicos sobre el contorno de mis labios, que los afinan, que los alzan hábilmente, dedos que peinan mis cabellos largos y alisan mi barba salvaje, que trazan con sus uñas dibujos de arena sobre el vello de mi pecho. Siento una boca que se acerca sin prisa hasta mis labios, una boca que los mece, una boca que les habla, y a la que mis labios escuchan desvanecidos, y mis labios enmudecen, y mis labios apuntan los susurros que esa boca que cabalga lenta sobre mi boca hace trotar. Advierto el enigma de dos bocas buscándose a través de la oscuridad, la calidez de dos sonrisas compensando la soledad, la arquitectura de cuatro labios restaurando la ausencia. Siento entonces tu cuerpo frágil dejándose caer sobre mi torso que tirita, un temblor que me conmueve, el roce de tus frutos exquisitos al alcance de mi tacto, a prueba de mi gusto. Permanezco inmóvil como si yo fuera la tierra, oferente como si formara parte del limo que hubo siempre en ti, calma aparente y a la vez profundamente sísmica. Palpo la sustancia nutriente de tu aposentamiento sobre mi sangre, tu silencio derramándose sobre los años olvidados, tu despliegue envolvente que a su lado hace mísera cualquier palabra. Tocas mi raíz, siento que hurgas en la raíz, que te adentras en ella, que la afirmas, que la invocas en medio de una inmersión purificadora. Y es en ese momento cuando tu sombra se evapora, y tu sombra se diluye en la luz, y tu luz absorbe la mía. Y es en ese instante cuando se escucha el fragor de dos ímpetus que se rasgan, ajenos al alba.

(Fotografía de Katia Chausheva)





miércoles, 28 de mayo de 2008

Las tinieblas del corazón


Existe otro universo, el del corazón del hombre,
del que nada sabemos, y no nos atrevemos a explorarlo.

Una gris y extraña distancia separa
nuestra pálida mente, aún más, del palpitante continente
del corazón humano.

No ha habido pioneros que hayan desembarcado en sus costas
y ningún hombre o mujer conoce
su misterioso centro,
cuando, más oscuros aún que el Congo o el Amazonas,
fluyen del corazón los ríos de la plenitud, el deseo y la ansiedad.


David Herbert Lawrence, Últimos poemas y pensamientos (Edición póstuma, 1932)


martes, 27 de mayo de 2008

Sueñas... (Franz Marc vela)




Sueñas, y lo haces intensamente. Sueñas con caminos de polvo y grava, sueñas con riberas de fronda, sueñas con altozanos, sueñas con ruinas que te hablan, sueñas con los habitantes invisibles de las ciudades inexistentes, sueñas con caras que te sonríen, sueñas con pómulos que te desprecian, sueñas con gestos adustos, sueñas con niños que trepan a una tapia, sueñas con las andanzas iniciáticas de aquellos chicos, sueñas con manzanos, sueñas con la niebla, sueñas con la aparición de la sorpresa tras la niebla, sueñas con las tardes agostadas de la calima, sueñas con la arena húmeda y fría de la playa en invierno, sueñas con carreras donde no hay meta alguna, sueñas con tus carreras de fondo solitarias, sueñas con los montes que subes y dejas atrás y los que aún tienes por delante, sueñas con el hombre que camina deprisa con bastón, sueñas con las fresas salvajes de la orilla de las sendas, sueñas con rostros de mármol, sueñas con estatuas incompletas, sueñas con el amanecer desde el buque que te lleva a Estambul, sueñas con las trilladoras que clausuraban la siega de agosto, sueñas con aceñas abandonadas, sueñas con la niña de los zapatos de charol, sueñas con un pozo cuyo fondo se ve, sueñas con el sonido de traqueteo de tren llegando desde la lejanía, aproximándose, poniéndose a tus pies, trasladándote al paisaje diferente, sueñas con sus pitidos prolongados arrebatando la espera de los viajeros en la estación, sueñas con la muerta que encontraron una mañana de verano entre las vías, sueñas con volcanes, sueñas con Pompeya, sueñas con el perro que no pudo soltarse a tiempo cuando llegó la lava, sueñas con silencios, sueñas con unas manos que te sujetan la mano, sueñas con las ojivas de una gruta, sueñas con las estalactitas de una catedral, sueñas con la oquedad profunda del eremita del desierto, sueñas con el duque de Bomarzo, sueñas con los monstruos del Sacro Bosco, sueñas con la guerra de los mundos, sueñas con la tintorería de la ciudad de provincias, sueñas con la historia de la mujer que recibe al marido que vuelve de la guerra y no es reconocida por él, sueñas con tus refugios bajo la higuera, sueñas con libros de aventuras sin final, sueñas con Dick Turpin, sueñas con el transiberiano que atraviesa la taiga, sueñas con algún olvidado rojo emblema del valor, sueñas con la mano negra, sueñas con incienso, sueñas con la salvación: la impuesta y la otra, la elegida, sueñas por fin con la salvación de la memoria, ya que no de la carne ni del alma, sueñas, sueñas con tipografías que se erigen unas a otras y luego se descabalgan, sueñas con el manantial donde bebías el agua más pura, sueñas que ves unos ojos en el fondo del manantial que no son tus ojos pero que te seducen, sueñas con fotomontajes adolescentes, sueñas con las recitaciones de Rubén Darío, sueñas con besos que alguna vez horadaron tu alma, sueñas con mosaicos de animales salvajes, sueñas con el viento rompiente sobre los acantilados, sueñas con la mesa de mármol del café, sueñas con los cafés de tertulias fenecidas, sueñas con tus aprendizajes de café, sueñas con tus desencuentros del café, sueñas con las horas perdidas entre el misterio y la curiosidad, sueñas con tu muerte o mejor dicho con la forma de tu muerte, sueñas con tu origen impreciso en el recuerdo, sueñas con la perplejidad de cada anochecer que te desnuda, sueñas con la perplejidad encarnada en el espíritu que se abre cada mañana dentro de ti, sueñas con sombras que se pierden en callejones tristes, sueñas con una espuela de plata, sueñas con arroyos, sueñas con las piedras dispuestas irregular y arriesgadamente por la que atraviesas feliz y ágilmente la corriente, sueñas con que arrojas guijarros a los remansos, sueñas con los círculos múltiples que trazan, sueñas con la dispersión de sus ondas a lo largo de tu vida, sueñas con ojos ovalados, sueñas con la lluvia que atraviesa tus ojos, sueñas con retinas que se resisten al olvido, sueñas con la ira de los justos, sueñas con la debilidad de los coléricos pues ya fue dicho que de ellos no será jamás reino alguno, sueñas con manos de barro, sueñas con la calidez del barro, sueñas con el Golem, sueñas con sus arrebatos justicieros, sueñas con el aroma del jazmín, sueñas con la hiedra que crece en cada aurora, sueñas con canciones antiguas que se desparraman sobre la debilidad de la memoria, sueñas con la evasión de ti mismo, sueñas con el furor de tus ingles, sueñas con la saliva que se enreda dentro de tu boca, sueñas con la sangre no deseada, sueñas con la muerte dulce...sueñas y te remueves y suspiras y gimes y la inquietud de tu sueño te arroja sobre un abismo renovador e inquietante...


Al despertar, los caballos azules y rojos seguían allí y los leones aún coreaban tu desvencijado sueño.



(Pintura de Zademack y El sueño, de Franz Marc)

domingo, 25 de mayo de 2008

Mística Vs. Misterio






1. Coplas de San Juan de la Cruz



Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

1.

Yo no supe dónde entraba,
pero cuando allí me vi
sin saber dónde me estaba
grandes cosas entendí
no diré lo que sentí
que me quedé no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.

2.

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta
en profunda soledad
entendida vía recta
era cosa tan secreta
que me quedé balbuciendo
toda ciencia trascendiendo.

3.

Estaba tan embebido
tan absorto y ajenado
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo
toda ciencia trascendiendo.

4.

El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece
y su ciencia tanto crece
que se queda no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.

5.

Cuanto más alto se sube
tanto menos se entendía
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.

6.

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer
que no llega su saber
a no entender entendiendo
toda ciencia trascendiendo.

7.

Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo
irá siempre trascendiendo.

8.

Y si lo queréis oír
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo
toda ciencia trascendiendo.





2. La mística según André Compte-Sponville


Mística. La etimología relaciona las palabras con los misterios. Pero los místicos, en todas las religiones, nos hablan más bien de una especie de evidencia. Hay que creerles a ellos, y no al pasado de la lengua y de la superstición. El místico es quien ve la verdad cara a cara: no se encuentra ya separado de lo real por el discurso (es lo que llamo el silencio), ni por la carencia (es lo que llamo la plenitud), ni por el tiempo (es lo que llamo la eternidad), ni, en fin, por sí mismo (es lo que llamo la simplicidad: el anatta de los budistas). Dios mismo ha dejado de faltarle. Realiza la experiencia del absoluto, aquí y ahora. Tal absoluto ¿acaso es todavía un Dios? Varios místicos, especialmente en Oriente, contestaron que no. De donde un “misticismo puro”, como decía el padre Henri de Lubac, que es “la forma más profunda del ateísmo” (La mystique et les mystiques, A.Ravier y otros, “Prefacio”). Éstos no creen en nada: la experiencia les basta.

Este misticismo, que es el máximo de evidencia, es por eso lo contrario de la religión, que es el máximo de misterio.





sábado, 24 de mayo de 2008

El muro


Podría decirse que estás ante un muro. No hay reflejo, te basta la luz de la mesita para creer que ves. Pero te opones también a ella. Te resistes a considerar tu propia transparencia. Al menos esa forma reverberante que te resulta confusa. El espejo es un testigo ausente. La celosía de tus dedos te aíslan de una comprobación que no te parece necesaria. No la deseas. Todo lo que tienes que ver está dentro de ti. El objeto exterior no te sirve. La refracción te hace desconfiar. El fondo de la caverna es inútil. La proyección no aprecia tu dimensión íntima. Por eso huyes de ella. Te basta un gesto. Te ubicas ante el espejo y a la vez lo ignoras. Al dividir la estancia de tu vida de la que otros esperan de ti en realidad la preservas. ¿Crees que todo acaba en lo que no se entiende a primera vista? Tu vida se enciende de nuevo donde no veías anteriormente. Sólo la oscuridad nos hace anhelar la luz. El fin de un argumento no es el fin de quien lo genera. Una historia que acaba semienta otra que comienza. ¿Por qué nos aterran tanto los límites siempre relativos de nuestras propias experiencias? Tu negación es también tu afirmación. Tienes claro que preguntar al espejo carece de sentido. Podrías girar trescientos sesenta grados dentro de ti y percibir la visión que te esclarecerá. ¿Para qué seguir manteniendo la distancia ocular cuya medida es siempre aparente y equívoca? No escapas de ti misma, huyes en realidad de las dobleces que pueden hacerte quebrar. De aquello que es confuso porque no se contempla bajo el imperativo de la claridad. No escondes tu rostro entre las manos, más bien lees en ellas. Su postura es una enunciación protectora. Separa la frialdad de lo opaco de lo que empiezas a comprender lentamente. Aísla lo baldío de lo que empieza a adquirir sentido en ti. Ni por asomo te planteas flaquear simplemente por una situación de desconcierto. Sólo que prefieres ignorar la visión que podría devolverte el espejo adulterada. Te miras en tus manos, tu mejor espejo. Pero ¿resistirás la tentación de entreabrir los dedos?



(Foto de Nan Goldin)

jueves, 22 de mayo de 2008

Orígenes


El origen de la cuchara estuvo en una guerra. Nunca supo descifrar las letras grabadas en el mango. Una caligrafía de lujo para un útil exquisito. La cuchara estaba abollada, algo desgastada, pero conservaba una línea fiel y una concavidad generosa. El material debía ser purísimo, porque ni los restos de comida ni los estropajos hicieron mella en su esencia. La debió hallar en alguna de las incursiones en territorio enemigo. Pero él no era de los depredadores, de los que iban a por el botín. Tal vez fue la necesidad, tal vez la admiración por el objeto, acaso un recuerdo cuyo significado de tránsito se escapa. Él debió tomarla de una casa cuyos moradores habían desaparecido y la premió con el uso cotidiano hasta casi el fin de sus días. Cuántas madrugadas de sopas de ajo. Cuántas comidas entre pluriempleos. Cuántas cenas ante noches inertes. Nunca alardeó de haber cogido bienes de nadie. Eso le honró siempre. Las guerras son descaradas. Se prestan a la ley del inmediatamente más fuerte, del ocasional, del que llega antes. Las guerras demuelen los códigos de conducta, las leyes, las reglas del juego de las convivencias. Los territorios cambian de propiedad, las propiedades cambian de dueño, los amos cambian de camisa. Lo edificado se derrumba, lo cultivado se extingue, la vida se mata. Obviedades así. Salvajismo. Sólo salvado en una mínima parte por los rasgos del azar o de la bondad innata de los hombres que no se dejan cambiar. Por qué utilizó el hombre en cada comida la cuchara de la guerra es un misterio. Acaso le parecía bella. Tal vez hizo un juramento y lo mantuvo, otorgando un gesto simbólico al uso. Puede incluso que su mano se hiciera de tal manera a la holgura de la cuchara que no se sentía cómodo con otro modelo de cubierto. Una simbiosis persistente a lo largo del tiempo. Un pequeño cetro de progenitor. Del fondo de la cazoleta surgía un brillo donde se contemplaba la necesidad de los hombres. Donde se intuían los cambios de fortuna, las jugadas del destino, las traiciones de los esfuerzos. En contadas ocasiones tenía el hombre una debilidad fugaz y se preguntaba quién podría haber sido el poseedor anterior de la cuchara. Nunca dio muchos detalles. Hablaba de casas deshabitadas, de estancias abandonadas de repente, de objetos fantasmagóricos esperando retornos que no se producirían jamás. Las ruinas acomodan siempre los medios materiales, por muy insignificantes que sean, con la nada. Al hombre la guerra le rompió también. No fue de los que más perdieron. Ganó la reconciliación con su propia naturaleza: la capacidad de resistir y la suerte de sobrevivir. La cuchara, ya digo, habló siempre a su favor como testigo.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Femme bleu


Al regresar, la noche se la encuentra aletargada en el azul. Allí ella descansa, se aloja en ensoñaciones, se transmuta. Allí acaso revive o vive lo que no puede vivir de otra manera. La noche la observa, se sienta a contemplarla. Sobre el azul hay un vuelo diferente. Un abandono, una flotación. Todo se muestra revuelto, la ropa, la cabellera, el cuerpo. Los dedos aparentan inmovilidad, pero componen los trazos de alguna canción. Ni siquiera se ha quitado el carmín de los labios. Cansancio u olvido de sí misma, la mujer salida de un ciclo picasiano duerme. Pero en esa inmersión se sabe poseída. Sueña con un nombre que hechiza la oscuridad. Sueña con una voz envolvente que le gravita dentro. Sueña con un cuerpo que se le acerca tanteándola. Sueña con otra acepción de la vida, cuyo lenguaje apenas se esboza todavía. El azul la ampara. Siente unos pasos cautos y se gira adormilada hacia ellos. Oye unas palabras lentas y suaves y se conmueve. Nota la proximidad de una sombra cálida y se estremece. Percibe el roce de unas manos y vibra. Un ligero aroma acaricia la proximidad de su almohada y ella se impregna. El rojo de sus labios advierte la cercanía de una humedad ingrávida y repara en que emana de otros labios. Algo tira con levedad, pero con firmeza, de ella y le propone partir. Pero no ha despertado todavía. La noche lo ve todo y calla. La noche se abre al desconocido y vela las percepciones de la durmiente. No hay una frontera clara que delimite su sueño. Cuando despierte, se sentirá rasgada. Después, se pondrá a andar.



(Katia Chausheva azulea a la mujer durmiente)

lunes, 19 de mayo de 2008

La crisma


Debiste de pensártelo dos veces antes de dudar. El espejo es silencio pero también un gran interlocutor. Escucha y calla. Pero habla y responde también. En ocasiones vocifera. Depende de lo que quieras hacer de él. ¿Que se muestra como un testigo de cargo de tus acciones? Le tomas el testimonio y te refuerzas. ¿Que te lo imaginas como un psiquiatra? Bien, te pones delante y te dejas analizar. ¿Que lo necesitas como confesor? Te postras y le cuentas tus pecados. ¿Que te sientes ante él como ante un paisaje? Te cruzas de brazos y observas el horizonte. ¿Qué lo consideras el oráculo? Plántate allí, haz cola y pregunta, sin olvidar los dobles o triples sentidos de las respuestas que te devuelva. ¿Que lo ves como el tornasol que va a mejorarte la imagen ante ti misma? Pues quédate fija, enajénate y que acontezca ese brillo que esperas que destelle. Pero, ¿dónde miras realmente? ¿Más allá del espejo, tal vez? ¿En tiempo pasado, en ausencia, en parálisis? ¿Y en qué términos te observas? ¿En sospecha, en perplejidad. en abulia? ¿Qué esperanzas te hace concebir? ¿Las apuestas por la transfiguración, el cálculo de posibilidades aún vivas, el desafío de lo cambiante? O acaso no quieres sino permanecer solamente a este lado, tentando la suerte y los guiños impenetrables de tu rostro. No desconoces que no siempre contemplarse ante el espejo es un hecho de afirmación sincera. Más bien al revés. Pero tantas veces te ha bastado con que sea de apariencia. Ahora dudas. Observas el contorno con incredulidad. Enarcas las cejas escéptica y sombría. Dudas de que haya un verdadero poder de comprobación ante el espejo. Vuelas sobre ese viento que arrecia entre la tensión controlada y la relajación forzosa, a punto como estás de mandarlo todo al infierno. Te debates en ese instante patético en que te acucia tu propio abandono. Te sorprendes en tu enmudecimiento. No sabes si tendrás fuerza para echar al espejo un último pulso digno. Te tienta alzarte y romperle la crisma. ¿Matarás al espejo?

domingo, 18 de mayo de 2008

Un poema, el azar

A veces, a uno le llegan sorpresas. ¿Qué es, si no, el hecho de vivir? Llamo sorpresa no necesariamente a lo inesperado -este concepto es pura y efímera derivación- sino a aquello que produce destello dentro de uno. Es decir, cuántas veces un texto o la opinión oral de otro con el que te encuentras por la calle, se afirma dentro de ti. Es como si interpretase por casualidad, por coincidencia sumergida, aquello que tú pruebas y compruebas pero no has traducido aún en argumento. Verdaderamente, el tema es particular. Esas palabras, sean cuales sean su forma, sólo llegan a ti, sólo tú te das por enterado, sólo a ti te interpretan a través de un cruce de vidas ocultas y desconocidas, que seguirán su curso y se perderán tal vez, pero te harán sentir menos solitario. Una película, una parrafada de una novela, una escena de película, una respuesta de entrevista periodística, la frase fugaz de un conocido...Cuántas expresiones caídas como un rayo sobre nuestra testuz nos iluminan, si no nos queman...De pronto uno halla un poema de José Mateos (una Palabra llegada también a la vida de uno por azar, con un rictus de ternura), y como en un espejo, la descripción es su carne, su llanto, su piel, su origen, su desafío y su arquitectura básica, esa dovela magnífica que sujeta las demás dovelas del arco de su vida...


Todo te aislaba, todo te oprimía.
Nada te parecía limpio y digno
de ese gran sueño de cambiar el mundo,
de ese eterno ideal de vivir libres
y llegar todos juntos a esa isla
que no existe descrita en ningún mapa,
entrevista de pronto en un relámpago.

Disgusto de tus padres, en el mismo
cuarto de tu niñez, junto a la lámpara,
te pasabas las noches siempre solo,
atesorando dudas y escribiendo
este poco aire que te expresa.
con palabras oscuras de tan claras
te asombró una verdad por ti extraída
de no sabes qué intacto fondo ambiguo,
y desde entonces, todo son palabras:

Palabra viva un cuerpo, un rito, un acto;
palabra oculta un nido entre la hiedra;
palabra delicada el mar, la tarde
y ese avión entre médanos de nubes;
palabra triste el rostro sonriente
que guarda en su interior la calavera;
palabra sabia y submarina el sueño
(para poder vivir sano y en calma
te tienes que borrar todas las noches)

La palabra que exilia y la que hospeda,
la que celebra y la que escupe sangre,
la palabra creadora del silencio,
la primordial, la ausente, la extinguida,
la palabra-promesa, la palabra
que esperas quieto hasta que allá, en lo alto,
adquiere en la veleta nombre el viento.



miércoles, 14 de mayo de 2008

La busca


El río arrastra mi mirada
¿qué lleva más allá de mis ojos?
Un rumor agitado.
Un caudal que corre
y crece
perdiéndose gozoso en la fronda.
La algarabía de los remolinos
desafiantes.
La agitación de la corriente
que captura la luz
hasta horadar con ella la tierra sumergida.
Un tibio silencio.
Una visión de calma
aparente.
Los signos
de un abecedario de lluvia.

martes, 13 de mayo de 2008

Berlín, 1933 (Farsa en un acto)



No, en el principio inexistente o al menos impreciso, no fueron los libros. Ni las palabras. Éstas no existen desde siempre. Como todo. Ya lo he dicho otras veces. Acaso antes, en ese lento y complejo devenir de lo que ha llegado a denominarse humanidad por los humanos actuales, fueron los gruñidos, las actitudes, los nerviosismos, las miradas severas o solícitas, los apartamientos o aproximaciones, las sensibilidades toscas o timoratas, acaso el simple ir haciendo...Habría tiempos donde lo útil directo y lo observante y el simple abandono tendrían una frontera precisa, tal vez como ahora. Y a la vez ocupante de la otra, transversal, transgresora. Pero las palabras, ah, las palabras. No se sabe bien si nacidas de la función, de la relación, de la contemplación o de todo un poco, son una manifestación muy reciente. Más reciente todavía ese intento por atraparlas y de que no se quedaran en lo etéreo o en la simple tradición oral, que decimos ahora, y que se materializó en soportes. Tablillas, paredes, pergaminos, libros...Estoy seguro que en la carencia o privación de los soportes anteriores, hasta las arenas de las playas, el humus húmedo de ciertos terrenos, las paredes calizas o la mano de un hombre fueron también soportes efímeros. Los siguen siendo; yo me sigo asombrando de las frases que me encuentro por los muros de las ciudades, me asomo discreto a la servilleta de papel de un solitario en espera dentro de un café, o corro a la orilla del mar cuando un grupo de chicos se van tras escribir algún nombre, algún deseo...Los libros: aunque ya superados técnicamente por la revolución informática, permanecen ahí, y han conformado extraordinariamente los últimos siglos. Especialmente, el siglo XX.




Estos días, de una manera más o menos extensiva, se ha comentado en la prensa que hace setenta y cinco años (ya se sabe, la manía y el tópico por hablar de los acontecimientos históricos en las cifras redondas) tuvo lugar la pretendida purificadora quema de libros por parte de los nazis. Sí, el 10 de mayo de 1933, en lo que es hoy la Bebelplatzt de Berlín, entonces Plaza de la Ópera, tuvo lugar la representación. Porque aquello revestía todas las características de un montaje teatral de baja entidad: una farsa, un escenario, unos figurantes, un mal acompañamiento musical, una pésima dirección, unos protagonistas chabacanos, un vulgar tema y un más ordinario argumento. ¿Tan baja había caído la elevada cultura alemana heredada de la Aufkärung y de la modernidad del Estado unitario formado en el siglo diecinueve? ¿O precisamente porque se manifestaban los rasgos más extremos que los nacionalismos muestran cuando no consiguen todos sus objetivos de poder y hegemonía en los tiempos anteriores? Preguntas para una búsqueda. Con aquella quema de cierto tipo de escritura de pensamiento y literaria se pretendía convertir en símbolo el afianzamiento del pensamiento único, sólo posible a través de la persecución del pensamiento y de la expresión de los demás, dejémonos de rodeos. Un símbolo imbécil, pero admonitorio de las quemas más terribles que iban a llegar después. Ya el poeta alemán Heine dijo en 1820 que “donde se queman libros se acaban quemando hombres.” Y no era nuevo en la Humanidad, no. Se suele citar la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, pero aquello queda muy lejos en geografía y tiempo histórico. En 1502 ya hubo quema de libros árabes en la España del nuevo Estado unitario. Y sólo era la antesala de uno de los instrumentos más terribles que la cultura occidental y cristiana ha inventado: la Inquisición, que siguió con sus prácticas de requisiciones y quemas librarias, materializadas consecuentemente en la quema de ese libro irrecuperable que es un simple ser humano. Pero yo no quería hablar de todo. Quería recordar los setenta y cinco años de aquél día fatídico nazi. Sin embargo los libros, señores y señoras, se recuperan. Los sufrientes humanos exterminados fueron el verdadero símbolo de la extinción real. Hay un cinismo muy mecanicista extendido por ahí que, para justificar los avatares de la destrucción y la muerte por parte de unos humanos con poder sobre otros, dice que la biología humana también se reproduce en su cinta de Moebius. Pero mire, si usted, usted en persona física y no usted en abstracción semántica, deja de reír, de emocionarse, de amar, de admirar y de comprobar porque le eliminan físicamente, es usted quien lo deja todo muy a su pesar y sin su permiso. No la abstracta humanidad. Y ahí, por favor, no olvidemos nunca el valor de lo verdaderamente irrecuperable y esencial.

domingo, 11 de mayo de 2008

Palabras desnudas



Leo a Elias Canetti en El suplicio de las moscas...

Hay cierta tristeza en las palabras desnudas, pero yo no soy sastre, y antes que probarles un traje prefiero seguir triste.



(Sobre un montaje de Francesca Woodman)






jueves, 8 de mayo de 2008

Doble llama



Dice Octavio Paz en su sugerente obra La llama doble...

"La relación de la poesía con el lenguaje es semejante a la del erotismo con la sexualidad. También en el poema -cristalización verbal- el lenguaje se desvía de su fin natural: la comunicación. La disposición lineal es una característica básica del lenguaje; las palabras se enlazan una tras otra de modo que el habla puede compararse a una vena de agua corriendo. En el poema, la linealidad se tuerce, vuelve sobre sus pasos, serpea: la línea recta cesa de ser el arquetipo a favor del círculo y la espiral. Hay un momento en que el lenguaje deja de deslizarse y, por decirlo así, se levanta y se mece sobre el vacío; hay otro en el que cesa de fluir y se transforma en un sólido transparente -cubo, esfera, obelisco- plantado en el centro de la página. Los significados se congelan o se dispersan; de una u otra manera, se niegan. La palabras no dicen la misma cosa que en la prosa; el poema no aspira ya a decir sino a ser. La poesía pone entre paréntesis a la comunicación como el erotismo a la reproducción."


...Y tú te mueves en torno a tus sombras, te permites abrazar por apariciones que se desplazan sigilosas, te dejas abrasar por quemaduras cuya huella no sabes aún valorar, estás lejos de pensar en heridas abiertas y mucho menos en cicatrices, sólo te doblegas ante el fogonazo que te ha imantado, la caída lateral y portentosa de la luz que se estrella contra tus obscuridades, te contorneas mientras manos ajenas maniobran, esas manos que hablan que ofrecen que conducen que te trenzan, sujetas tu desnudez para no hacerla estallar antes del instante preciso, mientras te sumerges en ti misma presientes que la otra mujer que llevas dentro se desvanece, te has salido del renglón, has sobrepasado los márgenes, la página se te queda pequeña para la expresión que bulle y reclama estruendosamente dentro de ti, el espejo te ha abandonado, proyecta sobre tu desposesión admitida los rasguños del primer roce, las demás aproximaciones se difuminan entre claroscuros donde crecen las algas del silencio, vibras en la partición que te sume en el deseo, te sientes derribándote, es entonces cuando escuchas voces que te hablan y no sabes ya si llegan desde lo profundo de ti o si son ecos antiguos que se escurren por las estancias de la vida, amagas una resistencia que no es sino entrega pausada pero incondicional, y no obstante te sabes firme,te afirmas en que la rendición es tu poder, el precio por rescatarte a ti misma de los días acabados...



(Connie Imboden es la autora del montaje fotográfico)

miércoles, 7 de mayo de 2008

Reconocerse


Ellos son el rostro de la estación. Habrá otros rostros, otras composturas, otras sonrisas. Pero ellos hacen menos catastrófica la vida desde una ventana. ¿Se han dado cuenta de la escasez de plantas y flores que hay hoy día, parvedad que hace más solitarios y ausentes los balcones y miradores de las ciudades? Tal vez son un paradigma de la vida de los pobladores. De puertas adentro, la abulia, el desinterés, el silencio o simplemente el dejarse llevar rige la existencia de sus habitantes. ¿A quién sonríen, por lo tanto, los geranios? ¿A los paseantes, a los transeúntes, a los aventureros, a los que se inician? Su modesta exhibición, ¿es una apariencia, una imagen, el disimulo? ¿Es la encarnación de una vida que los de dentro no saben llevar ya? ¿Es la translación de lo deseado pero no conseguido? ¿Es la delegación en otras especies de aquellas manifestaciones que a los humanos nos quiebran? Con su presencia, las ventanas se abren más, la sangre es savia, y la savia es hermosura. ¿Un pequeño espacio estético frente a la carencia y al ceño de la vida cotidiana? Siempre que paseo, escudriño las fachadas de los edificios, busco las diferencias, anoto cualquier toque revelador o asombroso. Es una vieja afición mía, sea leer los rótulos, contar los vanos o fijarme en las geometrías. Pero de entre toda esa parafernalia de arquitectura últimamente me entusiasmo sobre todo con el hallazgo de las plantas, de las flores, de los ramajes. La arquitectura llegó un día, vio y venció. Por lo siglos de los siglos, hasta que la incuria les gane el pulso. No representan la vida interior. Por el contrario, las jardineras, las macetas o los tapices de trepadoras manifiestan la vitalidad modesta de los que habitan las estancias de las casas. Cuando contemplo a un hombre o a una mujer regando sus plantas, desechando lo podrido o entablando un diálogo amoroso con su pequeño jardín, me reconozco en la vida. Una prolongación de la posibilidad. Una muestra de la renovación. Un entusiasmo por lo pequeño.


lunes, 5 de mayo de 2008

Leda, la imprudente



No te acerques al ave. Te concedes a su aparente docilidad, a su aproximación, a su sosiego. Pero ella simula. Te ve esbelta. Busca tu gracilidad y a ti te seduce su entrega. Ha abandonado la compañía de otras aves y se siente deslumbrada por la sedosidad de tu vestido. Tal vez por la arquitectura en construcción, y que ocultas recatadamente. Hay una atracción afín entre tu cuerpo delicado y su cuello deslumbrante. Se diría que se buscan. Al acercar tu mano y otorgarle una caricia has abandonado tu propio cuerpo. Lo relajas, lo desprovees, lo ofreces. Tu mano cae suavemente hacia atrás como el esbozo de una estatua que se cincela. El cisne distrae tu seguridad y se deja hacer. No te arrimes tanto. Ambos os habéis conferido una confianza, pero la intención es desigual. El anátido es una transfiguración y tú no lo sabes aún. Crees que aún formáis parte de un Jardín de las Delicias deseable. Donde todo se dispone, donde todo tienta, donde todo se prueba sin límite alguno. Donde las especies se entienden y la monstruosidad no se ha manifestado. Donde los territorios son habitados sin conflicto y las obligaciones no se evidencian. Y juegas con el animal que, en tu capricho obsesivo, consideras dominado, accesible, sencillo. Sientes que el cisne picotea levemente tu mano, que se acopla a tu vientre, que huele la esencia recóndita de tu feminidad, que te busca. Pero lo interpretas como sumisión, como afecto, como reconocimiento. De pronto, el cuerpo del ave se torna robusto, sus alas se despliegan y se abaten sobre ti, su cuello te acomete y te rodea, su pico profundo y dúctil horada tus ingles. Apenas tienes tiempo para reaccionar. Su proceder te ha hechizado y ahora te rindes. Sólo le perteneces a él y a su destino. Y mira que te lo advertí, Leda.


(Lo representó Francesca Woodman)

sábado, 3 de mayo de 2008

Adjetivo demostrativo



Ese instante veraz
en que la luz no es blanca

Esa quietud sonora
donde el silencio es turbio

Esa ígnea palabra
desdoblada en llama

Ese ruido mortal
con que los cuerpos sangran
dulcemente

Ese vuelo apartado
la mirada ya ajena
disolviéndose



(a Niké Moritz)


(acompaña fotografía de Mona Kuhn)

jueves, 1 de mayo de 2008

Nuevas (viejas) preguntas



¿Hacia dónde vuelan las palabras? ¿Hasta dónde descienden? ¿Por dónde se expanden? ¿Qué recorridos transitan? ¿Qué silencios perturban? ¿Qué necedades enmudecen? ¿A través de qué esporas se difunden? ¿Por qué ventanas penetran en los domicilios de la conciencia? ¿Tienen oxígeno las palabras? ¿Tienen naturaleza las palabras? ¿Son sólo disfraces? ¿O simplemente se justifican como representación? ¿Son bumerán que dan en la pieza? ¿O retornan sin caza? ¿Se pierden las palabras desde el momento en que arrancan? ¿O se extravían por la excursión intrincada de los días? ¿Avanzan presuntamente rectilíneas? ¿O caminan sinuosas, laterales, torticeras? ¿Se agotan o se renuevan? ¿Se inventan o se repiten? ¿Son las mismas tras el viaje? ¿Qué descubren las palabras? ¿Qué rasgan? ¿Qué atraen? ¿Qué repulsan? ¿Qué adoran? ¿Qué desprecian? ¿Alimentan las palabras o purgan? ¿Qué arquitecturas erigen las palabras? ¿Poblados de adobe, cardos y decumanos, aglomeraciones de cemento, filigranas de ladrillo, palacios de cristal y titanio? ¿O importa tan sólo cómo se habitan las palabras? ¿Proporcionan calor, intimidad, respaldo? ¿O expulsan? ¿Distancian o aproximan? ¿Zanjan el intento de acercamiento o vinculan lo alejado? ¿Desmerecen las bocas que las emiten, las teclas que las pulsan, las miradas que las diseñan, las intenciones que las fraguan? ¿Llegan a ser alguna vez algo las palabras? ¿Dan vida o la quitan? ¿Elevan o sepultan? ¿Condenan o salvan? ¿De qué color es la llama de las palabras? ¿Nos prende la llama doble de las palabras? ¿Nos dan de beber? ¿Qué manos nos ofrecen beber de las palabras? ¿Están hechas de metal o de polvo? ¿Vale más una palabra como escudo o pueden más las palabras como partículas? ¿Sangran las palabras? ¿Fecundan o se derraman? ¿Paren cuerpos o sólo voluntades? ¿Tienen larga mano las palabras? ¿Se proyectan más allá de memoria o son otras las que la recuperan? ¿Transgreden o se muestran acólitas? ¿Revuelven, incentivan, rajan? ¿Se manifiestan purulentas, febriles, catárticas? ¿Somos dueños de las palabras? ¿Nos poseen, nos retoman, nos erigen, nos esclavizan? ¿Son las venas de la necesidad?

Preguntas de un maniático ante el acecho de las palabras.