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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 30 de marzo de 2008

Laberinto (lenguaje)



Laberinto

El lenguaje, creedme, es discordia
en la que un término nos otorga otro distinto.
Deseo y duda viven continuamente
en discrepancia, donde la palabra
hace burla de lo que ama.
¿Qué es lo que hace germinar? ¿Muerte y nacimiento a un tiempo?
Permanezco en su seno y nada he perpetrado.
¿Cómo llegué a ese mágico lugar?
Es la palabra tamiz que criba el mundo.


Der Irrgarten, Karl Kraus.

viernes, 28 de marzo de 2008

Minotauro



Minotauro, Minotauro. Eres todo fortaleza, pero ya es sabido que la bestia cae derribada con frecuencia ante la apacibilidad de la durmiente. Aparentas fiereza durante las horas diurnas y en la vigilia constante que despliegas ante los intrusos. Mas te vuelves tierno cuando la noche acecha. Conoces mejor que nadie el recorrido del laberinto, aunque a veces te sientes perdido dentro de él, porque en la costumbre está la trampa. No hay una configuración fija, inalterable, eterna. Cada día se modifican las calles, se enervan las alturas, se trazan las travesías, nacen espontáneos los callejones sin salida. Tal vez incluso se amplía el perímetro de sus murallas y de sus recovecos. Y cada jornada tienes siempre algo que aprender de su expansión. Es tu hábitat. Pero no por crecer hallas más libertad de movimientos en su áspero seno. Cierto que te llegan aromas de otro mundo. El viento que se cuela en el laberinto huele unos días a mar, otros a trigo, otros a foro donde se exhibe el labris, otros a barrio donde bulle el gentío. Cierto que traspasan los muros de tu bosque cerrado los sonidos del más allá. El aire puede transportarte canciones de juegos infantiles, súplicas de madres, llantos de amantes robados, baladas de pastores que otean los paisajes abiertos que tú añoras tanto desde que te fueron privados, cantos guerreros de ejércitos que podrán imponerse a sus vecinos pero que no han podido todavía contigo. Cierto que iluminan tu cielo el tránsito juguetón de las nubes, el raso azul del cielo, el ardor implacable del sol, el apaciguador tejido de las estrellas. De alguna manera te recompensan de tu destino desdichado. En ocasiones te preguntas cómo será todo ese territorio que está al otro lado de tu condena. Sientes su atracción. Sientes una llamada poderosa que, sin embargo, no puedes seguir. En el fondo, no quieres salir de tu inmensa cella. ¿Sabrías estar fuera de tu cubículo de sangre y semen? Probablemente tratarías de convertir en un dédalo inmenso todos los territorios que conquistases. Porque no tienes otra referencia. Porque has olvidado otra vida posible, aquella que anteriormente te fue negada. No pretendes liberarte de tu misma condición. Pero no puedes traspasar las almenas ni atravesar las puertas que no se han construido. Por ello tratas de adecuar tu espacio con la simulación de una vida que no es. Haces frente a los competidores que juegan a héroes, pero acoges a las doncellas con la delicadeza y el respeto que corresponde a tu nobleza. Nada obtienes de ellas sin que ellas te lo concedan. Si con los infiltrados armados, que pretenden asesinarte a traición, te muestras inclemente y fiero, con las jóvenes entregadas por los reyes cobardes adoptas una actitud comprensiva. Ellos, que vienen a traer tu muerte, no se merecen la piedad. Ellas, que llegan para aplacar tu deseo, deben ser ensalzadas y es tu deber salvaguardar su existencia. Te burlas del martirio estéril de los jóvenes varones que han accedido a tus dominios. Pero admiras la profundidad del sueño al que la mujer, agotada por el miedo o la confusión, se deja vencer. Esa caricia en ciernes obra como un punto de contrición. ¿No es ése el resquicio de salvación que les queda siempre a los Minotauros?



(Grabado de Picasso, pertenece a la Suite Vollard)

martes, 25 de marzo de 2008

La España negra de Azcona



Cronista de la España negra, vía guiones de cine español. No es que pintara las cosas de negro -había dicho- es que la vida es negra y hay que reflejarla tal cual es. En la mejor tradición de un Gutiérrez Solana -que paradójicamente recreaba por partida doble texto e imagen pictórica- Rafael Azcona se sumerge en el surrealismo sin fin. Se ha muerto y ha conseguido que no nos enteráramos. Su creación está entre lo mejor de la filmografía española de la segunda mitad del siglo veinte, y yo se lo agradezco. ¿Ustedes no? Pues si han perdido la memoria recuperen y revean Plácido, El verdugo, Ay, Carmela o La lengua de las mariposas. Esa España negra de Solana es llevada a la pantalla. Y luego comparen, a ver hasta qué punto las cosas han cambiado.

Como homenaje a Azcona, rescato unos párrafos del prólogo que José Gutiérrez Solana escribiera para su libro La España Negra, editado en 1920 por primera vez. Seguro que Rafael Azcona disfrutaría sana y enormemente con el texto. No tiene pérdida y sugiero acceder a él.

“Yo me he muerto, lector, creo que me he muerto; este libro quedará sin prólogo. Aquel maldito dolor de cabeza, aquel resonar de huesos, aquella distensión de los tendones que parecía arrancar la carne, tenía que terminar en ragedia, y así ha sucedido.

¿Era yo el que estaba metido en el ataúd muy estrecho, con unos galones amarillos y unas asas y cerraduras que tenían puestas las llaves pintadas de negro como los baúles del Rastro, y la tapa que iba a encerrarme para siempre, arrimada a la pared, con una larga cruz amarilla y con mis iniciales J.G.S. en tachuelas tiradas a cordel, y una ventana encima de estas letras con un cristal?


Así ha sucedido; soy yo el que me veo entre cuatro velas, que proyectan fantásticas sombras en la habitación y que es lo único que me distrae en esta soledad; tengo los brazos rígidos a lo largo del cuerpo; en las mangas se me han hecho algunas cortaduras, lo mismo que en el pantalón, por las que asoma el blanco de la camisa y el calzoncillo. Un pañuelo negro, que seguramente subió la portera, oprime fuertemente mi mandíbula y deja marcada una raya en el pelo, que tengo al crecido, seguramente lo puso para que no desarticulara mi mandíbula y no me desfigurara.”

domingo, 23 de marzo de 2008

El cuerpo de la letra


Ese instante en que el cuerpo es una letra. En que el texto del libro asido se derrama sobre el diván. Configurando una sintaxis, un argumento añadido, la continuación de una historia. Untando de palabras las manos, el vestido, la tapicería. Las horas cesan y los sueños se encarnan en una recitación postural. Olvido de los quehaceres, traición de los compromisos, desplazamiento de las cuitas más aguerridas. ¿Cómo modelamos nuestra naturaleza cuando leemos? El cuerpo se flexiona para facilitar el viaje de la mente. Renovación de posiciones, variedad infinita de escorzos, generación continua de movimientos. Leemos en plan de cubito supino o con el brazo bajo la cabeza, sujetando el libro con dos manos o con una, con tres dedos o con dos, en fetal o boca abajo, inclinando las vértebras o cruzando las piernas, elevando los talones o golpeteando con las suelas el firme. ¿Dónde leemos? En los lugares de costumbre y en los espacios del azar. En la rigidez de una espera y en el paseo. En los ámbitos a media luz y bajo el foco. En el recogimiento y en la intemperie. En la tensión y en la flojedad. En la euforia y en el derrumbe. En el tránsito y en la paralización. Al borde de un río y apoyados sobre una mesa de mármol vieja. En el barrio nuevo y en la ciudad antigua. En lo alto de un acantilado y a la vera de un erial. Escuchando el rumor agitado de la lluvia que cae y embutidos en el silencio del desierto. Leemos a boca cerrada y leemos musitando. Nos sentimos como Dánae, fecundados por la lluvia de oro impresa enviada por el dios.


(La fotografía es obra de la artista búlgara Katia Chausheva)

sábado, 22 de marzo de 2008

La salvación


La caída del tiempo. ¿Qué imagen se desdobla dentro de ti y trata de salvarte de perecer? ¿Qué alocada carrera te lleva al punto de terminar desfallecido? ¿Quién surge desde las sombras y te sujeta? ¿Qué ente aparta la bruma e intenta insuflarte otro ser, otro paisaje encarnado? ¿Qué espectro paralelo nace de tus costillas, desde tu cabello a tus pies? Dices que no quieres desproveerte de tu bagaje, ni dejar de ser el que conoces. Entonces, ¿qué te impide parar, tomar aliento, mirar la primavera con ojos claros? También los corredores de fondo extravían su carrera, también abandonan, también se retrasan y permiten ser superados por los competidores. Es la soledad de sus sueños las que les precipitan en el desbocamiento. Pero la conciencia de los límites desgarra al hombre y le vence. No le mata. Le hace consistente. El final nunca es definitivo, si te ves tomando el relevo de ti mismo. Plantando cara a las antiguas exigencias que aún se remueven en tus entrañas. ¿Qué vida desalojas y cuál haces germinar entre figuras indefinidas? ¿Temes fracasar ante una nueva carrera? ¿Y quién te dice que debes salir a pista? Siempre has odiado las competencias, las demostraciones, los pulsos que no llevan a parte alguna. Acúnate, déjate tomar por ti mismo, enderézate mirándote a los ojos. Busca la salvación en el sosiego.


(Connie Imboden compone la imagen)

viernes, 21 de marzo de 2008

Está aquí


Así surge la fuerza de la primavera. Sibilina, entre disfraces, lenta. Aparentando romper la noche fría. Una demostración visual. No prepara el camino a nada. Es en sí misma el camino. Es toda ella el destino. Aún sin rostro, aún sin cuerpo, aún sin dimensiones. Y sin embargo exhibiendo su capacidad de despliegue. En tránsito, indica desde donde viene, pero apenas sugiere a donde se dirige. Morirá justo en el siguiente tiempo, el solsticio, que le habrá ganado el pulso. Parte la opacidad del origen tratando de instalarse en la luz, apenas matizando todavía los colores. Está llegando ya aquí, pero se adueña antes de nuestro deseo, de nuestra imaginación, de nuestro fervor. Más una percepción intuida que comprobada. Su actitud extensiva invita a ser tomada. Si extiendes la mano, ella te tomará a ti. No sirve hacerse a un lado. En su avance, traza un círculo de posesión cuyos brazos reman hacia nuevas certezas. Desgarrándose, conforma la verdadera Pasión. Los ciclos paganos se impusieron a los religiosos una vez más. ¿Qué cabía esperar de las ideologías humanas? La naturaleza domesticada no existe de manera absoluta y total. Los hábitats del pensamiento beben todavía en las fuentes de la tierra y el cielo. La historia de los hombres manipulando para sobrevivir es sorprendente. Tal vez ilimitada pero incierta también. El riesgo inmediato de alteración ya no depende de los pregones de falsos profetas. Es un acontecimiento. El colapso para las civilizaciones puede ser o sólo una crisis de tránsito o una readaptación o su ocaso. Pero la naturaleza, ¿seguirá las pautas de los humanos o se reinventará a sí misma, con o sin nosotros? Ella va aproximándose, aportando calidez, aroma, sentidos. Es toda destello, palabra susurrada, tacto que va aposentándose sobre nuestras corporeidades. Invitación a ser recibida. Carpe ver...



(Composición de Siro Antón)


martes, 18 de marzo de 2008

Francesca Woodman



Desciendes en caída libre desde un mundo espectral que te espanta. No más que éste. No más que toda una sintaxis de obligaciones, desquites e intemperancias que no acabas de proclamar. Algo no encaja para que converjas en picado sobre tu propia observación. Algo que el objetivo procura por ti. Tendrías que verte ahora, como yo te veo. Montones de días de ceniza después. Demasiada belleza -¿maldita o casual?- en ese juego de escorzos y luces tras los que te escondes. Bajas desde una vertical de desencanto, y sin embargo haces creer que emerges. ¿Cabe mayor triunfo que dar la vuelta a la apariencia y apuñalar lo real? Algunos dirán que te crecías en tu ego soberbio y desmesurado. Pero ¿quién podría negarte el derecho a que sintieras crecer tu cuerpo y sus reflejos como los territorios que jamás llegarías a recorrer en su totalidad? Convertirte en la prueba de ti misma. Hacer de la utilización de tu propia cámara la mayor compañía de teatro donde representabas y asistías a tu representación misma. No había suficientes atrezzos para tus juegos ilimitados. No existían patios, estancias, descampados, esquinas o agujeros donde no pudieras llevar la función de la exaltación que tanto necesitabas. La soledad no te oprimía, te hacía arreciarte. El disfraz, ¿era ocultación o una pista de tu personalidad? Tu descubrimiento oferente, ¿era el embozo que debía engañarnos a todos sobre ti misma? Hay quien dice que el surrealismo requería un estudio, una pose, un montaje, un artificio. Tú lo tenías fácil. Más auténtico, menos elaborado. Tan efectista. Lo encarnabas con una caracterización juguetona, posicionando una relación de tu cuerpo y de tu mirada con los objetos. Los objetos a tu servicio, como parte de tu piel, de tu figura, de tus posturas. Simplemente ocurría con el espacio. El suelo, la pared, el fondo de la ducha, el dintel de una puerta, las raíces sumergidas de un frondoso árbol, unas cortinas extendidas, una chimenea de salón...o simplemente la habitabilidad deshabitada de tu desnudo infinito. En cada superficie quedó tu estampa. La osadía que nos legaste. La fotografía te agradecerá ese triunfo exultante de la aprofesionalidad que tú simbolizas, en tiempos del máximo toma y daca de la obra como negocio. La victoria de la naturalidad del arte en manos de una soñadora lúdica. Nosotros disfrutamos con tu ofrecimiento.


domingo, 16 de marzo de 2008

Combate con las raíces



Hay tantas raíces tras nuestras memorias. Nos pasamos la vida forcejeando con ellas. Siempre formando parte de ellas. Tratando de traicionarlas o de aligerarlas. O dejándonos poseer por ellas. Cuanto más tratamos de desasirnos, más nos cercan los poderosos brazos de sus vínculos. El curso de lo que acontece nos sumerge y nos rescata alternadamente. Y las raíces, ahí, para hundirnos o para elevarnos. Para salvarnos o para precipitarnos en la ciénaga. Para evitar el descalabro o para aprisionarnos. Para ser referencia o para convertirse en una larga mano que nos retiene caprichosamente. Contradictorio papel el de las raíces. No se sabe muy bien si su acción es regeneradora o destructiva. Se sabe que existen. Cuando han desaparecido las figuras que se encarnaron para encarnarnos, nos creemos liberados de esas lianas subterráneas. Imaginamos que ahora los robustos árboles sólo somos nosotros. Que somos la copa, el ramaje y la base arraigada. Que destacarán sobre la ribera, que tamizarán los rayos del sol, que succionarán el humus de otros seres. Pero la mente de estos árboles no pierde jamás sus referencias. ¿Por qué hay hombres que se acuerdan con más frecuencia y gravedad de su padre cuando éste ya no existe? Las raíces están nutridas de cuentas pendientes, de concesiones y desentendimientos, de acercamientos y rechazos. Por eso crecen desordenadamente, desfiguradamente, prolongadas e inacabables. Tiene que haber mucho de desposesión en el alma de los humanos para que las raíces sobrevivan a los muertos. Un conflicto sin fin. Una carencia latente. Una orfandad que se arrastra. Maldito combate con las raíces.


(Fotografía de Francesca Woodman)

sábado, 15 de marzo de 2008

La estatua oceánica


Al extraerte del océano, te elevas. Te sacudes la sal, te desprendes del ropaje de las algas. La apariencia de rigidez no te libera totalmente de los siglos de inmersión en el olvido. Nadie había hablado de ti. Nadie supo antes de tu existencia. Nadie supo relatar tu origen ni tu misión. Los descubridores de la diosa discuten ahora dónde te ubicarán. ¿Acaso en una sala de museo cuyo lucernario acaricie con sol tus días y mime con la blancura cambiante de la luna tus noches? ¿A la entrada de un gran pórtico que alguna de las instituciones de los hombres te brinde? ¿En lo más elevado de una cima desde donde se divise todo el país? ¿En aquella rada, frente al mar de los antiguos viajeros, a la espera de un Ulises que desvíe su ruta motivado por tu presencia casual? ¿En la encrucijada de una galería comercial, paradigma de estos tiempos de exceso y decadencia? ¿Al borde de las llanuras donde el horizonte pierde su noción de tiempo y de espacialidad? ¿Presidiendo el tímpano del inefable palacio de las Leyes? ¿Sobre la cúpula de plata del Gran Teatro de la Música? ¿Rematando la torre de un santuario de dioses desconocidos? Los caracteres que los dedos registran sobre la pizarra de tu piel hablan en lejanos alfabetos. ¿O se trata de pentagramas a punto de escribir las letras desde las que invocar un himno a lo inconmensurable? Resuena entonces irónico y místico aquel aforismo de Cioran:

¿Poseeré la suficiente música dentro de mí como para no desaparecer jamás? Hay adagios tras los que no puede uno ya pudrirse.


(Mona Khun fotografió)

jueves, 13 de marzo de 2008

Liquidación


(Indagaciones, XVII)

Pero de la euforia de los recuerdos a la comprobación de los hechos sólo hay un paso. Winckelman se estremece al leer el sustantivo de doble connotación. ¿Es la liquidación un ejercicio puramente contable? ¿Fue aquella liquidación algo meramente administrativo? Y, ¿qué se trataba de administrar? ¿La barbarie? Ésta, ¿fue un efecto o ya se iba engendrando como causa en los delirios de grandeza que venían de atrás? Mas la aritmética de los libros de cuentas es un factor que, aunque complejo y correoso, resulta liviano. Se trata de que el cuadre funcione. Que el debe y el haber se equilibren. Que los resultados puedan ofrecerse con claridad y certeza. Algo que en las matemáticas de los acontecimientos sociales, esos que cuando pasa un tiempo se da en llamar históricos, no se reproduce de la misma forma. ¿Por qué es tan incierto trazar líneas claras en la política o en las relaciones sociales? ¿Por lo torcidos que resultan los intereses en juego? ¿Porque la correlación de fuerzas es lo que impera y ésta se halla sometida a un vaivén más complejo que las leyes de la misma física elemental? ¿Porque los ingredientes, compuestos de azar e intereses extraordinariamente ambiciosos y espurios, desbordan previsiones, planes y órdenes? ¿Acaso porque la incidencia de lo inesperado sobrepasa las configuraciones más estrictas? ¿Quién mide la interrelación de causas y efectos que se alimentan mutuamente sin acabar de saber dónde empiezan unos y acaban otros?¿Es la endiosada mitología humana la que persigue a los próceres para acometer hazañas que se vuelven contra ellos mismos, pero que se ceban en los siervos? ¿Son los súbditos los que acogen el engaño como manifestación entusiasta que da sentido, no importa si es equívoco, a sus vidas? Y si estos mismos súbditos asumen los cantos de sirena, ¿pueden quedar exculpados cuando suenen las trompetas de la catástrofe? Las urnas fueron un señuelo, todo se consagró como perfectamente legal. Pero no era la fe en el procedimiento lo que arrastró a los súbditos, pues, como muy bien se vio, una gran masa no concedió ni fe ni esperanza ni resistencia activa a lo que se veía venir. Acaso ésa fue la trampa. Y, sin embargo, los súbditos declarados y entontecidos por una épica de tramoya decidieron respaldar la ascensión de la bestia. Es fácil ver los acontecimientos con la distancia del resultado. Con el paso del tiempo, hay otra visión del paisaje. Las consecuencias flagrantes abrieron una herida desgarradora en todo el país. El ánimo tibio y apocado vuelve a cuantos han sobrevivido más receptivos a una verdad que cuesta, no obstante, aceptar. Winckelman recuerda. Él también se encuentra ante otra liquidación, su pasado. Que no significa olvido, sino superación. Aquella casa es la excusa. Aquel territorio que nunca había pisado anteriormente es la atracción. La guerra aún latente en los recuerdos, el accidente. No tiene ya una edad demasiado dinámica para prospectar excesivas aventuras. Salvo que la sorpresa se le esté brindando más allá de los objetos de la vieja maleta, de la casa que pretende remozar y de la mujer de la estación de la que no sabe bien qué cabe esperar.

martes, 11 de marzo de 2008

Títeres de cada día


Canta Omar Jayyam en sus Robaiyyat...

Nosotros somos títeres, titiritero el cielo,
es la pura verdad, no se trata de un cuento;
durante cierto tiempo actuamos aquí
y uno tras otro luego a la nada volvemos.


Los títeres pueden servir como metáfora de nuestro escaso margen de maniobra personal. Una metáfora que toma cuerpo en nosotros como sujetos caracterizados por un entreguismo a lo aparente y superficial de la vida. Como individuos robotizados a merced del mercado y de los dedos que mueven los hilos o las varillas de cada figura. Como ficciones extraviadas entre una materialidad agobiante. Como vanidades cuyo destino consiste en inflarse y desvanecerse sin dejar rastro. ¿Hasta qué punto aceptamos la representación? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a dramatizar la ceremonia? ¿Que encarnación nos salvará? Más claro, el poeta sufí.


(Acompaña títere indio de mi colección)

domingo, 9 de marzo de 2008

De pies


Vienes de pies. De la manera más difícil que la naturaleza pueda decidir. Y eso puede ser un signo. Te expulsa una vagina cúbica a un mundo poliédrico, ignoto. Un mundo en el que, según caigas, será decisivo para garantizar un futuro o negártelo. Fíjate si es importante dónde se coloque tu cuerpo desde el primer instante. Pero aunque te acoja una tierra segura, tú no lo estarás con plena certeza. Porque un territorio son muchos territorios. Al principio verás un rincón desde tu cuna. Desde ahí hasta el otro rincón donde clamarás con nostalgia lenta y agónica “Rosebud, Rosebud”, hallarás infinidad de habitaciones, multitud de ambientes de colores, innumerables caminos y una enorme dispersión de paisajes abiertos. Pero cada espacio tendrá también su contraespacio. Cielos anubarrados, sombras imprevistas, esquinas de callejones sin salida aparente, rostros de dolor, desencuentros, y sed, mucha sed. Los antiguos oráculos decían que al que nacía de pie le sonreía la vida. Pero la vida no es una sonrisa permanente, como tampoco es una mueca de disgusto o de censura permanente. Tú desciendes dispuesto al aterrizaje de la sorpresa. Es posible que eso esperes de la vida en esta superficie que pertenece a todas las geometrías posibles, menos a la plana. Y si logras reforzarte en el estímulo de la sorpresa, si te propones hacer de cada gesto, de cada actitud diaria, una experimentación y un juego, el oráculo habrá acertado sobre ti. Nada ni nadie te salvará de la erosión de las formas que te acogen. Pero mientras, tu bajada de pies habrá asentado unos pasos que deben dirigirse a todos los lados de ti mismo.


(Foto de Jorge Molder)

sábado, 8 de marzo de 2008

Sandra Carrasco


Sandra Carrasco, veinte años y vasca. Hija de un castellano de Morales de Toro asesinado ayer por el fundamentalismo terrorista y vasco. No te mereces el teatro de algunos hipócritas de la derecha española que han despreciado las ideas de tu padre y que han llegado para aparentar. Cuánto agradecemos tu valor, tu entereza y tu coraje. Aurrerá.

Resistir a la mano ciega.
Plantar cara a la barbarie.
Desmantelar las palabras huecas.
Derribar los ídolos
que no deben adorarse.
Convertir las lágrimas en lluvia
que limpie el estercolero de la historia.
Hacer de la memoria
una poderosa fortaleza
interior.
Erigir la voz y el argumento
como significado
contra toda ignominia.
Conceder el gesto de la piedad
incluso a los impíos.
Potentes veinte años de rabia:
nutre a los tuyos de esperanza.

Reflexión (española)




"Todo parece aconsejarnos -sigue hablando Mairena a sus alumnos-, y muy especialmente a nosotros, los españoles, la vuelta a la sofística. Porque también nosotros hemos sido sofistas, a nuestro modo, como los franceses lo fueron al suyo. Pero a nosotros nos falló la fe protagónica en el hombre como medida universal, y no pusimos, hasta la fecha, nuestro robusto ingenio a su servicio. Era una fe demasiado inteligente, que no se recomendaba por el gesto y el talante. Nos apartamos de ella a medio desdén, como dice Lope:

puesta la mano en la espada

o en el crucifijo, que dicen otros. El ademán garboso nos ha perdido. Yo os aconsejo que habléis siempre con las manos en los bolsillos."



(Antonio Machado, Juan de Mairena)



Machado no erró cuando lo escribió, como los hechos demostraron al poco tiempo. Esto viene a cuento del hecho -¿formal o profundo?- de reflexionar hoy o cualquier día. Ya no sobre tirios y troyanos, sino sobre lo que queremos de una vez para nosotros mismos. Recuperar textos del pasado jamás es un acto nostálgico, si son citas inteligentes. La de Machado tiene vigor, es decir, en el doble sentido, presencia y fuerza. Pensar, meditar, considerar, son ejercicios necesarios, sabios y positivos. Nada permanece de otros tiempos en esta España nuestra, salvo la envidia, el egoísmo arribista, la hipocresía y la mentira como argumentación. Y, desgraciadamente, ya es bastante. Durante cuatro años, cierta fuerza política, apoyada por la Iglesia, ha mantenido esa línea dudosamente democrática. Pero nadie se engaña si no lo desea o si no es que tiene interés en engañarse. Ya no son tiempos de que los designados por Dios y los autoproclamados propietarios de haciendas y vidas marquen a la sociedad, y menos a sus ciudadanos. Es largo el camino para dejar de ser súbditos. Mañana será un paso más, si una mayoría queremos que sea.





miércoles, 5 de marzo de 2008

Caligrafía


(Indagaciones, XVI)

El viejo cuaderno es un cuaderno de caligrafía. No se sabe muy bien si se trata de ejercicios de aprendizaje, de recuperación o de castigo. Podría tratarse de cualquiera de ellos. O jugar los tres papeles. En tiempos aún recientes, el orden y la pulcritud formal no sólo se afirmaban como una exigencia de la idiosincrasia, sino que también se manifestaba como factor totalizador, sumiso, ideológico. Según los hojea, Winckelman comprueba que el estilo se va extraviando. De la perfección aplicada de las primeras páginas se salta a un desmembramiento de las letras, a una lasitud que desemboca en emborronamientos de tinta, en desgana de trazos, en tarea definitivamente abandonada. No parece la caligrafía de un niño, así que piensa que pudiera tratarse del esfuerzo de un adulto respondiendo a la propuesta axiomática del viejo régimen por erradicar analfabetismos. También podría ser una actividad paralela al trabajo en una fábrica, o que constituyera una prueba del empeño por la integración mental y productiva, más que cívica, de un extranjero. Winckelman dispara desde su curiosidad algunas preguntas y en ese momento acaso el azar ha colocado respuestas entre sus manos. Pero entre la inercia espontánea de unos interrogantes y la capacidad de interpretar los signos que las circunstancias y los descubrimientos ofrecen se abre un vacío. Él no sabe interpretar. ¿Liquidación, balance, registros...? Vocablos técnicos en un cuaderno de iniciación que acaso no sea un cuaderno cualquiera. Winckelman puede hacer consideraciones más o menos acertadas, puede intuir y hacer deducciones, pero le falta un elemento decisorio de ratificación de sus cábalas. Suele ocurrir. De ordinario es refleja la propia acción de preguntar y tajante el enfoque de la pregunta. Sin embargo, no resulta sencillo responder. Es cierto que en ocasiones hay implícita en las respuestas una dosis de buena voluntad y hasta de sinceridad. Pero la sinceridad de las palabras no son la veracidad de los hechos. Y cuántas veces la demostración de estos ha tirado por tierra la aparente verosimilitud de los discursos. No hay respuestas simples a preguntas simples. ¿O es que las preguntas aparentemente sencillas lo que hacen es desvirtuar el verdadero interés por encontrar una interpretación? ¿Por qué la dirección en que se planteen las preguntas pueden ahogar lo interior, las motivaciones, el trasfondo de las cosas? ¿Por qué las preguntas abortan tantas veces en su propio enunciación? ¿Nos preguntamos para arrojar luz o para justificar nuestras propias penumbras? Winckelman se pierde entre especulaciones mientras pagina el cuaderno rayado. Un acceso de melancolía le retrotrae al frío de la infancia. Se contempla con ternura en aquella imagen de la vieja escuela rural, untando los plumines en la tinta de Waterman, inclinando el cuaderno para posicionar mejor su mano, trazando las redondeces y las líneas verticales de las letras, alternando la presión del trazo grueso y del débil. ¿Era la caligrafía una simple disposición formal del alfabeto? ¿Consistía en el hilo conductor de una tradición que recuperando la sabiduría de los antiguos copistas había logrado socializarse? ¿Se trataba de la fuerza de la modernidad que exigía un acceso más amplio de la mano de obra a las tareas productivas? Pero Winckelman no se reconoce meramente en el homo faber. Recuerda con nostalgia y emoción sus largos ejercicios de tardes tediosas en la escuela, sus recuperaciones en las noches recogidas bajo la mirada y la comprensiva mano correctora de su madre. Ama la caligrafía por sí misma y por el reconocimiento y la gratitud de los que se considera deudor. La ama porque siempre la vivió como una fuente de placer que luego desembocó en una corriente de imaginación. Winckelman siente como si hubiera tenido ya antes aquel cuaderno entre sus dedos. El tacto habla y responde a veces más que las palabras. Y él escucha.

lunes, 3 de marzo de 2008

Espacios


En resumidas cuentas, los espacios se han multiplicado, fragmentado y diversificado. Los hay de todos los tamaños y especies, para todos los usos y para todas las funciones. Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse.


Leído en Especie de espacios, de Georges Perec.

(Los espacios plásticos son de Malevich)